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sábado, 22 de octubre de 2016

El Calvario y la Misa Por Mons. Fulton J. Sheen

PARTE SÉPTIMA
EL ULTIMO EVANGELIO
Padre, en tus manos
encomiendo mi espíritu'
(Luc. 23, 46.)

Es una hermosa paradoja que el último evangelio nos vuelva al principio, pues comienza con esas palabras: "En el principio'*. Así es la vida. El término de esta vida es el comienzo de la futura. Con toda propiedad la Ultima Palabra de Nuestro Señor fue su Ultimo Evangelio: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Como el último evangelio de la Misa también éste vuelve al Señor al principio, porque ahora regresa al Padre del cual salió. Había terminado su Obra. Comenzó su Misa con la Palabra "Padre" y la termina con la misma. "Todo lo perfecto —dirían los Griegos— se mueve circularmente" Como los grandes planetas sólo después de un largo periodo completan sus órbitas y entonces regresan de nuevo al punto de partida, cual si quisieran saludar a Aquel que los envió a su jornada, así el Verbo Encarnado, que bajó a celebrar su Misa, terminada ahora su carrera terrena, vuelve de nuevo a su Padre celestial que le envió a la jornada de la Redención del mundo. El Hijo Pródigo está a punto de volver a ia casa de su Padre, porque ¿acaso no es El el Hijo Pródigo? Treinta y tres años hace que dejó la Casa de su Padre y las bendiciones del cielo y bajó a esta tierra nuestra que es un país extranjero, ya que es extranjero todo país que está fuera de la Casa del Padre. Durante treinta y tres años había gastado su hacienda. Gastó la hacienda de su verdad en la infalibilidad de su Iglesia; gastó la hacienda de su Poder en la autoridad concedida a los Apostolesy a sus sucesores; gastó la hacienda de su vida en la Redención y en los Sacramentos. Ahora, que hasta la última moneda se ha gastado, vuelve anhelosamente de nuevo los ojos a la Casa Paterna y con un poderoso grito entrega su espíritu en los brazos de su Padre; no con la actitud de uno que se sumerge en las tinieblas, sino como quien sabe donde va; al encuentro en el Hogar con su Padre.

En la Última Palabra y Ultimo Evangelio que le devuelve al Principio de todo cuanto comienza, esto es, a su Padre, se manifiesta la historia y el ritmo de la vida. El fin de todas las cosas debe, en cierta manera, volver a sus principios. Como el Hijo vuelve al Padre; como Nicodemus debe renacer; como el cuerpo vuelve al barro, así el alma del hombre, que vino de Dios, debe un día volver a Dios. La muerte no acaba con todo. La fría tierra que cubre la sepultura no señala el fin de la historia del hombre. El modo como ha vivido en esta vida determina cómo vivirá en la próxima. Si buscó a Dios durante la vida, su muerte será semejante al abrir de la jaula, capacitándole para usar sus alas y volar a los brazos del Amado Divino. Si huyó de Dios durante la vida, la muerte será el principio de una eterna huida de la vida, la verdad y el amor —y eso es el infierno. Ante el trono de Dios, de quien vinimos a nuestro noviciado terrenal, deberemos comparecer un día a rendir cuentas de nuestro servicio. No habrá criatura humana que, recogida la última gavilla, no sea contada entre los que aceptaron o rechazaron el don de la Redención, y que, en la aceptación o rechazo de ese don, no haya firmado la escritura de su eterno destino. Como las ventas son comprobadas en la caja registradora al terminar el negocio diario, así nuestros pensamientos, palabras y hechos serán examinados en el Juicio final. Si hemos vivido a la sombra de la Cruz, la muerte no será un fin, sino un principio de la eterna vida; en lugar de una separación será un encuentro; en lugar de una partida será una llegada; en lugar de estar al fin será un Ultimo Evangelio, un volver al principio. Cuando una voz susurre "Sal de este mundo", la voz del Padre dirá: "Hijo mío, ven a mí". Hemos sido enviados a este mundo como hijos de Dios para asistir al Santo Sacrificio de la Misa, Debemos ocupar nuestro puesto a los pies de la Cruz, y como los que junto a ella estuvieron el primer día, habremos de dar cuenta de nuestra fidelidad. El Señor nos ha dado el trigo y las uvas de la vida, y, como los hombres del Evangelio, a quienes se dieron los talentos, tendremos que dar cuenta de este don divino. Dios nos ha dado nuestras vidas como trigo y uvas. Es nuestro deber consagrarlas y devolverlas a Dios como pan y vino, transustanciadas, divinizadas y espiritualizadas. Debemos llevar las gavillas en nuestros brazos pasada la primavera de ía peregrinación terrena. Para eso está el Calvario erigido en medio de nosotros, y para eso estamos nosotros en la colina sagrada. No hemos sido hechos para meros espectadores, que jugamos nuestros dados como los verdugos de entonces, sino para ser participantes del misterio de la cruz. Si hay algún modo de pintar el Juicio con trazos de la Misa, será describiendo la manera como el Padre felicitó a su Hijo; esto es, recreándose en sus manos. Llevaban la señal del trabajo, los callos de la redención, las llagas salvadoras. Así también cuando haya terminado nuestra peregrinación terrena y volvamos a nuestro principio, Dios mirará nuestras dos manos. Si en la vida se juntaron con las de su Divino Hijo, llevarán las mismas marcas lívidas de los clavos; si nuestros pies caminaron el mismo camino que lleva a la eternal gloria, a través de un desearnado y espinoso Calvario, ostentarán las mismas Bagas; si nuestros corazones latieron al unísono con el suyo, también mostrarán ei costado herido que atravesó la dura lanza de ia envidia humana.

