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miércoles, 23 de noviembre de 2016

EL PURGATORIO - La última de las misericordias de Dios - R.P Dolindo Ruotolo

EL ALMA LOGRA LA VIDA ETERNA

El alma al salir del cuerpo, tiende a Dios, pero se encuentra como alguien que es empujado por la corriente y no puede llegar a la orilla. Ella se dirige a Dios pero sus imperfecciones son como una corriente que la aleja de Él. En las vicisitudes de su vida, ella ya se había puesto en una corriente que la alejaba del amor divino, por eso cuando sale del cuerpo, las vanidades del mundo que la mancharon la empujan lejos de Dios, obstaculizando la fuerza del amor, que siente fuertísimo, por el estado de gracia en el cual se encuentra; está fuera del cuerpo, pero lleva consigo la responsabilidad y el peso de sus miserias, porque sus obras la siguen. Es una expresión profundísima, tanto por las obras buenas como por las malas obras. El alma purgante es como una persona que está obligada a nadar en una corriente turbulenta, vestida con ropa pesada que la hunde, en circunstancias que ella necesite estar a flote, y trata con todas sus fuerzas de proseguir nadando hacia la pacífica y florecida ribera.

El misterio del dolor

El alma en la vida terrena ha tenido siempre prevenciones hacia la bondad de Dios y a veces hasta recriminaciones, especialmente frente a los misterios del dolor, de la providencia, del mal, de la libertad humana, etc., quizás estas recriminaciones la hemos tenido o las tenemos todos un poco. Tenemos que rechazarlas como tentaciones. Apenas esté fuera del cuerpo, el alma se encuentra ante la bondad infinita de Dios, descubre sus propias miserias a la luz de la bondad divina, aunque no contemple y no pueda todavía contemplar aquel océano de amor, porque es todavía incapaz de sumergirse en una felicidad incomparable, y permanece por dar un pálido ejemplo, como una persona que ha tratado de villano a un Rey. Así sucedió a aquellos policías que en Venecia, de noche, detuvieron a San Pío X que vestido como simple sacerdote, llevaba en la espalda un colchón para una  pobrísima pariente “Oiga – dijeron los policías de lejos -, ladronzuelo, que elijes la noche para tus robos ¿Dónde sacaste ese colchón? Párate, bájalo, pon las manos en las esposas. Y se acercaron para apresarlo, pero reconocieron en aquel angelical rostro al Santo Patriarca, y quién puede decir la confusión que tuvieron. Es un mísero parangón frente a la sorpresa del alma que tiene el primer encuentro con el Señor, infinita bondad e infinito amor. Aún no viéndolo cara a cara, porque aún no está glorificada, ella siente en la paz del estado de gracia en la cual está, la bondad de Dios. Les habrá sucedido soñar que se encuentran en la calle desnudos. ¡Qué confusión! Ustedes tratan de esconderse en algún portón, tratan de cubrirse con el camisón, respiran sólo al despertar, constatando que era un sueño; ¡gracias Señor… menos mal que no era verdad!... Pero, el alma que se presenta ante Dios, y se ve manchada, no sueña, se despierta más bien de los sueños orgullosos, de las injusticias realizadas.


En una recepción una señorita sentía una molestia en un costado, disimulaba, se llevaba la mano ahí donde sentía la molestia porque estaba en un elegantísimo salón. Después de un tiempo, fue tal el dolor, que solicitó ir a otra habitación y sacándose el cinturón, con horror le saltó fuera un animalito que la roía. El alma ante la luz de Dios, ve todo el horror de aquellas acciones que en la vida le parecieron insignificantes, y con el dolor y confusión se da cuenta que sus faltas no eran pequeñas. Sino roedores de la conciencia. Este apartarse de la fiesta del cielo causa un particular dolor, por el mismo estado de gracia en el cual el alma se encuentra. Pareciera una paradoja, sin embargo es así.


El condenado y el alma purgante

El condenado, al pasar a la vida eterna, se encuentra en un estado de extrema miseria, y por la pérdida de la gracia de Dios, no sólo no tiene ímpetu de amor hacia Él, como lo tiene el alma salvada, sino que le odia, y le rehúye. Es terrible, sin duda, pero es un estado que el alma condenada no quiere cambiar, aunque pudiera, aunque la misericordia divina lo quiera. El alma condenada está en estado de condenación, tiene también una libertad en aquel estado, y es la libertad de odiar y hacer el mal, pena espantosa del abuso de la libertad hecho en vida, y no de la inexorabilidad de la justicia de Dios. Por aquel fenómeno físico que se llama inercia, así las culpas y las degradaciones de la vida del condenado, continúan por inercia en el Infierno, sin esperanza de cambio, porque llega a ser el estado del pecador. El alma que purga fuera del cuerpo no está fijada en un estado, sino es todavía peregrina, porque está en gracia, tiende a Dios con inmenso amor, y no puede todavía reunírsele. Por esto, de todas las revelaciones de las almas que purgan, se sabe que sus purificaciones son contabilizadas sobre nuestro tiempo: diez, veinte, cien años. El condenado es como un cuerpo pesado que cae en el eterno abismo y allí está; el alma que purga es como un cohete que tiende todavía a subir, pero que permanece en la atmósfera subiendo a lo alto. Ella está capacitada sólo para el dolor, porque sólo él puede reparar sus culpas, y sus abrazos de amor se vuelven fuego ardiente, pena y remordimiento de amor, que le hace mirar como favor el poderse purificar. El muerto está muerto, y no aspira por así decirlo, a la vida sino a la putrefacción: esto es el condenado. El enfermo aspira a la salud, se somete a penosas curas, y las sufre voluntariamente, aunque lamentándose, y pide ayuda para aliviarse. Esta es el alma que purga, es una enferma. Sus medicinas atormentadoras son la purificación en el fuego, en la angustia de la lejanía de Dios, y en los tormentos particulares por cada culpa particular. Para un enfermo del cuerpo, son de ayuda las anestesias, los calmantes, y las amorosas curas de quién lo asiste; para el alma que purga, los sufragios, plegarias y sacrificios que por ella se ofrecen, son su alivio.