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sábado, 19 de noviembre de 2016

DEMOS GRACIAS A DIOS - por el P. Faber

LA ACCIÓN DE GRACIAS
por el P. Faber


SECCIÓN 1
Olvido de la acción de gracias.
(segunda parte)

                    
La acción de gracias es, pues, la verdadera esencia del culto católico; y así como la práctica de tan piadoso ejercicio acrecienta nuestro amor, así su olvido nos descubre claramente el poco amor que atesora nuestro corazón. Si tenemos fundado motivo para apiadarnos de Dios, permítasenos este lenguaje atrevido de San Alfonso de Ligorio, por los ultrajes conque los hombres ofenden a su Majestad soberana, con más sobrada razón deberemos compadecerle viendo la ruindad y miseria de las acciones de gracias que se atreven a ofrecerle en agradecimiento a sus singulares mercedes y dádivas graciosas. Aun entre nosotros no hay cosa tan odiosa como la ingratitud; y la ingratitud es, sin embargo, el alimento diario que osamos ofrecer al mismo Dios omnipotente. No existen palabras que puedan encarecer las infinitas larguezas con que el Señor se ha servido colmar a sus criaturas; son inagotables los riquísimos mineros de incomparable misericordia que encierran los títulos que tanto le enaltecen, a saber: de Creador, Rey, Redentor, Padre y Pastor; gusta sobremanera que sus hijos, los hombres, se muestren agradecidos a las singulares mercedes que tiene la dignación de otorgarles porque todo cuanto exige de nosotros es amor, y semejante deseo de parte suya es en sí mismo un acto de infinita caridad hacia sus criaturas; fue, últimamente, voluntad de Dios hacer depender su gloria divina de nuestro agradecimiento; ¡y llegará a tal punto nuestra perfidia que nos atrevamos a negársela con la más negra ingratitud! 

Pero lo peor de todo es que semejante ultraje no se lo hacen aquellos que son enemigos suyos, y en cuya conversión puede su infinita misericordia ganar ricos tesoros de gloria entre los hijos de los hombres; le recibe de su propio pueblo predilecto, de aquellos que frecuentan los Sacramentos y hacen profesión de piedad; de aquellos, en fin, a quienes está Él diariamente enriqueciendo y colmando con singulares dones y especiales larguezas del Espíritu Santo. No pocos de nosotros llegamos a horrorizarnos a la vista del pecado y sacrilegio; afligen nos y angustian nuestro corazón los días del Carnaval; los escándalos punzan vivamente nuestra alma, y la herejía causa en nuestro espíritu un verdadero sufrimiento, un escozor desagradable, bastante parecido al que produce el humo en los ojos. Todo esto es muy bueno y soberanamente loable; pero con nuestro culpable olvido de la acción de gracias continuamos rehusando a Dios la gloria que le es debida; a muy poca costa podríamos glorificar a nuestro Padre Celestial, y difícilmente llega, no obstante, a ocurrimos semejante pensamiento, y ¿nos atreveremos todavía a sostener que le amamos real y verdaderamente? Lo único que nosotros debemos hacer -¿cuántas veces habrá que repetir lo mismo?- es amar a Dios y promover su mayor gloria.