¡Dichosos, sin duda, aquellos que en sus manos estigmatizadas llevan el pan y el vino de sus vidas consagradas, subscritas con la firma y selladas con el sello del amor redentor! Pero ¡ay de aquellos que vienen del Calvario con las manos blancas y sin la menor herida...! ¡Quiera Dios que cuando acabe la vida, y la tierra se desvanezca como el sueño de quien despierta, y la eternidad anegue nuestras almas con sus resplandores, podamos con fe humilde y triunfante hacer resonar el eco de la Ultima Palabra de Cristo: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu"! Y así termina la. Misa de Cristo. El Confíteor fue su oración al Padre por el perdón de nuestros pecados; el Ofertorio fue la presentación de las pequeñas hostias del ladrón y nuestras en la patena de la Cruz; el Sanctus fue su encomendarnos a María, la Reina de los Santos; la Consagración fue la separación de la Sangre de su Cuerpo y la separación aparente entre su Divinidad y su Humanidad; la Comunión fue su sed de las almas de los hombres; el Ite Missa est fue la perfección de la Obra de la Salvación; y el Ultimo Evangelio el retorno al Padre, de donde vino. Y ahora que se acabó la misa y ha entregado su espíritu al Padre se dispone a devolver su Cuerpo a su Madre Bendita a los pies de la Cruz. Así nuevamente el fin será el principio; porque en el principio de su vida terrena ella le meció en sus brazos en Belén y ahora en el Calvario El ocupará de nuevo su puesto en ellos. La tierra había sido cruel con El. Sus pies corrieron tras la oveja perdida y nosotros los horadamos con acero; sus manos nos alargaron el Pan de la eterna vida y nosotros las fijamos con clavos; sus labios hablaron la verdad y nosotros los sellamos con hiel; vino a darnos la Vida y nosotros se la quitamos. Ese fue nuestro error capital. Nosotros en realidad no se la quitamos. Nosotros tan sólo tratamos de quitársela. El fue el que espontáneamente la dio. En ninguna parte dicen los Evangelistas que El murió. Dicen: "Entregó su espíritu". Fue una voluntaria y libre donación de la vida. No era la muerte la que se acercó, a El, fue El quien se acercó a la muerte. Por eso, al aproximarse el fin, mandó a. las puertas de la muerte abrirse para El en la presencia del Padre. El cáliz se está vaciando gradualmente del rico vi- no de la salvación. Las rocas de la tierra abren sus agrietados labios para beber, como si estuvieran más sedientas de las aguas salvadoras que los secos corazones de los hombres; la tierra misma se estremece de horror, porque los hombres han levantado la Cruz de Dios sobre ella.

