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lunes, 12 de diciembre de 2016

RUSIA Y LA IGLESIA UNIVERSAL

Practicar la Verdad


La humanidad ha creído que, profesando la divinidad de Cristo, quedaba dispensada de tomar en serio sus palabras. Ciertos textos evangélicos han sido arreglados de manera que pudiera sacarse de ellos lo que se quisiera y contra otros textos que no se prestaban a arreglos se hizo la conspiración del silencio. Se ha repetido sin descanso el mandamiento: «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios», para sancionar un orden de cosas que daba todo a César y a Dios nada. Con la palabra: «Mi Reino no es de este mundo», se ha tratado de justificar y confirmar el carácter pagano de nuestra vida social y política, como sí la sociedad cristiana debiera pertenecer fatalmente a este mundo y no al Reino de Cristo. En cuanto a las palabras: «Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra», no se las citaba. Se aceptaba a Cristo como sacrificador y como víctima expiatoria, no se quería a Cristo Rey. Su dignidad real fue reemplazada por todas las tiranías paganas; pueblos cristianos repitieron el grito de la plebe judaica: «No tenemos rey, sino César.» Así ha visto la Historia y aún vemos nosotros el extraño fenómeno de una sociedad que profesa como religión el cristianismo y que permanece pagana, no sólo en su vida, sino en cuanto a la ley de su vida.

Dualismo tal es una quiebra moral más que una inconsecuencia lógica. Claramente se lo advierte en el carácter hipócrita y sofístico de los argumentos de ordinario empleados para defender ese estado de cosas. «La esclavitud y los castigos crueles —decía treinta años a un obispo célebre en Rusia— no son contrarios al espíritu del Cristianismo, porque el sufrimiento físico no obsta a la salvación del alma, único objeto de nuestra religión.» Como si el sufrimiento físico infligido a un hombre por otro hombre no supusiera en éste una depravación moral, un acto de injusticia y de crueldad ciertamente peligrosos para la salvación de su alma. Aun admitiendo —lo que es absurdo— que la sociedad cristiana pueda ser insensible al sufrimiento de los oprimidos, ¿puede ser indiferente al pecado de los opresores? Esa es la cuestión.

Más que la esclavitud propiamente dicha, la esclavitud económica ha encontrado defensores en el mundo cristiano. «La sociedad y el Estado —dicen— no están obligados a tomar medidas generales y regulares contra el pauperismo; basta con la limosna voluntaria; ¿acaso no dijo Cristo que siempre habría pobres en la tierra?» Sí, siempre habrá pobres, así como siempre habrá enfermos; ¿prueba esto acaso la inutilidad de las medidas sanitarias? La pobreza en sí misma no es un mal, tampoco la enfermedad; el mal está en quedar indiferente ante los sufrimientos del prójimo.

Ni se trata tan sólo de los pobres; también los ricos tienen derecho a nuestra compasión. ¡Pobres ricos! Se hace lo posible por desarrollarles la joroba, y luego se les invita a entrar al Reino de Dios por el orificio imperceptible de la caridad individual. Ya se sabe, por lo demás, que una exégesis bien informada ha creído que «el ojo de la aguja» no era otra cosa que la traducción literal del nombre hebreo dado a una de las puertas de Jerusalén (negeb-ha-khammath o Khour-hahhammath, difícil de pasar para los camellos. No sería, pues, lo infinitamente pequeño de una filantropía individualista, sino el camino estrecho y arduo, pero, así y todo, practicable, de la reforma social lo que el Evangelio propondría a los ricos.

Se querría limitar a la caridad la acción social del cristianismo; se querría privar a la moral cristiana de toda sanción legal, de todo carácter obligatorio. Moderna aplicación de la antigua antinomia gnóstica (el sistema de Marcion, en particular), tantas veces anatematizada por la Iglesia. Que todas las relaciones entre los hombres estén determinadas por la caridad y el amor fraternal es, sin duda, la voluntad definitiva de Dios, el objeto de su obra; pero en la realidad histórica —como en la ovación dominical— el cumplimiento de la voluntad divina en la tierra sólo tiene lugar después de la santificación del nombre de Dios y del advenimiento de su Reino.  El nombre de Dios es la verdad y su Reino la justicia. Luego el triunfo de la caridad evangélica en la sociedad humana tiene como condiciones el conocimiento de la verdad y la práctica de la justicia. A la verdad, todos son uno, y Dios —la unidad absoluta— es todo en todos. Pero esta unidad divina es ocultada a nuestros ojos por el mundo del mal y de la ilusión, consecuencia del pecado del hombre universal.

