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viernes, 7 de octubre de 2016

Ite Missa Est

7 DE OCTUBRE

LA SOLEMNIDAD DEL SANTISIMO ROSARIO


DEVOCIÓN DE LA IGLESIA A MARÍA. — La Liturgia nos ha hecho ver muchas veces desde el principio del año que María, en el plan divino de la Redención, está tan unida a Jesús, que los encontramos siempre juntos y que resulta tan imposible separarlos en el culto público como en nuestra devoción privada. La Iglesia, que proclama a María Medianera de todas las gracias, la invoca continuamente para conseguir los frutos de la Redención que con su Hijo también nos mereció ella. Ha querido comenzar todos los años litúrgicos por el tiempo de Adviento, que es un verdadero mes de María. Ha invitado a los fieles a consagrarla el mes de mayo; ha mandado que el de octubre fuese el mes del Rosario y las fiestas de María son tan numerosas en el Calendario Litúrgico, que no hay un día siquiera en el año en que no sea María festejada en algún punto de la tierra con una u otra advocación por la Iglesia universal, por una Diócesis o alguna Orden religiosa.

LA FIESTA DEL ROSARIO. — La Iglesia resume hoy en una sola fiesta todas las solemnidades del año: con los misterios del Señor y de su Madre forma como una inmensa guirnalda para unirnos a estos misterios y para hacérnoslos vivir, una triple diadema que coloca en la cabeza de la que Cristo-Rey coronó como Reina y Señora del mundo entero el día de su entrada en la gloria. Misterios gozosos, que nos repiten una y otra vez la Anunciación, la Visitación, el Nacimiento de Nuestro Señor, la Purificación de María, y el Niño Jesús perdido y hallado en el templo. Misterios dolorosos de la agonía, de la flagelación, de la corona de espinas, de la Cruz a cuestas y de la Crucifixión. Misterios gloriosos: Resurrección, Ascensión del Señor, Pentecostés, Asunción y Coronación de la Madre de Dios. Es el Rosario de María.
 
La Batalla de Lepanto

HISTORIA DE LA FIESTA. — La fiesta del Rosario la instituyó San Pío V en recuerdo de la victoria de Lepanto sobre los turcos. Ya se sabe que, en el siglo  XVI, los discípulos de Mahomet, después de apoderarse de Constantinopla, de Belgrado y de Rodas, pusieron en peligro serio a toda la cristiandad. El Papa San Pío V, aliado del Rey de España Felipe II y de la República de Venecia, les declaró la guerra. Don Juan de Austria, que llevaba el mando de la flota, recibió órdenes de trabar batalla lo más pronto posible y, por eso, al saber que la flota turca se encontraba en el golfo de Lepanto, fué allí a atacarla. El encuentro ocurrió el 7 de octubre de 1571, junto a las islas de Corfú (Equinadas). En aquel instante, en todo el mundo las cofradías del Rosario oraban con confianza. Los soldados de D. Juan se pusieron de rodillas para implorar el auxilio del cielo y, aunque eran muchos menos, empezaron el combate. Después de una lucha terrible de cuatro horas, de trescientos barcos enemigos, sólo cuarenta pudieron huir; los demás fueron hundidos y 40.000 turcos encontraron la muerte. Europa se había salvado. Al mismo tiempo y conforme se iban desarrollando estos sucesos, San Pío V tuvo la visión de la victoria; se arrodilló para dar gracias a Dios y determinó que en lo sucesivo, el 7 de octubre se celebrase una fiesta en honor de Nuestra Señora de la Victoria, cuyo título fué cambiado por Gregorio XIII en este otro de Nuestra Señora del Rosario.

