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domingo, 20 de noviembre de 2016

Ite Missa Est


VIGESIMOCUARTO DOMINGO
DESPUÉS DE PENTECOSTÉS



EL FIN DEL AÑO LITÚRGICO. — El número de Domingos después de Pentecostés puede pasar de veinticuatro y llegar hasta veintiocho, según que la Pascua se acerque más o menos, en los diversos años, al equinoccio de primavera. Pero la Misa que sigue se reserva siempre para el último; el intervalo se llena, si le hay, con los varios, más o menos, Domingos después de Epifanía, que en este caso no se usaron al principió del año. Pero esto debe entenderse exclusivamente de las Oraciones, Epístolas y Evangelios: pues, como ya dijimos, el Introito, Gradual, Ofertorio y Comunión son hasta el fin los mismos que los del Domingo veintitrés.

LA MISA DEL DOMINGO VIGÉSIMOTERCERO. — Y a hemos visto que esta Misa del Domingo era considerada verdaderamente por nuestros antepasados como la última del Ciclo. El Abad Ruperto nos ha explicado el profundo sentido de sus diversas partes. Según la doctrina que tuvimos ocasión de meditar anteriormente, la reconciliación de Judá se nos presenta en ella como término de las intenciones divinas en el tiempo; las últimas notas de la Sagrada Liturgia se han mezclado en ella con la última palabra de Dios en la historia del mundo. El fln que la eterna Sabiduría pretendió en la creación y que misericordiosamente prosiguió después de la calda con la redención, está conseguido en efecto y de modo completo; porque este fin no fué otro sino la unión divina con el género humano, verificada en la unidad de un solo cuerpo 1. Ahora que los dos pueblos enemigos, gentil y judío, quedan unidos en un solo hombre nuevo, en su cabeza Jesucristo los dos Testamentos que tan hondamente señalaron a través de los siglos la distinción de los tiempos viejos y nuevos, se borran a si mismos para dar lugar a los esplendores de la eterna alianza.


LA MISA DE ESTE DÍA. —La Iglesia, pues, detenía antiguamente aquí la marcha de su Liturgia. Estaba contenta de haber llevado a sus hijos, no sólo a penetrar de esta forma en el desarrollo completo del pensamiento divino, sino también y principalmente a unirse de esa manera con el Señor en una verdadera unión, mediante la comunidad de intentos, de intereses y de amor. Tampoco volvía ya a anunciar la segunda venida del Hombre-Dios y el juicio final, que hizo durante el Adviento objeto de sus meditaciones al empezar la vía purgativa. Sólo después de siglos, queriendo dar al Ciclo una conclusión más precisa y más al alcance de los cristianos de nuestros días, se decidió a terminarlo con el relato profético de la tremenda venida del Señor, que da fin al tiempo y principio a la eternidad. Como San Lucas ya desde tiempo inmemorial es el encargado de anunciar esta terrible venida en los días del Adviento, se escogió el Evangelio de San Mateo para describirla de nuevo y más ampliamente en el último Domingo después de Pentecostés.

MISA

INTROITO
Dice el Señor: Yo pienso pensamientos de paz y no de aflicción: me invocaréis, y yo os escucharé: y  os haré volver de vuestra cautividad en todos los lugares. — Salmo: Bendijiste, Señor, tu tierra: redimiste la cautividad de Jacob. V. Gloria al Padre.

La práctica de las buenas obras nos hace alcanzar con la ayuda de la gracia una gracia mayor. Pidamos con la Iglesia, en la Colecta, una acción eficaz de este divino motor sobre nuestras voluntades.

COLECTA
Suplicamoste, Señor, excites la voluntad de tus fieles: para que, buscando con más diligencia el fruto de buenas obras, reciban de tu misericordia mayores remedios. Por Nuestro Señor Jesucristo.

EPISTOLA
Lección de la Epístola del Ap. San Pablo a los Colosenses (Col., I, 9-14).
Hermanos: No cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenados del conocimiento de la voluntad de Dios, con toda sabiduría y toda inteligencia espiritual: para que caminéis dignamente, agradando a Dios en todo: fructificando en toda clase de obras buenas y creciendo en la ciencia de Dios: confirmándoos en toda virtud según el poder de su claridad, en toda paciencia y longanimidad, con gozo, dando gracias al Dios Padre, que nos hizo dignos de participar de la herencia de los Santos en la luz: que nos arrancó del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor, en el cual poseemos la redención, por su sangre, la remisión de los pecados.

