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miércoles, 5 de octubre de 2016

TRATADO DEL AMOR A DIOS - San Francisco de Sales

LIBRO TERCERO

Del progreso y de la perfección del amor


Que el amor sagrado puede aumentar más y más en cada uno de nosotros

El sagrado concilio de Trento afirma que los amigos de Dios, andando de virtud en virtud, son cada día renovados, es decir, progresan, por sus buenas obras, en la justicia que han recibido por la divina gracia; y quedan más y más justificados, según estas celestiales enseñanzas: El justo justifíquese más y más, y el santo más y más se santifique combate por la justicia hasta la muerte  En esta escalera el que no sube, baja; en este combate, el que no vence es vencido. Los que corren el estadio, si bien todos corren, uno solo se lleva el premio. Corred, pues, de tal manera que lo ganéis ¿Cuál es el premio,  Jesucristo, y cómo podréis lograrlo, si no le seguís? Si le seguís, andaréis y correréis siempre, pues Él nunca se detiene, sino Que continúa en su carrera de amor y de obediencia, hasta la muerte, y muerte de cruz  Ve, pues, mi querido Teótimo, y no tengas otra meta que la de tu vida, y mientras dure tu vida, corre en pos del Salvador, pero ardorosa y velozmente, porque ¿de qué te servirá el seguirle, si no logras la dicha, de alcanzarle? Oigamos al profeta: Incliné, mi corazón a la práctica perpetua de tus justísimos mandamientos. No dice que los cumplirá durante algún tiempo, sino siempre, y, porque quiere obrar bien eternamente, obtendrá un eterno galardón. Bienaventurados los que proceden sin mancilla, los que caminan según la ley del Señor».

La verdadera virtud no tiene límites; siempre va más allá, de un modo particular la caridad, que es la virtud de las virtudes, la cual, teniendo un objeto infinito, sería capaz de llegar a serlo, si encontrase un corazón en el cual ab infinito tuviese cabida; pues nada impide que este amor sea infinito sino la condición de la voluntad que lo recibe, condición debida a la cual, así como jamás nadie verá a Dios en la medida que es visible, así nadie podrá amarle en la medida que es amable. El corazón que pudiese amar a Dios con un amor adecuado a la divina bondad, tendría una sola voluntad infinitamente buena, lo cual solamente es propio de Dios. De donde se sigue que la caridad puede, entre nosotros, perfeccionarse indefinidamente, es decir, puede hacerse cada día más excelente, pero nunca puede llegar a ser infinita. La misma caridad de nuestro Redentor, en cuanto Hombre, aunque es muy grande, y está por encima de cuanto los ángeles y los hombres pueden llegar a comprender, no es, empero, infinita en su ser y en sí misma, sino tan sólo en la estimación de su dignidad y de su mérito, porque es la caridad de una persona de excelencia infinita, es decir, de una persona divina, que es el Hijo eterno del Padre omnipotente. Es, por lo tanto, un favor extremado hecho a nuestras almas, el que puedan crecer indefinidamente y cada día más en el amor de Dios, mientras están en esta vida caduca.

Cómo nuestro Señor ha hecho fácil el crecimiento en el amor.

¿Ves, Teótimo, este vaso de agua o este pedazo de pan que un alma santa da a un pobre por amor a Dios? Pues bien, esta acción, ciertamente insignificante y casi indigna de consideración, según el juicio humano, es recompensada por Dios, que al instante concede por ella un aumento de caridad. Digo que es Dios quien hace esto, porque la caridad no crece por sí misma, como el árbol que produce sus ramas y hace, por su propia virtud, que las unas salgan de las otras; al contrario, como quiera que la fe, la esperanza y la caridad son virtudes que tiene su origen en la bondad divina, debemos tener siempre nuestros corazones vueltos e inclinados hacia, ella, para impetrar la conservación y el aumento de estas virtudes. Oh Señor nos hace decir la santa Iglesia dándonos aumento de fe, de esperanza y de caridad a imitación de aquellos que decían al Salvador. Señor, aumenta nuestra fe  y, según la advertencia de San Pablo, el cual asegura que poderoso es Dios para colmarnos de todo bien Las abejas fabrican la deliciosa miel, que es su obra más preciada; más no por esto la cera fabricada también por ellas, deja de tener su valor y de hacer que su trabajo sea muy recomendable. El corazón amante, se ha de esforzar en hacer las obras con gran fervor, y ha de procurar que sean de un precio muy subido: pero, a pesar de ello, SI las hace más pequeñas, no perderá del todo su recompensa, porque Dios se lo agradecerá, es decir, le amará cada vez un poco más, y nunca Dios comienza a amar más a un alma que vive en caridad, sin que, a la vez, se le aumente, pues nuestro amor a Él es el propio y peculiar efecto de su amor a nosotros.

