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viernes, 2 de diciembre de 2016

La Santísima Eucaristía combatida por el Satanismo - Por el Beato Clemente Marchisio

Lucha contra la Santísima Eucaristía
«Pocas veces se encuentran quienes blasfemen con la lengua,
pero muchos que lo hacen con su vida, es decir, con sus obras»
(SAN AGUSTÍN, Tratado 27 sobre el Evangelio de San Juan).


El Hombre-Dios, el Verbo Encarnado, Jesucristo Nuestro Señor habita ahora en el Cielo y en la Santísima Eucaristía. El odio satánico que se dirige esencial e inmutablemente contra el HombreDios no puede más que continuar la lucha ya emprendida en el Cielo. Y tanto más contra Jesús Sacramentado, que vive y reina en está tierra, de la que los ángeles rebeldes son príncipes: «el  príncipe de este mundo» (Jn 6,60), y en la que tan poderosos son: «las Potestades... de este mundo tenebroso» (Ef. 6,12).

[Las herejías contra la eucaristía]

Pero a mí me parece que Dios, providencialmente, nunca ha permitido una lucha encarnizada, declarada y directa, contra el augustísimo Sacramento, sino más bien una lucha indirecta, una lucha de deshonra. Esa lucha comenzó desde cuando el Divino Salvador prometió dar su carne en comida y su sangre en bebida. Se escandalizaron los oyentes de la sinagoga de Cafarnaúm y abandonaron al Señor, diciendo: «Duro es este lenguaje» (Jn 6,60); pero no dijeron «falso es este lenguaje». Dando las espaldas a la verdad, la menospreciaron, pero no la negaron. Los Jacobitas, como atestigua Rinaldi, continuador de Baronio, deshonraban la Santísima Eucaristía dándola como medicina a los animales, y los Donatistas en África mandaron por desprecio que fuese arrojada a los perros, pero los mismos perros se lanzaron furiosos contra sus dueños, como contra ladrones del Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, como atestigua San Optato de Milevi, citado por el mismo Rinaldi. Si bien los simonianos, los menandritas, los maniqueos y todos los herejes que negaron que el Divino Verbo había asumido un verdadero cuerpo, implícitamente negaron la verdad de la Santísima Eucaristía -en la cual existe realmente el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo-, lo hicieron siempre de manera solapada e indirecta. Así hizo Juan Escoto Eriúgena a fines del siglo VIII, así Berengario a principios del siglo undécimo: admitían y negaban, tergiversaban. Pedro Valdo y sus secuaces, llamados valdenses, como también los albigenses, al final del siglo XII, no estaban de acuerdo entre ellos mismos sobre la transubstanciación y sobre la verdad del Cuerpo de Jesucristo, y esta discrepancia entre ellos debilitaba sus fuerzas; de modo que hacían una guerra solamente indirecta a la Santísima Eucaristía. Wicleff en el siglo XIV habló dudosamente: quería que permaneciera todavía la sustancia del pan y del vino y no los accidentes sin sustancia. ¿Qué más podemos añadir? Los corifeos mismos del protestantismo: Lutero, Zwinglio, Carlostadio, Calvino, establecieron todos doctrinas diversas; quien quería la así llamada «empanación», quien sostenía que Jesucristo estaba sólo en figura, otros que Jesucristo estaba presente solamente por la fe, o por modo de influjo; pero jamás una verdadera negación, jamás una lucha frontal y declarada como hacen contra otras verdades de la fe.

[La lucha contra la eucaristía es «solapada»]

Es algo tan sobrenaturalmente natural que Jesucristo, alma de nuestra alma, vida de nuestra vida, esté continuamente con nosotros, en medio de nosotros, como nuestro Rey, como nuestro amigo, nuestro refugio y nuestra fuerza, que el pagano, porque no lo entiende, no lo combate, y el Cristiano tiene tal repugnancia a combatirlo, que el Satanismo no puede inducirlo a una lucha declarada. Y debemos ciertamente a una gracia especial que el Satanismo no haya obtenido la licencia para lanzarse violentamente contra la Hostia consagrada, como sí hizo, por ejemplo, con las sagradas imágenes. Y son bien conocidas por todos las violencias de los iconoclastas. Por lo tanto la lucha del Satanismo contra la Santísima Eucaristía fue más bien, y es, disimulada, despreciativa, oculta, traidora. Él, Satanás, es siempre homicida, y así como, de haber podido, hubiera impedido el nacimiento de Jesucristo -tanto que san Ignacio mártir, entre las causas que aduce al «por qué Jesús fue concebido por una desposada», responde «para que su parto fuera ocultado al Diablo, pensando que no fue engendrado de una Virgen sino de una casada»-, así busca disimuladamente impedir su nacimiento sacramental en la Santísima Eucaristía.  

