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martes, 6 de diciembre de 2016

ESCRITOS SUELTOS DEL LIC. Y MARTIR ANACLETO GONZALES FLORES, “EL MAISTRO”

UN VOTO DE SANGRE

La persecución sigue su marcha de atropellos y de asaltos a la libertad de conciencia. Y en medio del vértigo que la precipita y que la ciega, ha intentado llegar hasta el estrangulamiento. No pretende solamente herir; no se propone golpear solamente, no se contenta con magullar entre sus dedos ensangrentados las altas y nobles prerrogativas de pensar y de creer libremente, se siente poseída de la locura del exterminio. Y por esto las mismas asfixiantes restricciones que la Constitución de diecisiete ha consagrado contra las conciencias y contra los católicos, le han parecido y le parecen muy poca cosa a la persecución, que alza el puño crispado por la fiebre, por la obsesión del aniquilamiento.

Si el artículo ciento treinta constitucional establece el principio de que se puede fijar, según las necesidades locales, el número máximo de sacerdotes que puede ejercer su ministerio, sin dar más facultades, no más atribuciones: la persecución, que desea vivamente, ansiosamente, la extinción, el aniquilamiento de la libertad de conciencia, ha tenido que ir, ha ido más lejos, lo más lejos que ha podido. Ha dicho: Se puede fijar; luego a la fuerza debemos fijar el número máximo de sacerdotes. se ha acercado ya el estrangulamiento. Y en estos momentos en que todas las máquinas de la fuerza bruta y de la violencia, han entrado en movimiento para llegar al exterminio, se ha efectuado un fenómeno que era necesario para que resaltara, con evidencia avasalladora, aplastante, innegable, la impopularidad inmensa de los artículos sectarios y antirreligiosos de la Constitución de diecisiete.

De sobra han dicho y dicen todos los revolucionarios que esa Constitución expresa la voluntad soberana del pueblo y es la indicación clara, terminante y categórica del criterio popular. Lo han dicho en todos los tonos, en todas las formas, hacia todas partes. Y como en medio de la atmósfera de furor y de violencia en que se halla la opinión pública, ha sido siempre imposible que el pueblo diga claramente, ostensiblemente, en forma indiscutible, lo que piensa y lo que siente respecto a la actual Constitución, en lo que se refiere a los artículos violatorios de la libertad de conciencia, se necesitaba que la misma máquina, el aparato de la violencia, golpeara, apretara, rasgara carne y estrujara cuerpos y pensamientos de manera que el grito, el clamor espontáneo ensordecedor de los perseguidos y de las víctimas, viniera a ser un plebiscito escrito con sangre para condenar el odio jacobino de la Constitución.

Y lo que habría sido imposible por espacio de muchos años; lo que hubiera exigido largos y agotantes trabajos, lo que hubiera necesitado un ambiente amplio de exteriorización de opiniones, ambiente amplio de exteriorización de opiniones, la misma máquina de guerra de la revolución, lo ha realizado en forma maravillosamente completa.

Se ha querido poner y se ha puesto sitio a la conciencia de cada uno; se ha querido estrechar el cerco, el círculo de hierro contra la libertad de conciencia, de manera que no es posible vivir; se ha llegado hasta a arrancar de raíz la condición esencial de la vida religiosa, con la reducción cínica, risible, de sacerdotes y ha faltado el oxígeno de la verdad religiosa en todos los pulmones; pero al mismo tiempo con los arranques inesperados que siempre la acompañan, se ha dejado sentir la asfixia con todos sus síntomas, con todas sus señales.

Los que antes de que se intentara la aplicación exacta y exagerada de los artículos antirreligiosos de la actual Constitución, creían gozar de buena y cabal salud en el orden religioso, porque el aire no se había enrarecido; hoy, que espadas y bayonetas, se entrecruzan sobre frentes y conciencias, sobre niños y mujeres, sobre obispos sacerdotes para envenenar el ambiente, para matar el oxígeno de las almas, para hogar la conciencia nacional, alzan sus manos y abren ansiosamente sus labios para pedir aire, porque la revolución los está matando en sus espíritus y en sus conciencias. Y de cada boca se levanta una anatema contra la revolución: de cada conciencia se alza una maldición; no hay frente, ni de hombre, ni de niño, ni de mujer, que no se haya levantado, al sentirse rodeada por la asfixia, para echar sobre cada uno de los artículos antirreligiosos constitucionales, todo el aliento de ira santa y de indignación.

