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martes, 22 de noviembre de 2016

Los Martires Cristeros

El Calvario de un Apóstol
(Final)


Allí estaba el 30 de enero de 1927, cuando un pobre campesino del rancho de la Manga, sabiendo que el padre Correa, nunca se negaba a acudir al auxilio de los enfermos, vino a pedirle fuera con él a asistir a su pobre madre moribunda. Inmediatamente se dispuso a salir, llevando los santos óleos y el Sagrado Viático en la cajita consabida. El dueño de la hacienda se ofreció voluntariamente a acompañarle y en un cochecillo tirado por dos muías, emprendieron la caminata acompañados a su vez por el campesino y un mozo de la hacienda en sendas cabalgaduras.

Pero a poco andar, vieron una polvareda en el camino que denunciaba ciertamente la marcha de una tropa de los federales. El señor Miranda propuso para evitarla dar vuelta hacia atrás y buscar refugio en algún lugar; pero el padre Correa le hizo ver que aquello llamaría la atención y haría entrar en sospechas a los jefes militares, de modo que continuaron impávidos su camino, sin más modificación que tomar el señor cura las riendas del vehículo, para hacerse pasar como un empleado de la hacienda, que conducía a su amo.

Topáronse a poco en sentido contrario con la tropa, que era precisamente la del mayor Contreras, derrotado en Huejuquilla, y ya había pasado sin mayor novedad como una tercera parte de la columna militar, cuando uno de los malvados agraristas de la región, llamado Encarnación Salas, reconoció en el cochero del bogue al padre Correa, y adelantóse a dar el soplo al oficial de la tropa. Este acercóse rápidamente al vehículo, aparentando querer saludar al señor Miranda, y metiendo la mano en el bolsillo del cochero sacó un libro que en él asomaba y que era precisamente el "Manual de Párrocos", y llevaba bien visible el nombre de su propietario P. Mateo Correa.

— ¿A dónde iba a decir misa el padrecito? —le dijo burlón el militar.

—Es mi empleado —balbuceó el señor Miranda.

—Pos ya no puede ser, porque tendrán que ir con nosotros, pues vamos a pernoctar en la hacienda de usted y nos tiene que dar alojamiento. Vayan como les parezca, detrás o delante de la columna.

El padre Correa rápidamente dio la vuelta para ponerse adelante, con la idea de llegar antes que los soldados y poner a salvo al Santísimo Sacramento, que llevaba consigo, de cualquier profanación de aquel miserable esbirro. Y en efecto lo consiguió, pues llegaron a la hacienda a todo galope de las muías, mucho antes que entrara en ella la cabeza de la columna militar. Llegada ésta al fin, y como lo de la pernoctada en la hacienda era una mentira, pues los militares llevaban órdenes de llegar aquel mismo día a Fresnillo, el jefecillo ordenó, que continuaran la marcha, pero obligó al señor Miranda que pusiera a sus órdenes una camioneta amplia que había en la hacienda, en la que iría el jefe, con el mismo Miranda y el señor cura, más algunos soldados, porque había de presentarlos al jefe de la guarnición de Fresnillo. La señora madre del amo de la hacienda, una hermana del señor cura, y un jovencito hijo de Miranda, se empeñaron en acompañarlos y el militar lo permitió. Todos subieron al vehículo y en él llegaron a Fresnillo como a las cinco de la tarde.

En seguida el padre y el señor Miranda separados de sus familiares fueron llevados a la Inspección de Policía, de allí a la Alcaidía y finalmente a la cárcel donde estuvieron, con las incomodidades que son de suponerse entre aquellos rateros, borrachínes y pendencieros que llenan las cárceles de las ciudades de provincia. Al cabo de tres días de aquella reclusión, fueron sacados en el mismo auto del señor Miranda, y llevador, a la estación, donde se estaba formando un tren militar que había de unirse a otro, que llegaría a las once de la noche, conduciendo a todas las tropas del general Ortiz que debían pasar a Durango. En unas plataformas embarcaron al auto de Miranda y otro que se llevaba Contreras de Fresnillo, e hicieron subir en ellos al padre Correa, su fiel amigo Miranda y los oficialillos de la tropa.  Engancharon al convoy militar los cinco del mayor Contreras y al llegar a la estación de Cañitas. los desengancharon porque el tren era demasiado pesado, y les hicieron esperar toda la noche en la estación para unirlos al día siguiente al tren local que salía para Durango.

