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viernes, 14 de octubre de 2016

TRATADO DEL AMOR A DIOS - San Francisco de Sales

Que la dicha de morir en la divina caridad es un don
especial de Dios.


Finalmente, habiendo el rey celestial conducido al alma que ama hasta el término de esta vida, todavía la asiste en su dichoso tránsito, por el cual la eleva hasta el tálamo nupcial de la gloria eterna, que es el fruto delicioso de la santa perseverancia. Y entonces, querido Teótimo, esta alma arrebatada toda de amor por su Amado, al representársele la multitud de los favores y de los auxilios con que Dios la ha prevenido y asistido durante esta peregrinación, besa sin cesar esta dulce mano, que la ha traído, conducido y acompañado por este camino, y confiesa que de este divino Salvador ha recibido toda su dicha, pues ha hecho por ella todo cuanto el patriarca Jacob deseaba para su viaje, después de haber visto la escalera del cielo. ¡Oh Señor! -dice entonces- Vos habéis estado conmigo, y me habéis guardado en el camino por el cual he venido; Vos me habéis dado el pan de vuestros Sacramentos para mi sustento; Vos me habéis vestido el traje nupcial de la caridad; Vos me habéis guiado hasta esta morada de gloria que es vuestra mansión, oh Padre eterno. ¡Ah, Señor! ¿Qué me queda por hacer sino confesar que sois mi Dios por los siglos de los siglos? Tal es, pues, el orden de nuestra marcha hacia la vida eterna, para cuya ejecución la divina Providencia ha dispuesto, desde la eternidad, la multitud, de gracias necesarias para ello, con la mutua dependencia de unas con respecto a otras. Ha querido, en primer lugar, con verdadero deseo, que, aun después del pecado de Adán, todos los hombres se salven, pero de una manera y por unos medios adecuados a la condición de su naturaleza dotada de libre albedrío, es decir, ha querido la salvación de todos los que han prestado su consentimiento a las gracias y a los favores que les ha preparado, ofrecido y distribuido con esta intención.

Ahora bien, quiso que, entre estos favores, fuese el primero el de la vocación, y que ésta fuese tan compatible con nuestra libertad, que pudiésemos aceptarla o rechazarla a nuestro arbitrio; a aquellos de quienes previó que la aceptarían, quiso procurarles los santos movimientos de la penitencia; dispuso que se concediese la santa caridad a los que hubiesen de secundar estos movimientos; tomó el acuerdo de dar los auxilios necesarios para perseverar a los poseedores de esta caridad, y a los que habían de aprovecharse de estos divinos auxilios, resolvió otorgarles la perseverancia final y la gloriosa felicidad de su amor eterno. Podemos, pues, dar razón del orden de los efectos de la Providencia en lo que atañe a nuestra salvación, descendiendo desde el primero hasta el último, es decir, desde el fruto, que es la gloria, hasta la raíz de este hermoso árbol, que es la redención del Salvador; porque la divina bondad da la gloria según sean los méritos, los méritos según la caridad, la caridad según la penitencia, la penitencia según la obediencia a la vocación, y la vocación según la redención del Salvador, en la cual se apoya aquella mística escala de Jacob, que, del lado del cielo, remata en el seno amoroso del eterno Padre, donde los elegidos son recibidos y glorificados, y del lado de la tierra, surge del seno y del costado abierto del Señor, muerto en la cima del Calvario. Que este orden en los efectos de la Providencia, con su mutuo enlace, haya sido dispuesto por la voluntad eterna de Dios, aparece atestiguado por la santa. Iglesia, en una de sus oraciones solemnes, de esta manera: “Omnipotente y eterno Dios, que de vivos y muertos eres árbitro, y que usas de misericordia con todos aquellos que, por su fe y sus obras, sabes que han de ser tuyos”, como si dijese que la gloria, que es la consumación y el fruto de la misericordia divina para con los hombres, sólo está reservada a aquellos que, según la previsión de la divina sabiduría, serán, en el porvenir, fieles a la vocación y abrazarán la fe viva, que obra por la caridad.

En suma, todos estos efectos dependen absolutamente de la redención del Salvador, que los ha merecido para nosotros, en todo rigor la justicia, por la amorosa obediencia practicada hasta la muerte, y muerte de cruz, la cual es la raíz de todas las gracias que recibimos los que somos sus vástagos espirituales, injertados en su tronco. Si, después de injertados, permanecemos en él, llevaremos, sin duda, por la vida de la gracia que nos comunicará, el fruto de la gloria que nos ha sido preparada; pero, si somos como renuevos e injertos cortados de este árbol, es decir, si con nuestra resistencia quebramos la trabazón y el enlace de los efectos de su bondad, no será de maravillar si, al fin, nos arranca del todo y nos arroja al fuego  eterno, como ramas inútiles. Es indudable que Dios ha preparado el paraíso para aquellos de quienes ha previsto que han de ser suyos. Seamos, pues, suyos por la fe y por las obras, y Él será nuestro por la gloria; porque, si bien el ser de Dios es un don del mismo Dios es, empero, un don que Dios a nadie niega; al contrario, lo ofrece a todos, para darlo a los que de buen grado consienten en recibirlo. Pero, ruégote, Teótimo, que veas con qué ardor desea Dios que seamos suyos, pues con esta intención se ha hecho todo nuestro, dándonos su muerte y su vida: su vida, para que fuésemos exentos de la muerte eterna; y su muerte, para que pudiésemos gozar de la eterna vida. Permanezcamos, pues, en paz, y sirvamos a Dios para ser suyos en esta vida mortal, y aún más en la vida eterna.

Que no podemos llegar a esta perfecta unión de amor
con Dios en esta vida mortal


¡Oh Dios mío! -dice San Agustín-, habéis creado mi corazón para Vos y jamás tendrá reposo hasta que descanse en Vos: mas, ¿qué cosa puedo apetecer en el cielo y qué he de desear sobre la tierra? Sí, Señor, porque Vos sois el Dios de mi corazón, y mi herencia por toda la eternidad" Sin embargo, esta unión, a la cual nuestro corazón aspira, no puede llegar a su perfección en esta vida mortal. Podemos comenzar a amar a Dios en este mundo, pero sólo en el otro le amaremos perfectamente. La celestial amante lo expresa de una manera muy delicada: “He aquí que encontré al que adora mi alma; asile y no le soltaré, hasta haberle hecho entrar en la casa de mi madre, en la habitación de la que me dio la vida" Encuentra, pues, a su Amado, porque Él le hace sentir su presencia con mil consolaciones; cógese de Él, porque este sentimiento produce vehementes afectos, por los cuales le estrecha contra sí y le abraza; asegura que jamás le soltará. ¡Ah!, no; porque estos afectos se convierten en resoluciones eternas. Con todo no piensa en darle el beso nupcial hasta que esté con Él en la casa de su madre, que, como dice San Pablo, es la celestial Jerusalén, donde, se celebrarán las bodas del Cordero  Aquí, en esta vida caduca, el alma está verdaderamente prometida y desposada con el Cordero inmaculado, pero todavía no está casada con Él. La fe y la palabra se dan en este mundo, pero queda detenida la celebración del matrimonio; por esta causa, siempre cabe el desdecirse, aunque jamás haya motivo para ello, que nuestro Esposo nunca nos dejará, si no le obligamos a ello con nuestra deslealtad y perfidia. Pero, en el cielo, celebradas ya las bodas y consumada esta divina unión, el vínculo de nuestros corazones con nuestro soberano Príncipe será eternamente indisoluble.