Tal es el amor que Dios tiene a nuestras almas tal el deseo de hacernos crecer en el amor que debemos profesarle. Su divina dulzura hace que todas nuestras cosas sean útiles; todo lo convierte en bien; hace que redunden en provecho nuestro todos nuestros quehaceres, por humildes y sencillos que sean. En la esfera de las virtudes morales, las obras pequeñas no acrecientan la virtud de la cual proceden, sino que más bien la disminuyen; porque una gran generosidad perece, cuando comienza a dar cosas de poca monta, y de generosidad se convierta en tacañería. Pero en la economía de las virtudes que estriban en la misericordia divina, sobre todo en la caridad, todas las obras redundan en aumento de las mismas; lo cual no es de maravillar, porque el amor sagrado, como rey de las virtudes, nada tiene, pequeño o grande, que no sea amable, pues el bálsamo, príncipe de los árboles aromáticos, nada posee ni corteza ni hojas, que no exhale olor. ¿Y qué puede producir el amor que no sea amor y que no tienda al amor?

Cómo el alma, que vive en caridad, progresa en ella

Aunque, merced a la caridad derramada en nuestros corazones, podamos andar en la presencia de Dios y progresar en el camino de la salvación, siempre la divina bondad asiste al alma a la cual ha dado su amor, y la sostiene continuamente con su mano. Porque, de esta manera, 1°, da a conocer mejor la dulzura de su amor para con ella; 2.°, la va animando siempre más y más; 3.°, la alivia contra las inclinaciones depravadas y contra los malos hábitos contraídos por los pecados pasados; 4.°, y finalmente, la sostiene y defiende contra las tentaciones. ¿Acaso no vemos, oh Teótimo, que, con frecuencia, los hombres sanos y robustos tienen necesidad de que se les excite, para que empleen su fuerza y su vigor, y, por decirlo así, que se les acompañe de la mano hasta la obra? Así, habiéndonos dado Días su caridad, y, por ella, la fuerza y los medios para adelantar en el camino de la perfección, con todo, su amor no le permite dejarnos solos, sino que le impele a ponerse en camino con nosotros, le insta a que nos inste, mueve su corazón a que mueva e impulse al nuestro a emplear bien la caridad que nos ha dado, mediante la frecuente repetición, con sus inspiraciones, de las advertencias que nos hace San Pablo: Os exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios". Mientras tenemos tiempo hagamos bien a todos  Corred de tal manera que ganéis el premio. Debemos pues hacer cuenta, con frecuencia, que Dios repite a los oídos de nuestro corazón las palabras que decía el santo padre Abraham: Camina delante de Mí y sé perfecta  Sobre todo es necesaria una asistencia especial de Dios al alma que tiene puesto el amor santo en empresas señaladas y extraordinarias porque, si bien la caridad, por pequeña que Sea nos da la suficiente inclinación, y, como creo, la fuerza bastante para aspirar y para, acometer empresas excelentes y de gran importancia, nuestros corazones tienen necesidad de ser impelidos y levantados por la mano y por el movimiento de este gran Señor. Así S. Antonio y S. Simeón Estilita estaban en caridad y en gracia de Dios, cuando se resolvieron a emprender un género de vida tan levantado, y también la bienaventurada madre Teresa, cuando hizo el voto especial de obediencia; S. Francisco y S. Luis, cuando emprendieron el viaje a ultramar para la gloria de Dios; el bienaventurado Francisco Javier, cuando consagró su vida a la conversión de los indios; S. Carlos, cuando se puso al servicio de los apestados; S. Paulino, cuando se vendió para rescatar el hijo de la pobre viuda: jamás, empero, hubieran tenido arranques tan audaces y generosos, si a la caridad, que estaba en sus corazones, no hubiera añadido Dios las inspiraciones, las advertencias, las luces y las fuerzas especiales, por las cuales les animaba y lanzaba hacia estas proezas de valor espiritual.

¿No veis al joven del Evangelio, al cual nuestro Señor amaba, de lo que se desprende que vivía en caridad? ". En manera alguna pensaba en vender todo cuanto tenía para darlo a los pobres y seguir a nuestro Señor. Al contrario, cuando el Salvador le invitó a que hiciese esto, ni siquiera entonces tuvo el valor de realizarlo. Para estas grandes empresas, tenemos necesidad no sólo de ser inspirados, sino también robustecidos para poner en práctica lo que la inspiración exige de nosotros. Como también, en las grandes acometidas de las tentaciones extraordinarias, nos es absolutamente necesaria una presencia particular del celestial auxilio. Por esta causa, la santa Iglesia nos hace decir con frecuencia: ¡Moved, oh Señor, nuestros corazones! Te suplicamos, Señor, que prevengas nuestros actos con santas inspiraciones y que con tu auxilio las continúes. ¡Oh Señor, acude presto en nuestra ayuda!; para que, con tales preces, alcancemos la gracia de poder hacer obras excelentes y extraordinarias y de hacer con más frecuencia y con mayor fervor las ordinarias, como también para que podamos resistir con más ardor a las pequeñas tentaciones y combatir valientemente las más fuertes.