¡Líbrenos el Señor de que lleguemos a imaginar que tenemos alguna otra cosa más en que emplearnos! Corramos, pues, el mundo; demos vueltas por toda la redondez del globo buscando estas olvidadas perlas de la corona de gloria de nuestro Padre Celestial, y ofrezcámoselas en rendida adoración. ¿Cómo tenemos valor para desear ocuparnos en cualquier otro asunto menos en el importantísimo negoció de la gloria de Dios? Siervos suyos ha habido que llegaron hasta desear no morir nunca, para que, viviendo siempre en la tierra, glorificasen a Dios con mayores sufrimientos. Claro está que no es fácil abriguemos nosotros semejantes deseos; mas pueden aprovechamos grandemente, porque nos descubren el poco amor que profesamos a tan cariñoso Padre, y paréceme que semejante manifestación es ya una gran cosa. Concíbese fácilmente que se engañen los hombres, llegando a persuadirse que aman a Dios cuañdo ni siquiera mantienen viva una sola centella de ese fuego celestial; o bien que abriguen deseos de amarle y no sepan cómo hacerlo; pero ¿es posible que uno conozca lo poco que ama a Dios, y la facilidad que tiene para  amarle más cada día, y con todo no desee hacerlo así? Jesús murió para impedir semejante posibilidad; ¿y habrá muerto en vano? Perdóneseme si vuelvo a repetir que no encuentro cosa alguna reprensible en el olvido de la acción de gracias por parte de los pecadores que viven separados de la gracia de Dios y alejados de los Sacramentos; porque semejantes sujetos tienen que ocuparse en otros negocios, es a saber: en hacer penitencia, reconciliarse con su Dios y Señor y lavar de nuevo sus almas en la preciosa Sangre de Jesucristo. El olvido de la acción de gracias es una ingratitud que Nuestro Señor dulcísimo ha de echar en cara solamente a aquellos hijos suyos a quienes ha perdonado sus culpas; a aquellos que viven en su amistad y están gozando pacíficamente de todos sus privilegios y divinas mercedes; y he aquí una ingratitud que merece ser notada con especial cuidado, y sobre la cual es menester que fijemos toda nuestra atención.


Efectivamente: tengo para mí que las faltas de las personas piadosas -no hablo de aquellos ligeros deslices y flaquezas propios de la mísera condición humana, sino de las faltas de tibieza y frialdad- encierra una especial odiosidad que les es propia, y acaso sea ésta la razón por que emplea Dios en el Apocalipsis un lenguaje tan inusitado y lleno de viveza y energía contra la flojedad y tibieza. Cuando los Ángeles preguntaron al Señor, después de la Ascensión gloriosa a los Cielos, qué heridas eran aquellas que llevaba en sus manos, ¡oh cuán significativa es la contestación que Nuestro Señor adorable tuvo la dignación de darles! Son, les dijo, las heridas que he recibido en la casa de mis amigos. Paréceme no estaría de más que se escribiese un tratado cuyo título fuese el siguiente: Pecados de las personas piadosas; porque son dichas culpas muy numerosas y variadas, y contienen una particular malicia y odiosidad, siendo la ingratitud uno de sus principales caracteres; tenedlo bien presente, siquiera mientras nos ocupamos en la acción de gracias. He aquí, pues, un asunto que sólo interesa a los buenos católicos, esto es, a los hombres y mujeres que oran, que frecuentan los Sacramentos y forman la porción escogida y devota de nuestras congregaciones; y cualquiera reconvención sobre el particular se dirige únicamente contra dichos sujetos. Y no es, por cierto, pequeña consolación que pueda uno expresarse con semejante franqueza; porque las gentes tibias están por lo común tan pagadas de sí mismas, que, como digo, es un verdadero consuelo poder llamarlas aparte, hablándolas allí al oído de la manera siguiente: «Al presente nada tenemos que ver con los pecadores; no podéis hacerles responsables de cosa alguna; vosotros sois los únicos culpables, y la reprobación, exclusivamente vuestra; trátase aquí de una obligación que si no la practicáis por amor de Dios, sois unos miserables y unos malvados; malvados, sí, bien lo sabéis que éste es el término propio, el epíteto conocido que se da a los ingratos; y con todas vuestras oraciones y sacramentos no cumplís, sin embargo, ¡oídlo bien!, con el sagrado deber del agradecimiento a los beneficios divinos. Dura es ciertamente, ya lo veo, la consecuencia que de aquí tenéis que inferir; mas ¿por qué no nos resolvemos, así yo como vosotros, a recitar un humilde Confíteor, rogando a Dios que nos otorgue un pequeño aumento de gracia, para de esta suerte proporcionar a tan cariñoso Padre el singular contentamiento de ver cuán diferente es nuestra conducta en lo venidero? No sin razón débenos repetir con frecuencia: De las faltas particulares de las personas piadosas, líbranos, Señor.»

