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viernes, 16 de diciembre de 2016

DEMOS GRACIAS A DIOS - por el P. Faber

SECCIÓN 4
Acción de gracias por el don inestimable de la fe.


9. Otras personas llegaron a señalarse por un afecto profundo de agradecimiento hacia el don inestimable de la fe y a todas aquellas maravillas sobrenaturales de nuestra sacrosanta Religión cristiana, dones que forman dos fuentes distintas y muy abundantes de tierna devoción. La primera, esto es, la fe, induce a los hombres a regocijarse no menos en la absoluta soberanía de Dios y supremacía ilimitada de su excelencia y adorable Majestad, que en su impropia dignidad y vileza, que sobrepujan a todo humano encarecimiento.

A semejanza de Pedro Consolimi, se ven inclinados a favor de aquella opinión teológica relativa a la naturaleza y eficacia de la gracia que favorece más a la elección divina que al libre albedrío del hombre; y si adoptan con Lessio la opinión contraria, es solamente porque; ajuicio suyo, procura más gloria a Dios que la primera. Imagínanse que nunca podrán ellos agradecer a Dios debidamente el singular beneficio, digno de perpetuos loores, que se les ha otorgado de hallarse tan completa y absolutamente abandonados en las manos de su Creador omnipotente, y por nada del mundo cambiarían de condición. Apenas pueden concebir que existan personas que no abriguen los mismos sentimientos; y si bien bendicen a Dios, rico en misericordias por sus inefables promesas, el instinto habitual suyo consiste principalmente en poner toda su confianza en el amor divino; cuídanse muy poco o nada del mérito, y su única solicitud es la gloria de Dios nuestro Señor: No podemos sufrir este lenguaje acerca del mérito, dicen con San Francisco de Sales: aunque de aquí no se sigue que todo el mundo esté obligado a sentir y hablar de la misma manera. El dulce pensamiento de la soberanía de Dios, más bien que el de su inquebrantable fidelidad, es para los espíritus melancólicos y abatidos el blando lecho de su reposo y descanso apacible; semejantes sujetos gozan en la religión de una dicha inefable, excepto cuándo Dios les retira por algún tiempo, para su mayor santificación, aquella dulce confianza, y aun entonces es su lenguaje el de Job: Aunque me mate, en El pondré todavía mi confianza. Dichas personas parece que poseen el don especial de la abnegación propia y del desapego completo a las cosas del mundo: deléitanse en los planes y espirituales empresas que acometen los demás hombres y aquellas Ordenes religiosas rivales a la suya. Complácense de que sea enteramente sobrenatural todo lo relativo al mérito, satisfacciones, absoluciones, hábitos infusos e indulgencias; profesan una reverencia profunda a todas las bendiciones de la Iglesia, a los Sacramentos, materias, formas, administración de los mismos y a las rúbricas que se observan en sus ceremonias, que más bien que un ritual y directorio de las pompas de la tierra, parecen resplandores y centellas del cielo.

