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martes, 8 de noviembre de 2016

RUSIA Y LA IGLESIA UNIVERSAL

SOLOVIEV
(CONTINUACIÓN)


Ante el fracaso más o menos definitivo de bizantinos y germanos, Solovief vuelve sus miradas hacia la atria. ¿No sería, tal vez, ella, la santa Rusia, en oposición al Occidente laico y ateo, la nación destinada por la Providencia para asumir, en definitiva conjugación con la Iglesia, la misión de cabeza temporal de la cristiandad? En el carácter profundamente monárquico del pueblo ruso, unido a ciertos hechos profetices de su pasado, así como en la masa enorme y compacta de su Imperio, junto con el contraste que ofrece la pobreza y el vacío de su existencia actual —actual entonces— sí se les compara con la gran fuerza latente de su espíritu nacional, ve Solovief otros tantos síntomas precursores de la misión providencial de su patria. Y como mientras se encuentre fuera de la Unidad, no puede pensarse en la trascendental colaboración, todos los deseos del filósofo son de que cuanto antes dé aquélla el paso decisivo, el que vendrá a valorizar sus actualmente estériles a la par que innegables cualidades, convirtiéndolas en otros tantos instrumentos eficaces para la instauración, en este valle de lágrimas, del reino de Dios. Toda esta argumentación de tipo histórico, maravillosamente conducida por Solovief en la introducción de su RUSIA Y LA IGLESIA UNIVERSAL, viene a justificarse en la concepción que nuestro pensador tiene de la Iglesia, concepción asombrosa en su hondura y que no por ser rigurosamente ortodoxa deja de revestir caracteres de la más agresiva originalidad.

Después de insistir en las primeras páginas de su obra sobre las incongruencias y mentiras del espíritu revolucionario moderno, nos hace ver que la verdad fundamental, la idea específica del cristianismo es la unión perfecta entre lo divino y lo humano, la cual, realizada individualmente en Cristo, se halla también en vías continuas de serlo socialmente en la Humanidad cristiana, cuyo elemento divino está representado por la Iglesia (concentrada en el pontificado supremo), mientras que el humano corre por cuenta del Estado.» Pero para que lo divino y lo humano sean uno, según lo imploraba Jesucristo en la oración sacerdotal a su Eterno Padre, necesitan enlazarse de suerte que pueda descubrirse en la resultante, que es la Iglesia considerada en su más amplio sentido, un triple aspecto: de realidad objetiva, primero, independiente de nosotros mismos —o sea, el Reino de Dios que viene a nosotros, la Iglesia exterior y objetiva—; luego, de realidad traducida en acción —o sea el Reino de Dios manifestado por nosotros, no -para nosotros, como en el primer caso—, y, por último, de realidad manifestada en nosotros. Más brevemente podríamos decir que dichos aspectos se reducen a la Iglesia propiamente dicha o templo de Dios, con su unión jerárquica o sacerdotal; al Estado cristiano o cuerpo vivo de Dios, con su unión correspondiente que es la real en el sentido de regia, y, por último, a la sociedad cristiana perfecta o esposa de Dios, representada por la unión profética, predominando respectivamente en ellos el elemento divino, el elemento humano, y su libre, recíproca y mutua conjunción.

La circunstancia misma de que, al haber instituido por sí propio Jesucristo el organismo jerárquico para nosotros, poca o ninguna injerencia pueda ofrecerse en él a nuestra actividad, y de que, por otra parte, la sociedad perfecta o esposa de Dios, sólo se nos puede revelar por ahora como un ideal allá en el hondón de nuestra alma, hace que Solovief concentre exclusivamente sus miradas y deseos sobre el Estado cristiano, sobre aquel aspecto de la Iglesia late sumpta en que, por predominar el elemento humano, se ofrece ancho campo a nuestra iniciativa, la cual, desde luego, es preciso mantener siempre conectada con la gracia. SÍ alguna evolución cupiera en la Iglesia jerárquica, será la de tipo perfectamente homogéneo, en la cual tanto el dogma como la organización social van actualizando sus puras posibilidades, sin intervención alguna de elementos extrínsecos. En este hermetismo eclesiástico por una parte, y, por otra, en el fluir histórico de la Humanidad con su inevitable aportación de factores colectivos inéditos, a la vez que formalmente extrínsecos a la vida ieologicodogmátíca, encuentra Solovief, y con razón, la justificación a priori de la tesis que con tanta agudeza dejó establecida en el terreno histórico. El templo de Dios, de suyo, no puede alegar derecho alguno sobre las actividades extrarreligiosas, y como éstas necesitan dejarse penetrar por el influjo sobrenatural para que con ellas, entre otros elementos, venga a constituirse la sociedad perfecta o la esposa de Dios, cuya génesis es la razón de ser de la Historia, la colaboración del Estado cristiano o cuerpo vivo de Dios se impone como necesaria. Ahora que la posición del Estado respecto de la Iglesia es la del instrumento frente a la causa principal, porque siendo su objetivo inferior al de la sociedad eclesiástica, también lo será su esencia.

