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miércoles, 4 de enero de 2017

RUSIA Y LA IGLESIA UNIVERSAL

LIBRO PRIMERO
ESTADO RELIGIOSO DE RUSIA
Y ÉL ORIENTE CRISTIANO.


I. LA LEYENDA RUSA, DE SAN NICOLÁS Y SAN CASIANO.
SU APLICACIÓN A LAS DOS IGLESIAS SEPARADAS.
                                                                                                                               
San Nicolás y San Casiano, dice una leyenda popular rusa, enviados del Paraíso para visitar la tierra, vieron un día por el camino a un pobre paisano cuya carreta, cargada de heno, había quedado atascada en el cieno, y que hacía infructuosos esfuerzos para hacer adelantar su caballo.
—Vamos a echar una mano a ese buen hombre —dijo San Nicolás.
—Me cuidaré bien de hacerlo —respondió San Casiano—; temo ensuciar mi clámide.
—En ese caso, espérame o bien sigue tu camino sin mí —dijo San Nicolás, y metiéndose sin miedo en el barro, ayudó animosamente al paisano a sacar su carreta del pantano. Cuando hubo terminado y se reunió con su compañero,-San Nicolás, estaba cubierto de lodo, y su clámide, sucia y desgarrada, parecía vestimenta de pobre.
Grande fue la sorpresa de San Pedro cuando le vio llegar en ese estado a la puerta del Paraíso.
— ¡Eh! ¿Quién te ha puesto así? —le preguntó San Nicolás contó lo sucedido.
—Y tú —preguntó San Pedro a San Casiano—, ¿no estabas con él en esa coyuntura?
—Sí, pero no tengo costumbre de mezclarme en lo que no me importa, y ante todo he pensado no alterar la blancura inmaculada de mi clámide.
—Pues bien —dijo San Pedro—, tú, San Nicolás, a causa de no haber temido ensuciarte con tal de librar de contrariedades a tu prójimo, serás festejado en adelante dos veces por año, y serás considerado como el más grande santo después de mí por todos los campesinos de la santa Rusia. Y tú, San Casiano, conténtate con el placer de tener una clámide inmaculada: tu fiesta será sólo los años bisiestos, una vez cada cuatro años. Bien puede perdonarse a San Casiano su aversión por el trabajo manual y por el barro de las carreteras, pero se equivocaría por completo si quisiera condenar a su compañero por haber comprendido de diversa manera las obligaciones de los santos hacia la humanidad. Nos gusta mucho el ropaje puro y esplendente de San Casiano; pero desde que nuestra carreta está todavía en pleno barro, de quien tenemos necesidad es de San Nicolás, el santo intrépido siempre pronto a ayudarnos. La Iglesia occidental, fiel a la misión apostólica, no ha temido hundirse en el fango de la vida histórica. Fue durante largos siglos el único elemento de orden moral y de cultura intelectual entre las poblaciones bárbaras de Europa; tomó a su cargo toda la tarea del gobierno materia, así como la educación espiritual de aquellos pueblos de espíritu independiente y de feroces instintos. Al entregarse a este rudo trabajo el Papado, como el San Nicolás de la leyenda, cuidaba menos de su pulcritud aparente que de las necesidades reales 105 de la humanidad. Por su parte, la Iglesia Oriental, con su ascetismo solitario y su misticismo contemplativo, con su alejamiento de la política y de todos los problemas sociales que interesan a la humanidad entera, deseaba, ante todo, como San Casiano, llegar al paraíso sin una sola mancha en su clámide. Aquella quiso emplear las fuerzas divinas y humanas para un fin universal; ésta, sólo trató de conservar su pureza. He aquí el motivo principal de diferencia y la más profunda causa de separación entre ambas Iglesias. Se trata de distintos ideales de vida religiosa. El ideal religioso del Oriente cristiano separado no es falso, sino incompleto. Desde hace mil años la cristiandad oriental ha identificado la religión con la piedad personal (1), y considera la oración como la obra religiosa única. La Iglesia Occidental, sin desconocer la piedad individual como el verdadero germen de toda religión, quiere que este germen se desarrolle y produzca frutos en una actividad social, organizada para la gloria de Dios y para el bien universal de la humanidad. El Oriental ora, el Occidental ora y trabaja. ¿Quién de los dos tiene razón? Jesucristo fundó su Iglesia visible, no sólo para contemplar el cielo, sino también para trabajar en la tierra y combatir contra las puertas del infierno. Envió a sus apóstoles, no al desierto ni a la soledad, sino al mundo para conquistarlo y someterlo al Reino que no es de este mundo, y les recomendó, no tan sólo la pureza de las palomas, sino, además, la prudencia de las serpientes.