EL ROSARIO. — Si la costumbre de recitar Padrenuestros y Avemarias remonta a remotísima antigüedad, la oración meditada del Rosario tal como hoy la tenemos, se atribuye a Santo Domingo. Es cierto, al menos, que él y sus hijos trabajaron mucho en propagarle y de él hicieron su arma principal en la lucha contra los herejes Albigenses, que en el siglo XIII infectaban el sur de Francia. Tiene por fin su práctica hacer revivir en nuestras almas los misterios de nuestra salvación acompañando la meditación de los mismos con la recitación de decenas de Ave Marías, precedidas del Padre nuestro y seguidas .del Gloria, al Padre. A primera vista, la recitación de tantas Ave Marías puede parecer monótona, pero en realidad, con un poco de atención y costumbre, la meditación siempre nueva y más honda de los misterios de nuestra salvación da variedad y abundancia. De todos modos se puede decir sin exageración que en el Rosario se encuentra toda la Religión y como un resumen de todo el cristianismo: el Rosario es el resumen de la fe: es decir, de las verdades que tenemos que creer; el Rosario nos las presenta de una forma sensible y viva, y a la exposición de esas verdades junta la oración en que se implora la gracia de comprenderlas mejor para gustarlas más todavía; el Rosario es el resumen de la Moral: pues toda la Moral se resume en seguir e imitar a Aquel que es "el Camino, la Verdad y la Vida". Ahora bien, precisamente por. la oración del Rosario obtenemos, de María la gracia y la fuerza de imitar a su divina Hijo; el Rosario es el resumen del culto: porque, uniéndonos a Cristo en los misterios meditados, tributamos al Padre; la adoración en espíritu y en verdad que espera de nosotros; y nos unimos a Jesús y a María para pedir con Ellos y por Ellos las gracias de que tenemos necesidad; finalmente, el Rosario nutre las virtudes teologales y nos ayuda a intensificar nuestra caridad fortaleciendo las virtudes de esperanza y de fe, pues, "por la meditación frecuente de estos misterios, el alma se inflama de amor y de agradecimiento por las pruebas de dilección que Dios nos ha dado; desea con ansia la recompensa celestial que Jesucristo ganó para los que se unan a El imitando sus ejemplos y participando de sus dolores. Durante este rezo la oración se expresa con palabras que vienen del mismo Dios del Arcángel Gabriel y de la Iglesia; está lleno de alabanzas y de saludables peticiones; se renueva y se prolonga en un orden determinado y variado a la vez; produce frutos de piedad siempre nuevos y siempre dulces".

EL ROSARIO UNE NUESTRA ORACIÓN CON LA DE MARÍA, NUESTRA MADRE. —"Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores." Al saludo respetuoso del Ángel, que repetimos humildemente, añadimos en seguida la súplica de nuestra confianza filial. Si la divinidad, aun encarnada, sigue siendo algo temible, ¿cómo vamos a temer a esta mujer de nuestra raza, cuyo oficio es siempre comunicar a las criaturas las riquezas y las misericordias del Altísimo? Confianza filial: en efecto, si la omnipotencia de María proviene de ser la Madre de Dios, que es Omnipotente, su título a nuestra confianza deriva de que es también Madre nuestra; y esto, no tan sólo en virtud del testamento que dictó Jesús en la cruz al decir a Juan: "Ahí tienes a tu Madre", y a María: "Ahí tienes a tu hijo", sino, porque en el mismo instante de la Encarnación la Virgen concibió con Jesús a toda la raza humana a la que entonces Jesús se unía. Como miembros del Cuerpo místico, cuya cabeza es Jesucristo, fuimos formados con Jesús en el seno de la Virgen María, y en él permanecemos hasta el día de nuestro nacimiento a la vida eterna. Maternidad espiritual, pero verdadera, que nos pone con nuestra Madre en relación de dependencia e intimidad las mayores que pueden existir: la intimidad del niño en el seno de su madre. Y aquí está el secreto de nuestra devoción hacia María: es nuestra Madre y como tal sabemos que podemos pedir cualquier cosa a su amor; ¡somos sus hijos! Pero, sí la madre, porque es madre, necesariamente piensa en sus hijos, éstos, por razón de su edad, fácilmente se distraen. El Rosario es el instrumento bendito que mantiene nuestra intimidad con María y que nos hace penetrar en su corazón cada vez más hondamente. Instrumento divino que la Santísima Virgen lleva consigo en todas sus apariciones de un siglo acá, y que no se cansa de recomendarnos. Instrumento de la devoción católica por excelencia, con la que se sienten confortadas y a gusto la anciana que no tiene instrucción y el sabio teólogo, porque en ella encuentran el camino luminoso y espléndido, el camino mariano que lleva a Cristo y por Cristo al Padre. De este modo se cumplen en el Rosario todas las condiciones de una oración eficaz. Nos hace vivir en la intimidad de Nuestra Señora; y porque es Mediadora, la función de María consiste en conducirnos a Dios, llevar nuestras oraciones hasta su corazón. Ella es la que nos hace decir los Padrenuestros que encuadran las decenas del Ave y, como ésa oración es la misma de Jesucristo y contiene en su divina perfección todo lo que Dios ha querido que le pidamos, estamos seguros de ser oídos.




MISA

Las alegrías saboreadas en las diversas solemnidades de la Madre de Dios se encuentran en esta, que las resume todas para nosotros, para los Ángeles, y aun para Nuestra Señora.  Como los Ángeles, ofrezcamos, pues, con Ella, los justos sentimientos de nuestra alegría al Hijo de Dios, Hijo suyo, su Rey y Rey nuestro.

INTROITO
Alegrémonos todos en el Señor, al celebrar esta fiesta en honor de Santa María Virgen: de cuya solemnidad se alegran los Ángeles, y alaban juntos al Hijo de Dios. Salmo: Brota de mi corazón Una palabra buena: dedico mis obras al Rey. J. Gloria al Padre.

