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sábado, 10 de diciembre de 2016

LA RELIGIÓN DEMOSTRADA LOS FUNDAMENTOS DE LA FE CATÓLICA ANTE LA RAZÓN Y LA CIENCIA - por P. A. HILLAIRE

TERCERA VERDAD
EL HOMBRE NECESITA DE UNA RELIGIÓN

La religión es necesaria al hombre. – No hay más que una religión verdadera y buena. – La verdadera religión ha sido revelada por Dios. – Señales por la cuales se la puede conocer.

58. P. ¿A qué nos obliga el conocimiento de Dios y del hombre?
R. Este conocimiento nos obliga a practicar la religión, que une al hombre con Dios como a su principio y último fin. Conocemos a Dios y al hombre: a Dios, con sus atributos infinitos, con su Providencia que todo lo gobierna; al hombre, criatura de Dios, con su alma espiritual, libre e inmortal. De ahí resultan las relaciones naturales, esenciales y obligatorias del hombre para con Dios. Estas relaciones constituyen la religión.

59. P. ¿Qué es la religión?
R. La religión es el lazo que une al hombre con Dios. Este lazo se compone de deberes que el hombre debe llenar para con el Ser Supremo, su Creador, su Bienhechor y su Señor. Estos deberes contienen verdades que creer, preceptos que practicar, un culto que tributar a Dios. Se define la religión: el conjunto de deberes del hombre para con Dios. La palabra religión viene, según unos, de religare, ligar fuertemente; según otros, de, reeligere a Dios; es decir, que el hombre debe ligarse libremente a Dios como a su principio, y debe elegir a Dios como a su último fin. Así como entre los padres y los hijos existen lazos o relaciones naturales y sagradas, del mismo modo existen entre Dios Creador y Padre del hombre, y el hombre criatura e hijo de Dios. El lazo que une al hombre con Dios es más fuerte que aquel que une al hijo con el padre. ¿Por qué? Porque nosotros debemos mucho más a Dios de lo que debe un hijo a su padre. Dios es nuestro creador y nuestro último fin, no así nuestros padres. Así, nuestros deberes para con Dios son mucho más santos que los de los hijos para con los padres. La religión, considerada en cuanto que reside en el alma, es una virtud que nos lleva a cumplir nuestros deberes con Dios, a rendirle el culto que le debemos. Considerada en su objeto, encierra las verdades que hay que creer, los preceptos que hay que practicar, y el culto, es decir, la veneración, el respeto, el homenaje que debemos rendir a nuestro Creador. Se distinguen dos religiones: la religión natural y la sobrenatural o revelada. La primera es la que se conoce por las luces naturales de la razón y se funda en las relaciones necesarias entre el Creador y la criatura. Esta religión natural obliga absolutamente a todos los hombres, en todos los tiempos y en todos los lugares, porque ella dimana de la naturaleza de Dios y de la naturaleza del hombre. Encierra en sí las verdades y preceptos que el hombre puede conocer por la razón, aunque, de hecho, los haya conocido por la revelación: la existencia de Dios, la espiritualidad, la libertad e inmortalidad del alma, los primeros principios de la ley natural, la existencia de una vida futura, sus recompensas o castigos. La religión sobrenatural o revelada es aquella que Dios ha hecho conocer al hombre desde el origen del mundo. El Creador impuso al primer hombre verdades que creer, como el destino sobrenatural del hombre, la necesidad de la gracia para llegar a este fin sublime, la esperanza de un Redentor..., y deberes positivos que cumplir, como el descanso del sábado, la ofrenda de sacrificios, etc. Ante todo, vamos a probar que, aun cuando no existiera la religión revelada, la sola naturaleza del hombree y las relaciones esenciales que lo unen al Creador le imponen una religión al menos natural. Veremos después que el hombre está obligado a abrazar la religión revelada. Tenemos pues, que tratar seis cuestiones:

I.- Necesidad de una religión.
II.- Naturaleza de la religión.
III.- Futilidad de los pretextos aducidos por los indiferentes.
IV.- No hay más que una religión buena.
V.- La religión buena es la que Dios ha revelado.
VI.- Señales o notas de la verdadera religión.

