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viernes, 2 de diciembre de 2016

Ite Missa Est

2 DE DICIEMBRE
SANTA BIBIANA, VIRGEN Y MARTIR

Epístola – Eccli; LI, 13-17
Evangelio – San Mateo XIII, 44-52


La Iglesia, en el Adviento, la memoria de cinco ilustres Vírgenes, entre. La primera, que celebramos hoy, es Santa Bibiana, virgen romana; la segunda, Santa Bárbara, gloria de las Iglesias de Oriente; la tercera, Santa Eulalia de Mérida, una de las principales perlas de la Iglesia española; la cuarta, Santa Lucía, corresponde a Sicilia; finalmente, la quinta, Santa Otilia, de la que se honra Francia. Estas cinco Vírgenes prudentes atizaron su lámpara, y estuvieron en vela aguardando la llegada del Esposo; y fue tan grande su constancia y fidelidad, que cuatro de ellas derramaron su sangre por el de Aquel a quien esperaban. Afiancémonos en la fe con ayuda de tan grandes ejemplos; y,  puesto que, como dice el Apóstol, no hemos resistido todavía hasta derramar la sangre, no nos lamentemos de nuestras fatigas y trabajos en estas vigilias del Señor, después de las cuales esperamos verle: ilustrémonos hoy con los gloriosos ejemplos de la casta y valerosa Santa Bibiana.

Vida. — Su nombre no figura en el martirologio jeronimiano. Sus Actas conocidas también con el nombre de Actas de S. Pimenio, son legendarias. Según ellas, habría pertenecido a una familia de mártires, cuyos miembros dieron toda su vida por Cristo. Prefirió esta santa ser azotada hasta la ¿ ¿ muerte antes de perder su fe y su pureza. El Papa Simplicio (468-483) ¿ consagró en su honor una basílica sobre el Esquilino, y el Líber Pontificalis nos dice que su cuerpo descansa, allí. Santa Bibiana es patrona de Sevilla y es invocada contra los dolores de cabeza y la epilepsia.


¡Oh Virgen prudente, Bibiana! pasaste sin desmayos la larga vigilia de esta vida; cuando llegó el Esposo de improviso, el aceite no faltaba en tu lámpara. Ahí estás ahora, por toda la eternidad, en la mansión de las bodas eternas, donde el Amado se recrea en medio de los lirios. Desde ese lugar de tu descanso, acuérdate de los que viven aún en espera de ese mismo Esposo de cuyos eternos abrazos gozas tú por los siglos de los siglos. Estamos aguardando el Nacimiento del Salvador del mundo, que debe poner fin al pecado y dar comienzo a la santidad; esperamos la llegada de ese Salvador a nuestras almas, para que las dé su vida y las una a sí por amor; esperamos también al Juez de vivos y muertos. ¡Virgen prudente! inclina a nuestro favor, con tus tiernas oraciones a ese Salvador, Esposo y Juez; para que su triple visita, realizada sucesivamente en nosotros, sea el principio y la consumación de esa unión divina a la que todos debemos aspirar. Ruega también, Virgen fidelísima, por la Iglesia de la tierra que te engendró para la del cielo, y que con tanta devoción guarda tus preciosas reliquias. Obtén para ella esa fidelidad perfecta que la hace siempre digna del que es su Esposo y tuyo, y que después de haberla enriquecido con sus mejores dones, y fortalecido con inviolables promesas, quiere que pida, y que pidamos nosotros para ella, las gracias que han de conducirla al término glorioso por el que suspira. Consideremos hoy el estado de la naturaleza en la estación del año en que nos hallamos. La tierra privada de su acostumbrado ornato, las flores han muerto, los frutos no cuelgan ya de los árboles, el follaje de los bosques ha sido dispersado por el viento, el frío penetra por todas partes; diríase que la muerte está asomada a la puerta. Si al menos conservase el sol su fuerza, y siguiera en el cielo su radiante carrera... Pero, de día en día abrevia su camino. Después de una larga noche, apenas le ven los hombres, cuando cae nuevamente en el ocaso, a la hora en que antes brillaba todavía con vivos resplandores; cada día que pasa ve cómo se adelantan las tinieblas. ¿Va a ver el mundo apagarse para siempre su antorcha? ¿Está condenado el género humano a morir en medio de la noche? Temiéronlo los paganos; y, por eso, contando con terror los días de esta espantosa lucha de la luz con las tinieblas, consagraron al culto del Sol el día veinticinco! de diciembre, que es el solsticio de invierno, día en que este astro, rompiendo los lazos que le amarraban, comienza a subir y volver a esa línea triunfante desde la que antes dividía el cielo en dos partes. Nosotros, cristianos, iluminados con el resplandor de la fe, no nos detendremos ante estos humanos terrores: buscamos un Sol, a cuyo lado el sol visible es oscuro. Con El, podríamos desafiar a todas las sombras materiales; sin El, lo que creeríamos ser luz, no haría más que apartarnos y perdernos. ¡Oh Jesús, luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo! escogiste para nacer en medio de nosotros, el momento en que el sol visible está próximo a extinguirse, para hacernos comprender por medio de tan admirable símbolo, el estado en que nos encontrábamos cuando viniste a salvarnos e iluminarnos. "Iba disminuyendo la luz del día, dice San Bernardo en su primer Sermón de Adviento; el Sol de justicia estaba próximo a desaparecer; apenas quedaba en la tierra un débil resplandor y una lánguida llama. Se había casi extinguido la luz del conocimiento de Dios; y se había resfriado el fervor de. la caridad, por la abundancia de la maldad. Los Angeles no se aparecían ya; los Profetas no dejaban oír su voz. Unos y otros estaban desalentados ante la dureza y obstinación de los hombres; pero, (habla el Hijo de Dios) entonces Yo dije: "Héme aquí." ¡Oh Cristo, Sol de justicia! haz que lleguemos a comprender bien lo que es el mundo sin ti; lo que son nuestras inteligencias sin tu luz, y nuestros corazones sin tu calor divino. Abre los ojos de nuestra fe, y mientras ellos contemplan diariamente la disminución de la luz visible, pensemos en las tinieblas del alma, que sólo tú puedes disipar. Entonces, desde el fondo del abismo, se elevará nuestro clamor hacia ti que has de aparecer el día señalado, para ahuyentar con tus rayos vencedores aun las más espesas tinieblas.