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martes, 1 de noviembre de 2016

Los Martires Cristeros

convento de las Adoratrices, Ejutla.
La Gran Profanación
(primera parte)

Dejo ahora mi pobre pluma, para hacer este relato, íntegramente en las vigorosas manos del fervoroso sacerdote colimense, quien con el seudónimo de Spectator, que me creo obligado a respetar aún ahora, escribió uno de los más hermosos libros que sobre esta época de la persecución se han escrito, con el título de Los Cristeros del Volcán de Colima. Libro perfectamente documentado, como que el autor fue testigo presencial de muchos de los sucesos que narra; y que para mí no tiene más defecto, si puede llamarse defecto a eso, que el de haberse concretado a los hechos y martirios de los católicos de la región de Colima. ¡ Que no hubiera extendido su admirable labor a toda la inmensa legión de nuestros mártires mexicanos!... Spectator será, pues, el narrador de este episodio, uno de los más vergonzosos para la conspiración anticristiana, como uno de los más gloriosos para el catolicismo mexicano. Aseguro a mis lectores que saldrán ganando. Ejutla es un pueblo humilde colocado entre altas montañas que lo aprisionan; eclesiásticamente pertenece a la Diócesis de Colima y civilmente al Estado de Jalisco. Sus moradores son de espíritu muy cristiano. Entre éstos y los de las altas rancherías de las faldas del Volcán de Fuego y el Nevado, puede decirse, que casi no hay diferencia en cuanto a la pureza de vida, pero sí en cuanto a instrucción; pues Ejutla fue, no hace aún muchos años, el centro de cultura de la región. Hubo ahí un Seminario que dio muchos y dignos sacerdotes a la Diócesis de Colima; un colegio para niñas que era el mejor en más de setenta kilómetros a la redonda, y un convento de Adoratrices del Santísimo Sacramento, que existía aún en los tiempos de que se habla.

Era el 27 de octubre de 1927; la mañana estaba limpia, el cielo azul, el viento se agitaba frío, como presagio del cercano invierno. Contrastando con la hermosura del día, la angustia se reflejaba en los semblantes; de boca en boca circulaba la noticia de que se aproximaban los soldados callistas y todos temblaban de zozobra. En efecto, serían las 11 de la mañana, cuando se vio avanzar por el Sureste, una columna de federales a cargo del general Juan B. Izaguirre. Cuando los cristianos habitantes del lugar se cercioraron de la realidad del peligro, dejando casas y posesiones huyeron en gran parte a las montañas para refugiarse entre las malezas, en los barrancos o en las entrañas de las cuevas. Al llegar las fuerzas de Izaguirre. ocuparon el poblado y lograron aprehender a muchos de los que huían. Una de las primeras casas que invadió la soldadesca fue el convento de las Adoratrices, cuya superiora, la Rev. Madre María de los Remedios, estaba enferma de gravedad. Para aquellas santas mujeres el atropello fue terrible; en un momento quedó su casa llena de soldados: templo, azoteas, celdas, corredores, escuela, jardines, huerta. Luego el estruendo de los muebles que destrozaban y echaban por puertas y ventanas los soldados; los hachazos con que eran derribadas las puertas, los gritos incoherentes de aquellos vándalos, el ruido de las espuelas sobre las tarimas y encementados. . . pero en medio de todo la mano omnipotente de Dios protegiendo a sus esposas de una profanación. (La profanación la tomó el Señor Sacramentado sobre Sí). Las religiosas estaban lívidas de angustia. Eran como las 6 de la tarde cuando Izaguirre ordenó que las Adoratrices abandonaran su casa y en pequeños grupos comenzaron a salir. ¿A dónde irían? ¡Sólo Dios lo sabía! Sin techo, sin alimentos, sin dinero y hasta sin abrigos. Muchas usaron su delantal a guisa de chal o de bufanda. Pálidas, con el dolor pintado en el semblante, cabizbajas unas, otras con los ojos elevados al cielo, iban a donde la Providencia las llevase; el Señor Omnipotente, que las había librado del hálito emponzoñado de la soldadesca, no las abandonaría nunca. Sólo quedaron en la casa, la superiora enferma y algunas hermanas religiosas para hacerle compañía, pero careciendo de todo alimento para sí y para la venerable paciente. Entre tanto dos religiosas intentaron salvar el copón del Divinísima Sacramento, llevándolo consigo fuera de la población. Sin ser molestadas llegaron hasta la última casa, cuando ya oscurecía; pero ¡ay! los soldados del retén se encontraban allí. Trataron estos impíos de registrarlas y cuando hubieron descubierto los vasos sagrados que llevaban aquellas fugitivas, se lanzaron sobre ellas para arrebatárselos. La religiosa que traía el copón, depositó en su chal las hostias consagradas y lo entregó vacío. La compañera se arrodilló y dijo temblando:

