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miércoles, 2 de noviembre de 2016

Los Martires Cristeros

La Gran Profanación
(segunda parte)

Huyendo del perseguidor Izaguirre, con trajes seglares y en medio de mil angustias, unas de las Adoratrices expulsadas se refugiaron en Autlán. A este grupo llegó, después de mil penalidades, Sor María Rosa el lo. de febrero de 1929. Pero el lo. de marzo la casa fue nuevamente asaltada a la una de la madrugada y fueron hechas prisioneras todas las religiosas. En medio de gruesas columnas de callistas, fueron llevadas a Sayula, y de ahí en ferrocarril a Guadalajara, donde pasaron una noche. De allí fueron llevadas hasta México, a donde llegaron el 12 de marzo. En aquellos 12 días de penosa travesía, Sor Rosa no había casi dormido, siempre velando junto a las más jóvenes, siempre consolando a las más afligidas. —"Ahora es cuando —solía decir al oído de sus atribuladas hermanas, las Adoratrices de Ejutla, Sor María Rosa, en su odisea de prisioneras— ahora es cuando debemos atesorar para el Cielo. Ofrezcámoslo todo a Nuestro Señor". Inmediatamente que llegaron a México, las Adoratrices fueron internadas en una casa particular, la de la Srita. Alcorta, dama católica de la mejor sociedad mexicana, que aun constituyéndose ella misma prisionera, había logrado que su propia casa fuera destinada a prisión de las religiosas que cayeran en poder de los callistas con la caritativa idea de hacerles menos penoso a las vírgenes del Señor su encarcelamiento y poder ofrecerles mayores comodidades. ¡Ay! no contaba con la barbarie de los enemigos de Cristo, que aun allí, las habían de tener, junto con la dueña misma, incomunicadas del resto del mundo, custodiadas siempre por soldados y en el más completo desamparo, pues a veces no tenían ni un bocado de pan que llevarse a la boca.

El 14 de marzo, Sor María Rosa, víctima de tantas penalidades y malos tratamientos cayó enferma. En su enfermedad brilló más su grandeza de ánimo y santidad. Muchas veces, cuando alguna de sus hermanas le hablaba de las esperanzas que tenían de su salud, ella contestaba sonriente y tranquila:

¡No, ya me voy. . . ya me voy! ¡Bendito sea Dios! Cierto día una de las religiosas del Oasis de la Cruz, que también estaban allí prisioneras, le dijo bromeando:

—Madre Rosita ¿cambiamos?

La enferma siempre sonriendo y levantando el índice de su mano derecha señalando al cielo, hizo con él una señal negativa. ¿Cambiar el cielo por otra cosa? Ni por pienso. En medio de tantas aflicciones, dificultades y enemigos, quiso la Divina Providencia que no faltase a aquella virgen, ni a sus compañeras de prisión el Pan Santo de los Mártires. Un padre jesuita, de entre los que andábamos semiocultos en México, si mal no recuerdo el P. Pro, después también Mártir de Cristo, burlando habilísimamente la vigilancia de los perseguidores, logró llevarles varias veces la Sagrada Comunión. Cuando la virgen mártir comprendió que ya le daba Dios la gracia de morir por El, se alegró en extremo: "Dios mío —dijo transportada de júbilo—, os ofrezco mi vida por la paz de mi patria, por mi comunidad y por mi familia. In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum". Y el 3 de abril, miércoles de Pascua, voló al Cielo su preciosa alma. Las Religiosas de la Cruz que, unidas a sus hermanas las Adoratrices, asistieron a su muerte, se acercaban con gran devoción a besar el cadáver y decían: "Ha muerto una santa. ¡Quién fuera ella!". ¡Santa sí! cuyo nombre glorioso, debe agregarse al espléndido catálogo del martirologio mexicano. Aun hay más que referir de este episodio extraordinario. Uno de los que la soldadesca de Izaguirre logró aprehender en aquel día terrible de octubre de 1927, cuando como aves de rapiña, ebrias de sangre y de locura antirreligiosa, asaltaron el pueblo de Ejutla fue el sacerdote don Rodrigo Aguilar, cura de Unión de Tula, desde donde había tenido que salir huyendo el 20 de enero de ese año. Era el padre Aguilar un sacerdote, a par que muy ilustrado muy piadoso. Diariamente pasaba varias horas al pie del Sagrario, y suspiraba continuamente por alcanzar la palma del martirio. Muchas veces había pedido a las Adoratrices que rogaran a Dios le concediera morir mártir de su fe. Dios oyó sus deseos y las oraciones de aquellas heroicas vírgenes, y le dio la gloria de sufrir y dar la vida por El. Personas que vieron al sacerdote mártir la triste tarde de su prisión, cuando el más grande desconcierto reinaba en aquel piadoso pueblo invadido por los perseguidores, aseguran que estaba completamente tranquilo, como si nada adverso pasase, y esto no obstante que se encontraba en medio de una turba maldiciente y soez.