I. NECESIDAD DE UNA RELIGIÓN

A) ES UN DEBER PARA EL HOMBRE

60. P. La religión, ¿es necesaria al hombre?
R. Sí; porque está fundada sobre la naturaleza de Dios y sobre la naturaleza del hombre, y se basa en las relaciones necesarias entre Dios y el hombre. Imponer una religión es derecho de Dios; practicarla es deber del hombre. Dios es el Creador, el hombre debe adorarle. Dios es el Señor, el hombre debe servirle. Dios es el Bienhechor, el hombre debe darle gracias. Dios es el Padre, el hombre debe amarle. Dios es el Legislador, el hombre debe guardar sus leyes. Dios es la fuente de todo bien, el hombre debe dirigirle sus plegarias. Todos estos deberes del hombre para con dios son necesarios y obligatorios, y el conjunto de todos ellos constituyen la religión. Luego, la religión es necesaria.

Dios es el Creador, el hombre debe adorarle. Dios es el Creador del hombre: le sacó todo entero de la nada, y conserva su existencia. Y en realidad, el hombre tiende hacia la nada, como una piedra que cae hacia el centro de la tierra, y a cada instante caería en la nada si la mano de Dios no le sostuviera. El hombre, sin el concurso de Dios, no puede hacer cosa alguna, porque los seres creados no pueden obrar sin el concurso de la Causa primera. Por consiguiente, el hombre, en todo su ser y en todas sus acciones, depende de Dios su Creador y su Señor. Ser creado y ser independiente, es quimérico y contradictorio. El hombre, criatura inteligente, conoce esta dependencia; criatura libre, debe proclamarla. Cuando la proclama, adora a Dios. La palabra adorar significa rendir el culto supremo, el honor soberano, que consiste en reconocer en Dios la más alta soberanía y en nosotros la más alta dependencia. La ley natural nos dice: Puesto que Dios es tu Creador, tu Señor y tu Dueño, debes reconocer su majestad suprema y anonadarte como su más rendido servidor y su más humilde criatura. Adorar a Dios es, pues, el primer deber del hombre.

Dios es el Señor, el hombre debe servirle. El artista es el dueño, el propietario de su obra. Ahora bien, la propiedad fructifica para su dueño; el siervo, por consiguiente, debe servir a su dueño; el siervo, por consiguiente, debe servir a su dueño según sus facultades. Estas son verdades incontrastables y admitidas por todos. Dios es el Señor y Dueño del hombre por un título superior a todos los títulos de propiedad, por el título de Creador. El hombre nada tiene que no haya recibido de Dios; luego, debe emplear todas sus facultades en el servicio y para la gloria de su Señor. Debe emplear su inteligencia en conocer a Dios y sus perfecciones, su corazón en amarle, su voluntad en obedecerle, su cuerpo en servirle; finalmente, todo su ser en procurar su gloria. Servir a Dios es, pues, un gran deber para el hombre.

Dios es el bienhechor, el hombre debe darle gracias. Es cosa por todos admitida que, con relación a un bienhechor, la gratitud es un deber, la ingratitud un crimen. Dios es el bienhechor soberano del hombre; todo en nosotros es un favor de Dios, todo lo recibimos de Él: cuerpo, alma, vida. Fuera de nosotros, también todo es favor de Dios: el pan que nos alimenta, el agua que apaga nuestra sed, el vestido que nos cubre, la luz que nos ilumina, el aire que nos hace vivir, en fin, todas las cosas que nos sirven. Luego debemos a Dios el tributo de nuestra gratitud. Este en un deber riguroso para todo el mundo.

Dios es el Padre, el hombre debe amarle. En la familia, el hijo debe a su padre respeto, sumisión y amor; es un deber innegable. Y ¿Por qué el hijo está obligado a honrar así al padre? ¿Acaso porque el padre es rico? No. ¿Porque es sabio? No Aunque sea pobre, ignorante, enfermo, tiene siempre derecho a la veneración y al amor de su hijo, por el solo motivo de ser su padre. Ahora bien, Dios es para nosotros más que un padre y una madre. Dios ha modelado con sus manos divinas el cuerpo del hombre; le ha dado el alma y la vida: cada día vela por él, y le colma de los beneficios de su Providencia. Luego es un deber del hombre amar a su Padre celestial. El hijo que olvida los deberes que tiene para con su padre es un hijo desnaturalizado, un ser degradado, un monstruo de ingratitud. ¿Qué diremos entonces del hombre que olvida sus deberes para con Dios, su Bienhechor y su Padre?