La ley de este mundo es la división y el aislamiento de las partes del Gran Todo. La misma humanidad, que debería ser la razón unificante del universo material, se ha visto fraccionada y dispersa en la tierra y no ha podido alcanzar por sus propios esfuerzos más que una unidad parcial e inestable (la monarquía universal del paganismo). Esta monarquía, representada primero por Tiberio y Nerón, recibió su verdadero principio unificante cuando «la gracia y la verdad» se manifestaron en Jesucristo. Reunido con Dios, el género humano halló de nuevo su unidad. Para ser completa esta unidad debía ser triple: debía realizar su perfección ideal basada en un hecho divino y en el medio de la vida humana. Puesto que la humanidad está realmente separada de la unidad divina, necesita que esa unidad nos sea dada primero como un objeto real que no depende de nosotros mismos: el Reino de Dios que viene hacia nosotros, la Iglesia exterior y objetiva. Pero, una vez reunida a esta unidad extrínseca, la humanidad debe traducirla en acción, asimilarla por su propio trabajo: el Reino de Dios padece fuerza, y los que se esfuerzan le poseen. Manifestado primero para nosotros y luego por nosotros, el Reino de Dios debe revelarse por último en nosotros con toda su perfección intrínseca y absoluta, como amor, paz y gozo en el Espíritu Santo.

La Iglesia Universal (en el amplio sentido de la palabra) se desenvuelve así como una triple unión divinohumana. La unión sacerdotal, en que el elemento divino, absoluto e inmutable domina y forma la Iglesia propiamente dicha, el Templo de Dios. La unión, real, en que domina el elemento humano y que forma el Estado cristiano (Iglesia, como cuerpo vivo de Dios). La unión profética, por fin, en que lo divino y lo humano deben compenetrarse en una conjunción libre y recíproca, formando la sociedad cristiana perfecta (Iglesia, como Esposa-de Dios). La base moral de la unión sacerdotal o de la Iglesia propiamente dicha es la fe y la piedad; la unión real del Estado cristiano está fundada en la ley y la justicia; el elemento propio de la unión profética o de la sociedad perfecta es la libertad y el amor. La Iglesia propiamente dicha, representada por el orden jerárquico, reúne la humanidad a Dios mediante la profesión de la verdadera fe y la gracia de los sacramentos.

Pero sí la fe que la Iglesia comunica a la humanidad cristiana es una fe viva, y si la gracia de los misterios sagrados es una gracia eficaz, la unión divinohumana resultante no puede quedar confinada en el dominio especialmente religioso, sino que debe extenderse a todas las- relaciones públicas de los hombres, regenerar y transformar su vida social y política. Aquí se abre un campo de acción propio para la humanidad. Aquí la acción divino-humana no es ya un hecho consumado como en la Iglesia sacerdotal, sino una obra a ejecutar. Se trata de realizar en la sociedad humana la verdad divina; se trata de practicar la verdad. Ahora bien, en su expresión práctica, la verdad se llama justicia.