Gloríanse de que los principios del Evangelio y la vitalidad de la Iglesia sean opuestos a todos los cálculos y máximas del mundo: alégranse en la fuerza de la flaqueza, en la exaltación de la santa pobreza, en el esplendor de la humillación, de la omnipotencia del sufrimiento, en el triunfo de la derrota. Todas estas cosas son para ellos como los suaves y olorosos perfumes de las Molucas, que lleva el viento al fatigado navegante, la fragancia del cielo y el exquisito aroma de la Divinidad. Regocíjanse de que los hombres se conviertan por la eficacia inefable del don invisible de la gracia, más bien que por los razonamientos de la controversia, y sienten su corazón inundado de indecible placer cuando se persuaden que Dios no raras veces toma de su propia cuenta el negocio de nuestra salud, trabajando en él por sí mismo, sin valerse para nada de nuestra cooperación. No se agitan en su mente arcanos impenetrables sobre Dios y la naturaleza, porque no consideran al hombre, conforme enseñan los Tratados Bridgewater y otras publicaciones por el estilo, como el centro del sistema del universo, como la razón última de la creación y el blanco principal de los designios divinos; imagínanse que semejante teoría disminuye el campo de sus vistas espirituales, como limita el de las vistas humanas de la naturaleza la hipótesis de que la tierra es el centro del sistema solar, o bien que el sistema solar es el centro del universo, sino que contemplan a Jesús como centro de todas las cosas, cómo la razón última de la creación; como el blanco de los designios divinos. Figúranse que la predestinación de Jesús todo lo explica, todo lo armoniza y todo lo gobierna; cuya predestinación, juntamente con la de su Madre bendita,, Reina y Señora nuestra, es la fuente de todo cuanto existe fuera de la unidad de la Trinidad. El fin exclusivo de todos sus desvelos en este valle de lágrimas es seguir las sendas de Jesús, y a excepción de la excelsa dignidad de ser objeto predilecto de las caricias divinas,- todo lo demás no tiene interés ni importancia alguna ante sus ojos; así como los luminosos rayos solares ocultan a nuestra vista las estrellas del firmamento, así el rico y alegre esplendor de la predestinación de Jesús apenas permite a estas almas bienaventuradas ver y distinguir los misterios impenetrables de la fe, la permisión del mal, la eternidad de las penas del infierno y otros dogmas por el estilo.

La acción de gracias por el don inestimable de la fe es una práctica que nunca podrá ser bastantemente recomendada en el siglo en que vivimos. Semejante práctica fue la devoción favorita de Santa Juana Francisca de Chantal, una de las almas más bellas y angelicales que han existido sobre la tierra, y de cuya vida voy a trasladar aquí, sin el menor escrúpulo, un extenso párrafo; porque entre todas las variedades de la vida espiritual y las manifestaciones del espíritu de santidad, paréceme que no existe ninguna más conveniente y provechosa a nues- tras almas que el dulce y suave espíritu de la Orden de la Visitación, que tanta semejanza tiene con el Oratorio de San Felipe. Cuando San Francisco de Sales se hallaba en Roma durante su juventud, pasaba no pocas horas del día en el Oratorio, cuya regla solía llamar manera admirable de vivir santamente; y uno de sus amigos más íntimos era el venerable Juvenal Ancina, en cuyo proceso de canonización figura como testigo el mismo San Francisco. Queriendo, pues, éste varón insigne consolidar en el Chablais su obra de la conversión de las almas, creó en Thonon un Oratorio de San Felipe, compuesto dé siete Padres, de los cuales fue él mismo su prepósito; así es que la Santa Sede ha autorizado a varias de nuestras Congregaciones para que guarden la fiesta de San Francisco como si fuese la fiesta de un Santo de la Orden; y la regla de la Visitación tiene no pocos puntos de semejanza con la de San Felipe Neri. No es, pues, extraño que la edición de las obras del Obispo de Ginebra, impresa en Venecia, lleve por título: Obras espirituales de San Francisco de Sales, Prepósito del Oratorio de honor y Fundador de la Orden de la Visitación de Santa María; ni que la traslación de la Vida de la Venerable M. Blonay, de Carlos Augusto de Sales, publicada en Nápoles, año 1694, tenga en su portada las siguientes palabras: Por un humilde siervo muy amante del espíritu de San Francisco de Sales y San Felipe Neri.