Existen Sacramentos, es verdad para borrar el pecado; mas para la tibieza no hay absolutamente ninguno. ¡Qué digo ninguno! ¡Si es peor todavía! Pues ¿quién que haya tenido a su cargo la dirección de las almas no sabe cuánto endurece la Comunión frecuente a los corazones tibios? ¿Por ventura habéis vosotros conocido diez personas contagiadas de la tibieza que fuesen todas curadas de semejante enfermedad? Y las nueve, ¿a qué debieron su curación más que a la vergüenza que causaron en su ánimo las caídas en culpas mortales? ¡Juego es, ¡ay!, ciertamente bien desesperado, el aguardar que las cárceles del infierno hagan las veces de las medicinas del Cielo, arriesgando en semejante experimento nada menos que la eternidad! La Biblia es una revelación de amor, mas no la única; para cada uno de nosotros existe además una revelación particular y personal del divino amor, la cual consiste en la consideración de aquella providencia paternal con que Dios ha tenido la dignación de velar por nosotros durante todo el curso de nuestra vida mortal. Porque ¿quién es capaz de contemplar la larga cadena de gracias de que se va componiendo su vida desde la hora en que recibió el bautismo hasta el presente, sin un sentimiento de sorpresa a la vista del infatigable esmero y cuidadosa solicitud que el amor de Dios ha desplegado hacia su persona?  La manera como se han dispuesto las cosas para su dicha y mayor felicidad; la desaparición de obstáculos, mientras a ellos se acercaba, y puntualmente cuando le parecían insuperables; las tentaciones trocadas en mercedes, y aquello mismo que a primera vista creía un castigo, enteramente cambiado en prueba muy regalada del divino amor; toda tribulación ha sido para él un singular beneficio del Cielo; los conocimientos casuales tuvieron su significación e hicieron su oficio a las mil maravillas; cualquiera diría que el mismo amor, con toda su previsión, no hubiera podido tejer diferentemente la tela de su vida; aun cuando los hilos hubiesen sido puro amor, y nada más que amor, al pronto ni siquiera tenía conciencia de semejantes portentos, ni sabía que Dios sé hallaba tan cerca de su persona, porque no hay cosa de menos ostentación que el amor paternal.

Cuando Jacob formó su cabecera de duras piedras, y se echó a dormir, aunque tuvo la visión de la escala, nada vió de extraordinario en aquel sitio; despertó del sueño y exclamó: Verdaderamente, el Señor se encuentra en este lugar, y yo no lo sabía. Deseando Moisés ver a Dios, colócole el Señor en un agujero de la peña, le amparó con su diestra mientras pasaba su gloria inefable, y le dijo: Quitaré luego mi mano, y verás mis espaldas, pero no podrás ver mi rostro. Tal es siempre la conducta de Dios: muéstrase con nosotros tierno, y amoroso, y benigno, y compasivo; arde nuestro corazón dentro del pecho, como ardía el de aquellos dos discípulos que iban hablando con Jesús por el camino de Emaus; pero hasta después de haberse alejado de nuestra vista no sabemos con entera certidumbre que fuese el mismo Dios, Señor nuestro. Así es que sólo por la meditación podemos llegar á conocer a Dios; es menester que, a semejanza de la Santísima Virgen María, ponderemos las cosas que se van sucediendo; que, cual otro Isaías, rumiemos y pensemos detenidamente las maravillas del Señor; que a ejemplo, en fin, de Jacob y David, guardemos en la memoria las divinas misericordias; que las pesemos y contemos, y hagamos de ellas una grande estimación.


