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viernes, 21 de octubre de 2016

Ite Missa Est


21 DE OCTUBRE
SAN HILARION, ABAD



EL PADRE DE LOS MONJES SIRIOS. — "En Siria no se conocía monje alguno antes de San Hilarión, dice su historiador San Jerónimo. Es el fundador de la vida monástica en aquella tierra y el maestro de los que la abrazaron. Nuestro Señor Jesucristo tenía a Antonio en Egipto, a Hilarión en Palestina; el primero, lleno de años y el segundo, todavía joven”. Ahora bien, el Señor no tardó en levantar a éste sobre pedestal de gloria, de modo que Antonio decía a los enfermos atraídos desde Siria por la fama de sus milagros: "¿Por qué os cansáis en venir de tan lejos, cuando tan cerca está de vosotros mi discípulo Hilarión  Con todo, Hilarión sólo había pasado dos meses junto a Antonio; al cabo de ellos el patriarca le dijo: "Hijo, ten perseverancia hasta el fin; y tu trabajo te valdrá las delicias del cielo." Después, vistiéndole un cilicio y una túnica de pieles a este niño de quince años, que ya no volvería a ver, le envió a santificar las soledades de su patria, mientras él se' iba adentrando más y más en el desierto.


LA LUCHA CON EL DIABLO. — El enemigo del género humano, al ver en el recién llegado de la soledad un adversario temible, emprendió contra él terribles combates. A pesar de sus ayunos la carne del joven asceta fué el primer cómplice" del infierno. Pero, sin compasión para un cuerpo tan delicado y tan débil, que, según el historiador, parecía que cualquier esfuerzo le iba a reducir a la nada, Hilarión exclamaba indignado: "Asno, ya me arreglaré yo para que no tires coces; te someteré por el hambre, te fatigaré con la carga, te haré andar todo el día y sentirás tanto el hambre, que no pensarás en el placer". Por esta parte el enemigo quedó vencido, pero encontró otros aliados figurándose que así, haría volver a Hilarión por el temor a parajes habitados. A los ladrones que se lanzaban sobre su pobre choza de juncos, el Santo decía el Santo decía sonriendo: "El que está desnudo no teme a los ladrones" Y éstos, admirados de tan encumbrada virtud, no disimulaban su admiración y prometían enmendar su vida. y era llegado el momento de entrar el diablo en la lucha, como lo hizo con Antonio y con el mismo fracaso. Ningún desorden podía llegar a las regiones serenas a que esta alma sencilla había subido. Un día en que el demonio, entrando en el cuerpo de un camello y volviéndole furioso, se lanzaba sobre el Santo con alaridos horribles, oyó esta réplica: "No me asustas; zorro o camello, contigo es lo mismo". Y la enorme bestia caía, vencida, a sus pies. Más dura fué la prueba y más hábil el ardil de parte del infierno, al querer evitar la gran afluencia de gente que sin cesar asediaba su pobre celdilla; Hilarión comprendió que el enemigo se convertía maliciosamente en portavoz de su fama y quería traerle de todos los rincones del mundo aquellas multitudes que le oprimían el alma. Le fué inútil salir de Siria y recorrer Egipto en todas las direcciones; acosado de desierto en desierto, vanamente cruza el mar, con la esperanza de ocultarse en Sicilia, en Dalmacia o en Chipre. Desde el navío que le conduce al interior de las Cicladas, en todas las islas oye que los espíritus infernales se citan en las ciudades y en los pueblos y acuden a los lugares por donde pasa. Al llegar a Pafos, el mismo concurso de demonios que llevan tras de sí multitudes humanas; al fin, Dios, teniendo compasión de su siervo, le procura un lugar inaccesible, en el cual se encuentra solo, rodeado día y noche de legiones diabólicas. Lejos de temer, dice su biógrafo, gozaba de verse rodeado de tales camaradas, que tan bien conocía por sus luchas de antaño, y allí vivió con gran paz los cinco años que precedieron a su muerte.

