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martes, 3 de enero de 2017

ESCRITOS SUELTOS DEL LIC. Y MARTIR ANACLETO GONZALES FLORES, “EL MAISTRO”

ES UNA INFAMIA


La tala y el incendio de los valores materiales de un pueblo, son hechos que tienen una significación de arrasamiento y de ruina. Esto explica que pese sobre el espíritu de todos los hombres de gobierno la preocupación de que hay que conservar y defender las fuentes de riqueza material.

Sin embargo, preciso es reconocer que hay un arrasamiento de alcance más hondo y de significación más funesta para las sociedades: el arrasamiento de sus fuerzas y de sus reservas morales.

Porque desde luego entre todos los valores que sirven para edificar y sostener una sociedad, hay una íntima, una estrecha relación, de manera que si no se anudan, si no se entrelazan y se apoyan en virtud de amarres fuertes de solidaridad recíproca todos los factores del orden social, el desmoronamiento sobrevendrá inevitablemente.

Por tanto, es funesto que todas las corrientes de energías sociales vayan a desembocar hacia el sol esplendor material y que se deje pudrir el alma de los individuos y de los pueblos en la cloaca de la inercia y de una orgía de disipación y de deleite; pero más funesto es aún que llegue un momento en que las leyes y sobre todo, la actitud y la obra de los gobernantes, talen, derriben y dispersen los valores morales. La supresión de valores morales ha significado siempre la bancarrota de las sociedades y todos los demás valores artísticos, científicos, intelectuales, económicos, se precipitan hacia su derrumbamiento allí donde han sido arrancados por la ley o por falta de respeto a los principios legales, los soportes en que descansan el esqueleto y la armazón de los pueblos.

Se podrá disfrutar por más o menos tiempo con un esplendor puramente exterior la podredumbre que corroe y pudra las entrañas de un país y deslumbrar con un derroche intenso de elevación económica y material, a los espíritus superficiales, pero tarde o temprano sobreviene la crisis definitiva y entonces nada ni nadie contendrá el desquiciamiento.

Al siglo de Luis XIV[1] muchos le han llamado el siglo de oro de Francia. Rodeado el soberano de artistas, de literatos, de capitanes, de hombres, de estado eminentes, de un lujo centelleante, parecía presidir la civilización en su marcha triunfal, en tanto que los más célebres poetas, oradores, escritores, pensadores y generales de ese siglo formaban la escolta del monarca francés. Todavía hay miopes que para justificar y defender los gobiernos absolutos, vuelven sus ojos hacia el reinado de Luis XIV, para encontrar en el esplendor y en el poderío de ese soberano un argumento decisivo a favor del absolutismo. Lo cierto es que observadores atentos, serenos y desapasionados han llegado a decir que aquel rey había hecho de sus escándalos instituciones públicas. Y la verdad de las cosas es que las fuerzas morales, durante el reinado de Luis XIV padecieron desgastes tan hondos y tan fuertes que no muy tarde sobrevino la enorme, la inmensa quiebra de la revolución francesa que se encargó, como todas las revoluciones, de sacar a flor de realidad la miseria de todos: de los de arriba y de los de abajo y por encima de todos ellos la ruina, el debilitamiento, el hundimiento de todas las fuerzas morales.

Se ha dicho que toda revolución es un balance que se elabora subterráneamente y arroja de un mundo inesperado su saldo de sangre sobre la cara de hombres y de clases sociales; sea de esto lo que fuere, lo cierto es que toda revolución es un índice incontestable, una señal inequívoca, un estigma de bancarrota, de los valores morales. Porque en toda revolución entran en lucha enconada los apetitos de la bestia desbocada y los soportes de equilibrio moral; y si éstos, en el día de la prueba, están flacos y carcomidos, el derrumbamiento será inevitable. Y aparte de esto, continuará, si no se hace sentir un esfuerzo serio, tenaz y enérgico de resistencia, el arrasamiento de todas las fuerzas morales. Vendrá la postración y detrás de ella la parálisis.

Mucho pierde, por tanto, la trama económica del país, con que todos los días en nombre de la redención de los desheredados, se amedrente a todas las fuerzas productoras y se provoque así la interrupción de las labores de reconstrucción de las fuerzas económicas de la patria; pero nadie puede medir todo el alcance que tiene el hecho de que de una manera especial los que gobiernan entren a saco en leyes, derechos, prerrogativas, posiciones morales indiscutiblemente respetables, consagradas por leyes y por principios altos de organización social, pues cuando esto sucede y se ve rodar a las fuerzas morales, apuñaleadas, arrastradas por calles y plazas, se siente el vaho de las cavernas, una especie de vértigo material, artístico y social y el caos cierra su fila de sombras en torno de conciencias, de cuerpos y de espíritus; llega a suceder que estrechamente abrazadas y heridas por un vértigo común, caen las reservas morales juntamente con las energías económicas y la ruina sea consumada.

El patrimonio material podrá ser reparable a la vuelta de un plazo breve o más o menos largo, cosa que no sucede con el patrimonio moral, pues éste exigirá largas y hondas rectificaciones, esfuerzos inmensos para reconstruirse y rehacer.

La revolución actual tiene un saldo de arrasamiento de fuerzas materiales, enorme, incalculable, pero su saldo de tala e incendio de valores morales, de reservas espirituales, no tiene medida ni límite. A la vuelta de varios años, habrá sido posible reparar las pérdidas económicas. Pasarán, sin embargo, muchos años, y todavía abrumados, desconcertados ante la ineficacia de las leyes y de las fuerzas morales, predicada, sostenida, reafirmada puñal y bayoneta en mano por la revolución, seremos náufragos sin brújula, sin remos y sin esperanza de puerto, ni de bonanza.

Ya es un crimen sin nombre que la revolución para tener recursos y predominio políticos, esté arruinado todas las reservas económicas, pero que mate en plena vía pública, como lo está haciendo, las reservas morales, es más que un crimen: es una infamia.


[1] LUIS XIV, el Rey Sol (1638-1715). Rey de Francia, desarrolló una política absolutista, favoreció a la burguesía, centralizó la administración y reorganizó las finanzas.