Dios es el legislador, el hombre debe obedecer sus leyes. Nadie puede negar la existencia de la ley natural que Dios impone al hombre como consecuencia de la naturaleza que le ha dado; esta ley natural está escrita en el corazón de todo hombre por la mano de Dios mismo, de modo que nosotros tenemos en nuestro interior una voz, la voz de la conciencia, que nos hace conocer las prescripciones de esta ley divina. Si el hombre no sigue los principios de moralidad grabados en su conciencia, se hace culpable ante el soberano Legislador. Dios, infinitamente justo y santo, debe castigarle. Por consiguiente, el hombre que ha violado la ley de Dios, debe hacer penitencia, bajo pena de caer en manos de un juez inexorable. De ahí la obligación para el hombre de satisfacer a la justicia divina y ofrecer a Dios expiaciones por sus faltas.

Dios es la fuente de todos los bienes, el hombre debe elevar a Él sus plegarias. Dios es el océano infinito de todo bien y el libre dispensador de todos los dones; y, al contrario, el hombre no posee nada por sí mismo, y debe, por lo tato, pedírselo todo a Dios. En este mundo, el pobre suplica al rico, el enfermo al médico, el ignorante al sabio y el criminal al Jefe del Estado. Pero Dios es el rico, y el hombre, el pobre; Dios es el médico y el hombre el enfermo; Dios es el sabio y el hombre el ignorante; Dios es el soberano y el hombre el culpable. De ahí para el hombre el gran deber de la oración; es de necesidad absoluta. Así la adoración, la sumisión, la gratitud, el amor, la expiación, la oración son los principales deberes del hombre, deberes que dimanan de la naturaleza de Dios y de sus relaciones con nosotros. Todos estos deberes son obligatorios, necesarios, y forman los actos esenciales de la religión. Luego la religión es obligatoria y necesaria. Dios tiene derecho a estos diversos homenajes de parte del hombre, y los exige, porque Él lo ha creado todo para su gloria; y son precisamente los seres inteligentes y libres los encargados de adorarle, de amarle, de darle gracias, de alabarle en su nombre y en el de toda la creación.

61. P. ¿Necesita Dios de los homenajes de los hombres?
R. Dios nada necesita, se basta plenamente a sí mismo y nuestros homenajes no le hacen más perfecto ni más feliz. Pero Dios nos ha dotado de inteligencia y de amor, para ser conocido y amado por nosotros; tal es el fin de nuestra creación. La religión es, pues, un deber de estricta justicia; el hombre está obligado a practicar la religión para respetar los derechos de Dios y obtener así su último fin. Indudablemente, Dios no necesita de nuestro culto. Esta palabra necesidad no puede ser empleada sino con relación a las criaturas, jamás con relación a Dios. Pero ¿necesita Dios crearnos? ¿Necesita conservarnos? ¿Nuestra existencia le hace más feliz?... Si, pues, Dios nos ha creado, si nos conserva, aunque no necesite de nosotros, no debemos apreciar lo que nos pide por el provecho que le resulta. El ser necesario, siendo necesariamente todo lo que es y todo lo que puede ser, se basta a sí mismo. Pero es necesario determinar lo que debemos a Dios, tomando como punto de partida lo que piden nuestras relaciones esenciales con Él. – Dios no necesita, necesariamente, que honremos y amemos a nuestros padres; sin embargo, lo manda porque los deberes de los hijos nacen de las relaciones que los ligan con sus padres. – Dios no precisa que nosotros respetemos las reglas de la justicia; sin embargo lo manda porque estas reglas están fundadas sobre nuestras relaciones con nuestros semejantes. – Así, aun cuando Dios no necesite de nuestros homenajes, los demanda porque son la expresión de las relaciones del hombre con Dios. La religión quiere que seamos religiosos para con Dios, como la moral quiere que seamos justos para con los hombres. A todo derecho corresponde un deber: a los derechos de Dios corresponden los deberes de los hombres. Los derechos de Dios sobre el hombre son evidentes, eternos, imprescriptibles, más que los derechos de un padre sobre su hijo; luego, tales son los deberes del hombre para con Dios. La religión es para nosotros un deber de justicia, que hay que llenar so pena de violar los derechos esenciales de Dios.