[La lucha contra la materia del sacramento]

Fueron tantos los casos comprobados, que el Venerable Cabildo de San Pedro en el Vaticano se vio exigido a poner en el reglamento de su sacristía la obligación de que las hostias y el vino fueran provistos por una familia religiosa, para estar ciertos de su autenticidad. ¿Quién no sabe que la harina de patatas vuelve las hostias blanquísimas y blandas? ¿Quién no sabe que del vino blanco se adultera fácilmente una gran cantidad, sin que se llegue a poder saber más, ni siquiera con medios químicos, si es vino elaborado con alcohol y agua, o bien vino de la vid? Incluso, en alguna gran ciudad, donde se celebran muchas Misas, el sacristán va a la vinería o al bodegón más cercano a buscar un litro de vino blanco, cuando para su mesa y sus libaciones ha consumido el litro que había adquirido antes, lamentando que aquel que debe pagar los gastos no quiera gastar dos monedas más por litro, para comprar el mejor, como correspondería para la Misa. ¿Será el espíritu de Dios el que inspira tal modo de obrar?

[Las hostias no aptas]

Para las hostias, por otra parte, hemos visto a Reverendísimos Obispos prohibir que se use la harina vendida por ciertos molinos, porque tuvieron conocimiento de que esa harina no era de puro trigo. Y por eso, ¡cuántas consagraciones nulas por falta de materia válida! He aquí al homicida disimulado: el Satanismo. Los Hebreos mismos que habitan Turín, hasta el día de hoy quieren para el pan ázimo harina de puro trigo, y no se fían de cualquier molinero, sino que va siempre un rabino hebreo a presenciar la trituración del trigo. Pero en general y por varios motivos diferentes, tanto más en los pequeños centros, se tiene cuidado de que la materia para la consagración sea válida, y el Satanismo como no puede hacer perecer a la mayor parte de los hombres –tal sería su deseo-, tampoco puede impedir en la mayoría de las Misas el nacimiento sacramental de Jesús, Dios-Hombre. ¿En qué hará, entonces, consistir el Satanismo la lucha? Yo sigo la comparación. Como vimos, en los hombres que no puede hacer perecer, procura la deformación y el tatuaje. Así hace contra Jesús Sacramentado. Yo no puedo transcribir en este opúsculo todo lo que dice san Epifanio (Haer. 21) citado por Bernino en su historia, referente a las asquerosidades con las cuales se hacía inválida la materia de la Santísima Eucaristía. Tampoco me atrevo a transcribir el horror y las abominaciones del sacrificio de los sacerdotes maniqueos, gnósticos o carpocrasianos. Están mencionados en las citadas obras de Baronio y Bernino. Pero digo: el Satanismo lucha siempre y si, por el momento no llega a tales excesos horrendos y públicos, ¿quien me asegura que el francmasón que hace por oficio las hostias no escupe en la pasta, o que haciendo el vino para la Santa Misa no lo contamine con cierta agua...? ¿Quién sabrá decir los casos de materia no apta para la Santa Consagración?

[Los sacrilegios]

