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martes, 20 de diciembre de 2016

Ite Missa Est

"Soy yo el Señor quien te llamó en mi justicia, quien te tomó por la mano."





MARTES
de la cuarta semana de adviento


Del profeta Isaías.

El siervo de Dios, dulce, paciente, Doctor de las naciones
He ahí mi siervo a quien yo amparo, mi Elegido en quien mi alma se complace. Sobre El he derramado mi Espíritu. El explicará la ley a las naciones. No voceará ni hablará alto, ni elevará su voz sobre las plazas públicas. No quebrará la caña hendida, ni apagará la mecha humeante. Expondrá fielmente la Ley; no perdonará descanso ni fatiga hasta restablecer la Ley sobre la tierra; las islas esperan su doctrina. Mediador, lumbrera, libertador Así habla el Señor Dios, que crea los cielos y los extiende, que produce tierra con sus frutos, que da el aire al pueblo que la habita, y el aliento a los que caminan por ella: Soy yo el Señor quien te llamó en mi justicia, quien te tomó por la mano. Yo te formé y establecí la alianza con tu pueblo, te puse como luz de las naciones para que abras los ojos de los ciegos, y saques de la prisión a los cautivos, y del fondo de la mazmorra a los que habitan las tinieblas. (Is„ XLII, 1-7.)

¡Oh Jesús! ¡Cuán dulce y tranquila es tu llegada a este mundo! Tu voz no se deja oír imperiosa; y tus manos, inmóviles todavía en el seno maternal, no tratan de romper la débil caña que un soplo quebraría fácilmente. ¿Qué vienes a hacer, pues, en esta primera venida? Tu Padre celestial nos lo enseña por medio del Profeta. Vienes para ser prenda de la alianza entre el cielo y la tierra. ¡Oh divino Infante, Hijo a la vez de Dios e hijo del hombre, bendita sea tu llegada a los hombres! Tu cuna será nuestra Arca de salvación; tu paso por la tierra será la luz que nos ilumine y nos liberte de la cárcel tenebrosa. Justo es, pues, que salgamos a tu encuentro, pues que haces Sólo la mayor parte del camino. "No es mucho, dice San Bernardo en su primer Sermón de Adviento, que, cuando el enfermo no tiene fuerza para salir al encuentro de su Médico, trate al menos de levantar la cabeza y hacer algunos movimientos de saludo. No se trata, oh hombre, de atravesar los mares, de penetrar las nubes o franquear las montañas, no, el camino no es pesado. Sal sólo hasta ti mismo, y encontrarás a tu Dios, porque en tu boca está y en tu corazón. Sal a su encuentro en la compunción de tu corazón y en la confesión de tu boca; sal simplemente del lodazal de tu desdichada conciencia; porque el autor de la pureza no podría descansar en ella, tal como ahora se encuentra". ¡Gloria, pues, a ti, oh Jesús! Que evitas el rompimiento de la caña para que pueda reverdecer y dar flores al borde de las aguas que de ti manan. ¡Gloria a ti que contienes tu soplo poderoso para no apagar la última chispita de esa mecha que se consume, pero que, no estando del todo fría, puede todavía animarse y lucir en el convite del Esposo!