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miércoles, 21 de diciembre de 2016

DE LA NATIVIDAD DE CRISTO (Santo Tomás de Aquino)

DE LA NATIVIDAD
DE CRISTO
(Santo Tomás de Aquino)
(segunda parte)


11. Belén
Era una tradición profética que el Mesías había de ser un descendiente de David, un vástago del tronco de Jasé, padre del Profeta Rey, según el oráculo de Isaías. Tal vez sea esto lo que quiso significar Miqueas cuando dijo: Pero tú, Belén de Efrata, pequeña para ser contada entre las familias de Judá, de ti me saldrá quien enseñoreará en Israel, cuyos orígenes serán de antiguo, de los días de muy remota antigüedad (5.2). Pero los doctores consultados por Herodes interpretaban el oráculo del nacimiento del Mesías en el lugar que era el solar de la dinastía davídica (Mt, 2.3.6). Tal era también la opinión de aquellos que decían: ¿No dice la Escritura que del linaje de David y de la aldea de Belén, de donde era David, ha de venir el Mesías? Y el Señor, que había sido concebido en Nazaret, quiso cumplir el oráculo de los profetas, aprovechando la circunstancia del empadronamiento ordenado por Augusto, y llevado a ejecución, no según las costumbres romanas, de que cada uno se inscribiese donde residía, sino según la costumbre hebrea y oriental, de que se hiciera en el lugar de su origen. Así nació Jesús en Belén; pasó allí los primeros días de su vida, para no volver a verla más.

111. La época del nacimiento

Hubo una época, que tal vez para muchos no haya pasado, en que se pretendía, probar matemáticamente que el Mesías debía de nacer en los días mismos en que nació. Se creía con esto obtener una demostración apodíctica de la venida del Mesías, demostración que, a la verdad, quedaba grandemente desvirtuada por la multitud de opiniones sobre los oráculos aducidos.


Pero la tesis, si es demostrable, hay que probarla por otro camino. Es cosa clara para quien lea los profetas que estos nos presentan la salud mesiánica y, por tanto, la venida del Mesías después de las grandes calamidades que afligieron a Israel en el curso de su historia. Así, Oseas nos lo presenta después del cautiverio del reino del Norte (Os. 1-3); Isaías y Miqueas, después de las invasiones asirias (Is. 7-11 ; Mich. 4-5 ; Jeremías y Ezequiel, después de la cautividad de Babilonia, y Daniel, después de la persecución de Antíoco IV. El Mesías vendrá a reparar los males que afligían al pueblo y a traerle la paz y la dicha, fruto de la justicia. Por esto, la venida del Mesías se va alargando, poniendo a prueba la fe israelita en las promesas divinas.

Esto es la ley general, conforme a la cual se debe interpretar algunas profecías, en las que se quisiera ver un sentido matemático. Es la primera la bendición de Judá en Gen. 49,10, que dice así:

No faltará de Judá el cetro,
ni de entre sus pies el báculo,
hasta que venga Aquel cuyo es,
y a quien darán la obediencia los pueblos.

La tradición exegética, tanto judía como cristiana, ha considerado esta bendición como mesiánica. Pero ¿en qué forma? Parece claro que el oráculo encierra dos cosas: una promesa del cetro, símbolo del poder real de Judá, la cual se verá realizada en David, y la promesa de que ese cetro está destinado para otro, a quien las naciones darán la obediencia. Que éste sea el Mesías, no puede dudarlo quien haya leído los vaticinios proféticos y algunos salmos regios. Una dificultad nos ofrece el hecho de que la dinastía davídica, aunque se perpetuó en Judá al contrario de lo que sucedió en Israel, donde las dinastías se suceden rápidamente, al fin no duró más de cuatro siglos. Con la cautividad babilónica acabó también la dinastía davídica en Jerusalén. Pero conviene advertir las palabras de la promesa davídica: Permanente será tu casa para siempre ante mi rostro, y tu trono estable por la eternidad (2 Sam. 7,I6) y en otro lugar: Le estableceré para siempre en mi casa y en mi reino, y su trono será firme por toda la eternidad (1 Par. 17,14). No ante los hombres, sino ante Dios, será duradera la casa de David, y así la entienden los profetas al anunciar le venida del reino de Dios con un hijo de David. La dinastía asmonea, de origen levítico, no puede considerarse como continuación de la casa de David, ni la exaltación de su rey idumeo, como Herodes, era señal de que esta bendición de Jacob estuviera para cumplirse con la venida del Mesías.

