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domingo, 26 de febrero de 2017

LA PASIÓN DEL SEÑOR


JUEVES SANTO 
El Señor insistió, pues aunque la negativa de Pedro nacía sin duda de respeto hacia su Maestro, también era debida a ignorancia: no conocía los fines que pretendía el Señor, no se daba cuenta que quería expresar con aquello la necesidad de limpieza interior antes de recibir el Cuerpo y la Sangre que poco después les iba a dar. No es posible alcanzar la limpieza de las propias culpas si Él mismo, no las lava con su propia Sangre. Todo esto quería enseñar el Salvador a Pedro, que no veía más que lo de fuera; por eso Jesús respondió: «Lo que Yo hago no lo entiendes ahora». Tengo razones suficientes para hacerla, si las supieras no intentarías impedírmelo; pero como ahora no las sabes, te opones; déjame ahora lavarte los pies como Yo quiero, que «a su tiempo lo entenderás».
Pedro siguió negándose en su testarudez, quizá pensaba que la única razón que el Señor decía era por darles ejemplo de humildad, y él no podía consentir que se humillase a sus pies; de ahí que le respondiera enérgicamente: «¡No me lavarás los pies ni ahora ni a su tiempo ni nunca!», Ante la testarudez de Pedro, que no se quería dejar lavar los pies por Aquel que iba a lavar todos sus pecados, le contestó con la misma energía: «Si Yo no te lavo no tendrás parte de mi herencia». No intentes, Pedro, impedir que quite los pecados a los hombres porque no lo puede hacer otro sino Yo, que «he venido al mundo a servir y no a ser servido, y a dar mi vida como rescate por todos los hombres» (Mt 20, 28); Y no exageres tu cortesía y educación hasta el punto de hacerte daño a ti mismo porque, si no te lavo Yo, puedes despedirte de mi amistad, y serás para mí como quien no tiene nada que ver conmigo.
Entonces se vio que la negativa de Pedro no nacía sino de respeto y de humildad: al entender lo mucho que le importaba dejarse lavar, se ofreció a que le lavase «no sólo los pies, sino las manos también, y la cabeza». El Salvador le dijo: «El que se ha bañado no tiene necesidad de lavarse más que los pies, que en todo lo demás está ya limpio» (Jn 13, 10). Esto suele suceder, cuando uno sale del baño se ensucia un poco los pies, y se los tiene que volver a limpiar. Cuando uno está limpio de pecados mortales, puede ser que se ensucie un poco con pecados veniales, y es conveniente que se lave, y es necesario que cada vez se purifique más para recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
El Señor tenía clavada en el corazón la pérdida de Judas, y no dejó escapar esta nueva ocasión; así que, para demostrarle su sentimiento, para moverle a que se arrepintiera, como de paso, añadió: «Vosotros estáis limpios, pero no todos». Porque como sabía quién le había de entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».
Luego, todos se dejaron lavar los pies, y ninguno se atrevió a poner la más mínima resistencia después de oír lo que el Señor había respondido a Pedro.
Ya que el Salvador dijo que hiciésemos con nuestros hermanos lo que Él había hecho con nosotros, debemos estar muy atentos a lo que Él hizo para saber lo que debemos nosotros hacer.