VIDA.Damos el relato que le dedica la Iglesia, resumen del de San Jerónimo. Hilarión nació en Tebate, Palestina, de padres infieles, quienes le enviaron a Alejandría a hacer sus estudios; allí brilló por fe pureza de su vida y por su talento, pero hizo mayores progresos aún en la fe y en la caridad al abrazar la religión de Jesucristo. Constante en acudir a la iglesia, en ayunar y en hacer oración, despreciaba todos los falsos placeres y refrenaba los deseos terrenales. Célebre era por entonces en todo Egipto el nombre de Antonio; por verle, hizo un viaje al desierto; en los dos meses que pasó junto a él, pudo aprender totalmente su género de vida. Al volver a su casa, se encontró con que habían muerto sus padres, distribuyó su herencia a los pobres y, sin cumplir los dieciséis años, tomó el camino de la soledad. Apenas cabía en la angosta choza que allí construyó. Dormía en el suelo. Jamás lavó o se cambió el saco que entonces vistió, porque decía que era superfluo cuidar un cilicio. Ocupaba gran parte de su vida la lectura y el estudio de las Sagradas Escrituras. Unos higos y el jugo de las hierbas constituían su alimento, que no tomaba nunca antes de ponerse el sol. Su mortificación y su humildad rayaban en lo increíble; estas virtudes y otras le dieron el triunfo sobre múltiples y horribles tentaciones del infierno y el poder de arrojar infinidad de demonios de los cuerpos que se habían adueñado en muy diversos países. Fundador de numerosos monasterios e ilustre por los milagros, al llegar a los ochenta años, la enfermedad le asaltó; en la violencia ¿el mal y pronto a exhalar el último suspiro, decía: sal, ¿qué temes? Sal, alma mía, ¿por qué vacilas? hace casi setenta años que sirves a Cristo y ¿te asusta la muerte? A estas palabras expiró.

EL TEMOR DE DIOS.— ¡Ser un Hilarión y tender el morir! Si esto ocurre en el leño verde, ¿qué será en el seco Santo ilustre, penétranos de la esperanza de los juicios de Dios. Enséñanos que el temor cristiano no excluye el amor. Más bien, al contrario, abre paso a sus entradas y a él conduce, para luego hacerle escolta a lo largo del sendero de la vida como un guardián atento y fiel. Ese temor fué tu seguridad en el momento supremo; ¡ojalá que después de haber sido guía seguro en nuestros caminos como lo fué en los tuyos, nos introduzca también a nosotros directamente en los cielos!

EL MISMO DÍA
SANTA URSULA Y SUS COMPAÑERAS
MARTIRES



San Hilarión fué de los primeros Confesores, si no el primero que tuvo culto público junto a los Mártires. En Occidente, Úrsula y sus compañeras mártires unen su gloriosa aureola a la del santo monje a quien la Iglesia h a reservado los primeros honores de este día.


LAS MÁRTIRES DE COLONIA. — Nos refiere la leyenda que a fines del siglo IV, fueron martirizadas once mil vírgenes en Colonia por los cien mil germanos bárbaros que resolvieron invadir y saquear las ricas provincias romanas de las riberas del Rin. La crítica actual no es t a n generosa. Esta nos dice que entre los años 350 y 450, Clemacio, personaje de categoría senatorial, restauró una basílica que se construyó en Colonia sobré el sepulcro de unas vírgenes que habían derramado su sangre por Cristo. Este edificio era de modestas dimensiones y no podía encerrar muchos sepulcros. La inscripción que mandó grabar y que se la considera auténtica, nos permite creer que existía, pues, en Colonia un culto a las vírgenes mártires. Por no existir u n documento claro, hoy nos es imposible fijar la fecha del martirio de estas vírgenes; su número no aparece tampoco hasta el siglo IX  y más tarde todavía el nombre de Ursula. Es verosímil que fueron once, no once mil.

PATRONA DE LAS UNIVERSIDADES. — Sea de ello que quiera, la devoción del pueblo cristiano para con ellas fué grande. Patronas de Colonia, se las consideró también como patronas de Francia desde el siglo vm; San Alberto Magno las escogía como patronas de los altos estudios teológicos de la Universidad de Colonia, y siguió su ejemplo en la Sorbona Santo Tomás de Aquino, en Coimbra Suárez y en Austria los arzobispos de Viena. Los grandes maestros de la teología estaban convencidos de que, poniendo ante los ojos de sus discípulos el cuadro de las virtudes heroicas de estas jóvenes mártires, les comunicarían ese desprecio obligado de la carne y de la sangre y esa elevación de alma que facilitan al espíritu los trabajos intelectuales.


...Y DE LAS HIJAS DE SANTA ANGELA DE MÉRICI. Santa Angela de Mérici, al fundar en 1536 una Compañía de vírgenes consagradas al apostolado y a la enseñanza, las llamó ursulinas y las dió por protectora a Santa Ursula, venerada en toda la Europa cristiana como mártir de la virginidad y campeón de la cultura contra la barbarie. Recitemos las dos estrofas siguientes del beato Hermann, en honor de las mártires de Colonia: "Vírgenes gloriosas, oíd mi oración y, al llegar la muerte, venid rápidamente en mi ayuda; estad presentes en el momento temible y defendedme de los asaltos de los demonios. "Ninguna de vosotras falte; y al frente de vosotras esté, antes que nadie, la Virgen María. Si todavía queda en mí alguna mancha, purificadme de ella con vuestra oración. Advierta el enemigo vuestra presencia y sea confundido."