ACCIÓN DE GRACIAS. — Acción de gracias y oración es el resumen de nuestra Epístola y la conclusión digna de las instrucciones del Apóstol y de todo el Ciclo de la sagrada Liturgia. El Doctor de las naciones no ha desmayado en la tarea que la Madre común le confió; no es culpa suya el que las almas cuyo guía quiso ser desde el día siguiente al de la venida del Espíritu de amor, no hayan llegado a las cumbres de perfección que soñaba para todas ellas. De hecho, los cristianos que han sido fieles en caminar por la senda que hace un año viene mostrándoles la Santa Madre Iglesia, saben ahora, por haberlo dichosamente experimentado, que ese camino de salvación va a parar de modo seguro a la vida de unión, donde reina como soberana la caridad divina. ¿En qué hombre, además, por poco que haya dominado a su inteligencia y a su corazón el interés que presenta el desarrollo de las estaciones litúrgicas, en qué hombre, digo, no ha aumentado al mismo tiempo la luz? Pues la luz es el elemento indispensable que nos arranca del imperio de las tinieblas y nos traslada, con la ayuda de Dios Altísimo, al reino de su amadísimo Hijo. La obra de la redención que este Hijo de su amor vino a realizar en el mundo, no ha podido menos de adelantar en todos los que se han asociado de una forma o de otra a los pensamientos de la Iglesia, desde las semanas de Adviento hasta estos últimos días del Ciclo Litúrgico. Por eso, todos, cualesquiera que seamos, debemos dar gracias al Padre de las luces, que nos ha hecho dignos de tener una parte, por minúscula que sea, en la herencia de los santos.

SÚPLICA —Pero todos también tenemos que rogar, en una u otra medida, para que el don excelente depositado en nuestros corazones crezca con el nuevo año litúrgico a punto de empezar. El justo no puede permanecer estacionario aquí en este mundo; tiene que subir o bajar; y cualquiera que sea la altura a donde ya le subió la gracia, debe subir siempre más y más mientras esté en esta vida. Los Colosenses, a los que se dirigía el Apóstol, habían recibido totalmente el Evangelio; la palabra de verdad sembrada entre ellos fructificaba allí de modo admirable en la fe, la esperanza y el amor: pues bien, lejos de servir de ocasión para aflojar en su solicitud hacia ellos, son precisamente sus progresos la razón por la que  San Pablo, que ya rogaba por ellos, no cesa de hacerlo. Roguemos, por tanto, nosotros también. Pidamos a Dios que nos colme todavía y siempre de su divina Sabiduría y del Espíritu de inteligencia. Lo necesitamos para responder a sus intenciones misericordiosas. El año que va a comenzar reserva a nuestra fidelidad ascensiones nuevas tal vez laboriosas; pero serán recompensadas con horizontes nuevos en los jardines del Esposo, y una cosecha de frutos más abundantes y suaves. Caminemos, pues, de una manera digna de Dios, alegres y fuertes bajo de la mirada de su amor, por el camino ascendente que nos lleva al descanso sin fin de la visión beatifica.

GRADUAL
Nos libraste, Señor, de los que nos afligían: y confundiste a los que nos odiaron. T. Nos gloriaremos en Dios todo el día, y alabaremos tu nombre por los siglos. Aleluya, aleluya. T. Desde lo profundo clamo a ti, Señor: Señor, escucha mi oración. Aleluya.

EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según San Mateo (Mat., XXIV, 15-34).

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Cuando viereis la abominación de la desolación predicha por el Profeta Daniel caer sobre el templo: el que lea, que entienda: entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes: y el que esté en la terraza, no baje a tomar nada de su casa: y el que esté en campo, no vuelva a tomar su túnica. Y ¡ay de las preñadas y de las que alimenten en aquellos días! Rogad, en cambio, para que vuestra fuga no sea en invierno, o en sábado. Porque habrá entonces una tribulación muy grande, como no ha existido ni existirá otra, desde el principio del mundo hasta hoy. Y, si no fuesen acortados aquellos días, no se salvaría nadie: pero, por amor de los elegidos, serán abreviados aquellos días. Si alguien os dijere entonces: Aquí o allí está el Cristo: no lo creáis. Porque surgirán seudocristos y seudoprofetas: y harán grandes milagros y prodigios, de tal modo que sean engañados (si fuese posible) los mismos elegidos. Ya os lo he predicho. Si os dijeren, pues: Está en el desierto; no salgáis: Está escondido; no lo creáis. Porque, como el relámpago sale de Oriente y aparece al punto en Occidente,, así será también la llegada del Hijo del hombre. Donde estuviere el cuerpo, allí se congregarán las águilas. Y, en seguida, después de la tribulación de aquellos días, el  sol se oscurecerá, y la luna no lucirá, y las estrellas caerán del cielo, y los pilares del cielo se tambalearán: y entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre: y entonces llorarán todas las tribus de la tierra: y verán al Hijo del hombre venir en las nubes del cielo con mucho poder y majestad. Y enviará sus Ángeles con trompeta y con gran voz: y congregarán a sus elegidos de los cuatro vientos, desde lo más alto de los cielos hasta su extremo. Y aprended esta parábola de la higuera: cuando ya está tierna la rama, y han nacido las hojas, sabéis que está cerca el verano: así también vosotros, cuando viereis todas estas cosas, sabed que el Hijo del hombre está cerca, está a las puertas. En verdad os digo, que no pasará esta generación, hasta que se realice todo esto. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.