Pero volvamos a Santa Juana Francisca. En la Vida de esta sierva de Dios leemos lo que a continuación vamos a copiar: «Cuando después de casada se fue a vivir al campo, e igualmente en su estado de viuda, mandó aprender el canto del Credo a aquellos de sus criados que mejor voz tenían, a fin de que acompañasen, cantándole con gran solemnidad, en la Misa parroquial, el cual oía la Santa con indecible placer de su alma; y luego después que se hizo religiosa, ella misma solía cantarle durante la recreación. Profesaba una singular devoción a los santos Mártires porque habían generosamente derramado su sangre por la fe, e igual reverencia tenía a aquellos grandes Santos de los primeros siglos que defendieron palmo a palmo tan rico tesoro, así de palabra como por escrito; de suerte que era ya proverbial entre sus religiosas decir en las festividades de los grandes Santos de la primitiva Iglesia: Es uno de los Santos de nuestra Madre. No se contentaba con oír leer sus vidas en el refectorio, hablando de ellas luego después mientras la recreación, sino que se llevaba no raras veces el libro a su celda para volverlas a leer privadamente. Y en los últimos años de su peregrinación en este valle de lágrimas compró las Vidas de los Santos, en dos volúmenes, anotando las de aquellos grandes siervos de Dios y primeros hijos de la Iglesia, que leía con mayor devoción; profesaba una especial reverencia a San Espiridión, por haber este varón insigne cautivado en obsequio del Credo católico su razón de filósofo sutil. Sabía de memoria el himno de Santo Tomás, Adoro te devote, que recitaba con bastante frecuencia, cuyo himno hizo aprender a varias de sus religiosas, declarándolas al propio tiempo que ella siempre repetía dos o tres veces el verso siguiente Credo quidquid dixit Dei Films.

Al principio de su viudez entregóse tan de lleno a esta su devoción favorita, que la mayor complacencia suya consistía en convencer a su entendimiento de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía con las siguientes palabras: Veo vino, y creo que es la Sangre del Cordero de Dios; gusto el sabor de pan, y creo que es la verdadera Carne de mi Salvador. Mas luego que se puso bajo la dirección de San Francisco, aprendió del Santo a simplificar su símbolo y recitar cortos y fervorosos actos de fe, demostrándole aquel Prelado ilustre que la fe más sencilla y humilde era también la más sólida y agradable a los divinos ojos. Diariamente repetía la sierva de Dios, al fin del Evangelio de la Misa, el Credo y el Confíteor; y un día, exhortando a sus religiosas a practicar la misma devoción, exclamó: ¡Pero, Dios mío de mi alma!, ¿qué necesidad tenemos nosotras de humillarnos cuando ni por sueños siquiera se nos juzga dignas de confesar la fe delante de todos los tiranos de la tierra?


Un espíritu parecido fué el que movió a San Felipe a levantarse una noche en el Oratorio, lleno todo de agitación y de espanto, recelando que lo que había dicho a sus oyentes el predicador de la tarde de aquel día podría acaso haberles dado una idea favorable del instituto, y prorrumpió en estas sentidas expresiones: ¡No hay motivo para vanagloriarse! Nada somos nosotros; ningún individuo de la Congregación ha derramado todavía su sangre en defensa de la fe. Santa Juana Francisca había asimismo escrito ciertas sentencias en las paredes de su celda, habitación que después fué destinada para noviciado; y en la pared, debajo del Crucifijo, puso el versículo siguiente del Libro de los Cantares: Sentéme debajo de la sombra de mi Amado, y su fruto fué dulce a mi paladar. Rogándole una hermana suya de comunidad que tuviese la dignación de decirle por qué ponía esta sentencia en aquel lugar. Para estar frecuentemente, le replicó, haciendo actos breves y sencillos de fe; porque si bien la fe es en sí misma una clara luz. para la razón humana, es, no obstante, una sombra, y quiero que mi razón se siente a descansar bajo la sombra de la fe, la cual me manda creer que Aquel que con tanta ignominia está clavado en la Cruz es el verdadero Hijo de Dios. Declaró igualmente en otra ocasión que siempre que contemplaba el Crucifijo tenía la intención de que la simple mirada suya fuese un acto de fe semejante al del Centurión, quien, dándose golpes de pecho, decía: Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios. La misma Santa reveló un día en confianza a cierta persona, que, aun viviendo en el mundo, se había Dios servido comunicarla luces inefables acerca de la pureza de la fe, manifestándole al propio tiempo que la perfección de nuestra inteligencia, acá en la tierra, consiste en su cautiverio y sumisión a las verdades obscuras de la fe; que sería iluminada dicha potencia con esplendorosas claridades de vivísima luz a medida que fuese más humildemente rendida a las obscuridades de los dogmas divinos; que siempre había ella detestado aquellos sermones en los cuales se intentaba probar por la razón. natural el misterio de la augusta y adorable Trinidad y los otros artículos de nuestra fe; que no debía el fiel cristiano buscar en los dogmas ninguna otra razón sino aquella única, soberana y universal razón, es a saber, que Dios los ha revelado a su Iglesia.


