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jueves, 6 de octubre de 2016

Ite Missa Est

6 DE OCTUBRE

SAN BRUNO, CONFESOR


Epístola – Eccli; XXXI, 8-11
Evangelio - San Lucas; XII, 35-40


VIDA CARTUJANA Y CONTEMPLACIÓN. — Entre las varias familias religiosas, a ninguna estima tanto la Iglesia como a la de los Cartujos; con todo, se diría que no hay otra que tome menos parte en los variadísimos servicios en que se emplea en este mundo él celo de los hijos de Dios. Y esto ¿no sería una prueba más de que el celo exterior, por muy loable que sea, no lo es todo ante Dios, ni siquiera lo principal? La Iglesia, y en esto está su fidelidad, aprecia todas las cosas conforme a las preferencias del Esposo; ahora bien, el Señor aprecia mucho menos a sus elegidos por la actividad de su vida, que por la perfección interior de sus almas, y esta perfección se mide por la intensidad de la vida divina, de la cual se dice: "Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto." Y por esta razón la Iglesia anima con los mayores alientos a todo el que es llamado por la gracia a la soledad. En todas las épocas existió esa llamada al desierto. Desde el Profeta Elías hasta el Padre de Foucauld, es larga la lista de los que, ya en Particular, ya en grupo, buscaron lejos del mundo y de su esclavitud, el vivir "con Dios solo y para Dios solo". Pero la forma de vida eremítica que San Bruno inauguró en la soledad de la Cartuja estaba tan bien equilibrada, que únicamente su Orden no necesitó nunca de reforma. Agrupados en un monasterio, los religiosos viven separados, y tan sólo se juntan para la'- oración litúrgica. El tiempo que no dedican a la oración está consagrado al trabajo manual o a la lectura. La Orden cartujana al principio del siglo XIII tendrá una rama femenina y contará hasta 170 monasterios dé hombres y 30 de mujeres." "El Cartujo vive en la soledad para buscar a Dios." Pero ¿por qué?, dicen algunos. ¿No está Dios en todas partes? Sí, Dios es omnipresente;" y por eso la dificultad para encontrarle no proviene de El sino de nosotros mismos, de nuestro espíritu, que es asaltado con mil distracciones por los cuidados del mundo. Por el contrario,' una vez que el alma se halla retirada en soledad, se vuelve hacia Dios; y en el silencio, que va creciendo en ella de modo gradual, se deja oír la voz del Espíritu Santo, que antes ahogaban los ruidos de la tierra. Pasmada, el alma corresponde; y en adelante la vida del monje ya no es  más que un diálogo infinitamente dulce con el: Señor, preludio de la eternidad. A veces se siente incapaz para traducir al lenguaje humano la alegría divina que le inunda y no sabe más que exclamar con San Bruno ante las caricias del Esposo: "O, Bonitas, Bonitas!" pero hay que cumplir algunas condiciones y la primera de todas es la muerte de sí mismo: "Si alguno quiere ser mi discípulo, dijo Jesús, tome su cruz y me siga", es decir, que pase por donde yo pasé, llevando conmigo los pecados de los hombres y muriendo conmigo en la cruz por la Redención del mundo. El lado positivo de la vida contemplativa queda bien indicado por esas palabras: es una muerte, pero en Cristo y para vivir eternamente con El; es un sufrimiento, pero, unido al sufrimiento del Salvador, se enriquece de todos los poderes y de toda la santidad de su Pasión. Y la unión de Jesucristo y su monje llega a ser tal, que Jesucristo la considera "como una segunda humanidad" para continuar y llevar a su término la obra de la Redención.

UTILIDAD DE LOS CONTEMPLATIVOS. — Toda vida religiosa se derrama en el mundo de las almas. Esa vida, santificante para el contemplativo, lo es también de modo principal para el prójimo. "Fácilmente se echa de ver que los que cumplen asiduamente con el deber de la oración y de la penitencia, mucho más aún que los que cultivan con su trabajo el campo del Señor, contribuyen a los progresos de la Iglesia y de la salvación del género humano, porque, si aquellos no hiciesen bajar del cielo la abundancia de las gracias divinas para regar ese campo, los obreros evangélicos no sacarían de su trabajo más que frutos bien menguados" Los hombres no entienden de esta utilidad sobrenatural del contemplativo. El mundo le desprecia porque no comprende más que lo que ve y porque su mirada no puede ir más allá de lo inmediatamente perceptible para los sentidos. Es natural y el mismo Señor tuvo empeño en advertirlo: "Si fueseis del mundo, dijo, el mundo amaría lo suyo; pero, porque no sois del mundo, por eso el mundo os odia"; porque el hombre sólo puede amar en su prójimo lo que él posee en sí mismo.

