utfidelesinveniatur

sábado, 10 de septiembre de 2016

MONSEÑOR DE SÉGUR - EL INFIERNO, SI LO HAY, QUÉ ES, MODO DE EVITARLO.


III
ETERNIDAD DE LAS PENAS
DEL INFIERNO


LA ETERNIDAD DE LAS PENAS
DEL INFIERNO ES UNA VERDAD DE FE
REVELADA

Dios mismo ha revelado a sus creaturas la eternidad de las penas que les esperan en el infierno, si son bastante insensatas, perversas, ingratas y enemigas de sí mismas para rebelarse contra las leyes de su santidad y de su amor. Recuerda, caro lector, los numerosos testimonios ya citados en el curso de esta obrita. Casi siempre, recordándonos la revelación misericordiosa que se había dignado hacer de esta verdad saludable a nuestros primeros padres, el Señor habla de la eternidad de las penas del infierno al mismo tiempo que de su existencia. Así, por boca del patriarca Job y de Moisés, nos declara que en el infierno  reina horror eterno, sempiternas horror”. El texto original es aún más fuerte, significando la palabra sempiternus, “ siempre eterno” como si dijese “eternamente eterno” .

Por medio del profeta Isaías nos repite la misma enseñanza, pues no habrás olvidado aquel terrible apostrofe que dirige a todos los pecadores: “¿Quién de vosotros podrá habitar en el fuego devorador, (...) en las llamas eternas, cum ardoribus sempiternis?”. Aquí también encontramos el adjetivo sempiternis. En el Nuevo Testamento" aparece con frecuencia en los labios de Nuestro Señor y en la pluma de sus Apóstoles eternidad del fuego y de las penas del infierno. Recuerda otra vez, amado lector, algunos extractos que hemos citado. Trasladaré únicamente aquellas palabras del Hijo de Dios, que resumen solamente todas las demás, y son la sentencia que presidirá a nuestra eternidad: "¡Venid, benditos de mi Padre, y entrad en posesión del reino que os ha sido preparado desde el principio del mundo!(...) ¡Apartaos de Mí, malditos! ¡Id al fuego eterno, que ha sido preparado para el demonio y sus ángeles!” . El adorable Juez añade:“Éstos irán al suplicio eterno, y los justos entrarán a la vida eterna, in supplicium aeternum, in vitam aeternam” . Estos oráculos del Hijo de Dios no necesitan comentarios. En su luminosa claridad apoya la Iglesia diecinueve siglos ha su divina enseñanza, soberana e infalible, tocante a la eternidad propiamente dicha de la beatitud de los elegidos en el cielo y de las penas de los condenados en el infierno. La eternidad, pues, del infierno y de sus terribles castigos es una verdad revelada, una verdad de fe católica, tan cierta como la existencia de Dios  y los demás misterios de la Religión cristiana.

EL INFIERNO ES NECESARIAMENTE
ETERNO, A CAUSA DE LA NATURALEZA
MISMA DE LA ETERNIDAD

Mucho tiempo ha que la natural debilidad del entendimiento humano se dobla bajo el peso del terrible misterio de la eternidad de los castigos de los condenados. Ya en tiempos de Job y de Moisés, diecisiete o dieciocho siglos antes de la era cristiana, ciertos entendimientos ligeros y ciertas conciencias muy cargadas hablan de la mitigación, ya que no del término, de las penas del infierno. “Imagínanse, dice el libro de Job, que el infierno decrece y envejece” Hoy día, como en todas las épocas, esta tendencia a mitigar y abreviar las penas del infierno encuentra abogados más o menos directamente interesados en el asunto; pero se ;engañan. Sobre que su suposición no descansa sino en la imaginación, y es directamente  contraria a las afirmaciones divinas de Jesucristo y de su Iglesia, parte de un concepto absolutamente falso de la naturaleza de la: eternidad. No sólo no tendrán término ni alivio alguno las penas de los condenados, sino que es metafísicamente imposible que lo tengan, pues a ello se opone de una manera absoluta la naturaleza de la eternidad. La eternidad, en efecto, no es como el tiempo, que se compone de una sucesión de instantes, añadidos los unos a los otros, y cuyo conjunto forma los minutos, las horas, los días, los años y los siglos. En el tiempo se puede variar, precisamente porque se tiene el tiempo de variar. Pero si delante de nosotros no tenemos día, ni hora, minuto, ni segundo, ¿no es evidente que nó podemos pasar de un estado a otro estado? pues esto es lo que sucede en la eternidad. En ella no hay instantes que se sucedan a otros y que sean distintos. La eternidad es un modo de duración y de existencia que no tiene nada de común con el de la tierra; podemos conocerlo, mas no podemos comprenderlo. Es el misterio de la otra vida, el misterio de la duración de Dios, que un día ha de ser nuestra duración.


ETERNIDAD

La eternidad, conforme dice Santo Tomás con la tradición, es “ toda entera a la vez, tota simul” . Es un presente siempre actual, indivisible, inmutable. Allí no hay siglos acumulados sobre siglos, ni millones de siglos añadidos a otros millones. Son modos éstos del todo terrestres y meramente imaginarios de concebir la eternidad. Lo repito, la naturaleza misma de la eternidad, que no se parece en nada a las sucesiones del tiempo, hace que en ella sea radicalmente imposible todo cambio; ora en bien, ora en mal. Con respecto a las penas del infierno es, pues, imposible todo cambio; y como la cesación o la simple mitigación de dichas penas constituiría necesariamente un cambio, debemos concluir con entera certeza que las penas del infierno son absolutamente eternas, inmutables, y que el sistema de las mitigaciones no es más que una flaqueza del entendimiento o un capricho de la imaginación y del sentimiento.


Lo que acabo de resumir sobre la eternidad, lector amado, es quizás un poco abstracto; pero cuanto más reflexiones sobre ello, tanto más comprenderás su verdad. Como quiera que sea, comprendámoslo o no lo comprendamos, descansemos en este punto sobre la clarísima y muy formal afirmación de Nuestro Señor Jesucristo, y digamos con toda la sencillez y certidumbre de la fe: "Creo en la vida eterna, credo in vitam aeternam", esto es, en la otra vida, que será para todos inmortal y eterna; para los buenos, inmortal y eterna en las bienaventuranzas del paraíso; para los malos, inmortal y eterna en los castigos del infierno. Un día San Agustín, obispo de Hipona, se ocupaba en escudriñar, hasta el punto que podía hacerlo su poderoso entendimiento, la naturaleza de la eternidad. Investigaba, profundizaba, y tan pronto descubría como se sentía detenido por el misterio, cuando repentinamente se le aparece entre rayos de luz un nciano de venerable presencia y todo resplandeciente de gloria. Era San Jerónimo, que de edad de cerca cien años acababa de morir muy lejos de allí, en Belén. Y como San Agustín i mirase con asombro y admiración la celestial visión que representaba a sus ojos: “El ojo del hombre no ha visto, le dice el anciano, la oreja del hombre no ha oído, y el entendimiento del hombre no podrá jamás comprender lo que tú buscas”. Y desapareció. Tal es el misterio de la eternidad, ya en el cielo, ya en el infierno. Creamos humildemente y aprovechemos el tiempo en esta vida, a fin de que cuando cesará para nosotros el tiempo, seamos admitidos en la eternidad feliz, y podamos por  la misericordia de Dios evitar la otra.