La Magdalena, conforme a su costumbre, se arroja a sus pies, donde la hallará también la aurora da Pascua; Juan, con el rostro transfigurado como moldeado en el amor, oye los latidos del Corazón cuyos secretos aprendió, amó y enseñó; María medita el abismo entre el Calvario y Belén. Hace treinta y tres años María contemplaba este Sagrado Rostro; ahora es El quien la contempla a ella. En Belén los cielos habían buscado la faz de la tierra. Ahora los papeles se han cambiado: El suelo busca la faz del cieJo: pero de un cielo marcado con las cicatrices de la tierra. El la amaba sobre todas las criaturas del mundo, porque era su Madre y la madre de todos nosotros. Fue para ella su primera mirada al venir a la tierra y sería para ella la última mirada al abandonarla. Se encontraron sus ojos con mirada fulgurante de vida y hablaron su lenguaje propio. Hay rompimiento del corazón a través de un éxtasis de amor, luego una cabeza inclinada, un corazón destrozado. En las manos de Dios Él entrega, puro e inocente, su espíritu con una voz fuerte y sonora que canta éter nal victoria. Y María en pie, sola; ¡Madre sin Hijo! ¡Jesús ha muerto! María contempla sus ojos, que son tan claros aun en presencia de la muerte; "Sumo Sacerdote del Cielo y de la tierra. Vuestra misa ha concluido. Dejad el altar de la cruz y entrad en. vuestro Santuario. Como Sumo Sacerdote vinisteis del Santuario del cielo, ataviado con las ropas de la humanidad, vistiendo el cuerpo como pan y la sangre como vino". "Ahora ha terminado el Sacrificio Sonó la campana de la Consagración. Ofrecisteis vuestro Espíritu a] Padre y vuestro Cuerpo y Sangre al hombre. No queda otra cosa que el cáliz vacío. Entrad de nuevo en vuestro Santuario del cielo. Despojaos de las vestiduras de la mortalidad y poneos las blancas ropas de la inmortalidad. Mostrad vuestras manos, pies y costado a vuestro Padre Celestial y decidle: Con estas heridas fui llagado en la Casa de los que me amaban". "Entrad, Sumo Sacerdote, en vuestro celestial Santuario; y, como vuestros embajadores de la tierra levantan en alto el Pan y el Vino, así Vos mostraos a Vuestro Padre en amorosa intercesión por nosotros hasta la consumación de los siglos. La tierra ha sido cruel con Vos, pero Vos seréis bueno con la tierra. La tierra os levantó en la cruz, pero Vos atraeréis a la Cruz la tierra. Abrid la puerta de la celestial sacristía, oh Sumo Sacerdote. He aquí que somos nosotros ahora los que estamos a la puerta y llamamos..." "¿Y qué diremos a Vos, oh María ? María, Vos sois el Ministro del gran Sacerdote. Vos fuisteis su Ministro en Belén cuando vino a Vos como trigo y racimo, en la gruta de Belén. Vos fuisteis su Ministro en la Cruz cuando se convirtió en pan y en vino por medio de su Crucifixión. Vos sois su Ministro ahora, cuando él llega del altar de la cruz trayendo tan sólo el cáliz vacío de su sagrado Cuerpo". "Cuando el cáliz es colocado en vuestro regazo puede parecer que Belén ha vuelto de nuevo porque es aún vuestro Pero sólo lo parece, porque en Belén era el cáliz cuyo oro tenía que ser probado por el fuego; y ahora es el cáliz cuyo oro ha pasado por los fuegos del Gólgota y del Calvario. En Belén era blanco, como salió del Padre, y ahora es rojo como vuelve de nosotros. Pero Vos sois todavía su Ministro. Y, como Inmaculada Madre de todas las víctimas que van al altar, llevadnos a él puros y conservadnos puros hasta el día en que entremos también en el Santuario del Reino de los Cielos, donde Vos seréis nuestro eterno Ministro y El será nuestro eterno Sacerdote". Y ahora me dirijo a vosotros, amigos del Crucificado: vuestro Sumo Sacerdote ha bajado de la cruz, pero nos ha dejado el altar.

En la Cruz estaba solo; en la Misa está con nosotros. En la Cruz sufrió en su cuerpo físico; en el altar sufre en su Cuerpo Místico, que somos nosotros. En la Cruz fue la única Víctima; en el altar somos nosotros las pequeñas hostias y El la grande, renovando su Calvario a través de nosotros. En la Cruz fue el vino, y en la Misa somos las gotas de agua unidas con el vino y consagradas con El. En este sentido El sigue todavía en la cruz, todavía diciendo su Confíteor con nosotros, todavía perdonándonos, todavía encomendándonos a María, todavía sediento de nosotros, todavía acercándonos al Padre; porque tanto como dure el pecado en la tierra quiere El que permanezca la Cruz.

Cuando en torno el silencio me recubre en las horas del día o de la noche, resuena un grito que me pone tenso, clamor que rueda de la Cruz del Monte. La vez primera que me hiere, vuelo, ansioso busco, y sólo encuentro un Hombre en congojas de Cruz. "Te voy a liberar de tus horrores", le grito, y corro a desclavar sus píes Mas al punto su voz me sobrecoge: "¡No Déjame en la Cruz. Cuando todos los hombres las mujeres, los niños, a mis pies se congreguen, sólo entonces me podrán desclavara Grito: Mas soportar tus clamores.., no resisto. ¿En qué puedo  aliviarte?" Y escucho: "Vete, tierra y mar recorre, y di a todo mortal en tu camino: ¡En la Cruz pende un Hombre!"

ELISABETH CHANEY. A . M . D . G.