A la una y minutos de la madrugada del día 28 fue llevado a la plaza central de Ejutla, para ser ahorcado. El heroico sacerdote continuaba tranquilo; casi toda la tarde y las horas que habían transcurrido de esa noche, las había pasado orando; su alma estaba levantada de la tierra y unida a Dios. El silencio más completo reinaba, y sólo lo interrumpían a veces las voces de los callistas, que a cuantos las escucharon hacían estremecer de pavor. Al pie de un grueso y alto árbol de mango, que aun existe en la plaza de aquel pueblo, hicieron alto los enemigos. Las sombras de la noche envolvían el cuadro; el aire helado azotaba el rostro y mecía las frondas del árbol. Arrojaron los verdugos una cuerda sobre una de las ramas más gruesas, hicieron una lazada y la pusieron al cuello del sacerdote mártir. Un soldado, con cinismo escalofriante, queriendo poner a prueba aún más la fortaleza del sacerdote, le dice altaneramente:

— ¿Quién vive?

— ¡Cristo Rey y Santa María de Guadalupe! —contestó con voz firme.

Entonces la soga fue tirada con fuerza y el padre Aguilar quedó suspendido. Se le bajó de nuevo, y con enojo y mayor altanería se le volvió a preguntar:

— ¿Quién vive?

— ¡Cristo Rey y Santa María de Guadalupe! —respondió por segunda vez sin titubear.

Un nuevo tirón de la cuerda lo elevó en el aire, y después de un instante, se le volvió a bajar; pero el sacerdote mártir estaba ya moribundo y sin poderse sostener en pie.

— ¿Quién vive? —se le gritó por tercera vez, añadiendo una gruesa palabrota.

— ¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe! —dijo el santo párroco, casi agonizante y con la lengua colgando.

Fue suspendido de nuevo, pero su alma gigante voló al Cielo con la corona y las palmas del martirio. Eran como las dos de la madrugada. A esa hora, y lo aseguran personas dignas de fe, el pueblo de Ejutla fue inundado de una extraña y vaga claridad, y en el cielo limpio entonces y sereno, apareció una luz clara y distinta, que por tres veces se intensificó para luego desaparecer. De este fenómeno fueron testigos muchos de los que habían huido y se encontraban en vigilia, presas del espanto, en las montañas que encierran al pueblo mártir. Ocúrreseme ahora que algún extraño a nuestro medio, al leer este relato absolutamente fidedigno de Spectator, pudiera preguntarse asombrado: ¿Pero de dónde salieron esos verdugos, fieras carniceras que no hombres, en medio de un pueblo tan católico como el mexicano, a juzgar por la heroicidad de sus mártires? Hermano extranjero, que acaso no conoces la lamentable historia de nuestra patria, horrorízate en buena hora al leer estos relatos, que una pluma mexicana se resistiría a escribir, a no ser por el contraste que ofrecen las maldades de los verdugos con la heroicidad de las almas de nuestros mártires; pero ¡no te asombres! Has de saber, hermano extranjero, que hace ya más de un siglo, la conspiración anticristiana, que ahora se llama Comunismo y se llamaba entonces Liberalismo, sentó sus reales en nuestra desdichada Nación y comenzó la persecución a la Iglesia Católica, que como en todo el mundo, era en sus principios larvada e hipócrita, y fue ganando terreno hasta llegar al paroxismo sangriento de nuestros días.

La Iglesia perseguida, fue despojada de todos los bienes que empleaba en sus múltiples obras de cultura cristiana, se cerraron sus escuelas, se maltrató a sus sacerdotes, se impidieron las nuevas vocaciones astutamente por medio de la prensa infame, se multiplicaron a pretexto de libertad los centros de corrupción y, muchos, muchísimos de los pueblecillos y parroquias rurales, se quedaron sin sacerdotes que cultivaran en la religión cristiana las buenas cualidades de los mexicanos. "Un pueblo sin sacerdotes, decía el Santo Cura de Ars, pronto adorará a las bestias", y con el ejemplo de México, se podría añadir "y pronto hará de los hombres bestias y fieras dañinas", porque en el corazón de nuestro pueblo rural, al lado de bellísimas cualidades se encuentra todavía el sedimento espantoso de las razas antiguas adoradoras de Huitzilopoxtli y Texcatlipoca, y abandonado a sí mismo, ese sedimento cruel pronto se sobrepone a las inclinaciones al bien. De esa masa inculta rural, de esos pobres abandonados de los barrios bajos de las ciudades, por efecto de las persecuciones de la conspiración masónica liberal y anticristiana, salieron esos soldados, verdaderas manadas de fieras rabiosas.


En cuanto a los jefecillos de esas tropas bestiales, ¡ay! son el producto legítimo y esperado de la Escuela Liberal laica, impuesta por nuestras leyes, dictadas éstas por la misma conspiración masónica. ¿Qué hará el hombre sin Dios, sin el freno moral de la religión? ¡Eso! lo que hicieron los rapaces y bestiales verdugos de nuestros mártires. Sábete pues, hermano extranjero que te horrorizas de esas orgías de sangre y de podre, que si México todavía es católico en su inmensa mayoría, que si todavía pudo dar al mundo el espectáculo glorioso y ejemplar de la grandeza de alma de nuestros mártires, hay que atribuirlo con toda verdad a un milagro estupendo de la Virgen Santísima de Guadalupe, cuya protección al pueblo mexicano ha salvado a ese resto numeroso y valiente, del naufragio de toda decencia y todo honor y toda virtud que nos preparaba la inundación del Liberalismo corruptor y mil veces maldito. Y en Ella, en la dulce Inmaculada del Tepeyac, está cifrada nuestra esperanza de que la sangre generosa de nuestros mártires fructifique en este suelo, que amparó siempre, para que no sea nunca completo el triunfo de la serpiente infernal y de sus deides, los impíos de la conspiración anticristiana.