El Señor instituye el Santísimo Sacramento

Había llegado la hora en que Jesucristo nuestro Señor, sumo y eterno sacerdote según el orden de Melquisedec, tenía que ofrecer su Cuerpo y Sangre en un verdadero sacrificio. Con él iba a reconciliar a todo el mundo con Dios. Ese mismo Cuerpo y Sangre, que sería sacrificado en la cruz, quedó perpetuamente entre nosotros, bajo la apariencia de pan y de vino, para que fuese nuestro sacrificio limpio y agradable que ofrecer
a Dios, bajo la nueva ley de la gracia. Jesucristo está realmente presente en ese Sacramento, y nos da su Cuerpo como verdadera comida, y su Sangre como verdadera bebida en prueba de su amor, para fortalecer nuestra esperanza, para despertar nuestro recuerdo, para acompañar nuestra soledad, para socorrer nuestras necesidades, y como testimonio de nuestra salvación y de las promesas contenidas en el Nuevo Testamento. Amorosamente preocupado por el futuro de su Iglesia, y ya a las puertas de su pasión y de su muerte, no hacía otra cosa sino encomendar y ordenar las cosas de modo que no faltase nunca ese Pan hasta el fin del mundo.
Estaban los apóstoles atentos y en tensión para ver lo que iba a ocurrir con aquella nueva ceremonia. El Salvador «se vistió la túnica que se había quitado, se sentó otra vez a la mesa» y, como si fuese a empezar otra nueva cena, mandó a sus apóstoles que se reclinaran como Él. Todos expectantes, les dijo: «Habéis visto lo que he hecho con vosotros. Me llamáis Maestro, y Señor, y es verdad, porque lo soy; pues si Yo, que soy vuestro Maestro y vuestro Señor, os he lavado los pies, quedáis obligados a hacer vosotros lo mismo» con caridad y humildad, por dificultoso que os parezca y aunque os desprecien. «Porque Yo os he dado el ejemplo, así que, como lo he hecho Yo, de la misma manera lo tenéis que hacer vosotros; porque el siervo no es más que su señor ni el enviado es más que el que le envía.
Si entendéis bien estas cosas, seréis felices cuando lo hagáis». Es maravilloso advertir cómo el Salvador no perdía ocasión para demostrar a Judas la tristeza que le causaba su traición, y quería hacer ver que no iba a la muerte, sino porque quería; por eso añadió: «Os he dicho que seréis felices, pero no lo digo por todos, porque sé bien a quiénes escogí. De todos modos se ha de cumplir la Escritura: El que come a mi mesa me ha de traicionar. Digo esto ahora y con tiempo, antes de que se haga, para que cuando lo veáis cumplido creáis lo que os he dicho que soy».
Aunque el autor no diga expresamente más que Cuerpo y Sangre, se entiende que se refiere también al alma y divinidad de Jesucristo, presente en la Eucaristía. (N del T.)
Todos le miraban sobrecogidos, advirtiendo en su cara y en su postura que trataba de hacer algo grande y desacostumbrado. El Señor tomó un pan ácimo y sin levadura, de aquellos que sobraron de la primera cena,
y levantó los ojos al cielo, hacia su Eterno Padre, para que vieran que de Él venía el poder de realizar una obra tan grande. Dio las gracias por todos los beneficios que había recibido y, especialmente, por el que en aquel momento le era dado hacer a todo el mundo.
Bendijo el pan con unas palabras nuevas a fin de preparar un poco a los apóstoles a aquella grandiosa novedad que quería hacer. Partió el pan de modo que todos pudieran comer de él, y lo consagró con sus palabras: el pan se convirtió en su Cuerpo, y parecía pan, y, a la vez, su mismo Cuerpo estaba presente y también visible a los ojo de los apóstoles. Las palabras con las que consagró el pan daban a entender claramente cuál era la comida que les daba: «Tomad, comed, esto que os doy es mi Cuerpo, el mismo que ha de ser entregado en la cruz por vosotros y por la salvación de todo el mundo». Dio a cada uno de aquel pan consagrado, y todos lo tomaron y comieron, y sabían lo que era aquello, porque el Salvador se lo dijo con palabras bien claras.
Había también sobre la mesa, entre otras, una copa de vino mezclado con un poco de agua; tomó el Señor la copa o cáliz en sus manos, dio gracias al Padre Eterno, lo bendijo también con una bendición nueva, lo consagró con sus palabras y aquel vino se convirtió en su Sangre. Aquella misma Sangre que corría por sus venas estaba realmente presente también en aquella copa, y parecía vino. Las palabras con las que había consagrado el vino fueron tan claras que los apóstoles entendieron bien lo que les daba a beber: «Bebed todos de este cáliz, porque ésta es mi Sangre con la que confirmo el Nuevo Testamento; la misma Sangre que derramaré por vosotros en la cruz para que se os perdonen los pecados».
El Salvador había venido al mundo para hacer una humanidad nueva, y para establecer con ella una nueva Alianza y un Testamento mucho mejor que el Viejo Testamento que había establecido antes con los antiguos judíos. Los mandatos de este Testamento Nuevo son más suaves y más perfectos; y las promesas que se hacen, más grandes, porque ya no se refieren a bienes temporales sino eternos. Y este Nuevo Testamento se confirmó no con sangre de animales, como el Viejo, sino con la Sangre del Cordero sin mancha, que es Cristo. La sangre que Jesucristo derramó en la cruz tuvo la eficacia de quitar todos los pecados del mundo. Este fue el Testamento que instauró el Señor en su última cena, y estaban presentes los doce apóstoles representando a la futura Iglesia. Para dar mayor firmeza a lo que ordenaba, el Señor dio a beber su Sangre con estas palabras: «Esta es mi Sangre con la que confirmo el Nuevo Testamento; la misma Sangre que derramaré por vosotros en la cruz para que se os perdonen los pecados».
El Señor pretendía que este Sacrificio y Sacramento durase en su Iglesia hasta el fin del mundo, por eso, no sólo consagró Él mismo el pan y el vino sino que dio ese poder a los apóstoles, para que ellos también consagraran y transmitieran ese poder «hasta que Él viniese» a juzgar el mundo. Les mandó expresamente que cuantas veces celebrasen este sacrificio lo hicieran acordándose de Él, y del amor: con que moría por los hombres, Por eso se quedaba entre los hombres y les dejaba un legado tan rico como es su Cuerpo y su Sangre, y todos los tesoros de gracia que mereció con su Pasión; así nunca podrían olvidarse de Él: «Siempre que hagáis esto, hacedlo acordándoos de Mí».
Este Pan está destinado al sustento de los hombres que van como peregrinos por el mundo. Es tan grande y fuerte el fuego de su amor, que hace a los hombres santos, los transforma con el amor de quien les tiene tanto amor. Estas divinas palabras deben ser recibidas con fe y todo agradecimiento. Aquel Señor que no engaña dijo: «Tomad y comed, que esto es mi cuerpo. Bebed todos de este cáliz, que es mi sangre». Es grande su generosidad, sólo digna de Dios.
¿Qué podré yo darte, Señor, por este beneficio? Diré con todo el afecto de mi corazón: Mira, Señor, este es mi cuerpo; te lo ofrezco en el dolor, en la enfermedad, en el cansancio y la fatiga, en la penitencia; esta es mi sangre, te la ofrezco si Tú quieres que tenga que derramarla por tu gloria; esta es mi alma, que quiere obedecer en todo Tu voluntad.