Incesantemente estaba el primero ocupado en recordar su vida aventurera; Dios era para aquel Patriarca el Dios de Bethel, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac. ¿Cuál fué también la reprensión de David a su pueblo, sino que había olvidado al Dios que hizo cosas grandes en Egipto, obras maravillosas en la tierra de Canaán. y terribles y espantosos portentos en el mar Rojo? Los beneficios que conocemos son más que suficientes para encendernos en la llama del divino amor, y eso que nunca llegaremos a conocer la mitad de ellos hasta el día del juició; porque, ¿quiénes somos nosotros para que Dios haya tenido la dignación de legislar en favor nuestro, y hecho al mismo tiempo todos los esfuerzos posibles para complacemos? ¿No tenía ningún otro mundo que gobernar? ¿No existían otras criaturas más sabias, y más santas, y más bellas que nosotros? Sin embargo, lo que a nosotros más nos preocupa es la predestinación y el castigo eterno del infierno, devanándonos los sesos discurriendo sobre aquello que no podemos alterar ni aun comprender. Paréceme que semejante conducta es la cosa más irracional del mundo; porque si bien poseemos bastantes nociones acerca de la Divinidad, pocas, o acaso ninguna, tenemos fuera de aquellas que el mismo Señor ha tenido la dignación de revelamos; así es que, cuando argüimos contra Dios, apóyanse nuestros razonamientos no sobre aquello que vemos, sino sobre lo que el Señor en su infinita bondad se ha servido enseñarnos de sí mismo. Ahora bien: es preciso observar aquí, y por lo común pasa enteramente desapercibido que el objeto principal de las enseñanzas de Dios es su misericordia infinita e inefable condescendencia. La severidad divina es el lado obscuro de la Majestad soberana y tremenda del Altísimo, no sólo a causa del espanto que infunde en el ánimo, sino también por habernos dado el Eterno acerca de ella nociones muy escasas. Pero tratándose del amor ha sido copioso, explícito, minucioso; explica, repite, razona, arguye, persuade, se queja, invita, halaga, ensalza; de su inexorable indignación solamente una que otra vez deja caer alguna expresión de sus divinos labios; asústanos con la revelación de sus terribles juicios, mas como espanta únicamente movido del amor hacia sus hijos los hombres, afánase luego por explicarla, y suavizarla, y armonizarla. Pero no es esto sólo: las expresiones más espantosas sobre la alteza de sus juicios son desahogos más bien que revelaciones salidas de su boca divina; explosiones del asombro que embargaba el ánimo de sus criaturas, de Job, por ejemplo; de Isaías, de Pedro y de Pablo. Y aun cuando así no fuese, la terribilidad de semejantes frases es en sí misma una nueva prueba de su amor; porque ¿podemos acaso nosotros adivinar lo que su sabiduría y misericordia infinitas quieren darnos a entender con semejante manera de conducirse? Así como no vemos sino un sólo lado de la luna, así tampoco nos es concedido ver más que un lado de Dios; ¿cómo conocer, pues, aquello que no vemos? ¿Quién es capaz, en efecto, de contar las varias manifestaciones de la infinita bondad de Dios, los ingeniosos artificios de su misericordia y las maravillas de su compasión hacia los hombres, criaturas suyas? ¿Esfuérzase por llamar nuestra atención acerca de semejantes finezas de su amor, pero nosotros de todo nos cuidamos menos de esto; afanámonos por aquello mismo que El quisiera que apenas pensáramos, y desdeñamos ponderar todas aquellas inefables muestras de cariño paternal que se digna darnos, y que son personales entre Él y nosotros, toques reales y sensibles de su abrasada caridad. Mientras el Señor se está dando trazas por ordenar y enderezar las cosas para ganar nuestro amor, nosotros, con descaro inconcebible, trabajamos por contrariar y poner estorbos a su ternura y excesiva longanimidad y paciencia. Considerad por un momento la incomparable grandeza de ser dichosos por Dios; poneos en la balanza y pesaos con El, y entonces veréis qué cosa es ocupar su divino entendimiento, llamar su atención, probar su paciencia y provocar su amor. El mismo pensar en Dios es un blando lecho donde podemos acostarnos y descansar- tranquilamente cuando más nos agrade; el recuerdo de su Majestad soberana causa en nuestro ánimo un gozo mayor que la visión de un Ángel, y es más vistoso y regalado que el rostro bellísimo de María, que tan embelesador y hechicero le hará aquella su dulce y agraciada sonrisa al saludar, gozosa, en la gloria a nuestras almas justificadas y ricamente engalanadas con el precioso ropaje de la santificación y los brillantes aderezos de todas las virtudes. Que sea un Dios tan rico en perfecciones y misericordia es más, incomparablemente más, que un simple reposo y descanso apacible; es un gozo y dicha inefable que se haya servido amarnos con eterno amor, y que sea nuestro Padre muy cariñoso es un gozo sobre todo gozo, y el mismo Cielo incoado en la tierra. ¿No será, pues, una maravilla del mundo que se tributen al Altísimo tan escasas acciones de gracias; un prodigio más grande que el raro ejercicio de la oración, y un portento, últimamente, casi tan asombroso como el por tentó incomparable de que Dios tenga la dignación de amarnos con tan encendido amor de su corazón?