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martes, 27 de septiembre de 2016

LOS MARTIRES MEXICANOS

Los Dos Cantores

Estos eran dos cantores. Mas advierto, desde luego, que el relato de este episodio de la persecución religiosa en México, no es un cuento. Es una historia auténtica, pero una historia que parece cuento, por la estupidez, casi increíble, de la acusación de los perseguidores, que llevó al martirio a Salvador y a Ezequiel Huerta, gloriosos héroes tapatíos, que añadieron nuevos esplendores a los muchos que en esta época se granjeó Guadalajara. Eran, pues, dos hermanos cantores. El uno, Ezequiel, cantaba en la iglesia las alabanzas de Dios. No tanto su voz melodiosa y límpida como el sonido de una campana de plata, cuanto el espíritu de piedad con que emitía las armoniosas notas de la música sagrada, le hacían el preferido para las solemnidades de todos los templos tapatíos. Cuando Ezequiel cantaba un "Te Deum", los oyentes pensaban que así se ha de cantar en el Cielo.

El otro, Salvador, cantaba en el taller, la sublime canción del trabajo acompañado por el suave zumbido del motor, el chirrido metálico del torno, o el acompasado golpeteo del martillo sobre el yunque. Era un maestro mecánico de primer orden, como lo confesaban sus mismos compañeros de trabajo. Pero su trabajo estaba siempre vivificado por el ofrecimiento que de él hacía diariamente en su asistencia a la santa misa, acto con que comenzaba su labor cotidiana. Ezequiel había sido acólito y luego sacristán en la iglesia de Capuchinas, y todos lo conocían como un sacristán excepcional, que pasaba las horas menos ocupadas de su oficio de rodillas ante el Santísimo Sacramento. Y para alabar más a su Dios y servirle mejor, aprendió la música sagrada, al mismo tiempo que servía en sus altares. El y Salvador, muy unidos y buenos cristianos, habían sufragado con sus propios medios los estudios de otros dos hermanos, a quienes yo tuve el honor de conocer y tratar, sacerdotes ejemplarísimos y celosos, en la misma capital de Jalisco.

Mis lectores habrán adivinado fácilmente de dónde sacaron estos muchachos ese tesoro de virtudes, que les reconocían unánimemente sus compatriotas y vecinos. Fue en el hogar verdaderamente cristiano, formado por don Isaac Huerta y doña Florencia Gutiérrez de Huerta, sus progenitores. Y Salvador y Ezequiel quisieron formar también unas familias que conservaran las tradiciones cristianas que les inculcaran sus buenos padres. Ambos, pues, contrajeron matrimonio con virtuosísimas esposas, que les dieron a Salvador once hijos, y a Ezequiel nueve. Aquello era un verdadero patriarcado católico. Uno de los hijos de Ezequiel es ahora joven religioso de la Compañía de Jesús. Y llegaron las tristes horas de la persecución a los católicos de nuestra patria. . . Los cultos religiosos se suspendieron. . . Las iglesias ya no guardaban el Sagrado Depósito del Santísimo Sacramento. . . Los sacerdotes tuvieron que esconderse, para poder ejercer sus ministerios en las nuevas catacumbas de los domicilios privados. ¡Qué horas tan amargas aquellas, para Salvador, Ezequiel y sus hermanos los dos sacerdotes y todo aquel patriarcado tapatío! Cierto, de esa misma angustia participábamos todos los mexicanos. . .¡todos!. . . fuera del pequeño grupo de los conspiradores anticristianos. . .Para pintar esa pena inmensa, no resisto a transcribir aquí parte de la hermosísima plegaria, que escribió el delicado poeta Lic. Eduardo J. Correa, interpretando fidelísimamente esos sentimientos:

¡Señor! vuelve al Sagrario;
Ya no esté el Tabernáculo vacío. ...
Mira que en su calvario
Lo piden tantas almas, ¡Jesús mío!
Almas tuyas, Señor, crucificadas
En la cruz del dolor; despedazadas
Por el duelo más hondo en la existencia:
¡El dolor de tu ausencia! . . .
Tú te fuiste, Señor, de los Sagrarios.
Tú te fuiste, Señor, y desde entonces
Mudos están los bronces,
Los templos solitarios,
Sin sacrificio el ara, mudo el coro,
Los altares sin rosas,
Tristes los cirios de las llamas de oro,
Tristes las amplias naves solitarias,
Sin que agite sus alas misteriosas
Un vuelo de plegarias;
Todo en silencio y en sopor sumido,
Todo callado y triste,
Todo tribulación, muerte y olvido..
¿Señor, por qué te fuiste?
¿Qué tristeza perdura,
Qué duelo no mitiga sus rigores,
Qué indecible dolor no se consuela
Cuando hay un Dios que con nosotros llora,
Que sufre con nosotros y que implora
Y noche y día en el Sagrario vela? . . .
Pero hoy no estás allí. . . No te encontramos
En el dulce lugar de nuestra cita,
Y en la desolación de nuestra cuita
Inquirimos, Señor, ¿a dónde vamos?
Soplo de infierno en el ambiente vaga,
La iniquidad en el cénit culmina,
Y ante la cerrazón de la neblina
Toda esperanza su fulgor apaga. . .
Las almas están solas;
Parece que naufraga
La barquilla de Pedro, y la figura
Divina del Jesús del Tiberiades
No rasga de la noche la negrura,
Ni serena la furia de las olas,
Ni calma las deshechas tempestades! . . .
¿Por qué nos abandonas? . . .
Señor, si Tú perdonas
A todo el que su culpa reconoce
Y de ella se arrepiente,
Ten piedad de tu México. . . Conoce
Toda la enormidad de sus delitos
Y como a Rey te aclama reverente . . .

