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jueves, 15 de septiembre de 2016

TRATADO DEL AMOR A DIOS - San Francisco de Sales

CAP. II CONTINUACION
Que nosotros rehusamos con frecuencia la inspiración
y nos negamos a amar a Dios


¡Ay de ti, Corozain! ¡Ay de ti, Betsaia!, porque si en Tiro y en Sidón, se hubiesen hecho los milagros que se han obrado en vosotros, tiempo ha que hubieran hecho penitencia, cubiertos de ceniza y de cilicio”.

Estas son palabras del Salvador. Mira, Teótimo, como los que han tenido menos atractivos se han movido a penitencia, Y  los que han tenido más, han permanecido en su  obstinación; los que tienen menos motivos, acuden a la escuela de la sabiduría, los que tienen  más, persisten en su locura,  Así se hará el juicio comparativo, según lo hacen notar todos los doctores, juicio que no puede tener otro fundamento sino el hecho de Que habiendo sido unos favorecidos con tantas o menos gracias que los otros, habrán rehusado su consentimiento a la misericordia, mientras los otros, habiendo sido objeto de iguales o menores atractivos, habrán seguido la inspiración y se habrán entregado a una santa penitencia; porque ¿cómo es posible echar en cara a los impenitentes su obstinación, sino comparándolos con los que se han convertido? Pero, si es verdad, como lo prueba magníficamente Santo Tomás, que la gracia fue diversa en los ángeles y proporcionada a sus dones naturales, los serafines tuvieron una gracia incomparablemente más excelente que los simples ángeles del último orden. ¿Cómo, pues, pudo ocurrir Que algunos serafines, y el primero entre todos ellos, según la opinión más probable y más común entre los antiguos, cayesen, Y que una considerable multitud de otros ángeles inferiores perseverasen tan excelente y animosamente?

¿Por qué Lucifer, tan encumbrado por naturaleza y sublimado por la gracia, cayó, y tantos ángeles menos aventajados permanecieron fieles hasta el fin? Es cierto que los que perseveraron, deben, por ello, a Dios, toda alabanza, pues, por su misericordia, los creó y los conser- vó buenos; mas Lucifer y todos sus secuaces, ¿a quién pueden atribuir su caída, sino, como dice San Agustín, a su voluntad., la cual, en uso de su libertad, se apartó de la divina gracia, que tan suavemente los había prevenido? ¿Cómo caíste del cielo, oh lucero, tú que, como una hermosa aurora, apareciste en este mundo invisible revestido de la claridad primera, como de los primeros resplandores de una nueva mañana, Que debía crecer hasta el mediodía de la gloria eterna? No te faltó la gracia, pues poseíste, como tu naturaleza, la más excelente de todas; pero faltaste a la gracia. Dios no te había despojado de los efectos de su amor, pero tú negaste a su amor tu cooperación; jamás Dios te hubiera rechazado, si tú no hubieses rechazado su amor. ¡h Dios de bondad! Vos sólo dejáis a los que os dejan; nunca negáis vuestros dones sino a los que os niegan su corazón.

Que no hay que atribuir a la divina Bondad el que
no tengamos un muy excelente amor

¡Oh Dios mío! ¡Con cuán poco tiempo haríamos grandes progresos en la santidad, si recibiésemos las inspiraciones celestiales según toda la plenitud de su eficacia! Por abundante que sea la fuente, nunca sus aguas entrarán en un jardín según su caudal, sino según la estrechez o la anchura del canal por donde sean conducídas. Aunque el Espiritu Santo, como un manantial de agua viva, inunda por todas partes nuestro corazón, para derramar en él su gracia, sin embargo, no queriendo que ésta entre en nosotros sino por el libre consentimiento de nuestra voluntad, no lo vierte sino según la medida de su agrado y de nuestra disposición y cooperación, tal como lo dice el sagrado concilio, el cual también, según me parece, por causa de la correspondencia de nuestro consentimiento con la gracia, llama a la recepción de ésta, recepción voluntaria. En este sentido, nos exhorta San Pablo a no recibir la gracia de Dios en vano Sucede a veces que, sintiéndonos Inspirados para hacer mucho, no aceptamos toda la inspiración, sino tan sólo una parte, como lo hicieron aquellas personas del Evangelio, las cuales, invitadas, por  inspiración de nuestro Señor, a seguirle, quisíeron reservarse: el uno el dar primero sepultura a su padre Y el otro el ir a despedirse de los suyos. Mientras la, pobre viuda tuvo vasijas vacías, el aceite, cuya multiplicación había impetrado milagrosamente Eliseo, no cesó de fluir; mas, cuando yno hubo vasijas para recibirle, dejó de multiplicarse. A medida que nuestro corazón se dilata, o, mejor dicho, a medida que se deja alargar y dilatar y que no rehúsa el vacío de su consentimiento a la misericordia divina, derrama ésta continuamente y vierte sin cesar sus santas inspiraciones, las cuales van creciendo y hacen que crezca más y más nuestro amor santo. Mas, cuando ya no hay vacio y no prestamos más nuestro consentimiento, entonces se detiene.

