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miércoles, 12 de octubre de 2016

ESCRITOS SUELTOS DEL LIC. Y MARTIR ANACLETO GONZALES FLORES, “EL MAISTRO”

LAS TOGAS ENSANGRENTADAS


Hay un verdadero furor obgregonista. De antemano –como todas las actuales agitaciones políticas– es preciso decir que ese furor es solamente político o para hablar con más exactitud, es solamente de los políticos. Y son ellos –los políticos– los que en estos instantes se muestran poseídos de ese furor. Y la metrópoli ha sido o está siendo teatro de todas las ruidosas y artificiales manifestaciones hechas en derredor de Obregón. Los arrebatos que padecen los obregonistas han llegado al delirio, sobre todo en las últimas reuniones habidas en la capital de la república. Pero por más que se ha querido y se quiere hacer aparecer esas manifestaciones como la expresión más alta y genuina de la opinión pública, todo el mundo sabe que no se trata más que del furor futurista desatado exclusivamente por los políticos y entre los políticos. No hay otra cosa.

Obregón ha dicho clara y terminantemente que en la tan delicada cuestión de que sea o no el reelegido, espera el fallo solemne de la opinión pública. Obregón –al pronunciar esas palabras– no ha hecho más que clavar sobre la frente del pueblo la saeta afilada de la ironía. Porque nada ni tan alto, ni tan solemne, ni tan definitivo como la significación de la tragedia. Y si bien es cierto, que los revolucionarios se han empeñado en hacer –con vidas y con sangre– solamente comedias; las vidas mojadas de sangre siempre han tenido y tendrán todo el arrebato conmovedor y casi sagrado de la tragedia. Y la opinión pública en punto a reelección, ya pronunció su fallo una vez. No lo volverá a pronunciar, porque no querrá volverse a echarse debajo de los pies de los revolucionarios para ser profanada.

Y la opinión pública escribió su fallo con lo que hay más sagrado y respetable entre las cosas puramente humanas. Ha escrito su fallo con los dedos empapados en su propia sangre en medio de muchas de sus profundas y dolorosas tragedias. Más claro: ha querido que su fallo tenga toda la alta, toda la inmensa solemnidad de la sangre que enrojece la tragedia.

¿Para qué volver a enunciar su fallo si ya está allí todo entero, inconfundible y avasallador delante de todos los ojos? No es la opinión pública la que hablará, ni su fallo lo que debe esperarse.

Lo que esperan los vivos y los muertos que han sido autores y testigos de toda esa inmensa tragedia con que la opinión pública expresó su indudable condenación de Porfirio Díaz,[1] sucesor primero de su maniquí Manuel González[2] y más tarde sucesor de sí mismo, cuantas veces quiso y pudo, es saber si por centésima vez los revolucionarios se atreven a intentar cambiar el significado de aquella tragedia para reducirla a una vil y mezquina comedia. Esto es lo que esperan los vivos y los muertos. Y esto es también lo que espera la opinión pública. Ella ha guardado y guardará n profundo silencio frente al furor obregonista.

No abrirá sus labios para condenar ni para absolver a Obregón. Porque de antemano ha condenado a Obregón sucesor de Calles y a Obregón sucesor de sí mismo. Porque no hay diferencia entre reelegirse al día siguiente de haber sido presidente y haber tenido la máquina administrativa en las manos y reelegirse varios años después teniendo asidas irrompiblemente las manos que tienen el poder. No es pues la sentencia de la opinión pública la que debe esperarse, porque esperarla, después de haber sido escrita con sangre en cien páginas y con millares de vidas desgarradas, es burlarse de la significación innegablemente solemne y acerada de toda una inmensa tragedia cuya sangre moja aún muchas manos y muchas frentes. Esperar un nuevo fallo es querer hacer de esa tragedia una comedia infame y vulgar. El furor obregonista va para allá.

Intentará hacer una comedia con los recuerdos de muchos muertos y la sangre y las amarguras de muchos vivos; pero no lo conseguirá. Porque el sentido solemne de esa tragedia lo defienden los recuerdos de los muertos y la sangre vertida por los vivos. Y la opinión pública –como Marco Antonio,[3] que para demostrar las iras de la muchedumbre no hizo más que levantar las vestiduras desgarradas de César– no hará más que levantar todas las togas ensangrentadas para condenar, por centésima vez, a todos los comediantes.



[1] DÍAZ, Porfirio (1830-1915). General y político mexicano, fue presidente de la República en 1876, de 1877 a 1880 y 1884 a 1911. Su gestión dictatorial provocó una revolución.
[2] GONZÁLEZ, Manuel (1833-1893). Militar mexicano, de escaso talento pero lealtad incondicional a Porfirio Díaz, quien lo elevó, para utilizarlo, a la Presidencia de México.
[3] MARCO ANTONIO (83-30 a.C.). Militar romano, organizó el segundó triunvirato con Octavio y Lépido (43). Aliado con Cleopatra de Egipto, se suicidó en el sitio de Alejandría.