62. P. ¿Puede Dios dispensar de la religión al hombre?
R. No; porque Dios no puede renunciar a sus derechos de Creador, de Señor, de fin último. Así como el padre no puede dispensar a sus hijos del respeto, de la sumisión y del amor que le deben, así tampoco puede Dios dispensarnos de practicar la religión. Dios, sabiduría infinita y justicia suprema, debe necesariamente prescribir el orden. Pero el orden requiere que los seres inferiores estén subordinados al Ser supremo, que las criaturas glorifiquen a su Creador, cada una conforme a su naturaleza. Luego el orden requiere que el hombre inteligente y libre rinda a Dios: 

1º, el homenaje de su dependencia, porque Él es su Creador y su Señor; 

2º, el homenaje de su gratitud, porque Él es su bienhechor; 

3º, el homenaje de su amor, porque Él es su Padre y su Soberano Bien; 

4º el homenaje de sus expiaciones, porque Él es su legislador y su juez; 

5º el homenaje de su oraciones, porque Él es la fuente y el océano infinito de todos los bienes. 

Dios no puede renunciar a este derecho esencial de exigir nuestros homenajes, porque no sería Dios, ya que no amaría el orden y la justicia. Dios podía no crearnos, pero desde el momento que somos la obra de sus manos, su dominio de nosotros es inalienable. Nosotros debemos emplear nuestra inteligencia en reconocer su soberano dominio; nuestra voluntad, en obedecer sus santas leyes; nuestro corazón, en amarle sobre todas las cosas, y en dirigir nuestra vida hacia Él, puesto que es nuestro fin último.

B) LA RELIGIÓN ES NECESARIA AL HOMBRE

63. P. ¿Puede el hombre ser feliz sin religión?
R. No; sin religión el hombre no puede ser feliz ni en este mundo ni en el otro. El hombre no es feliz en este mundo sino cuando sus facultades están plenamente satisfechas: es así que sólo la religión puede dar tranquilidad al espíritu, paz al corazón, rectitud y fuerza a la voluntad. Luego sin religión el hombre no puede ser feliz en este mundo. No puede serlo en la vida futura, porque sin religión no puede alcanzar la felicidad, que es la posesión de Dios, Soberano Bien. Así, todo lo que la religión pide al hombre para conducirle a la felicidad eterna, es el permiso de hacerle feliz en la tierra. El hombre ha nacido para ser bienaventurado, y aspira, natural e irresistiblemente a la felicidad como a su fin último. Pero el hombre ha recibido de su Creador la facultad de conocer, de amar y de obrar: la facultad de amar al Bien supremo, que es el objeto de su corazón; la facultad de obrar, es decir, de aspirar libremente a conseguir la verdad y el Bien supremo, que debe ser el trabajo de su voluntad libre.

1º La inteligencia necesita de la verdad y de la verdad en entera: las partículas de verdad esparcidas por las criaturas no pueden bastarle; necesita de la verdad infinita, que sólo se halla en Dios. Luego, ante todas las cosas, la inteligencia necesita del conocimiento de Dios, su principio y su fin. Pero como la religión es la única que ofrece soluciones claras, precisas y plenamente satisfactorias a todas las cuestiones que el hombre no puede ignorar, debemos concluir que la religión es necesaria. Por eso todos los sabios, verdaderamente dignos de tal nombre, se han mostrado profundamente religiosos. La frase de Bacon será siempre la expresión de la verdad: Poca ciencia aleja de la religión, mucha ciencia lleva a ella.

2º El corazón del hombre necesita del amor de Dios, porque ha sido hecho para Dios, y no puede hallar reposo ni felicidad sino amando a Dios, su Bien supremo. Ni el oro, ni los placeres, ni la gloria podrán jamás satisfacer el corazón del hombre: sus deseos son tan vastos, que no bastan a llenarlos todas las cosas finitas y pasajeras. Por eso todos los santos, todos los corazones nobles, todos los hombre hallan en la religión una alegría, una plenitud de contento que no podrán dar jamás todos los placeres de los sentidos y todas las alegrías del mundo.