Los misterios del Hijo y de la Madre son enseñanza y esperanza nuestra. Sean también la regla de nuestra vida mortal y garantía de nuestra eternidad: eso es lo que pide la Iglesia en la Colecta.

COLECTA
Oh Dios, cuyo Unigénito nos alcanzó, por medio de su vida, de su muerte y de su resurrección, los premios de la salud eterna: haz, te suplicamos, que, al recordar estos Misterios en el sacratísimo Rosario de la Virgen Santa María, imitemos lo que contienen y consigamos lo que prometen. Por el mismo Nuestro Señor Jesucristo.

EPISTOLA
Lección del libro de la Sabiduría (Prov., VIII, 22-25,32-35).
El Señor me tuvo consigo desde el principio de sus obras, antes que al principio hiciese él cosa alguna. Desde la eternidad fui constituida; desde el comienzo, antes que fuese hecha la tierra. No existían aún los abismos y yo estaba ya concebida. Ahora, pues, hijos míos, oídme: Bienaventurados quienes siguen mis caminos: Atended al consejo y sed sabios y no le menospreciéis. Bienaventurado el hombre que me escucha y vela a mis puertas cada día y guarda las jambas de mis entradas. Quien me hallare, hallará la vida y alcanzará del Señor la salvación.

NUESTRA SEÑORA EN SU OFICIO DE EDUCADORA, No se esquiva el carácter mariano de esta página del libro de los Proverbios diciendo que se aplica al Verbo Encarnado y, que sólo por una interpretación acomodaticia, la Iglesia la aplica a la Santísima Virgen. No anda con juegos de palabras la Iglesia, ni la Liturgia pasa el tiempo en carambolas. Si se trata de vidas que en el pensamiento de Dios y en la realidad están ligadas íntimamente como la vida del Señor y vida de su Madre, y unidas en un mismo decreto de predestinación, el sentido que se llama acomodaticio, es en sí y debe ser para nosotros uno de los múltiples aspectos del sentido literal. "Para honra de Nuestra Señora, tenemos que mirarla como agente de nuestra educación sobrenatural. Nunca somos grandes para Dios, ni para nuestra madre, ni tampoco para la Madre de Dios. Y como no existe cristianismo sin la Santísima Virgen, falta algo a toda vida sobrenatural cuando el amor delicado para la Santísima Virgen no ocupa su lugar en ella junto al amor de Dios. "Nuestra Señora es todo lo que dice a los que la escuchan y la aman: ejemplo, caridad, influencia persuasiva...  "Ella educó a su Hijo y nos educará también a nosotros. A una madre no se la hace resistencia...", En el Gradual felicitamos a la Reina del Santísimo Rosario por su conducta admirable, llena de verdad, de justicia, de dulzura, con que se ganó el amor del Rey Supremo. En el Versículo cantamos la nobleza de su raza, que no tiene parecido en el mundo.

GRADUAL
Por la verdad y la mansedumbre y la justicia, hará tu diestra maravillas. J. Escucha, hija, y mira e inclina tu oído: porque se ha prendado el Rey de tu hermosura. Aleluya, aleluya, f.  Hoy es la solemnidad de la gloriosa Virgen María, del linaje de Abraham, nacida de la tribu de Judá, de la clara estirpe de David. Aleluya.


PALABRAS CELESTIALES. — El Evangelio es el mismo que el de la fiesta del Santo Nombre de María, 12 de septiembre. Es el Evangelio de la Encarnación, cuyas palabras dos veces gloriosas tenemos la dicha de volver a leer. Gloriosas y celestiales porque vienen de Dios: el Ángel, en efecto, es sólo embajador, sus palabras y su mensaje se los confió Dios; gloriosas porque proceden de Nuestra Señora y sólo Ella pudo dar este relato en una forma tan precisa de pormenores, que dan a conocer al testigo de experiencia inmediata.

MENSAJE DE ALEGRÍA. — "El mensaje es un mensaje jubiloso. La alegría hacía mucho tiempo que se había ausentado del mundo; desapareció con el pecado. Toda la economía antigua y toda la historia del género humano estaban cubiertas con un velo de tristeza, como si en sus relaciones con Dios hubiese tenido el hombre siempre conciencia de una enemistad que aún no estaba expiada. El presente mensaje va precedido de un saludo gozoso y de una llamada Pacífica y acariciadora: Ave, es la palabra primera de este saludo, que, pronunciado una vez, se estará repitiendo eternamente."