VIDA. — Bruno nació en Colonia hacia el año 1035. Muy joven aún, se encaminó para Reims, cuyas escuelas eran famosas. Su inteligencia se desarrolló rápidamente y fueron tales sus progresos, que el Arzobispo de Reims le confió pronto el cargo de Maestrescuela  de la Catedral, lo que le confería la dirección de los estudios y la inspección de las escuelas de la diócesis. El nuevo maestro tuvo muchos y entusiastas discípulos, entre otros se cuenta Eudes de Chátillon, el futuro Papa Urbano II. Bruno era sabio y letrado, conocía el griego y el hebreo, y esto, añadido a sus gustos poéticos y a su amabilidad natural, explica el entusiasmo a que daban lugar sus comentarios de la Escritura. Su creciente autoridad y la reputación de su santidad no tardaron en suscitarle numerosos enemigos. Por haber defendido la justicia y la ortodoxia contra un prelado indigno, perdió Bruno su cargo, sus títulos y sus bienes. Y hasta se le obligó a desterrarse. Cuando volvió en 1082, después de deponer a su perseguidor, se pensó en ponerle de sucesor del prelado simoníaco. Pero Bruno había comprendido la vanidad de las cosas creadas y tenía hecho ya el voto de entregarse a Dios. Con dos amigos se fué a Molesme, donde San Roberto, San Alberico y San Esteban Harding preparaban una forma de vida monástica que vendría a parar en la Orden Cisterciense. Pero muy fervorosa y todo, la vida que en este monasterio se llevaba no respondía a los deseos de su alma. Necesitaba el silencio y la soledad absoluta. Un ensayo que hizo en un pequeño eremitorio dependiente de Molesme, le convenció más aún de la realidad de esta aspiración; y, al principio de 1084, salió para el Delfinado con algunos compañeros. El Obispo de Grenoble, San Hugo de Cháteauneuf, su antiguo discípulo de Reims, recibió con alegría al pequeño grupo que contaba siete personas, y él mismo le llevó al lugar salvaje y entonces casi inaccesible del desierto de la Cartuja. Al poco tiempo se empezó la construcción de un monasterio y al año siguiente, marzo de 1085, se consagró la iglesia. Este pequeño eremitorio, concebido de un modo totalmente nuevo, iba a servir de modelo para las Cartujas de todo el mundo. No duró mucho la tranquilidad de Bruno. Desde la primavera de 1090, una carta de Urbano II le ordenaba ir a Roma "para el servicio de la Sede Apostólica". Pero Dios le llamaba a más alta vocación que los asuntos de este mundo, por útiles que éstos fuesen. El Papa lo comprendió y le concedió por fin permiso para retirarse al desierto, pero con una sola condición, la  de que no saliese de Italia. Sólo unos meses paso en la Corte Pontificia, y al fin de este mismo año de loso marchó Bruno a la soledad de Squillace, donde el Conde de Calabria, Roberto Guiscardo, le había concedido vastos terrenos. Y allí se durmió en la paz del Señor el 6 de octubre de 1101.

PLEGARIA AL PATRIARCA DEL DESIERTO. — Bendice, oh Bruno, el contento agradecido de los hijos de Dios. Tú, que en el curso de tu vida mortal, adornaste el jardín del Esposo con uno de sus más bellos árboles, enseña la virtud de la adoración silenciosa a los hombres ensordecidos por el bullicio de la acción. Guía a las fuentes de la vida a un mundo llevado por una larga incredulidad hasta el borde del abismo. Tus hijos conservan en la tranquilidad de sus tradiciones, como algo muy querido, ese privilegio de los perfectos que la Iglesia no deja de reconocerles en nuestros tiempos de agitada actividad. Sencilla, como todos ellos, es la Historia de su Orden, en la que lo sobrenatural, no obstante llenarlo todo, parece que huye de lo maravilloso y del milagro. Mantén, oh Bruno, a tus hijos en este espíritu, que ciertamente fué el tuyo, y haz que aprovechemos la enseñanza que nos dan. Alcance tu oración a todos los contemplativos, e incline hacia ellos el amor divino en cuya fuente te sacias sin interrupción. Guíalos, si no por el silencio del desierto, al menos siempre por la soledad del amor, para que las adoraciones de su vida de holocausto y de acción de gracjas, sean consideradas dignas de llenar el incensario de oro que sus ángeles presentan a Dios. Té formaron dos naciones. Si la Alemania católica, te vió nacer, Francia te alimentó y de tal forma modeló tu espíritu, que te han podido llamar Bruno el Francés. Acuérdate de este doble origen, y junta en un mismo amor y en defensa de la misma fe a estos dos pueblos tan vecinos y que viven separados por crueles discordias. Finalmente, haznos conocer los esplendores del amor divino; descúbrenos los secretos de la belleza "que hace enmudecer", y reúnenos a nosotros, hijos ingratos, en el corazón de nuestro Padre, para que a ejemplo tuyo el mundo comprenda "que lo real es vivir para Dios únicamente".