Es preciso distinguir en la obra de Solovief dos aspectos netamente diferenciados: sus vaticinios históricos sobre Rusia, y luego, su concepción teológica de la Iglesia. Pero antes de proseguir, conviene dejar establecido que su ortodoxia es irreprochable y que, por tal motivo, no se hará cuestión de ella en estas someras aclaraciones. Críticos de excepcional competencia, tales, v. gr., como ese insuperable experto en materia de Iglesias orientales que es monseñor D'Herbigny, S. J., la han analizado con sagacidad y juzgado de auténtico valor. Porque Solovief dio, no sólo al cerrar su introducción a la obra que aquí analizamos, sino con su vida ejemplar, toda entera, ese amén decisivo que tantos y tantos compatriotas suyos habrían podido dar si, a defecto de cierta excepcional penetración de espíritu que, por desgracia, es privilegio de muy pocos, hubiesen dispuesto de un clero ilustrado y, sobre todo, independiente y apostólico, capaz de enseñarles sin compromisos ni titubeos la senda de la verdad.   No solo Solovief como hombre sólo puede despertar la más profunda, afectuosa y ardiente admiración. Su vida inmaculada, su virtud heroica, su pasión por la unidad del cuerpo místico de Cristo, subyugan. Es en el orden histórico, y sólo en él, donde es posible dirigirle reproches, porque sus previsiones acerca del porvenir de su patria han resultado enteramente fallidas.

Solovief se nos presenta en este punto como un gran fracasado. Contra lo que sucedía hace medio siglo, Rusia ha dado ya su palabra al mundo. Ni rastros quedan ahora de la antítesis entre la gran fuerza latente de su espíritu nacional" y el vacío de su existencia actual», que tanto preocupaba a nuestro pensador. Dicha fuerza dejó, no hace mucho, de estar latente para saltar de un golpe a pleno estado de patencia; para salir a flor de tierra histórica moderna con la violencia más arrolladora y demoníaca de que haya recuerdos, de seguro, en los anales cristianos. No nos referimos aquí a la abolición de la propiedad privada, ni a los veinte millones de muertos de hambre por las tremendas experiencias económicas de los primeros años de la dominación soviética, ni siquiera a los campos de, concentración y atroces matanzas colectivas con que el partido comunista logró afianzarse en el poder; no. Todo eso, con ser tan horrible, sólo puede adquirir carácter de esencial para las mentalidades burguesas; para aquellas mismas que con su materialismo taimado, mezquino y repugnante han encajado en pleno rostro el latigazo violento de una lógica irreprochable que ellas, en su obcecada cobardía, no se habían atrevido nunca a adoptar como norma de su práctica. Todo eso no son más que indicios, proyecciones exteriores, consecuencias. Lo peor es el haber erigido como norma suprema de todo un orden político la negación radical de la trascendencia humana. Cierto es que, en principio, de modo nada más que implícito, la revolución luterano-cartesiana apuntaba también allí; pero la experiencia nos enseña que muchas veces quien profesa determinados principios retrocede sin vacilar ante sus consecuencias si el aceptarlas significase para él rechazar los valores más fundamentales y más caros a la persona humana. Tal habría sido, a no dudarlo, el caso del propio Descartes.

Es que nuestro espíritu encierra, por fortuna, ciertas virtudes extraintelectivas — ¡perdón!, extrarracionales—que sirven como regulador a nuestros raciocinios. Lo horrible de lo que podríamos llamar la palabra rusa es, precisamente, el haber arrancado de todo un pueblo esas fuerzas de resistencia, o, por lo menos, el haberlas reducido a una impotencia tal que, en el orden práctico, equivale a una verdadera supresión. No sólo no ha emprendido Rusia el camino que para ella vaticinaba esperanzado Solovief, sino que le ha vuelto además radicalmente la espalda. No sólo no ha venido a colocarse bajo la égida de Pedro, sino que, frente a la Internacional católica, se ha constituido en cabeza visible de la Internacional anticatólica. La misión rusa va consistiendo hasta ahora en lanzar al rostro atrozmente pálido de la Europa de Westfalia; de la Europa luterano-cartesiana; de aquella Europa que, en su odio inextinguible hacia la universalidad, hacia lo católico, abominó de España y de la Casa de Austria hasta el punto de no encontrar sosiego sino tras de haberlas arruinado en su poder político, todas aquellas conclusiones encerradas, como en matriz propia, en la revolución moderna que esa misma Europa engendró.


La misión de Rusia se va reduciendo a aislar y llevar luego mediante tenebrosa alquimia hasta grados inauditos de condensación el virus luterano-cartesiano, para inyectarlo en el organismo de Occidente, provocando así en él reacciones mortales. Después de todo, no habrá hecho sino pagarle en igual moneda.