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lunes, 16 de enero de 2017

RUSIA Y LA IGLESIA UNIVERSAL

LOS ESLAVÓFILOS RUSOS y SUS IDEAS SOBRE LA IGLESIA.
NOTAS CRÍTICAS.


Monseñor Filareto ha puesto al desnudo, sin quererlo, el estado real de la Iglesia oriental separada. Los Eslavófilos han querido cubrir esa desnudez con el transparente velo de una teoría idealista de la Iglesia «en su unidad libre y viva, basada en la gracia divina y la caridad cristiana». Como idea general de la Iglesia bajo el aspecto de organismo moral, la doctrina de los eslavófilos es perfectamente cierta, y ellos tienen el gran mérito de haber insistido en principio sobre la unidad esencial e indivisible de este organismo, tan desconocida por nuestros teólogos oficiales y nuestros disidentes. Por lo demás, los que opinen que los eslavófilos, al exponer la idea positiva de la Iglesia Universal se quedan demasiado en vaguedades y generalidades, encontrarán esta misma idea de la Iglesia, desarrollada con mucha mayor amplitud y claridad por ciertos escritores católicos, sobre todo el ilustre Moehler en su admirable libro Die Symbolik der Christlichen Kirche (1).

«La Iglesia es una», tal es el título que Khomiakof, jefe del círculo eslavófilo en Rusia, ha dado a un opúsculo dogmático que, aun cuando insignificante en sí, merece ser indicado como la única tentativa hecha por los eslavófilos para precisar y sistematizar sus ideas teológicas. La unidad de la Iglesia está determinada por la unidad de la Gracia divina que, para penetrar a los hombres y transformarlos en Iglesia de Dios, exige de ellos fidelidad a la tradición común, caridad fraternal y libre acuerdo de las conciencias individuales como garantía definitiva de la veracidad de su fe. Los eslavófilos insisten sobre este último punto especialmente definiendo a la Iglesia verdadera como la síntesis espontánea e interior de la unidad y de la libertad en la caridad. ¿Qué puede objetarse a semejante ideal? ¿Cuál es el católico romano que, al mostrársele la Humanidad entera o una parte considerable de ella penetrada de amor divino y caridad fraternal, poseyendo sólo un alma y un corazón y permaneciendo así en una libre unión por completo interior, cuál es, digo, el católico romano que querría imponer a tal sociedad la autoridad exterior y obligatoria de un poder religioso público? ¿Existen en alguna parte papistas que crean que los serafines y querubines necesitan un Papa que los gobierne? Y asimismo, ¿dónde está el protestante que, viendo la verdad definitiva realmente adquirida por da perfección de la caridad», insistiera todavía en emplear el libre examen? La unidad, perfectamente libre e interior de los hombres con la Divinidad, y entre ellos, es el supremo fin, el puerto hacia el que navegamos. Nuestros hermanos occidentales no están de acuerdo entre ellos en cuanto a los medios más apropiados para lograrlo.

Los católicos creen que es más seguro cruzar el mar junto en una gran nave ya probada, construida por un maestro célebre, gobernada por un experimentado piloto y provista de todo cuanto es necesario para el viaje.
Los protestantes pretenden, por el contrario, que cada cual debe fabricarse un barquichuelo a su gusto para poder bogar con más libertad. Esta última opinión, por errónea que sea, admite discusión, sin embargo. Pero, ¿qué puede argumentarse contra estos seudo-ortodoxos, según los cuales el verdadero medio de llegar a puerto es imaginarse que ya se está en él? Pues así creen aventajar a las comuniones occidentales, las que, a decir verdad, no han supuesto jamás que la gran religiosidad pudiera resolverse tan fácilmente.

