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martes, 15 de noviembre de 2016

Los Martires Cristeros

R.P Mateo Correa Magallanes

El Calvario de un Apóstol

Los piadosos habitantes de Jerez, de Zacatecas, aun antes de que despuntara el alba, se dirigían todos los días a la parroquia, para asistir a la Santa Misa, que celebraba siempre a las cuatro de la mañana el señor cura Estey. Pero si la devoción con que celebraba los santos misterios el señor cura, impulsaba a la de los fieles, no menos les servía de ejemplo, la de un muchachito acolitillo, que ayudaba en el altar al sacerdote, en esa hora tan temprana de la madrugada, cuando los otros niños de su edad, estaban todavía en el apacible sueño tan necesario a la infancia.

Mateo Correa Magallanes, era el muchacho, hijo de padres muy humildes y pobres, pero muy ricos en virtudes y había nacido en Tepechitlán, pueblecito del estado de Zacatecas, el 22 de julio de 1866. El señor cura de la parroquia de Jerez, Don Eufemio Estey, prendado de las excelentes cualidades del chico, pidió a sus padres le encomendaran su educación, y ellos, que ninguna otra cosa deseaban tanto como la formación de sus hijos como buenos cristianos, vieron el cielo abierto con la propuesta del señor cura, y lo entregaron al padre D. Eufemio, dándole el título de tutor del chico. Nada blando de carácter, el buen sacerdote, aunque de excelente corazón y muy virtuoso, a pesar del afecto grande que tenía por el chicuelo. Como si fuera su propio hijo, más de una vez, con la rigidez de la educación que le daba, hizo derramar a éste abundantes lágrimas, de manera que desde muy niño, Mateo, tuvo mucho que sufrir. Dios, que todo lo gobierna con su vigilante Providencia, dispuso así las cosas, para dar a aquel niño, que destinaba a grandes empresas, un temple de alma poco común entre los de esa edad. Sufría sin rebelarse, obedecía con exactitud, amaba a Dios con toda su alma, y en El depositaba con confianza en su infinita bondad, sus penas de niño. Y comprendiendo la buena intención de su tutor, no sólo no se irritaba contra él, sino que llegó a cobrarle un tan grande afecto, que no borró el tiempo, ni las ocupaciones y aspiraciones, que más tarde le impuso su ministerio. Porque Mateo, recibió de Dios la vocación sublime al sacerdocio, y fomentada por el anciano cura, fue a Guadalajara para hacer sus estudios elementales, y terminados éstos en enero de 1881, pasó al seminario de la Purísima, de la ciudad de Zacatecas, en donde para sufragar de algún modo los gastos de sus estudios, pidió y obtuvo el puesto de ayudante del portero de aquella casa, dividiendo su tiempo entre los quehaceres domésticos y el estudio de los elementos necesarios para la carrera, como el latín. Al cabo de cuatro años estaba preparado, y en vista de su buen comportamiento, su aplicación v su piedad nunca desmentida, los superiores del seminario le aplicaron una beca y pasó al internado del mismo, para los estudios necesarios a la carrera sacerdotal.

Y terminada ésta con mucha loa, el viernes primero de septiembre de 1893, celebró su primera misa en la parroquia de Fresnillo, a donde hacía algún tiempo había sido trasladado el P. Estey. su viejo tutor, quien con el cariño de siempre, le pidió le diera el gusto de quedarse a su lado, con la venia del Señor Obispo, y en calidad de Vicario, para continuar aquella primera educación nunca olvidada, pero ahora encaminada al ejercicio del ministerio sacerdotal. Al cabo de unos cuantos meses, le encargó de la capellanía de la Hacienda de Tezjuile, luego de la de Trujillo; en 1897 la de la Hacienda de San Miguel, y finalmente volvió como vicario fijo a la parroquia de Valparaíso: poco después a la de Mezquitic y finalmente ya como párroco a Concepción del Oro. Nadie, que conozca las grandes necesidades espirituales de los fieles, y la escasez de sacerdotes en nuestro medio mexicano, podrá extrañarse de tantos cambios de residencia de aquél, que por ser conocido tanto de los superiores eclesiásticos, como de los fieles como un verdadero apóstol, era solicitado para ejercer su ministerio en tan distintos lugares.

En Concepción del Oro. Hallábase radicada una noble y virtuosa familia que más tarde había de ser honrada extraordinariamente con la gloriosa muerte por Cristo, de dos de sus hijos: el P. Miguel Agustín Pro, S. J. y su hermano Humberto. Y fue precisamente el P. Correa, quien preparó a los dos niños, para su Primera Comunión. Yo bien recuerdo que alguna vez, hablando con mi hermano en religión el P. Miguel Agustín, recordaba éste con cariño y veneración a aquel santo sacerdote, y sus ejemplos de piedad y caridad, que daba a sus feligreses. ¡Quién hubiera pensado entonces, que aquellas dos almas, unidas en la tierra por el afecto del discípulo al maestro, serían unidas definitivamente más tarde en la misma gloria del martirio! En 1905 pasó a la parroquia de Colotlán, con gran contentamiento de aquellos buenos feligreses, que adoraban a su señor cura, y procuraban tenerlo siempre contento con su fidelidad a sus continuas y fervorosas enseñanzas. Pero estaba escrito, que para los sacerdotes mexicanos de principios de este siglo, el huracán levantado por la conspiración anticristiana había de dejarles pocas horas de reposo y tranquilidad.