LA FE DE MARÍA."La fe de Nuestra Señora fué perfecta. Nunca dudó de la verdad, ni siquiera cuando preguntó al ángel cómo se cumpliría el mensaje. Gabriel reveló el modo virginal de la concepción prometida y en nombre; de Dios solicitó el consentimiento a la unión hipostática: para honra de la Virgen y para! honra de la naturaleza humana, Dios quiso que dependiese de Nuestra Señora el lugar que iba' a ocupar en su creación. "Y entonces se pronunció libre y conscientemente la palabra divina que se oirá hasta el ^ fin de los siglos: "He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra". En Nuestra Señora se encuentran todas las"! gracias, toda luz y toda vida; por su santísimo 4 Rosario, ha multiplicado las flores y los frutos en el jardín de la santa Iglesia. Eso es lo que a canta el Ofertorio: por Jesús y con Jesús, no hay ofrenda que acepte Dios y no provenga de María.  

OFERTORIO
En mí está la gracia de todo camino y de la verdad,! en mí está la esperanza de la .vida y de la virtud: yo, como el rosal plantado junto a los ríos de las aguas,! he fructificado.

Como lo indica la Secreta, el Rosario piadosamente meditado nos prepara de un modo digno al Sacrificio del altar, memorial augusto y eminente de los misterios cuyo recuerdo en el corazón de los fieles constituye el fin del santo Rosario.

SECRETA
Suplicamoste , Señor, hagas que nos adaptemos convenientemente éstos dones que van a ser ofrecidos: y que celebremos de tal modo, por medio de los Misterios del sacratísimo Rosario, la vida, la pasión y la gloria de tu Unigénito, que nos hagamos dignos de sus promesas. Él cuál vive y reina contigo. Nuestra alma, al salir del sagrado banquete, no puede quedar estéril-. A ejemplo dé María, flores y perfumes dé virtudes tienen qué sanear la tierra en su derredor y probar al Esposo que no fué infecunda su visita.

COMUNION
Floreced flores, como el lirio, y dad olor, y echad graciosas ramas, entonad cánticos, y alabad al Señor en sus obras. ¡Ojalá, intercediendo cerca de Dios, Nuestra Señora ayude en nosotros al efecto de este Sacramento y de los misterios en que tan gran parte tomó! La Iglesia lo pide en la Poscomunión.

POSCOMUNION
Suplicamoste, Señor, seamos ayudados por las preces de tu Santísima Madre, cuyo Rosario celebramos: para que percibamos la virtud de los Misterios que hemos celebrado y alcancemos el efecto de los Sacramentos que hemos recibido. Tú, que vives.



PLEGARIA A NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO. Te saludo, María, en la suavidad de tus misterios gozosos, y primeramente en la santa Encarnación, que te hizo Madre de mi Salvador y Madre de mi alma, y te doy gracias por la dulce claridad que has traído al mundo. ¡Oh Nuestra Señora de la alegría! Enséñanos las virtudes que hacen mansos los corazones y haz que, en este mundo, donde abundan los dolores, caminen tus hijos en la luz de Dios para que, cogidos de tu mano maternal, logren alcanzar y poseer un día de modo completo el término con que los sostiene tu corazón, es decir, el Hijo de tu amor, Jesucristo Señor Nuestro. Te saludo María, Madre de los Dolores, en los misterios de más amor, en la Pasión y en la muerte de mi Señor Jesucristo; y, juntando mis lágrimas con las tuyas, querría amarte tanto, que mi corazón, traspasado con el tuyo por los clavos que desgarraron a mi Salvador, sangrase con la misma sangre de los Corazones sagrados del Hijo y de la Madre. Y te bendigo, oh Madre del Redentor y Corredentora, en el rojizo esplendor del Amor crucificado, te bendigo por este sacrificio, que ya antes aceptaste en el Templo y que hoy consumas, ofreciendo en perfecto holocausto a la justicia de Dios a ese Hijo de tu cariño y de tu virginidad. Te bendigo por la sangre preciosa que ahora corre para lavar los pecados de los hombres, la cual tuvo su origen en tu Corazón purísimo; y te ruego, oh Madre, que me lleves a las cumbres del amor a que sólo se puede llegar mediante una intima unión con la Pasión y con la muerte de nuestro muy amado Señor Jesús. Te saludo, oh María, en la gloria de tu Majestad Real. Los dolores de la tierra han dado paso a los goces infinitos, y su púrpura de sangre te ha tejido el manto maravilloso que conviene a la Madre del Rey de reyes y a la Reina de los Ángeles. En el esplendor de tus triunfos, Señora digna de nuestro amor, permíteme simplemente levantar mis ojos hacia ti. Mejor que las palabras, te dirán ellos el amor de este hijo tuyo y las ansias que tiene de pasar su eternidad mirándote con Jesús, porque eres bella y eres buena, ¡oh Clementísima, oh Piadosa, oh Dulce Virgen María!