— ¡Es el Dios que os ha de juzgar! ¡Viva Cristo Rey! Aquellos hombres al oír a la religiosa que con su ferviente ¡Viva Cristo Rey! hacía profesión de su fidelidad a Jesucristo, se pusieron furiosos y la golpearon en la cara con las culatas de sus máuseres. ¡ A una mujer indefensa e inocente! Entre tanto, otros pusieron una soga al cuello de la otra religiosa, la que envuelta en su chal y contra su pecho defendía las sagradas hostias, y con un puñal la amenazaban queriendo que las soltara. Pero las agredidas no manifestaron temor alguno. —Pueden matarnos si gustan; pueden matarnos ustedes. Nosotras no tememos a la muerte. No obstante los esfuerzos de las pobres monjitas para consumir las hostias consagradas, muchas cayeron al suelo en los movimientos de lucha tan desigual. . .

¡ El sacrilegio ... la horrible profanación estaba consumada . . .!
Un soldado de sentimientos más humanos, estaba aterrado, e intervino enérgicamente para que dejasen libres a las religiosas; y éstas pudieron huir mientras los enemigos quedaban disputándose entre sí los vasos sagrados. Tres días más tarde, pisoteadas por los caballos y por los mismos impíos, fueron recogidas por los fieles, de entre la tierra y la basura del camino, algunas de las hostias santas, hechas ya pedazos . . . Otras se las había llevado el viento. . . Entre tanto Sor María de los Remedios, la superiora enferma, continuaba en su lecho rodeada de unas pocas religiosas, que no quisieron abandonarla y de rodillas, en torno de ella, estaban lívidas de espanto. ¡Et erat nox. . .'Ya era de noche. Los callistas, a cada instante penetraban en la habitación de la Madre, molestando a las pobres monjas cuanto podían, insultándolas y amenazándolas soezmente.

La enferma estaba angustiadísima, no ya por el temor de la muerte, sino por sus pobres hijas, a quienes veía como pobrecitas ovejas en medio de aquellos lobos rabiosos sin poder defenderlas. Hubo un momento en que quedaron solas en la habitación, y entonces, confiando en el poder de Dios, cerraron la puerta y la atrancaron por dentro cuanto les fue posible, con cuanto pudieron encontrar. Los perseguidores se pusieron furiosos con esto y entre gritos, insultos y amenazas pretendían echar abajo la puerta; pero ésta resistió maravillosamente, porque las religiosas por dentro, más que con obstáculos naturales, la estaban sosteniendo con oraciones fervientes, que de rodillas y temblando no dejaban de elevar al poder de Dios contra el que nada pueden los hombres. A la mañana siguiente resolvieron las religiosas sacar del convento a la enferma, pues aquella situación era insostenible, y ella con tanta angustia se agravaba por momentos; la pusieron en un colchón, y cuando de esta manera la llevaban, los soldados de Izaguirre se dieron cuenta de ello, y a golpes con los máuseres, las hicieron soltar su carga, cayendo al suelo la atribulada Superiora, y echaron fuera a las afligidas hermanas a pesar de su resistencia en dejar así a la Superiora. (Todo el día, dice otro relato, quedó la santa mujer tirada en el suelo del corredor de la casa; hasta que por fin al día siguiente las hermanas lograron entrar y sacarla para llevarla a un jacal tan sucio y lleno de alimañas, que era un horror, donde estuvieron los dos días 30 y 31 de octubre, alimentándose todas con sólo una agua de canela nauseabunda)


Desde su llegada al jacal la enferma se encontraba en estado comatoso, continúa Spectator, y así en lenta y prolongada agonía duró hasta la mañana del primero de noviembre, la alegre fiesta de Todos los Santos, en que su alma voló al Señor para recibir la doble corona de mártir y de esposa fiel. Entre las religiosas expulsadas había una, Sor María Rosa, que merece especial mención. Tenía esta mártir, refiere Spectator, unos cuarenta años de edad y pertenecía a una de las familias más piadosas de Ejutla. A los 22 años ingresó en el convento de las Adoratrices del Santísimo Sacramento. Desde el noviciado se empezó a distinguir por su vida santa. Sus compañeras la consideraban como la regla viviente. Fue primero Maestra de novicias y en 1922 fue electa Vicaria.