Así es que nunca se cuidaba de oír hablar de milagros, revelaciones, etc., en confirmación de la fe, y no raras veces ordenó que pasasen por alto semejantes motivos de credibilidad cuando leían en el refectorio las Vidas de los Santos o los Sermones sobre las festividades y misterios de Nuestro Señor y de la Santísima Virgen María. Parecía se en esto al gran rey San Luis de Francia, quien llamado en una ocasión a su capilla privada para que viese cierta especie de milagro que había tenido lugar durante la Misa, rehusó el ir, diciendo que él, gracias a Dios, creía en el Santísimo Sacramento del Altar; que no aumentarían su fe en tan soberano misterio todos los milagros del mundo, y que no quería ver a Jesús con los ojos de la carne, no fuese caso que perdiese la especial bendición que el Salvador prometiera a aquellos que no vieron y, no obstante, creyeron.


Tenía igualmente Chantal la costumbre de repetir a sus religiosas las siguientes palabras: ¿Qué tenemos nosotras que ver, hijas mías, con pruebas, milagros y revelaciones, a no ser para bendecir y glorificar a Dios nuestro Señor, que en su infinita misericordia se ha dignado proveer de semejantes auxilios a aquellos que los necesitan? Bástanos saber que Dios nos ha revelado, por mediación de su Iglesia, todo cuanto es necesario para nuestra felicidad temporal y salvación eterna. Cuando escribió las meditaciones para los ejercicios espirituales, extractadas de los escritos de San Francisco, compuso una sobre el beneficio inestimable que Dios nos ha otorgado haciéndonos hijos de la Santa Iglesia católica, cuya meditación había escrito en pliego separado, y declaró a sus religiosas que no había apartado su mente de dicha meditación durante los dos primeros días de su retiro espiritual. Leía las Santas Escrituras con licencia de sus superiores; pero entre todos los libros divinos, el más favorito de este Código sagrado era el de los Hechos de los Apóstoles; imposible es decir las veces que leyó y releyó, relatando su contenido a la comunidad cada día con nuevo fervor, y no parecía sino que siempre que les hablaba de la primitiva Iglesia anunciábales cosas que nunca antes habían oído. Cuando supo que su hijo había muerto en la isla de Rhe combatiendo contra los ingleses, postróse en tierra, cruzadas las manos, los ojos levantados al cielo, y exclamó: Concédeme, Señor y Dios mío, concédeme licencia para hablar y dar rienda suelta a mi dolor; y ¿qué diré, Dios mío de mi alma, sino rendiros gracias por la honra singular que me habéis hecho llevándoos a mi único hijo mientras estaba combatiendo en defensa de la Iglesia romana? Y tomando luego un crucifijo en sus manos, le besaba y decía: Acepto este cáliz, amargo, Redentor mío, con la más profunda sumisión posible, y ruego os que recibáis a ese hijo de mis entrañas en los brazos de vuestra divina misericordia. Apenas acabó esta plegaria, apostrofó a su hijo con estas sentidas palabras: ¡Oh hijo mío querido!, ¡qué dicha la tuya haber sellado con tu sangre la fidelidad nunca desmentida que tus abuelos profesaron siempre a la Santa Iglesia romana! ¡Y creo me en esto muy feliz, y doy gracias a Dios porque me ha cabido la suerte incomparable de ser tu madre.