Ciertamente no puede deformar y tatuar el cuerpo de Jesús, pero deforma y tatúa el culto: sacrilegios personales y reales... robos sacrílegos... prohibición al Rey de la gloria, al Rey del mundo y de las almas, de salir glorificado en las procesiones cristianas... el Santísimo Viático llevado ocultamente... Iglesias cerradas, como si ninguno habitase en ellas, mientras tienen a Jesús en el santo Sagrario... Bellos adornos y lámparas para otros altares y mucho menos para aquel donde tienes la Santísima Eucaristía... Una cierta deformación forzada del culto que la Iglesia nuestra Madre ha establecido en honor de su esposo Jesús... En todas estas prohibiciones se descubre el Satanismo. ¿Y qué decir de aquella secta que manda recibir la Hostia Santísima a la mañana, fingiendo hacer la santa Comunión, para después tener esas hostias consagradas en las orgías nocturnas a fin de profanarlas de los modos más nefandos? Hablaron los diarios católicos del mes de mayo de este año (1895) de esa secta descubierta en París. Y no es cosa nueva, sino que hasta ahora era poco conocida. A todos estos sacrilegios y deformaciones del culto, ¿qué podemos oponer nosotros Sacerdotes? Llorar de dolor, rogar por los nuevos crucificadores y amar más a Jesús Sacramentado. Existe, sin embargo, una deformación, un tatuaje -menos mal que externo-, al cual bien se podrá poner remedio.

[Fábula]

Voy a utilizar una fábula para hacerme entender. Había un gran señor de estirpe real, dueño de inmensas riquezas, que retirándose de la vida pública dejó la administración de todos los bienes a sus hijos, con grandes deseos de quedar escondido, vivir solo y dar así un signo a sus hijos del amor que les tenía. Entonces los hijos destinaron para el padre el más bello palacio; lo adornaron de ricos muebles, preciosos y artísticos, y le pusieron un muy buen número de servidores uniformados a todo lujo. Estos honores hechos a un padre también dan lustre a los hijos. Pero en los gastos domésticos, en los asuntos íntimos, en la provisión del consumo cotidiano, estos hijos, que ya no viven más con el padre, dieron orden de que se provea lo necesario, pero que se busquen siempre las cosas más económicas y baratas. El pan un poco más duro con tal de que cueste menos..., también el vino no tan generoso, con tal que sea de precio «bueno», la carne nunca de primera, sino de segunda, el pescado de la calidad más ordinaria, la fruta incluso pasada, el café, jamás de Puerto Rico, sino de achicoria... Siempre la orden dominante era que todo fuera al menor costo, a excepción de las telas para los trajes, porque quieren que el padre haga buen papel ante las personas que lo visitan. ¿Quién puede medir la angustia y desengaño de este buen padre al verse así tratado, o mejor dicho, despreciado? He aquí la deformación y el tatuaje que el Satanismo logra en tantos en nuestros días. Hermosas iglesias, incluso bellos ornamentos... pero, para el uso y consumo diario del sagrado altar en honor de Jesús Sacramentado -aceite, incienso, velas...- se busca solamente «el mejor» precio aduciendo mil excusas de pobreza, de años de crisis... pretextos usados sólo por lo que mira a Jesús.

[Velas... con kerosén]

En Francia, que pretende ser la nación más rica y tal vez lo es, pero a la que desgraciadamente desde hace más tiempo el Satanismo tiene por los cabellos, en Francia repito, encontraréis casi todas las lámparas para la Santísima Eucaristía alimentadas con kerosén (lume a petrolio). Ya no encontráis más una vela de pura cera de abejas. Y para el turíbulo se usa resina sólida (colofonia) en vez de incienso, de modo que el Satanismo puede decir a Jesús en Sacramento: «Mira... en la práctica, en familia, en el corazón... eres despreciado». 18 No afirmo gratuitamente, porque sé que varios sacerdotes de Francia mandan a comprar velas e incienso a un Instituto Religioso de la Diócesis de Turín, sujetándose a los gastos de transporte y a los gastos bastante más caros de aduana cara (40 centésimos por kilo), cosa que no harían, si encontraran allá tales objetos para comprar. En España, por el contrario, donde el Satanismo ha invadido menos, encontraréis todo al revés, y en torno al sacro altar encontraréis aceite de oliva para las lámparas, las velas de cera de abejas, y el verdadero incienso (Olibano) para el turíbulo. Y todos nosotros hemos leído en los diarios católicos que en Bulgaria el Príncipe Fernando, en abril de este año (1894) promulgó una ley con la que prohibió introducir en el Estado velas que contengan estearina, parafina, ceresina, salvo que la autoridad eclesiástica lo solicite. Notemos que Bulgaria en gran parte se convirtió al Catolicismo por obra del llorado Padre Capuchino Monseñor Francisco Domingo Reynaud da Villafranca Piemonte, Arzobispo titular de Staurópolis, cuya muerte lloramos en 1893. El Satanismo aniquilado con la conversión al Catolicismo no tiene allí más buen juego en la lucha contra Jesús Sacramentado. Y nosotros, aquí en Italia, antes de que el Satanismo tuviese el permiso, a causa de nuestros delitos, de invadirla, digámoslo claramente, antes del año 1848, se tenía también todo el cuidado para que Jesús Sacramentado tuviese aceite de oliva en las lámparas, el verdadero incienso en el turíbulo y las velas de cera de abejas en los altares. ¿Cómo pudo hacerse un cambio tal, no obstante la ley vigente de la Santa Madre Iglesia, las exhortaciones de los Reverendísimos Obispos y las claras prescripciones incluso «sub gravi» (bajo pecado grave) de todos los moralistas y liturgistas (autori rubricisti)? Digámoslo: fue el Satanismo invasor que, no pudiendo hacer más contra el hombre-Dios Sacramentado, con el pretexto de la economía y de la tentación de la avaricia deformó su culto haciendo usar las más decadentes materias, los dones de Caín para la Santísima Eucaristía. En Roma, antes de septiembre de 1870, no se usaban más que velas de cera de abejas. Y dado que por la cercanía de otros pueblos ya satanizados, se trataba de introducir también allí los sustitutivos de la cera de abejas, Pío IX, de santa memoria, estableció la multa de una lira por cada libra de cera falsificada que proveyera cualquier vendedor de cera. Ahora se cree, ciertamente, que Jesucristo está en la Eucaristía, que la Eucaristía es Cristo; pero en la práctica no se lo trata como corresponde a Cristo Dio

