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sábado, 4 de febrero de 2017

ESCRITOS SUELTOS DEL LIC. Y MARTIR ANACLETO GONZALES FLORES, “EL MAISTRO”


EL MIEDO DE LA LIBERTAD
 
 
 
 
Se ha dicho y con razón, que todos los gobiernos han tenido y tienen sus dogmas, es decir, ciertos principios consagrados como intocables, como indiscutibles y que serán y han sido definidos con el hierro y con el fuego.
 
Esto que es una verdad fuera de toda duda respecto de los gobiernos, que por su mentalidad y su pensamiento central van en derechura hacia el bien común y hacia el respeto a la ley, es también exacto al tratarse de los gobiernos que no tienen más razón de existir que el deseo más o menos tenaz de permanecer en las alturas. Y esas dos clases de gobiernos tienen sus dogmas, con la diferencia de que los primeros descansan sobre postulados que arrancan directamente de la corriente rica y fuerte de los pueblos, en tanto que los segundos toman como punto de apoyo la espada caída sobre el cuello de los ciudadanos.
Roma tenía sus dogmas y los sacó de entre las efervescencias de la carne y de la sangre de su propia vida hasta el día en que rendida bajo la carga de sus conquistas y abatida por el fardo de sus propias ignominias y de sus orgías, vio aparecer a aquellos Césares que hicieron de la púrpura y del cetro un instrumento de sus caprichos y un potro para los que se atrevían a no pensar como ellos.
Y la historia se repite y sigue su marcha, desde este punto de vista por el mismo sendero; los gobiernos que buscan ansiosamente el bienestar colectivo y saben y quieren respetar las prerrogativas fundamentales del hombre dentro del funcionamiento del engranaje complicado de la máquina política y social, llevan en alto, plegada entre sus manos, la bandera en que han inscrito el dogma o los dogmas que son la raíz de su vitalidad y de su florecimiento del engranaje complicado de la máquina política y social, llevan en alto, plegada entre sus manos, la bandera en que han inscrito el dogma o los dogmas que son la raíz de su vitalidad y de su florecimiento, en tanto que los gobiernos que no son ni han sido más que superposiciones violentas que se han dado y se dan a desarrollar un plan acabado de exclusión de las de las mayorías, reafirman delante de todos su dogma central, la tiranía.
 
Los tipos históricos de tiranos célebres han sido estudiados de cerca por los críticos y nada tan fácil como señalarles como carácter distintivo aquella especie de tormento interior que hizo de Oliverio Cromwell[1] un espíritu predominantemente receloso. Esto explica no pocas veces las exageraciones que se advierten en la interpretación de las actitudes de los súbditos y la precipitación con que llegan a ser juzgados sus actos. De aquí se sigue también que cualquier manifestación más o menos marcada de oposición y de hostilidad hacia los poderes públicos tenga que encontrarse al paso, aunque haya sido consagrada y establecida por la ley como un medio de hacer algo real del movimiento democrático contemporáneo, con las espadas de los legionarios desenvainadas, con el gesto adusto de los pretores y con la actitud amenazadora del César.
 
Y es que está en peligro el dogma supremo: la exclusión de las mayorías y como se sabe que toda palabra que se pronuncia al oído del pueblo, toda frase que se traza sobre un pergamino y toda actitud gallarda del esclavo, puede ir a parar no precisamente a una sublevación armada, pero sí a un derrumbamiento bajo los golpes de la opinión expresada en las urnas electorales, se procura cerrarles el camino a todas las manifestaciones que no vayan a apuntalar y a reforzar el andamiaje de la tiranía. Y todos nuestros gobiernos a partir del día en que se hizo la consagración de las formas democráticas, han estado siempre con los ojos desorbitados ante el fantasma, ante el espectro del miedo a la libertad.
 Nuestra democracia ha sido imposible porque los de arriba han hecho imposible lo que llamaríamos la gimnasia cívica que hace de cada ciudadano una fuerza cívica que hace de cada ciudadano una fuerza viva, consciente, equilibrada, como el griego que Rodó pinta en Ariel, compenetrado de las verdaderas necesidades de su país y del valer personal de sus compatriotas y en posesión de un hondo sentido de la realidad y de la acción que es impulso vital, permanente dirección y ruta para los destinos colectivos. De este modo no ha habido ni puede haber ciudadanos en el sentido real substancial del vocablo. En tanto que arriba, en la cúspide de donde se trazan caminos para el pueblo no ha habido ni a podido haber más que césares moldeados en la vieja arcilla de que fueron hechos los Tiberios y los Calígula.
 Por tanto, la tiranía, que es un problema de gobierno, es un problema que plantea el miedo a la libertad. Más aún; la tiranía es un sistema de gobierno que conduce, que hace indefectiblemente que se oscile entre el miedo de los que gobiernan y el miedo de los gobernados.
Ese miedo es el que ha aconsejado a Ramón Ross,[2] actual Gobernador del Distrito Federal, las medidas últimamente tomadas contra las juntas de la Liga Nacional de Defensa Religiosa, contra la circulación de su manifiesto y aun contra la circulación de cualquier otra hoja que trate de la nueva institución.
 Y hay que decirlo; por más que nos encontremos a una enorme distancia de su realización: la democracia en nuestro país, solamente llegará a ser una verdad en nuestra vida real, y no solo una teoría, cuando el miedo a la libertad deje las alturas del poder y se le abran rutas francas a la corriente de la opinión pública hecha legión de ciudadanos que participen en la orientación y el encauzamiento de la vida nacional.
 

 
 




[1] CROMWELL, Oliverio (1595-1658). Estadista inglés, destronó la dinastía de los Estuardo e instauró un régimen republicano en Inglaterra. Protestante puritano y anticatólico.


[2] ROSS, Ramón (1864-1934). Político mexicano de filiación callista, fue diputado del Congreso Constitucional y participó en las Conferencias de Bucareli.