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viernes, 17 de febrero de 2017

LA PASIÓN DEL SEÑOR




2. INTRODUCCIÓN

La historia de la Sagrada Pasión escrita por el P. Luis de la Palma es una larga y emocionada oración de amor de Dios. Pocas veces se encuentra tanta sabiduría junto a tanta sencillez, Hay en el libro una fundamentación doctrinal profunda y verdadera, pero, como todo buen cimiento, apenas se ve por fuera. Todo queda dicho con la fluidez y espontaneidad de quien habla confiadamente a un amigo, no con la rigurosidad de una lección teológica.
y esto es lo maravilloso del libro, que nos da una lección magistral a nuestra fe, y todo ha sido como si no nos diéramos cuenta, tan simple y claro es.
Dicen que los niños y los ancianos tienen algo muy en común, su falta de respetos humanos, su despreocupada sinceridad, su espontáneo y casi descarado decir la verdad Publicó el P. Luis de la Palma esta Historia de la Pasión de Jesús cuando tenía más de sesenta años, y está escrita así: con espontánea, despreocupada y cariñosa sinceridad, sencillamente, como lo que es verdad.
No sé qué pueden pensar de este libro las personas cerebrales y frías. Sé que las personas que tienen corazón se sentirán conmovidas de oír hablar de Jesús con tanta familiaridad y confianza, como quien hace tiempo -y ése es el P. Luis de Palma- le ha encontrado, le conoce bien y le quiere. Va leyendo para nosotros el  Evangelio con la morosidad, el detalle y el cariño de quien cuenta una historia de familia. Ningún detalle se escapa, todo lo valora, como los enamorados para quienes ninguna cosa del otro es pequeña o sin importancia. Dibuja a Jesucristo como debe ser: cercano y entrañable con su Sagrado Corazón enamorado, y con la majestad y grandeza de Dios.
La Virgen María, su Madre y Madre nuestra, está continuamente presente junto a su Hijo. Pocas son las veces que el Evangelio la señala durante la Pasión, pero el P. Luis de la Palma describe para Ella su comportamiento más razonable y cierto: el de una madre junto al hijo que sufre, el de Corredentora de su Hijo Dios.
Imagina admirables diálogos en todo el libro, que explicitan la misma verdad tan escuetamente dicha en el Evangelio.
Espero que la lectura de la Historia de la Sagrada Pasión ayude a muchos Cristianos a comprender y amar su propia vocación, a conocer a Jesucristo, que obedeció y nos amó hasta morir por nosotros, para hacemos felices, para damos su Vida eterna.
Espero también que mi traducción no haya entorpecido ni desdibujado la gracia y la fuerza original de este libro. He querido solamente decir lo mismo a la manera de hoy.
Apero que estas pocas palabras nos habrá el apetito espiritual para continuar con Nuestro Señor hasta el calvario de la mano del Padre la Palma.
CONTINUACION
Parece que al día siguiente, miércoles, el Señor se quedó en Betania todo el día, porque no se sabe que volviese a Jerusalén hasta el jueves en que fue a celebrar la Pascua.
Aquella noche en Betania ocurrió una cosa que acabó por perder a Judas. Prepararon un banquete «a Jesús; Lázaro era uno de los invitados que se sentaron a su mesa», sin duda para dar un más claro testimonio del milagro, y honrar así al Señor. «Había venido mucha gente de Jerusalén, no sólo por ver a Jesús, sino también para ver a Lázaro» (Jn 12,9). Las dos hermanas de Lázaro, Marta y María, fueron también al banquete, y cada una demostraba a su manera lo agradecidas que estaban al Señor.
Marta, aunque estuviera en casa ajena, en casa de Simón el leproso (Mt 26,6), quiso servir la cena ella misma (Jn 12,2), Y traía la comida y servía los platos; y, llena de alegría, se ocupaba de servir al Señor.
María guardaba un frasco de perfume «muy bueno, y de mucho precio» porque «era de nardo auténtico» (Me 14, 3); y no era una cantidad pequeña, sino «una libra» entera (In 12,3). Aquello le pareció a Judas un despilfarro intolerable. Pero a María todo lo que fuera para el Señor le parecía poco; así que: entró en el comedor, «perfumó los pies de Jesús y se los secó con sus cabellos». Es de suponer que también le besaría los pies. Después se levantó y, como si quisiera demostrar la grandeza de su amor y lo poco que le importaba gastar su perfume, «quebró el frasco, que era de alabastro, y lo derramó todo sobre la cabeza de Jesús (Me 14, 3), y toda la casa se llenó de olor del perfume» (Jn 12, 3).