[Un hecho]

Cito un hecho de tantos. Nos encontramos en una pequeña ciudad de...... Cumple allí su actividad un comerciante que tiene depósito de varias fábricas de velas, todas más o menos falsificadas; y como los clientes de los pueblos vecinos vienen de ordinario solamente en los días de mercado o festivos, él, para no estar los demás días sin ganancia, tiene en un local adjunto un lugar para licores. Se acercan las sagradas fiestas de Navidad y entra en la cerería un Señor X.

–Vengo, dice, a proveerme de velas para la Navidad.

–Bienvenido, contesta el comerciante; examínelas y dígame cuáles quiere.

–¿Cuánto cuesta el kilogramo de éstas?

–Cuatro liras.

–¡Oh! ¡Qué caras son!

–Y... bien, tome éstas: tres liras el kilo. 19

–Bien. Pero... ¿No tiene otras de menor precio?

–Sí, éstas de aquí: a éstas las vendo sólo a dos liras con sesenta céntimos.

–Bien; llevaré éstas. Estamos en años críticos; la Iglesia es pobre; hay que hacer como se puede. Póngame cuarenta. Mientras el empleado hace el paquete de las velas, el comerciante invita al Señor X a entrar al local anexo para tomar un vermouth. Ni bien entra el Señor X exclama:

–¡Oh! ¡El pan dulce! No me había acordado-. Y, tomando uno en la mano dice: ¿Cuánto cuesta el kilo?

–2,50, Señor. –Bien, pero... ¿no tiene de mejor calidad?

–¡Oh!, sí –respondió el comerciante-, vea, éstos cuestan tres liras el kilo y aquéllos de allá están a cuatro liras, pero son de pan amarillo, riquísimos.

–Llevo uno de éstos. Navidad es una vez por año y bien falta hace comer algo exquisito.

–¡Tableau!

Repito mi proposición: se cree, sí, que Jesucristo está en la Eucaristía, que la Eucaristía es Cristo... pero no se lo trata como corresponde al Cristo-Dios.