De la santa perseverancia en el sagrado amor

Así como una tierna madre que lleva consigo a su hijito, le ayuda y le sostiene según lo necesite, unas veces dejándole dar algunos pasos en los lugares llanos y menos peligrosos; otras dándole la mano y aguantándole; otras tomándole en brazos y llevándole de la misma manera, nuestro Señor tiene un cuidado continuo de la dirección de sus hijos, es decir, de los hombres que viven en caridad, haciéndoles andar delante de Él, dándoles la mano en las dificultades, sosteniéndolos Él mismo en sus penas, pues ve que de otra manera, se les harían insoportables. Lo cual declara por Isaías, cuando dice: Yo soy el Señor tu Dios, que te tomo por la mano y te estoy diciendo: No temas, que Yo soy el que te socorro. Debemos, pues, con gran ánimo, tener una firmísima confianza en Dios y en sus auxilios, porque, si correspondemos a su gracia, llevará al cabo la buena obra de nuestra salvación, tal como la ha Comenzado obrando en nosotros no sólo el querer sino el ejecuta " como lo advierte también el santo concilio de Trento.

En esta dirección que la dulzura de Dios imprime en nuestras almas, desde que son introducidas en la caridad hasta la final consumación de ésta, que no se produce sino en la hora de la muerte, consiste el gran don de la perseverancia, al cual nuestro Señor vincula el gran don de la gloria eterna, según nos ha dicho: Quien perseverare hasta el fin, éste se salvará" porque este don no es más que el conjunto, de los diversos favores, consuelos y auxilios, merced a los cuales nos conservamos en el amor de Dios hasta el fin, como la crianza, la educación y la instrucción de un niño no son otra cosa que una multitud de cuidados, ayudas y socorros, y de varios oficios ejercitados y continuados con él hasta la edad en que ya no los necesita. Pero esta serie de socorros y favores no es igual en todos los que perseveran, porque en unos es mucho más breve, como en los que se convierten a Dios poco antes de su muerte, tal como le ocurrió al buen ladrón; al dichoso portero que vigilaba a los cuarenta mártires de Sebaste, quien, al ver que uno de ellos perdía el ánimo y dejaba la palma del martirio, se puso en su lugar, y en un momento fue hecho, de una vez, cristiano, mártir y bienaventurado; y a otros mil, de quienes hemos visto o sabido que han tenido la dicha de morir bien, después de haber vivido mal. No tienen estos necesidad de una gran variedad de auxilios; al contrario, si no les sobreviene alguna grave tentación, pueden obtener una perseverancia muy breve, con la sola caridad que han recibido y los auxilios, gracias a los cuales se han convertido; porque estos tales llegan al puerto sin navegación y hacen toda su peregrinación de un solo salto, que la omnipotente misericordia de Dios les hace dar tan a propósito, que sus enemigos les ven triunfar, antes de verles combatir, y así su conversión y su perseverancia son casi una misma, cosa. En otros, al contrario, la perseverancia es muy prolongada, como en Santa Ana la profetisa, en San Juan Evangelista, en San Pablo primer ermitaño, en San Hilarión, en San Romualdo, en San Francisco de Paula; para éstos han sido menester mil diversos auxilios, según la variedad de contingencias de su peregrinación y según la duración de ésta. Siempre, empero, la perseverancia es el don más deseable que podemos esperar en esta vida, el cual, como dice el santo concilio, no es posible recibir sino de Dios, que es el único que puede derribar al que está en pie, y levantar al caído.


Por esta causa, hemos de pedirlo continuamente, empleando, a la vez, los medios que Dios nos ha enseñado para conseguirlo, como la oración, el ayuno, la limosna, el uso de los sacramentos, el trato con los buenos, el oír y leer cosas santas. y podemos decir con verdad, juntamente con el Apóstol, que ni la vida, ni la muerte, ni los ángeles, ni lo que hay de más alto ni de más profundo, podrá jamás separamos del amor de Dios que está en Jesucristo nuestro Señor "Si, porque ninguna criatura puede arrancarnos de este santo amor; únicamente nosotros podemos dejarlo y abandonarlo, por nuestra propia voluntad, fuera de la cual nada, en este punto, hemos de temer.