3º La voluntad del hombre necesita de una regla segura para dirigirse hacia el bien y de motivos capaces de sostener su valor frente a las pasiones que hay que vencer, a los deberes que hay que cumplir, a los sacrificios que hay que hacer. Pues bien: sólo la religión puede dar a la voluntad esta firmeza, esta energía soberana, mostrándole a Dios como al remunerador de la virtud y castigador del crimen. A no ser por el freno saludable del temor de Dios, el hombre se abandonaría a todas las pasiones y se precipitaría en un abismo de miserias Finalmente la religión nos proporciona en la oración un consuelo, en la esperanza un remedio, en el amor de Dios una santa alegría, en la resignación un socorro y una fuerza; y además, nos hace entrever después de esta vida, una felicidad completa y sin fin. El hombre religioso es siempre el más consolado. El hombre sin religión es, no solamente un gran criminal para con Dios, sino también un gran desgraciado, aun en este mundo. Es evidente que será más desgraciado todavía en la vida futura, porque sin la práctica de la religión no se puede alcanzar el bien supremo, que es la posesión de Dios.

C) LA RELIGIÓN ES NECESARIA A LA SOCIEDAD.

64. P. ¿Es necesaria la religión a la sociedad?
R. La religión es absolutamente necesaria al hombre para vivir en sociedad con sus semejantes. La sociedad necesita:

1º En los superiores que gobiernan, justicia y pronta disposición a servir y favorecer a los demás.

2º En los súbditos, obediencia a las leyes.

3º En todos los asociados, virtudes sociales.

Ahora bien, sólo la religión puede inspirar: a los superiores la justicia y la disposición a sacrificarse en bien de los súbditos; a éstos, el respeto al poder y la obediencia; a todos, las virtudes sociales, la justicia, la caridad, la unión, la concordancia y el espíritu de sacrificio por el bien de los demás. Luego la religión es necesaria a la sociedad. El fundamento, la base de toda sociedad, es el derecho de mandar en aquellos que gobiernan, y el deber de obedecer en aquellos que son subordinados. ¿De dónde viene ese derecho de mandar, que constituye la autoridad social? No puede venir del hombre, aun tomado colectivamente, puesto que todos los hombres son iguales por naturaleza, nadie es superior a sus semejantes. Este derecho no puede venir sino de Dios que, creando al hombre sociable, ha creado de hecho la sociedad. Luego para justificar este derecho, hay que remontarse hasta Dios, autoridad suprema, de la cual dimana toda autoridad.

1º Las autoridades deben ser justas y estar consagradas al bien público. La sociedad necesita de buenas autoridades que gobiernen con justicia, que se den por entero a procurar la felicidad de sus súbditos y sean para ellos verdaderos padres de familia. Ahora bien, gobernantes sin religión no pueden procurar la felicidad de los pueblos, como reconoce el mismo Voltaire: “Yo no quisiera, decía, tener que ver con un príncipe ateo, que hallara su interés en hacerme machacar en un mortero; estaría seguro de ser machacado y añade: “Sí el mundo fuera gobernado por  ateos, sería lo mismo que hallarse bajo el imperio de los espíritus infernales que nos pintan cebándose en sus víctimas”. La religión, en cambio, enseña a los que tienen en sus manos el poder, que ellos son los ministros de Dios para el bien de los hombres sus hermanos; les enseña que la autoridad es un depósito del que rendirán cuenta al juez supremo. ¿Este no es soberanamente eficaz para obligar a las autoridades a practicar la justicia y consagrarse a la felicidad de sus pueblos?

2º Los súbditos deben respeto y obediencia a la autoridad. El espíritu de revuelta y de insurrección es incompatible con la tranquilidad y la felicidad de los pueblos. Los súbditos sin religión estarán siempre prontos para hacer revoluciones, y no retrocederán ante ningún crimen, con tal de satisfacer sus apetitos: testigos, los anarquistas modernos. Sólo la religión muestra en el poder legítimo una autoridad establecida por Dios: sólo ella enseña de una manera eficaz el respeto y la obediencia; sólo ella ennoblece la sumisión y nos enseña que el legislador ha recibido de Dios su poder y que los súbditos están obligados a obedecer las leyes justas y honestas como a Dios mismo. Dando a Dios lo que es de Dios, los súbditos aprenden a dar al César lo que es del César.

