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viernes, 3 de febrero de 2017

ESCRITOS SUELTOS DEL LIC. Y MARTIR ANACLETO GONZALES FLORES, “EL MAISTRO”

 
CON LA FRENTE HACIA EL CÉSAR
 
 

 
 
 
 

Las deserciones frente a los tiranos no llevan a otra parte que a robustecer el régimen que oprime y pesa, como fardo de piedra, sobre las conciencias y las voluntades. De aquí que la posición en que se encuentran colocados los pueblos y los hombres, delante de sus déspotas, es de tal naturaleza que las actitudes intermedias, las contemporizaciones y aún la sola indiferencia, constituyen un factor de robustecimiento de los opresores.

 Estar, pues, del lado de César, sea cual fuere el motivo que se invoque, sea por temor, sea por conveniencia, sea por cualquier otra cosa, es estar incorporado de hecho, prácticamente, a la masa del poder, de bayonetas que angustian y estrechan la libertad en la cárcel de la ignominia.

 Encogerse de hombros en presencia de la espada que busca tenazmente y hiere el brazo de los ciudadanos, para saciarse, para beber su sangre, para reducirlos a la servidumbre, es también estar con el César, cuando menos porque se ha desterrado del lado de los que padecen hambre de justicia y sufren sobre sus hombros llagados la carga erizada de púas, de los caídos, de los parias.

Colocarse del lado de los esclavos, con la frente levantada, aun cuando se lleven fuertes y pesadas cadenas sobre las manos y gritar hacia los cuatro vientos de la tierra, que las conciencias, que los pensamientos, que loas palabras, que el alma de los ilotas, condena, maldice, anatematiza a los opresores, es la única actitud digna, la única que no merece un fallo de ignominia y de vergüenza, el día en que la historia ponga en uno de los platillos irrompibles de su enorme balanza, la jerga tosca y obscura de los oprimidos y en el otro, el puño ensangrentado de los profanadores.

Las tiranías jamás se han contenido con el dique del servilismo y de la transacción; jamás se han roto ante el gesto suplicante de los que carecen de la íntima conciencia del derecho, de la plenitud moral de la personalidad humana y padecen el viejo error, el pobre, el infundado prejuicio de que hay que extender el brazo para solicitar respeto y lástima para el cuerpo magullado, para el alma torturada de los vencidos.

Cuando el despotismo antiguo tropezó con Sócrates, que no supo, que no pudo sentirse y ser más alto, más grande, más fuerte que las espadas del Estado griego, mató estérilmente para la libertad a un hombre y si bien es cierto que la historia ha desenterrado a ese muerto y ha hecho que todos de lejos o de cerca lo saludemos, la tiranía pagana continuó su marcha victoriosa rodeada de sus legiones y de sus capitanes.

Pero cuando ese Estado pagano, en el país, llegó a ser más pujante y viva expresión, su síntesis y su poder más alto, tropezó no con el mártir griego desmayado en Atenas bajo el sopor mortal de la cicuta, sino con el mártir cristiano que había aprendido a alzar su frente delante de los verdugos del pensamiento y de la conciencia y quedar de pie, a pesar de todos los gestos de furor de los Césares y de los aullidos de las fieras y de los gritos estruendosos de las muchedumbres, en el circo de Roma; la tiranía se sintió herida de muerte, porque unos cuantos hombres, salidos de las excavaciones unos, otros venidos, sin los ejércitos de Alejandro, ni con las huestes de Pirro[1], de lejanas tierras, sin más poder que su atrevimiento apoyado en sus principios religiosos, quisieron aceptar de cara hacia el César el encuentro en que chocaron la libertad y la cuchilla de los verdugos, el derecho y los caprichos de los señores del mundo; y aunque la violencia del potro, el filo de la espada, los dientes afilados de los leones atasajaron la carne y quebraron los huesos y desarrollaron el cuerpo de los soldados de la libertad, por primera vez en la historia un solo hombre, un esclavo, una mujer, un joven, no pocas veces un niño pudieron reír sobre la impotencia de todos los déspotas para rendir una voluntad que sabe atrincherarse en sí misma, hacer de su cuerpo y de su espíritu y de su carácter una barricada y resistir sin alzar el brazo para herir a sus verdugos, pero sí alzando enhiesto y vencedor el cuerpo, alcanzo alto e irreductible el pensamiento, ante la ignominiosa audacia de la fuerza bruta.

Búsquese el rastro por donde vino la libertad al mundo en el desierto inmenso de la historia y sólo se encontrarán víctimas, esclavos y parias, allí donde nadie se atrevió a hacer de su propia conciencia y de su personalidad un atleta erguido sobre la arena del circo, en pleno reto a las turbas enloquecidas por la fiebre de sol y de sangre y ante los Césares que, para valernos de una frase célebre de Wagner,[2] habían “sentido la saciedad de lo divino”. Escárbese cerca de las catacumbas y se encontrará toda una montaña de mártires que supieron, que pudieron rendir al despotismo, solamente con su cara vuelta hacia el emperador y apoyados en su propia conciencia, iluminada y sostenida por el gesto sublime del primer mártir de la libertad.

Hay que alzar un muro de conciencias fuertes, de voluntades recias, de caracteres que sepan derrotar a la violencia bruta, no con el filo de la espada, sino con el peso irresistible y avasallador de una conciencia que rehúye las capitulaciones y espera a pie firme todas las pruebas.




[1] PIRRO (318-272 a.C.). Rey de Epiro, que ganó a los romanos la batalla de Ausculum, con graves pérdidas en su propio ejército.
[2] WAGNER, Richard (1813-1883). Compositor alemán de formación autodidacta, concibe en el drama musical la idea romántica de la obra de arte integral.