Ninguno de los que lean estos renglones, y pasaron por aquellos días de tortura moral tan espantosa, podrá negar que tales eran los sentimientos de los católicos mexicanos, en esas horas de duelo. Pues ésos eran, y avivados aún más por la piedad de toda una vida iluminada continuamente por los fulgores del Prisionero del Sagrario, los sentimientos de los dos hermanos, el cantor y el obrero. Frecuentemente Salvador se reunía con Ezequiel en el taller, para comentar tan triste situación ... La "Liga de Defensa Religiosa" a la que se afiliaron desde un principio, les enviaba propaganda, que ayudaban a repartir, para mantener vivo y esperanzado el sentimiento de los católicos.
El levantamiento cristero en los Altos de Jalisco aumentó su ansiedad y sus esperanzas. . . y ellos, al frente de sus numerosas familias, oraban, oraban sin cesar por el triunfo de Cristo Rey.

Un día, el l p de abril, una noticia espantosa corrió por la ciudad de Guadalajara. Anacleto González Flores, el líder máximo de los católicos tapatíos, el fundador de la "Unión Popular", y varios de sus compañeros acababan de ser fusilados después de torturarlos, por los enemigos de Dios. Salvador y Ezequiel se apresuraron a unirse a la multitud llorosa que acompañaba al entierro de los mártires. Todos los vieron; todos comprendieron su inmensa pena retratada en sus pálidos rostros... Eran amigos muy cercanos de los mártires... comulgaban con sus ideas . . . tenían los mismos ideales y aspiraciones . . . í Eso bastaba. . . ! La mañana del 3 de abril de 1927 los esbirros gubernamentales, se presentaron en el taller en los momentos en que Ezequiel conversaba con su hermano sobre los sucesos del pasado día primero. . . Los aprehendieron, y ¡os llevaron a un Pseudo tribunal militar para procesarlos.

¿Cuál era la acusación?. . . ¡Eran fabricantes de armas para los cristeros! ¿Fabricantes de armas?. . . Probablemente, ni una sola vez en su vida habían tenido una pistola o una mísera escopeta, ni sabían su manejo. . . ¿Fabricantes de armas?... Pero j¿ acaso aquellos militarones, no sabían las complicadas operaciones y las maquinarias complicadísimas que se necesitan para fabricar armas para un ejército?. . . Y ¿un taller mecánico de reparación de automóviles, rectificación de cigüeñales, y cosas semejantes podría ser una fábrica de armas?. . . ¡Vaya!

El periódico capitalino Excélsior, que en aquel entonces se mostraba algo reservado, no dudó en calificar de ridícula esa acusación . . . Y en efecto, si el asunto no revistiera la misma gravedad, que rodeaba a otros casos semejantes, una inmensa carcajada se hubiera escuchado en toda la nación. No; no era eso... ¡no! Era que Salvador y Ezequiel eran católicos ejemplares..., era que la conspiración anticristiana, quería víctimas, más
víctimas, para sembrar el terror y apartar a los mexicanos de Jesucristo Rey. Así lo comprendieron gozosos en medio del dolor que les causaba el abandono en que iban a dejar los dos hermanos a sus numerosas familias. Y ante el Pseudo tribunal, serenos y firmes confesaron su fe, sus esperanzas del triunfo cristero, y su amor a Jesucristo Rey por el que darían con gusto su vida. . .

Y en efecto aquella misma noche, fueron llevados al paredón fatal. . . Ezequiel, sereno y silencioso, cayó el primero. . . Salvador pidió una vela encendida y tomándola con una mano abrió su vestido y señalando a su pecho iluminado así por el resplandor de la candela, dijo a los soldados: "¡Aquí está este corazón dispuesto a morir por su Dios, porque lo ama mucho.

Viva Cris. . .!"


El estruendo de las balas no le dejó terminar la frase, que debió concluir juntamente con su hermano en el cielo, la morada eterna de los mártires.