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lunes, 7 de noviembre de 2016

Los Martires Cristeros

A Sangre y Fuego...!


No he logrado averiguar si el héroe de este relato pertenecía o no al Ejército Libertador. Los datos históricos que constituyen el fondo de este episodio de nuestro martirologio, los he obtenido en una carta del Excmo. Sr. Vera, Arzobispo de Puebla y en un periódico de la época "El Diario del Paso" de Texas, E.U.A., los que solamente refieren la aprehensión y el martirio espantoso de este héroe mexicano.

Lo que sé de cierto es que allá en la primera mitad del mes de agosto de 1927, en la región de los Altos de Jalisco, uno de los centros más activos de la resistencia cristera, corrió persistentemente el rumor de que algunos de los jefes y soldados de Cristo Rey, habían bajado de la montaña y rondaban por las campiñas y rancherías de las cercanías de San Juan de los Lagos y San Miguel el Alto, en busca de pertrechos de guerra, víveres y ropa para su Ejército Libertador, en formación todavía.
El rumor llegó a oídos del general Miguel Z. Martínez, jefe de la guarnición federal de Lagos de Moreno, y en seguida se dispuso a perseguir a los agentes de los cristeros.

Una columna de soldados, a cuyo frente iba el mismo general, se internó por los vericuetos de una ranchería cercana a Unión de San Antonio, Jalisco. Efecto de una denuncia, de una traición, o de una malévola mentira, ¡Dios lo sabe! los soldados de la columna preguntaban a los rancheros por don Anselmo Padilla, al que, cierta o falsamente, atribuían el honor de ser uno de los jefes cristeros, en campaña de aprovisionamiento. Nadie les daba razón del lugar donde podría estar. Persistiendo en su búsqueda, uno de aquellos días encontraron en el campo a un joven aldeano, que pacíficamente ordeñaba una vaca.

— ¿Has visto, muchacho, por aquí a ese bribón, tal por cual, que se llama Anselmo Padilla?

—No, señor, no conozco a ese hombre, ni he visto por aquí a ningún bribón me rodeando.

Alzó los hombros decepcionado el federal, y la escolta prosiguió su marcha. Pero a poco andar encontraron en su camino a un muchachito que con la curiosidad propia de sus pocos años, se les quedó mirando, tal vez tratando  de adivinar de qué partido de la lucha eran aquellos soldados.

—Oye acá, muchacho —le dijo el jefe de la escolta—. Andamos buscando a un señor Padilla, don Anselmo, para quien traemos un recado. ¿No lo has visto por aquí o no lo conoces?

—Sí señor —respondió con toda su ingenuidad de niño—; es aquel señor que está ordeñando aquella vaca, y con el que estuvieron hablando ustedes.

— ¿Estás seguro?

—Pos sí; lo conozco muy bien; es nuestro vecino.

—Ven con nosotros —dijeron al chico, que ya estaba un poco asustado al ver el efecto que en los soldados había producido su inocente respuesta.
Y volviéndose rápidamente la escolta arrastrando al chico, se lanzaron hacia el ranchero, que al verlos venir, abandonó su trabajo, se persignó serenamente, y cruzándose de brazos los esperó erguido y firme.

— ¡Oye, hijo de tal. . . ! ¿por qué nos has mentido?

—Yo no le he dicho a usted mentira alguna.

— ¿No?... ¿Cómo se llama este señor, muchacho? —preguntaron al chico en cuyos ojos asomaban ya algunas lágrimas y en su rostro inocente se reflejaba el miedo de haber cometido una imprudencia.

—D. Anselmo, señor. . . —D. Anselmo ¿qué?. . . —Pos, yo ollí que le llamaban Padilla. . . —Y ¿dice usted que no me mintió cuando negó esto?

—Perdone usted, mi capitán. Usted me preguntó si conocía yo a un bribón vagabundo, que se llamaba Anselmo Padilla. . . y yo le contesté que no conocía a ningún bribón vagabundo, que se llamara así... y ¡eso es verdad..._ ¡Conque chistoso ¿eh?. . . ¿Es usted católico?. . .

