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viernes, 23 de septiembre de 2016

LOS MARTIRES MEXICANOS

Monumento a Cristo Rey en Tenancingo
(el segundo más alto del mundo)
El Presidente Municipal

El gran error de los católicos mexicanos, nuestros antepasados, fue el haberse retirado desalentados de la política, al caer bajo las balas liberales en el Cerro de las Campanas de Querétaro, junto con el Emperador Maximiliano, los dos grandes jefes del partido conservador, Miramón y Mejía. Error muy explicable por cierto, pero cuyas consecuencias aún sufrimos. Porque, aquel gran señor príncipe austríaco Maximiliano, en quien tantas esperanzas de los conservadores católicos se habían cifrado, de que establecería el orden en nuestro país, tan agitado por las continuas revoluciones, había seguido hasta poco antes de su ruina, la táctica de conciliación y componendas, que la historia ha demostrado siempre ser inútil, cuando se trata de la revolución anticristiana. Rodeóse de hombres prominentes del liberalismo, y alejó de sí con honrosos pretextos a los católicos conservadores.

Los liberales, naturalmente, lo empujaron arteramente hacia el abismo, y los católicos del partido conservador, desalentados por el fracaso de sus esperanzas, abandonaron la lucha creyéndose irremisiblemente perdidos. Nunca el desaliento, ni en política como en ninguna otra cosa, ha sido provechoso para nada. Los enemigos del catolicismo mexicano, tomaron la sartén por el mango, como se dice vulgarmente, y sin seria oposición, cada día más, se fortificaron en el poder, y avanzaron en su programa de descatolización, por la persecución a la iglesia y en especial por la laicización de la escuela y de toda la vida nacional. ¿Por qué no habían de hacerlo, si ese precisamente era el programa y consigna de la masonería, que los había ayudado poderosamente a conquistar el triunfo? Y esa es la causa por la que, después del resurgimiento del espíritu católico, a causa de la persecución callista, vemos con no poco dolor no exento de temor, que no faltan tampoco en nuestros mismos días, antiguos gloriosos líderes máximos de la resistencia cristera, quienes se han dejado engañar, miserablemente, por aquel mismo espíritu de conciliación y pacto con los ideales hipócritas de una revolución que, en otros tiempos, ellos mismos, con gran valor cívico y cristiano, calificaban justísimamente de inconciliable con el orden cristiano de la sociedad.

¡Qué profunda amargura causa en el ánimo de los buenos católicos mexicanos el que esos antiguos paladines de Cristo Rey, se hayan olvidado completamente de aquellas palabras de la áurea Encíclica del hoy Beato Pío X, titulada Jocunda sane del 12 de marzo de 1904, que decían: "Es gravísimo el error de aquellos que, pensando merecer por eso el bien de la Iglesia, y trabajar fructuosamente en la salvación de los hombres, se permiten, por una prudencia excesivamente mundana, hacer demasiadas concesiones a la falsa ciencia del mundo, con la vana esperanza de ganar con más facilidad la benevolencia de los amigos del error. En realidad, lo que ellos hacen es exponerse ellos mismos al peligro de perder su alma. La verdad es una e indivisible; eterna como es. no está nunca sometida a las veleidades de los tiempos".

Y ¿cómo no recuerdan, que hace tan sólo unos cuantos años, la misma revolución anticristiana, que hoy se conoce con el nombre de comunismo, propuso habilísimamente, enseñada por la historia, para lograr más fácilmente sus fines, la política llamada de la mano tendida a los católicos; que muchos de ellos estuvieron a punto de caer en el garlito, y que sólo nos salvamos por la reprobación absoluta, que desde las alturas del Vaticano lanzó contra dicha política falaz el vigilante sucesor de San Pedro? No, no puede haber pacto alguno entre Cristo y Belial. Tales eran las ideas y sentimientos profundos de un caballero católico de la ciudad de Tenancingo, del estado de México, en los álgidos momentos de la persecución callista: Don Antonio Videz. Hombre honrado, culto, muy estimado de todos los vecinos de la población, católico de convicción y no de exterioridades y palabras brillantes, pensaba con justicia, que los católicos no debían haber cedido nunca en la lucha contra el liberalismo laicizadar de México, y no debían apartarse de la política para poder luchar en el mismo terreno con los enemigos de Dios.

