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viernes, 3 de febrero de 2017

Ite Missa Est

3 DE FEBRERO

SAN BLAS,
OBISPO Y MARTIR.

Epístola – II Cor; I, 3-7.
Evangelio – San Mateo; XVI, 24-27.



LA ENSEÑANZA DE LOS SANTOS.Pasados cuarenta días después del Nacimiento del Salvador, nos abre la Iglesia la fuente de robustas y serias meditaciones destinadas a prepararnos a la penitencia. Cada fiesta de los Santos debe causarnos la impresión propia para vivir este santo Tiempo. En el período del que acabamos de salir, todos los amigos de Dios que debíamos celebrar, nos parecían radiantes con las alegrías del Nacimiento del Emmanuel; formaban su corte esplendorosa y triunfante. Desde ahora a la Resurrección del Hijo de Dios le consideraremos, sobre todo, en los trabajos de su peregrinación por esta tierra. Lo que nos interesa hoy es ver y estudiar cómo han vencido al mundo y la carne. "Van, dice el Salmista, y arrojan la semilla en el surco regándola con sus lágrimas; pero volverán alegres, cargados con las gavillas que habrán producido sus sudores. Esperemos que sea así con nosotros al fin de estos días de trabajos, y que Cristo resucitado nos acoja como a sus miembros vivos y renovados. En este tiempo que vamos a recorrer, abundan los mártires, y hoy comenzamos por uno de los más célebres.

VIDADe las Actas de San Blas no se puede saber sino que fue Obispo de Sebaste y mártir al principio del siglo IV. En Oriente, y sobre todo en Armenia, se tiene gran devoción a San Blas, y su culto, introducido muy pronto en Occidente, ha sido siempre muy popular. Por su poder en curar a personas y animales se considera como uno de los Santos Auxiliares. Se le invoca especialmente contra los males de garganta y de muelas. Como se han llamado muchos santos con el nombre de Blas es difícil saber con certeza cuáles son sus reliquias.


¡Oh San Blas! unimos nuestras voces a las alabanzas de todas las Iglesias. En pago de nuestros homenajes dirige tu mirada sobre nosotros, desde el culmen de la gloria en que reinas y miras a los fieles de toda la cristiandad, que se preparan para las santas expiaciones de la penitencia, y desean convertirse al Señor, su Dios, por las lágrimas y el arrepentimiento. Acuérdate de tus propios combates y ayúdanos en la renovación que vamos a emprender. Tú no temiste los tormentos de la muerte, y por ruda que fuese la prueba, la soportaste con valor. Ayúdanos en una situación no menos peligrosa. Nuestros enemigos no son nada en comparación de los que fuiste vencedor; pero son pérfidos; y si no tenemos cuidado pueden derribarnos. Obtenednos el socorro divino, causa de tus triunfos; somos hijos de mártires; que su sangre no degenere en nosotros. Acuérdate también del país regado con tu sangre. La fe estaba vacilante; al fin parece que brillan días mejores. Por tus oraciones, haz volver a Armenia a la Iglesia Católica, y consuela, por la vuelta de sus hermanos, a los fieles que, en medio de tantos peligros, han permanecido ortodoxos.