3º Todos necesitan de las virtudes sociales. Los derechos y bienes de cada uno, la propiedad, el honor, la vida, deben ser respetados. No puede existir la felicidad donde priva el robo, la calumnia, el homicidio Pero es imposible obtener de un pueblo sin religión el respeto a los derechos y bienes de todos los asociados. La única ley del hombre sin religión es sufrir lo menos posible y gozar de todo lo que pueda. Este hombre estará, por consiguiente, siempre pronto a robar, calumniar, matar, si su interés personal se lo aconseja. Y, ¿qué seguridad, qué felicidad puede esperar entonces la sociedad con semejantes ciudadanos? “El hombre sin religión es un animal salvaje, que no siente su fuerza sino cuando muerde y devora”. – MONTESQUIEU.

La moral sin Dios, la moral independiente, es una moral sin base y sin cumbre, una moral quimérica, que carece de fuerza obligatoria y de sanción eficaz. Dios debe ser la base y fundamento de la moral. Por eso la moral sin religión es una justicia sin tribunales, es decir, nula. Cuando la conciencia no está dirigida por el temor y el amor de Dios, no tiene más norma que sus pasiones, sus deseos, sus caprichos, sin más móvil que el antojo, el egoísmo, la astucia, el fraude. Es pues, manifiesto que sin Dios no hay virtudes sociales. El mismo incrédulo Rousseau lo confiesa: “Yo no acierto a comprender cómo se puede ser virtuoso sin religión; he profesado durante mucho tiempo esta falsa opinión, de la que me he desengañado”. No se halla heroísmo y la abnegación sino en la religión que los inspira.

CONCLUSIÓN. – “Si la religión es necesaria a la sociedad, ésta debe, como el individuo, reconocer, mediante un culto público y solemne, el soberano dominio de Dios; tanto más cuanto que, particularmente por medio de sus ceremonias religiosas, eleva los pensamientos, depura los sentimientos del pueblo y lo mejora. Era menester llegar a nuestros tiempos para hallar hombres que pide.

D) LA EXPERIENCIA PRUEBA LA NECESIDAD DE LA RELIGIÓN
Además de lo dicho, podemos acudir en este punto a las lecciones de la experiencia. Las ciudades y las naciones más religiosas han sido siempre las más tranquilas y florecientes. “En todas las edades de la historia, dice Le Play, se ha notado que los pueblos penetrados de las más firmes creencias en Dios y en la vida futura se han elevado rápidamente sobre los otros, así por la virtud y el talento como por el poderío y la riqueza”. Los crímenes se multiplican en una nación a medida que la religión disminuye. Por esto, los que tratan de destruir la religión en un pueblo son los peores enemigos de la sociedad, cuyos fundamentos socavan. “Sería más fácil construir una ciudad en los aires, que construir una sociedad sin templos, sin altares, sin Dios”. PLUTARCO. – “Aquél que destruye la religión, destruye los fundamentos de  toda sociedad humana, porque si religión no hay sociedad posible”. PLATON.


MAQUIAVELO ha dicho con razón: “La adhesión a la religión es la garantía más segura de la grandeza de un Estado; el desprecio de la religión es la causa más cierta de su decadencia. Si nuestro siglo está bamboleando, si el mundo está amenazado de muerte, no hay que buscar el origen de este mal sino en la falta de religión. La vieja sociedad pereció, porque Dios no ha entrado todavía en ella”. La revolución, al reconquistar la sociedad sobre bases nuevas, ha olvidado que Dios debía ser la piedra angular del edificio: y en ese olvido está la fuente del mal. Ni cambios políticos ni revoluciones conseguirán nada. No hay más que un remedio: restablecer sobre los derechos de los hombres, los derechos de Dios; reconocer, de una vez para siempre que si el hombre es el rey de la creación, no es su creador. A este precio únicamente se puede conseguir la salvación. Privado de Dios, el edificio social no puede permanecer mucho tiempo en pie. Devolved, pues, la religión a la sociedad, vosotros a quienes están confiados sus destinos, si queréis que viva. En vez de tratar a la religión como enemiga, sabed que ella es vuestro auxilio indispensable, y que el primer deber de todo gobernante, es el profesar, proteger y defender la religión. Napoleón I, que había visto de cerca al hombre sin religión, decía: “A ese  hombre no se le gobierna, se le ametralla. ¡Ah!, ¡Vosotros queréis que ese hombre salga de mis colegios!... No, no; para formar al hombre yo pondré a Dios conmigo”. En otra ocasión decía: “Sin religión, los hombres se degollaron por cualquier insignificancia”.