Pero es Daniel el que ofrecía a los apologistas argumentos irrefutables de la llegada del Mesías. Esto, porque no echaban de ver el estilo apocalíptico del profeta. Era sobre todo el capítulo 9, el de las setenta semanas, el que principalmente atraía la atención. Más para entender su sentido conviene advertir una cosa evidente: que todos los oráculos de Daniel son cuadros que abarcan un mismo horizonte histórico; a lo menos tienen un mismo término, y este término es Antíoco IV, el gran perseguidor de la religión y nacionalidad judías. El reino de Dios aparecerá después de este perseguidor, como en los otros profetas aparecía después de las invasiones asirias o babilónica. Oigamos ahora a Daniel, y notemos que Jeremías había anunciado que la duración de la cautividad sería de setenta años. En realidad no llegó a tanto, pero es que la cifra del profeta es simbólica, y significa una generación, en la que el pueblo sufrirá el castigo de sus pecados, para recibir luego la misericordia de Dios. Nuestro profeta tiene ante los ojos esos setenta años que ya son pasados, sin que se vea el cumplimiento de la promesa mesiánica. Entonces el ángel le responde: Setenta semanas (de años) están prefijadas sobre tu pueblo y sobre tu ciudad, para acabar las transgresiones (Y dar fin al pecado, para expiar la iniquidad y traer la justicia eterna, para sellar la visión y la profecía y ungir una santidad santísima. Los setenta años se convierten en setenta semanas de años.  El principio es el oráculo de Jeremías sobre los setenta años; el término es el reino de Dios, descrito en lenguaje enteramente espiritual: la desaparición del pecado y el advenimiento de la justicia eterna. Después de esto, el ángel interpreta siguiendo el estilo apocalíptico del libro y divide esos setenta años en cuatro etapas, fáciles de precisar : la primera, de siete semanas, que abarcan la duración histórica de la cautividad traída por Ciro, el Cristo de Yavé, según Isaías (44,28; 45,I).

La segunda, de sesenta y dos semanas, durante las que tendrá lugar la restauraci6n de la ciudad en medio de grandes angustias, y que tiene por término la muerte de un nuevo Cristo, el pontífice Onías, villanamente asesinado en Dafne (I7I), según nos cuenta el 11 de los Macabeos (4.30-34). Queda una semana, dividida en dos mitades, y en la primera mitad habrá destrucciones y ruinas en la ciudad; pero en la segunda será suprimido el sacrificio perpetuo, y una abominación ser establecida en el santuario, hasta que caiga la venganza divina sobre el devastador. Todo esto corresponde a los años I7I-I64. El primero señala la fecha de la muerte de Onías y marca el principio de los atropellos de Antíoco contra Jerusalén, y el segundo, su muerte en el camino de Persia. En medio está el 25 del mes de Casleu de I68, en que fue oficialmente suprimido el culto divino, para ser sustituido por el de Júpiter Olímpico, la abominación desoladora, Pero con esto no negamos al término señalado en el versículo 24, los días del Mesías, y el ángel no nos dice el tiempo que falta para su llegada. El Señor había dicho por su profeta que el justo vive de la fe, y en ésta quiere ejercitar a su pueblo para prepararlo a recibir el reino de Dios. San Pablo dice que, cuando llego la Plenitud de los tiempos, envio Dios a su Hijo; pero el momento de esa llegada era un secreto del Señor. La razón de esta conducta la veremos indicada por Santo Tomás en la cuestión siguiente.

La fecha histórica del nacimiento de Cristo nos la señalan los evangelistas en el reinado de Herodes. Pero éste reinó unos cuarenta años, con lo que esa fecha queda muy vaga. Pero la que buscamos coincide con el fin de la vida del rey, y, Herodes murió el año 750 de Roma por la Pascua, según F. Josefa, y durante la permanencia de la Sagrada Familia en Egipto, según San Mateo, el año cuarto de la era vulgar.

Un poco antes había que poner el nacimiento del Salvador. La ocasión de su nacimiento en Belén hubo de ser el empadronamiento ordenado por Augusto, y al que Herodes, rey socio del Imperio por la gracia del César, hubo de someterse. Este empadronamiento se hizo al modo oriental, inscribiéndose cada uno, no en el lugar de su residencia, sino en el de su origen y solar, que era Belén para los descendientes de David.  Allí fué José por ser de la casa y familia de David, dice San Lucas (2,3). La tradición eclesiástica sobre la fecha precisa del nacimiento del Salvador se resume en la forma siguiente: En Oriente, Clemente, de Alejandria señala el 6 de abril como día de la concepción de Jesús, y, conforme a ella, la Iglesia oriental celebra la natividad el 6 de enero.


En Occidente, Tertuliano coloca la concepción el 25 de marzo y la natividad el 25 de diciembre, y ésta es la tradición en uso en la Iglesia romana.