El miércoles 2 de febrero llegaron a Durango, y no fue sino hasta el día siguiente cuando los llevaron a un corralón en las afueras de la ciudad, donde estaba alojada la tropa de Contreras. Pasaron allí todo el jueves, y el viernes por la mañana los condujeron al antiguo seminario transformado en jefatura de operaciones. El sábado 5 de febrero fiesta del protomártir mexicano San Felipe de Jesús, el señor cura, por una conversación que tuvieron cerca de él los oficiales, supo que el general Ortiz pensaba fusilar a los prisioneros. Comunicólo a sus compañeros de prisión exhortándolos a prepararse para la muerte. Y a eso de las ocho de la noche, un oficial se presentó en la sala de los detenidos llamando por su nombre, al reo Mateo Correa, porque el general Ortiz quería hablarle. Aquello para todos fue terrible, pues demasiado sabían el odio que "Eulogio el Cruel" tenía al santo cura de Valparaíso, y las amenazas que había fulminado contra él públicamente. El señor cura se levantó dispuesto a obedecer la orden, se despidió afectuosamente de todos dando una muy especial bendición al señor Miranda, a quien no volvería a ver en la tierra.

Porque, en efecto, Ortiz al tener delante al padre, después de insultarle como solía, le ordenó que confesara a unos bandidos, que tenía presos allí mismo, porque iban a ser fusilados y que después le diría lo que iba a hacer con él. Aquellos bandidos eran unos cristeros prisioneros, y el señor cura los confesó y preparó para la muerte con una devoción y aliento que los dejó muy consolados. Y entonces Ortiz llamando de nuevo al padre, le conminó a que le dijera lo que en la confesión le habían confiado los cristeros. —Eso jamás, general. Usted sabe muy bien que un sacerdote no puede revelar el secreto de la confesión.

—Pues a mí me io revela o lo fusilo inmediatamente.

—Haga usted lo que guste.

Y Ortiz, aún más furioso de lo que acostumbraba, mandó a unos soldados que se lo llevaran y lo fusilaran a la orilla del cementerio y allí mismo lo enterraran. Era la madrugada del 6 de febrero, cuando el padre Mateo Correa cayó muerto por las balas asesinas, en la orilla del camino a un kilómetro del cementerio de Durango, y allí mismo abrieron una superficial fosa y lo sepultaron para que nadie supiera más de él. Los fieles y amigos del señor cura, buscaron afanosamente el lugar de su sepultura, y habiéndola encontrado, exhumaron sus restos para trasladarlos con todo respeto al cementerio de Durango. Con el tiempo levantaron en su fosa un monumento modesto, pero digno de tan buen pastor, que comenzó a ser visitado frecuentemente por los durangueños para orar ante él. Pero el año de 1943 sucedió algo extraordinario a juzgar por un acta firmada por personas respetabilísimas, que voy a transcribir íntegra: "El día 21 de junio de 1943 a la una y media p.m. los suscritos, visitando el sepulcro del Padre Mateo Correa en el Panteón Oriente de Durango. Vimos en la parte oriental del sepulcro, que corresponde a la cabecera, una mata florida de azucenas como de sesenta centímetros de altura con seis tallos, doce flores bien abiertas y ocho botones. La mata en su punto de arranque del suelo, está rodeada de ladrillos, que forman parte al parecer del piso. Al lado del sepulcro hay ladrillos.

"Dijo en presencia de todos nosotros la Sra. María Fierro Vda. De Valles única encargada y responsable del sepulcro, y que nunca falta los lunes, pues durante todo ese día van los fieles a visitar dicho sepulcro, que a ella le consta que el lunes 7 de junio no había nada absolutamente, sino el piso de ladrillos; y que el lunes 14 del mismo junio, al llegar a las siete y media de la mañana, junto con el chofer Pablo Andrade, encontraron aquella mata florecida, que salía de los ladrillos con una altura de 35 centímetros, y ya con seis flores abiertas y ocho botones.  "Afirman algunos de los presentes, que un amolé de azucenas habría requerido algunos meses para tal crecimiento y que una mata trasplantada no estaría tan frondosa, y por otra parte no se habría puesto ahí, sin arrancar el piso de ladrillos.

—Durango, Dgo., junio de 1943.—Firmas: Pbro. David G. Ramírez, José Martínez, Odón Marticorena, Florencio Navarro (fotógrafo), Juana Basas y María Fierro Vda. de Valles". Este al parecer prodigio, será sin duda una de las cosas que se habrán de examinar con toda atención en un proceso canónico acerca del martirio del P. Correa, para certificarse, en cuanto cabe en lo humano, de la realidad o simulación piadosa de tal prodigio.