Jesús lo agradeció mucho a María, por el amor que le demostraba y también por hacerla tan oportunamente: estaba tan cercana la muerte del Salvador que esa unción casi pudo servir para su sepultura, como era costumbre enterrar entre los judíos. El Señor quiso dar a entender esto al defender tan cortésmente a María: « ¿Por qué molestáis a esa mujer» con vuestras murmuraciones? «Está muy bien lo que ha hecho conmigo: se ha adelantado a ungir mi cuerpo para la sepultura. y os digo que en cualquier parte del mundo en que se predique este Evangelio, se hablará también de lo que ella ha hecho, en recuerdo suyo» (Mt 26, 10).
Judas, a pesar de haber motivos más que suficientes para alabar a María y para alegrarse de que hubiera honrado así al Maestro, no pudo soportar que se echase a perder un perfume tan caro, y dijo que con lo que valía podían haber resuelto las necesidades de muchos pobres (In 12, S). Pero en realidad decía esto no porque «le importaran los pobres, sino porque era ladrón y, como llevaba la bolsa, hurtaba de lo que echaban en ella»; por eso hubiera preferido que el dinero que valía el perfume se echara en su bolsa. Lo que hace el mal ejemplo: los apóstoles también murmuraron, no con la misma malicia que Judas, pero sí movidos por las aparentes razones que él dio en favor de los pobres.
Suele suceder así: por ignorancia muchas veces se defiende la maldad.
Judas estaba ya en contra del Salvador y de la doctrina que predicaba. Parece -como hemos visto- que la perdición de este hombre empezó por la codicia; llevaba él la bolsa del dinero que daban al Salvador y, como «era ladrón..., hurtaba de lo que echaban en ella» (In 12, 6) para sus gastos personales. Al acostumbrarse a esta situación, poco a poco llegó hasta odiar a Jesús, que enseñaba el amor a la pobreza y condenaba la codicia.
Endureció su corazón de tal manera que culpaba al Señor de su propia inquietud y malestar, murmurando de Él y censurando todo lo que hacía en vez de reconocerse a sí mismo culpable; hasta que, por fin, dejó de creer en Él: calificaba su doctrina de embuste y mentira, y a sus milagros, de hechicerías; y hacía daño a los demás con sus palabras y su mal ejemplo.
En aquella predicación en que Jesucristo prometió dar a comer su Cuerpo ya beber su Sangre, Judas debió de ser, es probable que lo fuera, uno de los principales murmuradores: «Es demasiado duro este discurso, ¿quién es capaz de seguir escuchándolo?» (In 6,61). Debió ser el cabecilla de aquel revuelo, motivo por el que muchos discípulos se volvieron atrás y abandonaron la doctrina del Salvador (v. 67); porque, entre otras cosas,
Jesús había dicho en ese discurso: «Hay algunos entre vosotros que no me creen» (v. 65); y afirma el evangelista San Juan que el Salvador dijo esto porque «sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién era el que le había de traicionan. Sin embargo, Judas se quedó disimulando, por decirlo así, entre los apóstoles. El Señor sabía bien que Judas era tan desleal y tan incrédulo como los que le habían abandonado, pero a pesar de eso, y para no humillarle delante de los otros, preguntó a los doce: « ¿Es que os queréis ir vosotros también?», Y Pedro, que pensaba que los demás eran tan nobles como él, respondió por todos: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tus palabras son vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios». Y el Salvador, al responder, dio otra oportunidad a Judas para que se arrepintiera: « ¿No os elegí Yo a los doce? Sin embargo, uno de vosotros es un demonio». Y a este demonio tuvo que sufrir el Salvador mucho tiempo todavía, y lo hizo con paciencia y cariño, y mantuvo el secreto de su traición hasta que, de hecho, le entregó.