La revolución maderista de 1910, si bien no tenía todavía el carácter de la persecución posterior, no dejaba por eso, sin embargo, de causar grandes molestias y aun verdaderas persecuciones a aquel sacerdote que predicaba continuamente la concordia, la caridad y la paz entre los hermanos mexicanos. Como toda revolución llevaba ya en sí gérmenes de destrucción del orden cristiano, que durante la larga tregua del gobierno porfirista, se iba, lentamente es cierto, pero constantemente, tratando de restaurar en nuestro afligido país. Las molestias y las amenazas continuas de los revolucionarios, amargaron profundamente al párroco de Colotlán en este período, y por fin los superiores eclesiásticos, le ordenaron pasara a León a ejercer con mayor fruto de las almas aquel su celo pastoral, al que tantas trabas ponían los que prontamente habían de convertirse en auténticos verdugos de la Iglesia Católica en México. Una revolución, como por triste experiencia sabemos los mexicanos, se sabe cómo comienza y cuáles son sus fines declarados en un principio, pero ni se adivina cómo terminará, ni qué modificaciones en su mismo fin han de producir las exaltadas pasiones de los hombres de la revolución.

En 1914 cuando algo se había calmado el hervor de esas pasiones revolucionarias, el buen cura, después de una breve estancia en su propia parroquia de Colotlán, fue destinado a la Noria de los Ángeles, que regenteó hasta 1917. Pero la calma bochornosa de la tempestad revolucionaria tocaba a su fin en aquel año, y las hordas carrancistas y villistas volvieron a ensangrentar nuestros campos y a llevar la turbación, el desorden y la muerte por doquiera que pasaban. Europa en guerra, el bolchevismo triunfante en Rusia, el odio infundado y mezquino contra la Iglesia Católica, encendido en todas partes por hipócritas conspiradores anticristianos, tuvieron un eco terrible en los corazones maleados de algunos mexicanos, haciéndoles perder el tradicional respeto al sacerdote; y estos menguados revolucionarios no se detenían ante el asesinato de los ministros del Señor, echándoles en cara una culpa que en modo ninguno habían cometido: la de haber sido partidarios del presidente Huerta, al que calificaban de asesino de Madero. Y todo porque Huerta había permitido la supervivencia de aquel Partido Católico, resurrección del Partido Conservador de antaño, y que había salido de sus cenizas en los tiempos mismos de Madero.

El señor cura Correa no se amilanaba por tantas amenazas, y si andaba de una parte a otra, al parecer huyendo de los perseguidores, no era sino por obedecer a sus superiores, que temían perder a un sacerdote tan celoso y ejemplar en aquellos "tiempos precisamente en que más que nunca necesitaban los fieles, pastores abnegados y solícitos de su bien espiritual. Obedeciendo, pues, a esas órdenes, en diciembre de 1917, tuvo que pasar a la parroquia de Huejúcar, y en 1920 a la de Guadalupe de Zacatecas, hasta 1922 en que se encargó de la parroquia de Tlaltenango, volviendo en 1923 a la de Colotlán, donde también ocupó el cargo de Vice-Rector del Seminario Menor de aquella población; y finalmente el año de 1926 lo encontramos en la parroquia de Valparaíso. Tantos cambios de residencia, como se puede suponer causaban grandes molestias al buen señor cura; pero sus virtudes y su actividad en el sagrado ministerio, le dieron a conocer y a estimar, por todas partes de la Diócesis de Zacatecas como a un sacerdote según el corazón de Dios y verdadero apóstol. Allí en Valparaíso desde el 9 de agosto de 1925, el padre vicario D. Adolfo Arroyo había establecido un grupo local de la A.C.J.M., y aquellos jóvenes, como en todas partes, se entregaron de lleno a la defensa del catolicismo mexicano. Cuando el señor cura Correa llegó de nuevo a la parroquia ya la persecución callista se había desatado, y los acejotaemeros se ocupaban precisamente en esos momentos, en recoger las firmas de los católicos para el Memorial dirigido a las Cámaras del Poder Legislativo de la Nación, pidiendo la derogación de las Leyes impías y persecutorias; dando al mismo tiempo gran publicidad al Manifiesto de la Liga Defensora de la Libertad Religiosa, a la que, como sabemos, se habían unido los valientes y generosos jóvenes de aquella asociación.

Exactamente al día siguiente de la llegada del padre Correa a la parroquia se presentó en la ciudad, aquel insigne "traga curas" general Eulogio Ortiz, terror de los zacatecanos, que le apodaban "Eulogio el Cruel", y otros el "Mata amarrados" porque antes, de fusilar a alguno lo mandaba atar de las manos. Inmediatamente se enteró de las actividades pacíficas y legítimas a todas luces, de los ciudadanos de una República democrática, como la nuestra, y las declaró sin más ni más, subversivas, sediciosas y altamente criminales, para encontrar un pretexto de vejar a los católicos. Así que, mandó llamar a su presencia en calidad de detenidos a los dos sacerdotes Correa y Arroyo y a los jóvenes Vicente Rodarte, Pascual Padilla y Lucilo Caldera, presidente este último del grupo local de la A.C.J.M.

Después de un largo interrogatorio en que debió de convencerse, aunque no quiso hacerlo, de que la labor de aquellos detenidos no era más que pacífica y de derecho de todo ciudadano mexicano, declaró enfáticamente, que los iba a llevar consigo a Zacatecas, para encarcelarlos allá por sediciosos.