La verdad es la existencia absoluta de todos en la unidad, es la solidaridad universal que está eternamente en Dios, que fue perdida por el hombre natural y reconquistada en principio por el Hombre espiritual: Cristo. Tratase, pues, de continuar, mediante la acción humana, la obra unificadora del Hombre-Dios disputando el mundo al principio contrario del egoísmo y de la división. Cada ser particular, nacional, clase, individuo, en cuanto se afirma para sí y se aísla de la totalidad di vino-humana, obra contra la verdad, y si la verdad vive en nosotros, debe reaccionar y manifestarse como justicia. De ese modo, después de haber reconocido la solidaridad universal (la unitotalidad) como verdad, después de haberla practicado como justicia, la humanidad regenerada podrá experimentarla como su esencia interior y gozarla completamente en espíritu de libertad y de amor. Todos son uno en la Iglesia por la unidad de la jerarquía, la fe y los sacramentos; todos son unificados en el Estado cristiano por la justicia y la ley; todos deben ser uno en la caridad natural y la libre cooperación. Estos  tres modos, o, mejor dicho, tres grados de la unidad, están indisolublemente ligados entre sí. Para imponer la solidaridad universal, el Reino de Dios, a las naciones, clases e individuos, el Estado cristiano debe creer en ellos como en la verdad absoluta revelada por Dios mismo. Pero la revelación divina no puede dirigirse inmediatamente al listado como tal, es decir, a la humanidad natural y extra-divina. Dios se ha revelado, ha confiado su verdad y su gracia a la humanidad elegida, santificada y organizada por él mismo, a saber: la Iglesia. Para someter la humanidad a la justicia absoluta, el Estado (producto a su vez de las fuerzas humanas y de las circunstancias históricas) debe justificarse sometiéndose a la Iglesia que le suministra la sanción moral y religiosa y la base real de su obra. Es no menos evidente que la sociedad cristiana perfecta o unión profética, el reino del amor y de la libertad espiritual, supone la unión sacerdotal y real. Porque para que la verdad y la gracia divina puedan determinar completamente y transformar interiormente el ser moral de todos, es necesario que antes tengan fuerza objetiva en el mundo, que estén encarnadas en un hecho religioso y mantenidas por una acción legal, que existan como Iglesia y como Estado.

Siendo un hecho consumado la institución sacerdotal y un ideal la fraternidad perfectamente libre, es sobre todo el término medio —el Estado en su relación con el cristianismo— el que determina los destinos históricos de la humanidad. La razón de ser del Estado en general es defender a la sociedad humana contra el mal que se produce exterior o públicamente, contra el mal manifiesto. Como verdadero bien social es la solidaridad de todos—la justicia y la paz universales—, el mal social no es otra cosa que la solidaridad violada". La vida real de la humanidad nos presenta una triple violación de la solidaridad universal o de la justicia; ésta es violada:

1) Cuando una nación atenta contra la existen o la libertad de otra nación. 
2) Cuando una clase de la sociedad oprime a otra.
3) Cuando un individuo se subleva abiertamente contra el orden social cometiendo un crimen.

Mientras hubo en la humanidad histórica varios Estados particulares absolutamente independientes uno de otro, el cuidado inmediato de cada uno de ellos en el dominio de la política exterior se limitó a defender esa independencia. Pero la idea o más bien el instinto de solidaridad internacional existió siempre en la humanidad histórica, traduciéndose ora por la tendencia a la monarquía universal —tendencia de la que resultó la idea y el hecho de la paz romana (pax romana)—, ora, entre los judíos, por el principio religioso que afirmaba la unidad de naturaleza y el común origen de todo el 64 género humano —de todos los bené-Adam—, idea luego completada por la religión cristiana que sobrepuso a esa unidad natural la comunión espiritual de todos los hombres regenerados y convertidos en hijos del segundo Adán, Cristo —los bené-Massiah. Esta nueva idea fue realizada —por cierto muy incompletamente—en la Cristiandad de la Edad Media, que, a pesar de su estado turbulento, miraba en general a toda guerra entre naciones cristianas como guerra intestina, como pecado y como crimen. Después de haber quebrantado la base de esa unidad imperfecta pero real —la monarquía papal—, las naciones modernas se han visto forzadas a buscar un substituto a la idea de la cristiandad católica en la ficción del equilibrio europeo. Sinceramente o no, la paz universal es por todos reconocida como el verdadero objetivo de la política internacional. Debe, en consecuencia, reconocerse dos hechos de igual evidencia:

1°) Existe una conciencia general de la solidaridad humana y una necesidad de unidad internacional, de la pax christiana o si se quiere humana.

2. °) Tal unidad no existe actualmente, y el primero de los tres problemas sociales está hoy tan poco resuelto como en el mundo antiguo. La misma cosa es cierta en lo que se refiere a los otros dos problemas.