SE REÚNEN EN CONSEJO CONTRA EL SALVADOR
y JUDAS LE VENDE

Los sacerdotes principales y los ancianos del pueblo, indignados porque días antes el Salvador les había reprendido con dureza por sus vicios y errores, «se habían reunido otra vez en el palacio del Pontífice, que se llamaba Caifás» (Mt 26, 3), Y tomaron dos determinaciones: prender a Jesús sin violencia ni publicidad, y hacerlo después de la Pascua; esto último no porque tuvieran en cuenta que iba a ser un día de fiesta importante, sino porque vendría mucha gente a Jerusalén que conocía a Jesús, y que había recibido favores de Él y le querían y, si llegaban a saber que estaba preso, quizá se amotinaran y le libertaran. Pero todo lo hicieron al revés: prendieron al Salvador con violencia y a mano armada, y le mataron durante la fiesta. Es evidente que los propósitos humanos son nada frente a las decisiones de Dios. El motivo por el que cambiaron
la determinación que habían tomado, pudo muy bien ser éste: Judas.
Judas estaba ya sólo con el cuerpo entre los apóstoles, porque en su interior se había puesto de parte de los enemigos de Cristo. Salió tan enfadado del banquete de Betania porque, además, sabía que los fariseos buscaban a Jesús para matarle, y pensó que no le convenía en esas circunstancias seguir apareciendo como discípulo del Señor; así que decidió asegurarse y ganar de una sola jugada amigos poderosos y dinero. «Se fue entonces a hablar con los sacerdotes principales» (Mt 26, 14) y, por lo que parece, les animó en sus planes de matar al Salvador, diciendo que él había vivido largo tiempo con Él y que merecía la muerte que pretendían.
Se ofreció como aliado, y hasta les prometió entregarles a Jesús si le pagaban.
«Se alegraron» mucho (Me 14, 11 Y Le 22,5) de que también Judas, un discípulo, le juzgara como ellos. Prometieron pagarle treinta monedas de plata, y Judas consideró que era suficiente ese precio para vender al Señor, Divina Majestad. Traidor a Dios, Justicia y Verdad, fue fiel a los enemigos de Dios, a la injusticia y a día, tan próximo ya, de su humillante muerte; parece como si, cumplido su oficio de Maestro, les anunciara la mentira; y «desde aquel momento andaba buscando la ocasión oportuna para entregarle» (Mt 26, 16).
Pero Jesucristo se entregó a la muerte porque quiso, y no fue la violencia o el engaño lo que le puso en la cruz, sino su libre voluntad. Por eso, cuanto más se acercaba el momento de su muerte, también Él se había ido acercando al lugar de su Pasión. Vimos cómo había llegado a Jerusalén en la Fiesta de los Ramos, y cómo en los días siguientes hizo algunas idas y venidas desde Betania al Templo y a la Ciudad. Después, como punto final de su predicación, avisó a sus discípulos del el comienzo de su tarea de Redentor. «Sabéis bien -les había dicho- que dentro de dos días es la Pascua; quiero haceros saber que, ese mismo día, vaya ser entregado a los judíos y gentiles para que me crucifiquen» (Mt 26, 2).
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Estas son las cosas que me ha parecido necesario resumir previamente para, así, poder entender con más claridad la historia de la sagrada Pasión.