—Por supuesto, sí que lo soy.

— ¿Ha estado usted en el monte?

- Muchas veces. Es muy bonito y voy a cazar. . . — ¿Con armas?

—Pues ¿cómo quiere usted que cazara? ¿Con cerbatana?. . .

— ¿ Digo, con los cristeros . . . ?
—Muchas veces los he visto... como todos. Aquí son muy conocidos...

—Buen taimado es usted, tal por cual. . . Venga ante mi general y a ver qué le dice . . .

Y diciendo y haciendo, de un empujón lo colocó en medio de los soldados y se dirigieron a Unión de San Antonio, donde tronaba el milite general Martínez, en una de las casuchas que hacían de cuartel de los federales o "guachos" como les llamaban en la región. Un nuevo interrogatorio comenzó, sin resultados manifiestos, porque Anselmo Padilla era muy listo y sabía eludir con una habilidad asombrosa las respuestas comprometedoras. O quizás, y es lo que yo creo, porque como el mismo Jesucristo Nuestro Señor ha dicho a sus discípulos, que cuando los llevaran a los tribunales no pensaran en lo que habían de responder, sino que el mismo Espíritu Santo pondría en sus labios las palabras de su respuesta.
— ¿Es usted cristero?

—Tengo con ellos muchos amigos viejos.

— ¿Los ha visto usted?

—Ya le dije al capitán que sí. Y ¿cómo no he de haberlos visto si muchos son de aquí y de los ranchos . . . ?

— ¿Es usted partidario de ellos?

—De todo corazón, ya le dije, que son mis amigos, muchos de ellos.

—Pero ¿ha estado usted con ellos combatiendo. . . verdad?
—Yo, mi general, no digo mentiras. . . aunque el capitán aquí presente me acusa de ello. . . —Bueno, pues grite ¡Viva Calles!

Este grito se tomaba entonces como una señal de apostasía del catolicismo, y Padilla comprendió que había llegado la hora de morir por su fe. Y cuadrándose militarmente gritó con toda su alma:

— ¡Viva Cristo Rey! Una bofetada como la de Maleo a Jesucristo Nuestro Señor, le propinó el general, que de juez pasaba a verdugo.

— ¡Grite "Viva Calles"!, ¡bandido...!
Y escupiendo sangre y algunos de sus dientes, Padilla gritó más fuertemente aún: ¡Viva Cristo Rey!

—A ver —dijo el milite en el colmo de su rabia, dirigiéndose a un soldado, que estaba medio ebrio—, trae ese serrucho y córtale las narices a este tal por cual. . . El soldado obedeció, y con un serrucho le rebanó la nariz mientras dos soldados tenían fuertemente al mártir.

—Ahora a ver si gritas. . .

— ¡Viva Cristo Rey! —le interrumpió Padilla.

— ¡Córtale la boca! Y el soldado le cortó las comisuras de los labios. . .

— ¡Viva Cristo Rey! —prosiguió con voz desfallecida.

—Túmbalo y córtale los pies. . .
El soldado sin atinar, por su borrachera y por el terror mismo que le causaba lo que estaba haciendo, sólo pudo desollarle las plantas de ambos pies. Había allí un brasero con carbones encendidos, en el que estaban calentando los soldados unas tortillas. El general lo tomó y echó las brasas por el suelo y ordenó a los soldados que pusieran de pie a Padilla y lo hicieran caminar por encima del fuego.

—Para que vean —dijo entonces Padilla, verdaderamente inspirado—para que vean que cuando se sufre por Cristo, ni la lumbre quema. . . voy a apagar ese fuego con mi sangre. . .

Y en efecto, con la sangre que corría en abundancia de su martirizado cuerpo, fue apagando a su paso los brasas encendidas.

Y cuando hubo terminado, cayó desfallecido, y a poco, los ángeles del Cielo debieron venir a recoger su alma gloriosa para una eternidad.