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martes, 14 de febrero de 2017

EL PLEBISCITO DE LOS MARTIRES



SOBRE LAS LIMADURAS ENNEGRECIDAS


La formación y el robustecimiento de la conciencia individual y colectiva es un problema a cuya solución deben tender, en estos instantes de retorno práctico a la edad de piedra, a la vida de las cavernas, todas las fuerzas vivas de los católicos. Porque debemos ante todo reconocer que las conciencias, es decir, la noción clara, profunda, íntima de la propia personalidad, de sus atributos, de sus derechos y prerrogativas ha sufrido, en nuestro país, un fuerte y doloroso descenso.

Y esto explica que delante de los monstruosidades que todos los días aparecen en las leyes y en los hechos, delante de nosotros y sobre nosotros y de que somos siempre unas veces víctimas y otras veces testigos, no hay vivos sacudimientos que hagan crispar de ira santa y noble como es la que grita y tiembla de indignación en presencia de las mutilaciones de derechos y de libertades, el alma de los individuos y, sobre todo, el corazón inmenso del pueblo. Y esto es también la clave segura para descifrar ese enorme e inquietante enigma consistente en que una masa de quince millones de mexicanos, colocados sobre el potro de todas las ignominias, caídas bajo el puño férreo e implacablemente salvaje de la revolución, estén encorvados aún y rendidos debajo de la carga de despotismo que les resquebraja los hombros y que les sangre la carne de su cuerpo. El número, al tratarse de contener y contrabalancear las extralimitaciones y los atropellos de los déspotas, tiene y ha tenido siempre una inmensa significación; pero el número es solamente una entidad puramente matemática que nada vale ni nada pesa sobre la balanza de los destinos de los parias, de los esclavos y de los pueblos oprimidos, mientras no llega a tener un alma, mientras no sopla sobre él, vivificante y fecundo, el hálito del espíritu, mientras no lo alienta, lo incorpora y lo hace cumbre que se yergue, cóndor que reta, águila que grazna y que llama al combate, la savia de la conciencia. Pues cuando esto sucede, y cada hombre y cada pueblo llevan encendida la antorcha que revela todo el alcance de las violaciones del derecho y de la libertad, como un resorte de carne viva se mueven, palpitan y se crispan cuerpos y almas al encontrarse en presencia de la sangre, que gotea del filo de la espada que empuña el verdugo, sobrevienen tormentas, huracanes, que ahogan con sus rugidos a los déspotas y desquician hasta los tronos seculares.

Y ese sentido íntimo de la propia dignidad ultrajada y que es un índice, un grito, un llamamiento inquietante, como hondo remordimiento, a todas las fuerzas, a la sangre y el espíritu, para que se echen en la hoguera de la ira que enciende las rebeldías santas del derecho acuchillado, de la personalidad escupida, retorcida, abofeteada, debe llenarlo todo: conciencia, corazón, pensamiento, cuerpo y alma, brazos y caracteres, para que se ericen caminos y ciudades, de puños crispados, de frentes enhiestas y de protestas resonantes. Alzar el nivel de la conciencia individual y colectiva es problema que no puede aplazarse allí donde, como en nuestro país, han logrado abrirse paso, en plena impunidad, todos los atentados, todas las aberraciones, todos los atropellos sin que haya habido otra cosa hasta ahora que asombros más o menos disimulados y contenidos, sin que haya sido posible una conjuración inmensa de conciencias que sitie, cerque y rinda a los profanadores.

Por tanto, la enormidad del número, el reclutamiento inmenso de una retaguardia de unidades y de caracteres, mientras no se echen las raíces vivas de la conciencia individual y colectiva y se le haga crecer, subir hasta que llegue a ser tumulto de sangre en las venas, lava ardiente de ira santa en las almas, será solamente el polvo endeble que todos los días barre el huracán a lo largo del desierto.

Habrá que encorvarse sobre la masa obscura y olvidada de limaduras ennegrecidas que nos rodean; habrá que encender en medio de ellas la hoguera que las ilumine primero, que las eche a arder después y las funda en un solo enorme bloque de pensamientos, de voluntades, de palabras, de conciencias, que tengan una sola gigantesca conciencia que a cada monstruosidad de los tiranos, como el océano a cada invasión tormentosa del huracán, responda con un estruendoso rugido y erice, levante el oleaje de su ira, de sus anatemas hasta tocar y resquebrajar la mano de los déspotas, cuantas veces se vea a la majestad alta del hombre, del ciudadano y del pueblo cargada con el madero de la ignominia y de la servidumbre.