EL JUICIO. — Muchas veces, a través de las semanas de Adviento, han sido tema de nuestras meditaciones las circunstancias que acompañarán a la última venida del Señor; dentro de pocos días, esas mismas enseñanzas van de nuevo a llenar nuestras almas de un temor saludable. Permítasenos hoy, con el deseo y la alabanza, volvernos hacia el Jefe que tiene que terminar la obra y señalar el triunfo de la hora solemne del juicio. Oh Jesús, tú vendrás entonces a librar a tu Iglesia y vengar a Dios de los insultos que tanto se han prolongado; ¡qué terrible será al pecador esa hora de tu llegada! Entonces comprenderá claramente que el Señor hizo todo para él, todo hasta el implo ordenado a dar gloria a su justicia en el día maloConjurado el universo para perdición de los malvados se resarcirá por fin de la esclavitud del pecado que le fué impuesta. Los  insensatos inútilmente gritarán a las montañas que los aplasten para librarse así de la mirada del que estará sentado en el trono: el abismo se negará a tragarlos; y obedeciendo al que tiene las llaves de la muerte y del infierno, vomitará hasta el último de sus tristes habitantes al pie del terrible tribunal.

LA ALEGRÍA DE LOS ELEGIDOS. — ¡Oh Jesús, Hijo del hombre, cuán grande nos parecerá tu poder, al verte rodeado de las falanges celestes, que forman tu lucida corte, juntar a los elegidos de los cuatro ángulos del universo! Pues también nosotros, tus redimidos, miembros tuyos ahora por haberlo sido de tu Iglesia muy amada, también nosotros estaremos allí ese día; y nuestro lugar ¡misterio inefable! será el que el Esposo reserva a la Esposa: tu trono, donde, sentados contigo, juzgaremos hasta a los ángeles. Desde ahora, todos los benditos del Padre esos elegidos cuya juventud se ha renovado tantas veces como la del águila al contacto de tu sangre preciosa, tienen ya preparados sus ojos para clavarlos sin pestañear en el Sol de justicia, cuando aparezca en el cielo. Con su hambre acrecida por el lento caminar del destierro, ¿quién podría detener su vuelo? ¿Qué fuerza sería capaz de romper la impetuosidad del amor que los reunirá en el banquete de la Pascua eterna? Porque aquello será la vida y no la muerte, la destrucción de la antigua enemiga, la redención que llega hasta los cuerpos, el tránsito perfecto a la verdadera tierra prometida, en una palabra, la Pascua, esta vez real para todos y sin ocaso, anunciada por la trompeta del Ángel sobre las tumbas de los justos. ¡Qué alegría sentirán entonces en aquel verdadero día del Señor los que hayan vivido de Cristo por la fe y, sin verle, le hayan amado! No obstante la debilidad de la carne frágil, oh Jesús, identificándose contigo, han continuado en el mundo tu vida de dolores y humillaciones; qué triunfo el suyo cuando, al verse libertados para siempre del pecado y revestidos de cuerpos inmortales, sean llevados a tu presencia para estar ya siempre con tu majestad