¿Por qué causa no hemos progresado en el amor de Dios tanto como San Agustín, San Francísco, Santa Catalina de Génova o santa Francisca? Porque Dios no nos ha concedido esta gracia. Mas ¿por qué Dios no nos ha concedido esta gracia, Porque no hemos correspondido cual era debido a sus inspiraciones. Y ¿por qué no hemos correspondido? Porque, siendo libres, hemos abusado de nuestra libertad. El devoto hermano Rufino, con motivo de una visión que tuvo de la gloria a que llegaría el gran Santo Francisco, por su humildad, le hizo esta pregunta: Mi Querido padre, os ruego que me digáis qué opinión tenéis de vos mismo. Respondióle el santo: Ciertamente, me tengo por el mayor pecador del mundo y por el que sirve menos al Señor. Pere, replicó el hermano Rufino, ¿como podéis decir esto en verdad y en conciencia, cuando otros muchos, como es manifiesto, cometen muchos y muy grandes pecados, de los cuales, gracías a Dios, vos estáis exento? Díjole San Francisco: Si Dios hubiese favorecido a todos estos, de quienes hablas, con tanta misericordia como a mí, estoy seguro de que, por malos que ahora sean, hubieran sido mucho más agradecidos que yo a los dones de Dios, y le hubieran servido mucho mejor de lo que yo le sirvo; y, si Dios me abandonase, cometería muchas más maldades que cualquiera de ellos. Ve, pues, Teótimo, el parecer de este hombre, que casi no fue hombre, sino un serafín en la tierra. Es para mí un verdadero oráculo el sentir de este gran doctor en la ciencia de los santos, el cual, educado en la escuela del crucificado, no respiraba sino según las divinas inspiraciones. Por esta causa, dicha sentencia ha sido alabada y repetida por todos los devotos de los tiempos posteriores, muchos de los cuales creen que el gran Apóstol San Pablo habló en el mismo sentido, cuando dijo que era el primero de los pecadores La bienaventurada madre Teresa de Jesús, Virgen, toda ella angelical, hablando de la oración de quietud, dice estas palabras: Son muchas las almas que llegan a este estado, pero muy pocas las que pasan más adelante, no sé por qué Causa. A la verdad, la falta no es por parte de Dios, porque, como quiera que su divina Majestad nos ayuda y nos concede llegar hasta este punto, creo que no dejaría de ayudarnos más, si no fuese por culpa nuestra, por lo que somos nos- otros los que ponemos el obstáculo. Tengamos, mas, cuenta, del amor que debemos a Dios, porque el amor que Él nos tiene no nos faltará.

Que los llamamientos divinos nos dejan en completa
libertad paraseguirlos o, para no aceptarlos

No hablaré aquí, de aquellas gracias milagrosas que han trocado, en un momento, los lobos en corderos, los peñascos en manantiales, y los perseguidores en predicadores. Dejo de un lado estas vocaciones omnipotentes y estas mociones santamente violentas, por las cuales Dios, en un instante, ha hecho pasar algunas almas escogidas del extremo de la culpa al extremo de la gracia, realizando en ellas, si se me permite hablar así, una especie de transubstanciación moral y espiritual, como le aconteció al gran Apóstol que, de Saulo, vaso de persecución, se convirtió súbitamente en Pablo, vaso de elección Hay que colocar en una categoría especial a estas almas privilegiadas, sobre las cuales se ha complacido Dios en derramar sus gracias, no a manera de afluencia, sino de verdadera inun- dación, ejercitando en ellas, no sólo la liberalidad y la efusión, sino la prodigalidad y la profusión de su amor. La justicia divina nos castiga, con frecuencia, en este mundo, con penas que, por ser ordinarias, Son también, casi siempre, desco- nocidas, y pasan inadvertidas. Algunas veces, empero, envía diluvios y abismos de castigos, para que reconozcamos y temamos la severidad de su indignación. De la misma manera, su misericor- dia convierte y premia, comúnmente, a las almas de un modo tan dulce, tan suave y delicado, que casi no se dan cuenta de ello; mas acontece, a veces, que esta bondad soberana rebasa, las riberas ordinarias, y, como un río que, hinchado e impelido por la afluencia de las aguas, sale de madre e inunda la llanura, derrama sus graciascon tanto ímpetu, y al mismo tiempo, con tanto amor, que en un momento cubre y satura el alma de bendiciones, para poner de manifiesto las ríquezas de su amor; y así como su justicia procede generalmente por vía ordinaria, y, a veces, por vía extraordinaria, también su misericordia ejerce su liberalidad por vía ordinaría sobre el común de los hombres, y sobre algunos también por medios extraordinarios.


El lazo propio de la voluntad humana es el goce y el placer. Muéstrale a un niño nueces -dice San Agustín- y se sentirá atraído como por un imán; es atraído por el lazo, no del cuerpo sino del corazón. Ved, pues, como nos atrae el Padre Eterno: enseñándonos nos deleita, pero sin imponernos ninguna necesidad tan amable es la mano de Dios en el manejo de nuestro corazón y tanta es su destreza en comunicarnos su fuerza, sin privarnos de la libertad, y en darnos su poderoso impulso, sin impedir el de nuestro querer, que, envío que atañe al bien, así como su potencia nos da suavemente el poder, de la misma manera su suavidad nos conserva poderosamente la libertad, del querer. Si tú conocieras el don de Dios-dijo el Salvador a la Samaritana- y quién es el que te dice dame de beber; puede ser que tú le hubieras pedida a Él, y Él te hubiera dado agua viva. Las inspiraciones, Teótimo, nos previenen y,  antes de que pensemos en ellas, se dejan sentir; pero, una vez las hemos sentido, de' nosotros depende el consentir, para secundarlas y seguir sus movimientos, o el disentir y el rechazarlas. Se dejan sentir sin nosotros, pero no hacen que consintamos sin nosotros.