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jueves, 3 de noviembre de 2016

LA RELIGIÓN DEMOSTRADA LOS FUNDAMENTOS DE LA FE CATÓLICA ANTE LA RAZÓN Y LA CIENCIA - por P. A. HILLAIRE


ESPIRITUALIDAD DEL ALMA

2. LIBERTAD DEL ALMA

43. P. ¿Es libre nuestra alma?
R. Nuestra alma es libre: tiene la facultad de poder determinarse por su libre elección, de hacer u omitir, de elegir el bien o el mal. El libre albedrío se prueba:

1° Por el sentido íntimo de la conciencia.

2° Por la creencia universal de todos los pueblos.

3° Por las consecuencias funestas que resultarían del error contrario.

1º Sentido íntimo y conciencia. Nosotros tenemos el sentido íntimo de nuestra libertad: siento que soy libre, como siento que existo. Siento en mí la libertad de seguir la voz del deber o los halagos de las pasiones. Es ésta una verdad tan apodíctica, que basta entrar dentro de sí mismo para convencerse de ella. Tanta es nuestra libertad que podemos contrariar nuestros gustos, nuestros instintos, nuestros intereses, aun los más queridos. El hombre, en la plenitud de su libre albedrío, sacrificará sus bienes, su libertad, su familia, su vida, todo, por la verdad que él no ve, por la virtud que contraría sus apetitos. Me ordenas con el cuchillo al cuello, que niegue a mi Dios, que abjure mi fe Yo siento que ningún poder me hará cometer semejante vileza. Yo encuentro en mi camino una bolsa de monedas de oro, y podría apropiármela, pues nadie me ha visto recogerla. Pero si la tentación me asalta, yo la rechazo rápidamente, y devuelvo la bolsa a su dueño, prefiriendo vivir en mi indigencia antes que mancharme con un robo a los ojos de Dios. Es innecesario multiplicar los ejemplos. “Oigo hablar mucho contra la libertad del hombre, y desprecio todos esos  sofismas, porque, por más que un razonador trate de probarme que no soy libre, el sentimiento íntimo más fuerte que todos los razonamientos, los desmiente sin cesar” (J. J. Rousseau).

2º La creencia universal de todos los pueblos. En todos los tiempos y en todos los países, los hombres han sentido, hablado y obrado como seres libres. Deliberan, hacen promesas y contratos, aprueban las buenas acciones y condenan las malas. Todo esto supone libertad. ¿Se delibera, acaso, acerca de aquello que no depende de uno mismo, la muerte, por ejemplo? ¿Se promete resucitar a los muertos? No se proyecta, no se promete sino aquello que se cree poder hacer u omitir. ¿Por qué aprobar lo bueno y reprobar lo malo, si el hombre no es libre de sus actos? Todos los pueblos han establecido leyes: ¿con qué utilidad si el hombre no es libre? No se dictan leyes a una máquina que ejerce mecánicamente sus funciones.

3º Consecuencias funestas que resultan del error contrario. Si el hombre no es libre, no es dueño de sus actos, y, por consiguiente, no es responsable sino de aquellos actos de los cuales uno es realmente la causa, y si la voluntad no es libre, no es causa de los actos que produce. Si el hombre no es responsable, no hay deber, porque no se puede estar obligado a querer el bien sino cuando uno tiene libertad de elegirlo. Si el hombre no es libre, si no es responsable de sus actos, no hay ni virtud, ni vicio, como no hay ni bien ni mal para los animales. Entonces, el asesino no es más culpable que su víctima. No hay conciencia, pues ella no tiene el derecho de imponer el bien y prohibir el mal si no existen. El remordimiento es un absurdo. No hay justicia, porque los jueces no podrían condenar a un criminal que no es responsable de sus actos. Estas consecuencias tan monstruosas, tan reprobadas por el sentido común, bastan para demostrar la falsedad del fatalismo.

44. P. ¿Quiénes niegan la libertad del alma?

R. Los fatalistas, los positivistas y ciertos herejes. Los antiguos fatalistas atribuían a una divinidad ciega, llamada hado (del latín fatum), todas las acciones del hombre. Aun hoy, los mahometanos dicen: Estaba escrito; es decir, todo lo que acontece debía necesariamente acontecer. En nuestros días, los positivistas caen en el mismo error, al decir que nuestra voluntad se determina a la acción por la influencia irresistible de los motivos que la solicitan; y así atribuyen los actos del hombre a las influencias del medio, del clima, del carácter, del temperamento. Ciertos herejes, como los protestantes y los jansenistas, se han atrevido sostener que, por el pecado de Adán, el hombre habría perdido la facultad de hacer el bien, y que era arrastrado por la concupiscencia. Aceptar estos errores equivale a decir que no hay ni bien ni mal, que las leyes son un contrasentido, que el hombre es una simple máquina, etc.