[Aceite de oliva y cera de abejas]

La Iglesia, dice un autor piadoso, siempre quiso que para el culto del Santísimo Sacramento se adoptasen materias preciosas, como son, precisamente, el aceite de oliva, la cera de abejas y el incienso. Pero, si bien es materia preciosa y mística el aceite de oliva, no lo son ciertamente los aceites de sésamo, de maní, y de semilla de algodón. Así también, sí es materia preciosa y significativa la cera de abejas, «esto es, de una virgen viviente», como dice San Ivo, Obispo de Chartres, «cuyo sexo, según se lee, ni los machos violan, ni la prole inquieta», constituyéndose así en símbolo de aquel Parto divino, que ni al concebir ni al dar a luz violó la integridad de la Madre; no son ciertamente cosas preciosas la estearina, que es un extracto de grasas de animales, ni la parafina, que es un residuo del alquitrán. Lo mismo hay que decir de la ceresina y de la carnauba: son ceras grasosas que se extraen de ciertas plantas, una especie de petróleo solidificado y refinado. Y tanto los aceites que no son de oliva como las velas de estas sustancias residuales y malolientes, si se cree que Cristo es Dios, que la Eucaristía es Cristo Viviente y si se lo quiere tratar como a Cristo-Dios, no se deben usar ante Jesús Sacramentado.

[Objeción]

Alguno dirá:
–Yo voy al comerciante y pido aceite de oliva, o voy a la santería y pido velas de cera... si él me engaña, la culpa es suya. ¿O qué? ¿Tendré que estudiar química para analizar estos productos? Recordad el hecho mencionado más arriba, que es histórico: se busca el menor precio y nada más. Mas para las cosas que a las personas les vienen bien, sin estudiar química, por el gusto, por los efectos y por mil otras circunstancias, se llega a ser un óptimo analista. Y de lugares vecinos o lejanos, ya individualmente, ya en sociedad con otros compañeros, se procura tener todas las provisiones genuinas y sanas para conservar la salud, gastando cuanto haga falta. Y... ¿para Jesús? Era más sincero un cierto Señor P. que, a la mesa con numerosos comensales, decía: «Que yo tenga buen aceite para comer mis pimientos; de lo demás no me preocupo».

[El incienso]


Lo mismo se diga con respecto al incienso. El árabe con su cuchillo curvo raspa el incienso del árbol y después lo vende tal cual lo recoge. Y en esta mezcla hay de todo un poco: madera, o sea, corteza del árbol raspado, polvo, incienso sucio y encima la «lágrima», así llamada porque después de que la tal goma ha hecho la primera capa sobre la corteza del árbol, aquella que continua saliendo y se superpone a la primera, es más pura, y saliendo a manera de cera líquida que pronto se solidifica toma la forma de una lágrima -a modo del maná llamado «canelina». La primera operación que se hace es separar estas lágrimas que son transparentes y para ello se rompen esos grumos. Después se ponen en una zaranda y se separan los granos más pequeños con los cuales hay siempre mezclada corteza de árbol. Y esto es lo que se llama incienso in granis (en granos). Finalmente, poniendo todo de nuevo en una zaranda más fina, se extrae el polvo que se vende como «polvo de incienso» y que contiene mucha tierra. Los revendedores le agregan después la repugnante colofonia. Debiéndose dar a Jesús las cosas más preciosas, me parece que se debería usar el incienso de primera calidad, o sea «el incienso en lágrimas». Por citar un ejemplo, la iglesia de San Luis de los Franceses en Roma y de Santa María de Carignano en Génova ponen en el turíbulo «la lágrima» entera, uso un poco caro, pero digno de Aquél a quien se ofrece. Y tan poco se usa esta lágrima de incienso, que tampoco la encontráis en las principales ciudades de Italia porque no hay consumidores, mientras que sería lo contrario si en las iglesias fuera usual. Con esta deformación y falsificación de los elementos de culto el Satanismo hace su guerra a la Santísima Eucaristía y volvemos a caer siempre en el caso del apólogo antes contado: bellas exterioridades, pero grandes mezquindades y virtual desprecio en el mantenimiento diario. Y si, al decir de San Pablo, aún sin renegar de la fe, con el darse a la iniquidad se cae la idolatría espiritual, así en nuestro caso podría haber una herejía práctica. Y siguiendo por este camino se hace buen juego al fracmasonismo, o sea al Satanismo, que al fin de cuentas quiere la afrenta al Verbo Encarnado y, si no se atreve aún a decir: «¡Aplastemos al infame!», con mil pretextos lo deshonra Sacramentado. De modo que, así como un día, al decir de San Jerónimo, el mundo se pasmó de ser arriano, así también, algún feliz día, disipadas las tinieblas, cesada la avaricia y la herejía práctica, se podrá bien decir respecto al culto eucarístico: «¡El mundo se pasmó de haber sido francmasón!».