La Iglesia es una e indivisible, lo que no le impide contener esferas diferentes que no deben ser separadas, sino claramente distinguidas, sin lo cual nunca se llegará a comprender nada del pasado ni del presente, ni a hacer nada por el futuro religioso de la Humanidad.  La perfección absoluta sólo puede pertenecer a la parte superior de la Iglesia, que se ha apropiado ya y asimilado definitivamente la plenitud de la gracia divina (la Iglesia triunfante o el reino de la gloria). Entre esta esfera divina y los elementos puramente terrestres de la Humanidad visible, está el organismo divino-humano de la Iglesia, invisible en su poder místico y visible en sus manifestaciones actuales, que participa igualmente de la perfección celeste y de las condiciones de la existencia material. Esta es la Iglesia propiamente dicha y ésta es lo que nosotros consideramos.  Ella no es perfecta en el sentido absoluto, pero debe poseer todos los medios necesarios para progresar con seguridad hacia el ideal supremo —la unión perfecta de toda criatura en Dios— a través de obstáculos y dificultades innumerables y entre las luchas, tentaciones y desfallecimientos humanos. La Iglesia no tiene aquí abajo la unidad perfecta del reino celeste, pero debe, sin embargo, contar con cierta unidad real, con un vínculo, orgánico y espiritual al mismo tiempo, que la determine como institución sólida, como cuerpo vivo y como individualidad moral. Bien que no abrace material y actualmente a todo el género humano; es, sin embargo, universal en virtud de que no puede atarse exclusivamente a una nación o a un grupo de naciones cualesquiera, sino que debe tener un centro internacional para propagarse en el universo entero. La Iglesia de aquí abajo, fundada en la revelación divina, custodia del depósito de la fe, no por ello tiene conocimiento absoluto e inmediato de todas las verdades; pero es infalible, es decir, que no puede errar si determina en un momento dado tal o cual verdad religiosa y moral, cuyo conocimiento explícito ha llegado a serle necesario. La Iglesia terrestre no es absolutamente libre por cuanto está sometida a las condiciones de la existencia finita, pero debe tener independencia bastante como para poder luchar continua y activamente contra los poderes enemigos, para no permitir que las puertas del infierno prevalezcan contra ella.


Tal es la verdadera Iglesia de la tierra, la Iglesia que, aun cuando imperfecta en sus elementos humanos, ha recibido de Dios el derecho, el poder y todos los medios necesarios para elevar a la Humanidad y dirigirla a su fin definitivo. Si no fuera una y universal, no podría servir de base para la unidad positiva de todos los pueblos, y ésta es su misión principal.  Si no fuera infalible no podría guiar a la Humanidad por el camino verdadero; sería entonces como un ciego guiando a otro ciego. Y si, por último, no fuera independiente, no podría llenar ninguna de sus funciones sociales, y, al convertirse en instrumento de los poderes de este siglo, faltaría por completo a su misión. Los caracteres esenciales e indispensables de la Iglesia verdadera son, al parecer, suficientemente claros y determinados. Sin embargo, nuestros nuevos ortodoxos, tras de haber confundido en sus nebulosas reflexiones el aspecto divino y el aspecto terrestre de la Iglesia, no encuentran dificultad alguna para identificar ese confuso ideal con la Iglesia oriental de hoy, la Iglesia greco-rusa tal como la vemos... La proclaman la sola y única Iglesia de Dios, la verdadera Iglesia Universal, y miran a las demás comuniones como asociaciones anticristianas. Así, al paso que aceptan en principio la idea de la Iglesia Universal, los eslavófilos la excluyen de hecho y reducen la universalidad cristiana a una Iglesia particular que está por otra parte, muy lejos de responder al ideal que ellos mismos preconizan. Según su pensamiento, la verdadera Iglesia es, ya lo sabemos, la síntesis orgánica de la libertad y de la unidad en la caridad; ¿es en la Iglesia greco-rusa donde encontraremos esta síntesis? Tratemos de conservar la seriedad y veamos si es cierto.

(1) Obra laudada y citada a menudo" en las Praclectiones theologicae del dogmatista oficial de la Iglesia latina, P. Perrone. profesor del Collegium romanum y miembro de la Compañía de Jesús.