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lunes, 23 de enero de 2017

Los Martires Cristeros

Los Mártires de Tabasco
(continuación)


Gobernador lanzó la amenaza de que correría sangre si los campesinos no se retiraban. El representante del pueblo contestó que todos estaban resueltos a morir sin derramar ni una gota de sangre de sus atacantes; pero sin abandonar el lugar. Mientras tanto, había sido retirada la gendarmería de los pasos de los ríos. A las seis de la mañana llegó a la Concepción un grupo de campesinos con madera y guano (hoja grande de palma), para construir rápidamente, como se hizo, una ermita provisional —según palabras de ellos— en el presbiterio del templo. Pero faltó guano y fueron enviados más hombres por él. A eso de las 7.30 del 12 se recibió el aviso de que más de mil campesinos estaban detenidos a tres cuadras de distancia de nuestro campamento. El jefe del pueblo se puso a la cabeza de mil hombres para ir al rescate de sus compañeros. Soldados federales trataron de contener a la multitud, cortando cartucho, pero la columna no retrocedió: hizo a un lado a los soldados; y este acto tan sencillo se repitió al encontrarse con los que no habían podido pasar por sí solos. Todos volvieron en triunfo, formando una columna compacta, vitoreada por las mujeres y los hombres que se habían quedado custodiando el improvisado altar de la Santísima Virgen de Guadalupe.  En medio de esa misma columna entró el guano que faltaba para acabar de techar la "ermita".

A las 8 de la mañana se giraron telegramas al Presidente de la República y al periódico Excélsior, detallando todo lo anterior y diciendo con toda crudeza que los campesinos no se retirarían sino con su libertad religiosa absoluta; se agregaba que serían ocupados todos los lugares pertenecientes a los templos destruidos por Garrido y se advertía que el pueblo no tomaría nunca en cuenta la pseudo-ley garridista que exigía sacerdotes casados para el culto católico. Se telegrafió al señor Obispo, pidiéndole que, si gustaba, se presentara a regir su diócesis. En el resto del día 12 siguieron llegando más campesinos, en grupos apretados que eran vitoreados y que contestaban con vivas a Cristo Rey y a la Virgen de Guadalupe. En uno de ellos llegó el héroe de Tabasco, el padre Macario Fernández Aguado. A las 10 de la mañana ya estaba congregada en la Concepción y sus alrededores, una multitud de cuatro mil campesinos, cuando menos. Se recibió a esa misma hora un recado de que el Gobernador esperaría en palacio, a las 11 de la mañana, a una comisión del pueblo. Este llenó la plaza de armas, frente a palacio, con el ánimo de demostrar que defendería a sus representantes si se trataba de aprehenderlos. Subieron éstos las escaleras de palacio, a las once menos dos minutos, pasando en medio de la guardia federal, especialmente apostada ahí desde la madrugada. Cerca de media hora duró la conferencia. Los católicos fueron inflexibles. El Gobernador Interino insistió en que se retiraran todos los campesinos a sus hogares. Se le contestó que se retirarían una vez reconocida la libertad religiosa. El funcionario terminó diciendo que él se atendría a lo que resolviera el gobierne federal. una manifestación por toda la ciudad. Este acto fue anunciado pasa las cinco de la tarde de ese mismo día 13. Al efecto fueron distribuidos en la capital cinco mil volantes, invitando al pueblo de Villahermosa a sumarse a la manifestación.
                                                                                                
La cual fue imponente: en silencio y con el pabellón de los triunfos a la cabeza, enarbolado por una señorita y el que escribe, desfiló por muchísimas calles de la ciudad, por todas las populosas, pasando primero frente al Palacio de Gobierno y volviendo ya muy tarde por el mismo lugar. En esos momentos, eran más de diez mil los manifestantes. Al principio no pasaban de tres mil, habiendo quedado como trescientos campesinos, entre hombres y mujeres, custodiando a la Concepción. Las personas de Villahermosa que no se incorporaron a la multitud, salieron a las calles a verla desfilar, expresando vivísima alegría. El orden que se guardó fue admirable y el silencio absoluto. En el terreno del antiguo templo de la Santa Cruz, se declaró que nuevamente se tomaba posesión de él para reconstruir la iglesia. Entonces sí se rompió el silencio con vivas a Cristo Rey y a nuestra Reina, como también cuando los custodios de la Concepción vieron volver la columna enorme y triunfante. Un orador pidió silencio, dio gracias a Dios por el triunfo obtenido y terminó diciendo que sólo faltaba que los sacerdotes ejercieran desde luego su ministerio públicamente; que él sabía que entre la muchedumbre estaba el padre Hidalgo; que las personas que lo conocieran lo llevaran en triunfo hasta el improvisado altar. Al segundo se vio que un grupo de cuatro o cinco hombres llevaban a otro a viva fuerza hacia el presbiterio. A este lugar lo subieron, también a la fuerza. Era el padre J. Pilar Hidalgo. Habló con emoción conmovedora y con gran valor. Terminó invitando a todo el pueblo a la misa que celebraría al día siguiente, a las siete de la mañana. La alegría de la gente fue enorme y clamorosa. Hasta que, por fin, multitud de católicos iban a saber lo que es el Santo Sacrificio del Altar. Hasta que, por fin, serían bautizados millares de tabasqueños de todas las edades. Y sabrían, por primera vez, lo que es unirse a Cristo en la Sagrada Eucaristía.

