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miércoles, 14 de diciembre de 2016

Ite Missa Est

MIERCOLES
de las cuatro témporas de adviento




 Epístola – Is; VII, 10-15
Evangelio – San Lucas; I, 26-38.

En este día, la Iglesia comienza a practicar el ayuno llamado de las Cuatro Témporas, que comprende también el Viernes y Sábado siguientes. Esta práctica no pertenece propiamente a la economía litúrgica del Adviento: es más bien una de las instituciones generales del Año eclesiástico. Se la puede catalogar en el número de los usos que la Iglesia ha tomado de la Sinagoga; porque el profeta Zacarías habla del ayuno del cuarto, quinto, séptimo y décimo mes. La introducción de esta costumbre en la Iglesia cristiana parece remontarse a los tiempos apostólicos; tal es, al menos, el parecer de San León, de San Isidoro de Sevilla, de Rabano Mauro y de otros muchos escritores de la antigüedad cristiana: no obstante eso, hay que notar que los orientales no observan este ayuno. En la Iglesia Romana, las Cuatro Témporas quedaron fijas en los tiempos que se celebran ahora, desde los primeros siglos; y si se hallan numerosos testimonios de los tiempo^ antiguos en los que se mencionan Tres Témporas en vez de Cuatro, es porque las Témporas de primavera, como caen siempre dentro de la primera semana de Cuaresma, no añaden nada a las prácticas de los cuarenta días, dedicados ya a un ayuno más riguroso que los practicados en el resto del año. La finalidad del ayuno de las Cuatro Témporas es en la Iglesia la misma que lo fue en la Sinagoga; es a saber, santificar por medio de la penitencia cada una de las estaciones del año. Las Témporas de Adviento son conocidas en la antigüedad eclesiástica con el nombre de Ayuno del décimo mes; y San León, en uno de los sermones que nos ha dejado sobre este ayuno, y del que la Iglesia ha puesto un fragmento en el segundo Nocturno del tercer domingo de Adviento, nos enseña que fue elegido este tiempo para una demostración especial de penitencia cristiana, porque estando entonces terminada la recolección de los frutos de la tierrales conveniente que los cristianos demuestren al Señor su agradecimiento por medio de un sacrificio de abstinencia, haciéndose tanto más dignos de acercarse a Dios, cuanto mejor saben vencer el atractivo de las criaturas; "porque, añade el santo Doctor, el ayuno ha sido siempre alimento de la virtud. Es la fuente de los castos pensamientos, de las resoluciones prudentes, de los saludables consejos. Por la mortificación voluntaria, muere la carne a los deseos de la concupiscencia, el espíritu se renueva en la virtud. Mas, como el ayuno no es suficiente para lograr la salud de nuestras almas, suplamos lo que falte, con obras de misericordia hacia los pobres. Concedamos a la virtud lo que quitamos al placer; para que la abstinencia del que ayuna, sirva al pobre de alimento." Tomemos nota de estos avisos, puesto que somos hijos de la Santa Iglesia, y ya que vivimos en una época en que el ayuno del Adviento no existe, observemos el precepto de las Cuatro Témporas con tanto más fervor, cuanto que   días, con la Vigilia de Navidad, son los únicos en que la Iglesia nos obliga actualmente, de una manera precisa, a guardar el ayuno. Avivemos en nosotros, con ayuda de estas prácticas, el celo de los tiempos antiguos, teniendo siempre presente que, si la preparación interior es ante todo necesaria para el Advenimiento de Jesucristo a nuestras almas, esta preparación no sería en nosotros verdadera, si no se manifestase externamente en prácticas de religión y penitencia. El ayuno de las Cuatro Témporas tiene otra finalidad además de la de santificar, por un acto de piedad, las diversas estaciones del año; tiene intima relación con la Ordenación de los Ministros de la Iglesia, que son consagrados el sábado y cuya proclamación ante el pueblo tenía lugar antiguamente en la Misa del Miércoles. Las Ordenaciones del mes de Diciembre fueron durante mucho tiempo célebres en la Iglesia Romana; el décimo mes fue, según aparece por las antiguas Crónicas de los Papas, el único tiempo en que se conferían Órdenes sagradas en Roma, salvo raras excepciones. Los fieles debían unirse a las intenciones de la Iglesia y presentar a Dios la ofrenda de sus ayunos y abstinencias, con el fin de obtener dignos Ministros de la Palabra divina y de los Sacramentos, y verdaderos Pastores del pueblo cristiano. La Iglesia no lee hoy en el Oficio de Maitines nada del Profeta Isaías; contentase con recordar el paso del Evangelio de San Lucas, en que se cuenta la Anunciación de la Santísima Virgen, leyendo luego un trozo del comentario de San Ambrosio sobre ese mismo paso. La elección de este Evangelio, que según costumbre de todo el año, es el mismo que el de la misa, ha dado una especial celebridad a este Miércoles de la tercera semana de Adviento. Antiguamente se trasladaban las fiestas que caían en este Miércoles, como se puede ver por antiguos Ordinarios usados en varias insignes Iglesias, tanto Catedrales como Abaciales; tampoco se decían de rodillas en este día las oraciones feriales; en Maitines, el celebrante revestido de capa blanca, con la cruz, ciriales e incienso, y al son de la gran espadaña cantaba el Evangelio Missus est, o sea el de Anunciación; en las Abadías, el Abad debía hacer a los monjes una homilía como en las fiestas solemnes. Gracias a esta práctica gozamos ahora de los cuatro magníficos Sermones de San Bernardo en loor de la Santísima Virgen, titulados: Super Missus est. La Estación es en Santa María la Mayor, por motivo del Evangelio de la Anunciación, que como acabamos de ver ha hecho de este día una verdadera fiesta de la Santísima Virgen.