El día en que la Constitución de diecisiete fue elaborada, el pueblo ni siquiera tuvo noticia de lo que se hacía, ni de lo que se escribía. No estuvo presente a los debates. No pudo decir su palabra, ni su opinión. No se le permitió, adrede, con firme e inquebrantable propósito de excluirlo, la entrada, ni a él, ni a sus representantes genuinos. Y todos los que en aquella asamblea, atacada de delirium tremens, según la frase reciente del rabino Abraham Simón, votaron la guerra a Cristo, la guerra a la Iglesia, loa guerra a la conciencia nacional, la guerra sin tregua a las tradiciones religiosas de nuestra Patria; se arrogaron una representación que jamás solicitaron, que jamás tuvieron y que jamás pudieron tener. Entonces, pues, el pueblo no pudo votar, ni a favor ni en contra de la Constitución.

Más tarde no lo había podido hacer porque el pueblo no entiende de metafísicas, ni de fórmulas, ni de leyes escritas en terminología abstrusa y peor redactada. Si entiende el lenguaje inconfundible, claro, terminante de los hechos. Y hoy que aquellos artículos que le han jurado guerra a Dios y a su Iglesia, pasan de meras fórmulas a ser realidades brutales, que atan manos, que encarcelan conciencias, almas y cuerpos, que amordazan, que encadenan, que hacen imposible la vida religiosa; hoy el pueblo sí entiende, hoy sí sabe de qué se trata, hoy sí mide en su totalidad, el alcance arrasador de la persecución y de los principios sectarios consagrados en la Constitución de diecisiete.

Y hoy también, porque la espada y la bayoneta lo hieren de frente, le rasga sus brazos, le desangra su cuerpo, le asfixia su pensamiento, su conciencia y sus tradiciones, hoy sí vota, hoy sí dice, en medio de una hoguera santa de indignación y en plena, en innegable, en irresistible espontaneidad, con los labios hacia todos los vientos, con los brazos atados al potro, con el gesto angustioso del que siente morir porque le falta el aire, porque se ahoga, su maldición contra los artículos persecutorios.

La persecución se ha empeñado en ir, en llegar hasta el estrangulamiento. Muy bien. Esto se necesita, esto es urgente, para que catorce millones de mexicanos que, a pesar de todo, llevan el vivificante, el milagroso oxígeno de la verdad católica en sus venas, en su sangre, en sus huesos, en su pensamiento, en sus palabras, en lo íntimo de su conciencia, griten hacia todos los vientos y digan que el puño armado y escoltado de espadas de la revolución y de los perseguidores, está matando o intentando matar todas las condiciones de nuestra vida religiosa espiritual y que se nos está matando de asfixia. Y los catorce millones de gritos de católicos acogotados, casi asfixiados, casi estrangulados, son el resonante, el inmenso, el innegable, el rotundo plebiscito que condena a la Constitución actual.

Se ha dicho que os griegos en sus asambleas democráticas, votaban con piedras blancas Chesterton, defensor ardiente, vengador victorioso e irresistible del voto de los muertos, proclama en uno de sus libros el principio de que en las democracias modernas debe votarse con tumbas, para no excluir el voto imprescindible del pasado.

La revolución no ha dejado jamás votar a los católicos, hasta ahora no hemos podido votar, ni con piedras blancas, ni con tumbas. Hoy, sin embargo, bajo las angustias del estrangulamiento, en medio de los desfallecimientos de la asfixia que ya ahoga hasta los últimos reductos de las conciencias, daremos votos con la sangre de nuestros brazos amarrados a la piedra de los perseguidos, con la sangre de nuestros labios amordazados, con la sangre de nuestros niños, de nuestras mujeres y de nuestros viejos que, en medio de su agonía, levantarán sus manos en señal de protesta. Y se tendrá lo que muchos han negado, lo que muchos desean: un voto de catorce millones que condenan los artículos persecutorios de la actual Constitución. Y ese voto sí que es el voto genuino e irrecusable del pueblo. Que continúe la persecución exigiendo ese voto, que es el voto de su condenación y en todas partes lo encontrará.