La primera misa al aire libre.

La primera misa de la reanudación de cultos en Tabasco fue celebrada el día catorce de mayo a las 7 de la mañana. La oyó una gran muchedumbre, con religiosidad conmovedora. Los soldados federales, de guardia en los balcones del Palacio Municipal que caen frente a la Concepción, descubrieron sus cabezas. Al terminarse el Santo Sacrificio, también ellos dieron dinero, para la reconstrucción del templo, la cual empezó pocos minutos después, a las 8.15. Debe conservarse el nombre del albañil en jefe por su valiente comportamiento: Nicolás Montejo, popularmente conocido por el mote de Caminante. Desde ese momento se trabajó con intensidad maravillosa, echando hondos y fuertes cimientos y levantando luego recios muros, como con manos de ángeles. (Tal era la expresión popular) . Hay que hacer notar que la Santísima Virgen había conservado milagrosamente su terreno de la Concepción: a Garrido se le habían frustrado sus proyectos de construir ahí primero una escuela, después un teatro y, por último, una alberca. Ladrillo, cal, arena, madera, todo lo necesario se compraba o se recibía como donativo, conforme se iban necesitando los materiales, sin que nunca llegara a faltarnos algo. Y por ellos salían constantemente grandes grupos de campesinos, para evitar gastos de acarreo y para darse el gusto de poner el sudor de sus frentes en la reconstrucción del templo de la Virgen amada. El 14 en la noche cayó un aguacero torrencial que amenazó con dispersar a nuestra gente y dejar el campo al enemigo. 'Más se enardecieron los ánimos: cientos de brazos sostuvieron un techo de tejas de zinc y de mangas de hule, mientras se rebaba y se cantaba fervorosamente. Al día siguiente, todo el mundo vio con asombro que en lugar de la "ermita" de madera y guano lucía un sólido artesonado techado con tejas de zinc, abarcando todo el presbiterio.

El Evangelio. La doctrina. Flores.

El día 15, domingo, el padre Hidalgo celebró dos misas, una a las 7 y otra a las 9. Su voz tronó al explicar el Evangelio del día. Hasta en la Plaza de Armas, a dos cuadras de distancia, se escuchó la magnífica profecía:  ". . .Y las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella... En la tarde de ese mismo domingo se dedicaron las dos morelianas y las cinco señoritas cordobesas a enseñar la doctrina cristiana. Todos los oyentes, grandes y chicos, contestaban a coro. Las verdades de nuestra Fe se oían con claridad en el corazón de la ciudad asombrada. Muchos ojos se cuajaron de lágrimas. Poco después de la doctrina se cantó el rosario y le ofrecieron flores a la Santísima Virgen más de cuatrocientas niñas vestidas de blanco, penetrándose toda la gente de la intensa poesía de aquel acto, desconocido hasta entonces para la inmensa mayoría del pueblo.  Los mismos actos religiosos siguieron celebrándose todos los días, animados constantemente con la incomparable música de los trabajos de reconstrucción. Del 14 en adelante se regalaron miles de estampas y de catecismos, precioso obsequio del Sr. Obispo de Veracruz Guízar y Valencia. Mientras tanto, los periódicos locales nos atacaban y excitaban al gobierno a proceder contra el pueblo; pero a los pocos días enmudecieron, cansados de no ser tomados en cuenta. Pronto se dio por terminado el asunto a favor de los católicos. La confianza reinó en nuestras filas, por lo cual del 16 de mayo en adelante no se quedaron en la Concepción más campesinos que los absolutamente indispensables para ayudar a los albañiles en sus trabajos. Miles de hombres volvieron a sus hogares, tranquilos y felices. El lunes 23 rescatamos una campana abandonada por el garridismo en una calle. Veinte hombres fueron por ella. La cargaron con dos fuertes maderos, en cruz. Ya en la Concepción, fue elevada a un campanario compuesto por dos horcones de cuatro metros de altura y un buen travesano. También el lunes 23 empezaron a percibir jornal más de 20 albañiles y otros tantos peones, que- habían regalado una semana entera de trabajo. Nueva lucha. El jueves 26 de mayo llegó a Villahermosa, en avión, el Dr. Víctor Fernández Mañero, Gobernador Constitucional del Estado. A las 5 de la tarde envió un recado al padre Hidalgo y al jefe seglar, pidiéndoles que fueran a palacio a las 7 de la noche. Acudieron ellos a la cita, encontrándose con el señor gobernador, con el jefe de las Operaciones Militares, con el Secretario General de Gobierno y con el Presidente Municipal. El gobernador usó de los ruegos y de las amenazas para que se aceptara su proposición, que dijo ser la del Presidente Cárdenas, de que tomáramos dos Municipios, por ejemplo Teapa y Cunduacán, o cualesquiera otros, menos el del centro, es decir, el de Villahermosa, ni el de Frontera, nido garridista. A las amenazas y a los ruegos se le contestó con serenidad y firmeza que no se abandonaría a Villahermosa y que la libertad la queríamos para todo el estado, por ser de justicia. Llegó a exaltarse tanto el gobernador, acostumbrado a los servilismos, que dio 24 horas de plazo al jefe seglar para que abandonara el estado y claramente amenazó con derramamiento de sangre, diciendo que no les impediría a los elementos rojos que nos atacaran y que, al efecto, se nos retiraban todas las garantías.