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martes, 25 de octubre de 2016

ESCRITOS SUELTOS DEL LIC. Y MARTIR ANACLETO GONZALES FLORES, “EL MAISTRO”

CRUCIFÍCALE, CRUCIFÍCALE


Las consignaciones están a la orden del día. Y la consignación del valiente Arzobispo de México, han venido más consignaciones contra los demás Príncipes de la Iglesia Mexicana. Y tras de estas consignaciones, si la revolución hoy quiere ser lógica y no quiere desviarse de la trayectoria por donde debe seguir su marcha de vértigo y de barbarie, tendrá que venir forzosamente, inevitablemente una consignación estupenda por su significado y por su número: tendrá que venir la consignación del pueblo mexicano, más aún, la consignación de la Patria misma.

Porque sordo y ciego, con la sordera y la ceguera de las pasiones hechas tumulto, se necesita estar, para no comprender que desde el instante mismo en que los constituyentes de diecisiete, ebrios de jacobinismo, consagraron la guerra a muerte a la Iglesia Católica y la mutilaron y la despojaron, tendría que empinarse por encima de las puntas de las espadas y de las bayonetas la cabeza gigantesca del pueblo para maldecir, con un grito resonante e inextinguible salido de todas las tumbas, escapado de cada ruina y de cada escombro, de cada edificio, de cada monumento y sobre todo de las raíces más hondas y complicadas de nuestra historia y nuestra tradición, todos los artículos constitucionales que contradicen y desgarran las entrañas vivas y fuertes de la psicología nacional.

La revolución parece mostrarse llena de sorpresa ante la protesta gallarda, serena, tranquila como el gesto de Sócrates, el primer perseguido por llevar la bandera del pensamiento en alto y como la sublime actitud de Jesús, el más fuerte abanderado de la libertad, con que han saludo a los Prelados Mexicanos, los artículos sectarios de la Constitución del diecisiete, pero la revolución no ha pasado aún por la sorpresa que le espera en el camino de las consignaciones y tendrá que encontrarse cara a caro con el pueblo mismo que junta su grito clamoroso de maldición a la palabra de sus pastores: A impulso de su espíritu inmenso, dice Chesterton al referirse a estas victoriosas palabras de Jesús: «El día que éstos callen gritarán las piedras», se alzaron cual ecos clamorosos, las fachadas de las catedrales de la Edad Media, pobladas de caras chillones de bocas abiertas.

Y así, poblado de bocas abiertas que protestan desde cada página de nuestra historia, desde cada puñado de polvo de nuestros envejecidos cementerios, desde cada piedra de nuestros templos, desde cada recuerdo de nuestros muertos, desde cada fibra estropeada y herida del alma nacional, ha encontrado y encontrará la revolución el camino de las consignaciones por donde se ha precipitado.

Y llegará un momento en que ante el erizamiento de brazos que protestan contra la mutilación de la Iglesia y contra su desangramiento, la revolución vuelva atrás para no encontrarse cara a cara del gran esclavo, del gran abofeteado, del gran paria escarnecido o tendrá que abrir una cárcel en cada hogar, y faltarán puños de verdugos para atar manos de esclavos y para cortar cabezas de mártires.

Lo raro y más que lo raro, la imbecilidad de la revolución ha consistido en pensar que a un pueblo se le pueda atar a las culatas de las bayonetas, se le pueda magullar el cuerpo, se le pueda encarcelar su pensamiento y sus creencias, sin que jamás se deje sentir un sacudimiento de indignación, sin que nunca haya un grito de protesta y sin haber logrado otra cosa que haber conquistado renombre y fama de verdugo, de profanador de conciencias y de déspota.

La revolución el día de la orgía del jacobinismo debió pensar, si es que pudo y puede pensar, que en cada una de las páginas de la historia de cada revolución, lo que resalta, lo que sobrepuja a la rabia, al furor y a la cuchilla de los revolucionarios, es la resurrección irresistible, el retoñar desbordante y avasallador de los pensamientos, de los sistemas y de las tendencias odiados por los innovadores.

Hoy mismo Francia, en plena resurrección, pasea los estandartes de Juana de Arco, la empuñadura de Carlomagno y el ideal de San Luis, caído el noventa y tres bajo el filo de la guillotina, por encima de la carcajada de Voltaire,[1] de la tumba olvidada de Mirabeau y del olvido de Robespierre. Y es que se cumple matemáticamente, irresistiblemente la profecía dicha por el Nazareno desde la pollina con las pezuñas hundidas en las ramas de olivos: Si éstos callen, gritarán las piedras.

Y todos los días, minuto a minuto, allí donde la revolución desnuda su puñal para acuchillar a Cristo hecho vida y tradición en las conciencias, si los pueblos callan (y nunca callan, ni callarán) las piedras hablan y tarde o temprano se juntan el clamor de los muertos y el clamor de los vivos para cantar por millonésima vez el hosanna y ensordecer, aturdir a los perseguidores rodeados de legionarios.

Dos mil de enconado fracaso, desde Pilatos a Nerón, desde Diocleciano hasta Cromwell, desde Cromwell hasta Dantón[2] y desde Dantón hasta Bismarck, no han bastado para dejar definitivamente comprobada la vitalidad indestructible de Cristo y su poder invencible de dejarse crucificar y de resucitar bajo la empuñadura de la espada de los verdugos, más aún: la revolución, aparte de haber ignorado todo esto o de olvidarlo, ha fingido no oír todo el clamor de todas las casas y de todas las almas cuando a dejado caer su mano de verdugo.

Pero a cada golpe y a cada desgarradura, han contestado con un grito de indignación las mismas mujeres de los revolucionarios, sus propios recuerdos, su propia vida. Y juntamente con todo esto, las sombras de todos nuestros muertos desde Gante y Quiroga, hasta Alcalde[3] y Cabañas,[4] las canteras mutiladas de nuestros monumentos y la carne viva y estrujada de catorce millones de mexicanos.

Todo grita, todo protesta, contra el jacobinismo rancio de la Constitución, y en torno de los Prelados se alza, en erizamiento inmenso ante todo y sobre todo, el pueblo el rey de burlas de la democracia moderna y de la revolución. La revolución debe consignar al pueblo para ser lógica; así aparecerá en plena luz su barbarie y su despotismo. Por esto y hoy que se trata de consignaciones le decimos a la revolución: el pueblo también protesta; mira el erizamiento de sus puños crispados; [escucha el] crucifícale, crucifícale, y luego [ve al representante del César que] escribe sobre su frente otra vez la eterna fórmula de la farsa eterna de todas las revoluciones: este es el rey.




[1] VOLTAIRE, Francois-Marie Arouet, apodado (1694-1778). Pensador francés, analítico y corrosivo, defendió el despotismo ilustrado y las libertades individuales.
[2] DANTÓN, Jorge Jacobo (1759-1794). Revolucionario francés de raíces aristócratas. Miembro de la Convención, proclamó la República en 1792.
[3] ALCALDE y Barriga, fray Antonio (1701-1792). Religioso dominico y prelado español, fue obispo de Yucatán (1763) y de Guadalajara (1771-1792), de la que fue benefactor.
[4] RUIZ de Cabañas, Juan Cruz (1752-1824). Obispo y benefactor de Guadalajara, diócesis que gobernó de 1796 a 1824. Entre sus obras destaca la Casa de Misericordia.

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