EL TRIUNFO DE CRISTO. — Pero su gozo mayor consistirá sobre todo en asistir ese gran día a la exaltación de su amantísimo Capitán, cuando se haga público el poder que le fué concedido sobre toda carne. Entonces aparecerás, oh Emmanuel, como el único príncipe de las naciones haciendo añicos la cabeza de los reyes y poniendo a tus enemigos por escabel de tus pies. Y entonces también juntos el cielo, la tierra y el infierno doblarán las rodillas delante del Hijo del Hombre, que vino antes en forma de esclavo, fué juzgado, condenado y muerto entre criminales; y juzgarás, oh Jesús, a los jueces inicuos a quienes anunciaste esta venida sobre las nubes del cielo« cuando te hallabas en lo más profundo de tus humillaciones. Una vez terminada la tremenda sentencia los réprobos irán al suplicio eterno y los justos a la vida que no acaba Tu Apóstol nos dice que entonces vencedor de todos tus enemigos y rey indiscutible, pondrás en manos del Padre Eterno el reino conquistado a la muerte, como homenaje perfecto de la Cabeza y de los miembros. Dios será todo en todos. Será eso el cumplimiento de la oración sublime que nos enseñaste a los hombres y que sale más ferviente cada día del corazón de tus fieles, cuando, dirigiéndose al Padre que está en los cielos, le piden incansables, a pesar de la apostasía general, sea santificado su Nombre, venga a nos el su reino, y hágase su voluntad así en la tierra como en el cielo. ¡Incomparable serenidad la de aquel día en que cesará la blasfemia y la tierra será un nuevo paraíso, purificada por el fuego del fango del pecado! ¿Qué cristiano no saltará de gozo esperando ese último día que dará comienzo a la eternidad? ¿Quién no tendrá en poco la agonía de la última hora, pensando que aquellos sufrimientos tan sólo significan, como dice el Evangelio, que el Hijo del Hombre está ya muy cerca, a la puerta?

¡VEN, SEÑOR, JESÚS! — Oh Jesús, despréndenos cada vez más de este mundo, cuya figura pasa con sus tareas inútiles, sus glorias falsificadas y sus falsos placeres. Como en los días de Noé y como en Sodoma, según nos lo anunciaste, los hombres siguen comiendo y bebiendo y dejándose absorber por el tráfico y el placer; no pensar en la proximidad de tu venida, como tampoco sus antepasados se preocuparon del fuego del cielo y del diluvio hasta el momento en que todos perecieron. Dejémoslos gozarse y hacerse regalos mutuamente, como dice tu Apocalipsis, figurándose que Cristo y su Iglesia son cosa pasada. Mientras de mil modos oprimen a tu ciudad santa y la imponen pruebas que antes no conoció, no tienen la menor idea de que contribuyen a las bodas de la eternidad; ya sólo la faltaban a la Esposa las joyas de estas pruebas nuevas y la púrpura esplendorosa con que la adornarán sus últimos mártires. En cuanto a nosotros, prestando atención a los ecos de la patria, percibimos la voz que sale del trono y que grita: "Alabad a nuestro Dios todos sus siervos y cuantos le teméis, pequeños y grandes, aleluya, porque Nuestro Señor, Dios todopoderoso, ha establecido su reino. Alegrémonos y regocigémonos, démosle gloria porque han llegado las bodas del Cordero y su Esposa está preparadas. Un poco más de tiempo para que se complete el número de nuestros hermanos; y te diremos juntamente con el Espíritu y la Esposa, con entusiasmo de nuestras almas, tanto tiempo sedientas: ¡"Ven, oh Jesús, ven a perfeccionarnos en el amor por la unión eterna, para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, por los siglos sin fin"!

OFERTORIO
Desde lo profundo clamo a ti, Señor: Señor, escucha mi oración: desde lo profundo clamo a ti, Señor.

Pidamos al Señor en la Secreta que, al acercarse el último juicio, dirija hacia Sí todos los corazones y se digne reemplazar en nosotros los
apetitos terrenales por los deseos y gustos del cielo.

SECRETA
Sé propicio, Señor, a nuestras súplicas: y, aceptadas las oblaciones y preces de tu pueblo, convierte a ti los corazones de todos nosotros; para que, libres de las ambiciones terrenas, nos llenemos de anhelos celestiales. Por Nuestro Señor Jesucristo.

COMUNION
En verdad os digo: Todo lo que pidiereis en la oración, creed que lo recibiréis, y se os concederá.
Ojalá el divino Sacramento, como lo pide la Iglesia en la Poscomunión, cure del todo por su virtud lo que pueda quedar todavía de vicioso en nuestras almas al fin de este año.


POSCOMUNION
Suplicamoste, Señor, hagas que, por medio de estos Sacramentos que hemos recibido, todo lo que haya de vicioso en nuestra alma, sea curado con el don de su medicamento. Por Nuestro Señor Jesucristo.