Si se tratara nada más que de conservar la pureza del alma cristiana, ¿por qué toda esa organización social de la Iglesia, para qué esos poderes soberanos y absolutos con que Cristo la ha provisto, dándole facultad de atar y desatar sin apelación sobre la tierra y en los cielos? Los monjes de la santa montaña de Athos —verdaderos representantes de la Iglesia oriental aislada—emplean todas sus fuerzas desde hace siglos en orar y contemplar la luz increada del Tabor (2). Tienen razón, ya que la oración y la contemplación de las cosas increadas son indispensables para la vida cristiana. Pero, ¿puede admitirse que esta ocupación del alma constituya la vida cristiana entera? Pues en esto viene a darse cuando se quiere colocar al Oriente ortodoxo, con su carácter particular y su tendencia religiosa especial; en el lugar de la Iglesia Universal. Tenemos en Oriente una Iglesia que ora; pero, ¿dónde se halla entre nosotros la Iglesia que obra, que se afirma como fuerza espiritual absolutamente independiente de los poderes terrestres? ¿Dónde está, en Oriente, la Iglesia del Dios vivo, la Iglesia que en cada época dicta leyes a la Humanidad, que determina y desarrolla las fórmulas de la verdad eterna para oponerlas a las continuas transformaciones del error?¿Dónde está la Iglesia que trabaja por reformar toda la vida social de las naciones de acuerdo con el ideal cristiano y por conducir a éstas al objetivo supremo de la creación: la unión libre y perfecta con el Creador? Los partidarios del ascetismo exclusivo deberían recordar que el Hombre Perfecto sólo pasó cuarenta días en el desierto; los contempladores de la luz del Tabor no deberían olvidar que ésta apareció una sola vez en la vida terrestre de Cristo, quien probó con su ejemplo que la verdadera oración y la contemplación verdadera no son más que el apoyo de la vida activa.

Si esta grande Iglesia, que no hace más que orar en el curso de los siglos, no ha orado en vano, debe manifestarse como Iglesia viva que obra, que lucha y que triunfa. Pero es menester que lo queramos nosotros mismos. Es menester ante todo reconocer la insuficiencia de nuestro ideal religioso tradicional, y hacer sinceros esfuerzos para realizar una más completa concepción del cristianismo. Para eso no hay que inventar ni crear nada. Se trata sólo de devolver a nuestra religión su carácter católico o universal, reconociéndonos solidarios de la parte activa del mundo cristiano, de ese Occidente centralizado y organizado para una acción universal y que posee todo lo que nos falta. No se nos pide que cambiemos nuestra naturaleza oriental o reneguemos el carácter específico de nuestro espíritu religioso. Debe únicamente reconocerse sin reservas esta simple verdad: que nosotros, el Oriente, no somos más que una parte de la Iglesia Universal y una parte que no tiene el centro en sí misma y que, por consiguiente, nos es necesario reunir nuestras fuerzas particulares y periféricas con el gran centro universal que la Providencia ha colocado en Occidente. No se trata de suprimir nuestra individualidad religiosa y moral, sino de completarla y hacerla vivir una vida universal y progresiva.


El deber nuestro consiste únicamente en reconocernos por lo que somos en realidad: una parte orgánica del gran cuerpo cristiano, y en afirmar nuestra solidaridad espiritual con nuestros hermanos del Occidente. Este acto moral, este acto de justicia y de caridad, sería por sí solo un progreso inmenso para nosotros y la condición indispensable de todo progreso ulterior. San Casiano no tiene necesidad de convertirse en otro hombre ni de descuidar la pureza de su ropaje inmaculado. Debe reconocer solamente que su colega tiene ciertas cualidades importantes que a él le faltan y en lugar de reñir a ese enérgico trabajador, debe aceptarlo francamente como compañero y guía en el viaje terrestre que les queda por hacer

(1) En la antigua lengua rusa se empleaba de ordinario el término piedad (blagotchesVié) para designar a la ortodoxia, y el de fe piadosa (blagotchestivaia viera) en vez de fe ortodoxa
(2) Mediante ciertos procedimientos fisiológicos y psicológicos que, en conjunto, han sido denominados entre nosotros «operación merital» (umnoié dielarüíé), los solitarios de Athos alcanzan un estado extático en que experimentan sensaciones singulares y pretenden ver la luz divina que se manifestó cuando la Transfiguración de Nuestro Señor. Lo más curioso es que se considera este fenómeno como realidad subsistente y eterna. En el siglo XIV se produjeron encarnizadas disputas en la Iglesia griega, para elucidar la naturaleza propia de la luz tabónca y sus relaciones con la esencia de la Divinidad.