Así que, el año de 1927, aceptó con gusto el cargo de Presidente Municipal de Tenancingo, resuelto a mostrarse en su gestión de acuerdo con sus convicciones, y aunque sea en la pequeña posibilidad de una presidencia municipal, demostrar cómo un católico, obrando conforme a sus principios, puede procurar el bien de la sociedad. De todos los ámbitos del país llegaban a Tenancingo las tremendas noticias de la persecución sangrienta a los católicos. No ignoraba, pues, a lo que se exponía mostrándose en su actividad de gobernante de la pequeña entidad, como buen católico. Y sin embargo, estaba resuelto a no claudicar ni un ápice de sus principios. ¡Era todo un hombre! No faltaron, naturalmente, quienes pretendieran se acomodara a las circunstancias y modo de ser de los gobernantes del país, puesto que era uno de ellos, aunque en pequeña escala, pero él enfáticamente declaró que durante su presidencia municipal los católicos de Tenancingo podían con toda tranquilidad celebrar sus actos de culto en privado, puesto que en público la misma autoridad eclesiástica lo había prohibido como sabemos; y que en la escuela católica no debía quitarse el Crucifijo, como habían obligado a hacerlo en otras escuelas del país, los esbirros del gobierno, cuando no habían cerrado la escuela y aprehendido o expulsado a los maestros y maestras.

Así que, los católicos de Tenancingo, en aquel año de 1927 vivían en paz, y sólo sentían el vivo dolor de los sufrimientos de sus hermanos como el resto del país. Eso, naturalmente, no fue del agrado de la masonería. Verse así, contrarrestada su empresa por un insignificante presidencillo municipal! Eso no podía ser; y decretaron que le había de pagar muy caro, por su tremenda osadía, cuando terminara el año de su presidencia. Y en efecto terminó el año de 27. Otro Presidente Municipal, esclavo de las Logias, subió al poder, y la sentencia masónica ya podía cumplirse. Una denuncia anónima fue presentada al nuevo jefe, acerca de una supuesta participación de Videz en el movimiento cristero. Había que dar alguna apariencia legal al premeditado castigo, aunque fuera la de mentida rebelión contra el gobierno, lo que ya hemos dicho no era rebelión, sino defensa y muy legítima. Pero en el caso de Videz ni siquiera eso podía probarse.

No obstante, el 9 de febrero de 1928 fue aprehendido en su casa por los esbirros del presidente nuevo, sin que ni por la imaginación le hubiera pasado lo que aquel día le esperaba. A las 4 de la tarde el mismo presidente, comenzó el interrogatorio exigiéndole que declarara cuál era su participación en la rebelión.

—Ninguna —respondió—. Todos en Tenancingo me conocen y saben que no he tenido la fortuna de intervenir directamente en el movimiento cristero.

Y sin respeto ninguno a la palabra de un hombre honrado, como tal conocido de todos, el juez transformado en director de verdugos, mandó que lo colgasen de modo vergonzoso, para que el dolor le hiciera confesarse culpable. O que por lo menos delatara a los que supiera ser participantes en aquella lucha heroica.

—No sé nada, ya os lo he dicho. Pero comprendo cuál es la causa de esta vuestra barbarie... Pues bien; sí ¡soy católico! y he protegido a los católicos vecinos, y al cura de la parroquia, durante mi gestión del año pasado. Si eso es lo que queréis que declare, lo declaro y no me arrepiento de ello.

A punto de perder el conocimiento, suspendieron el tormento para continuarlo después. Mientras tanto la afligida esposa de Don Antonio acudió al presidente para pedirle de rodillas y con las lágrimas en los ojos la libertad de su inocente marido.

—Está bien, señora; tráigame usted $500.00 y se lo entregaré—. Desolada corrió la afligidísima esposa en busca del dinero, que exigía el rapaz verdugo.

¡Ay! eran pobres los Videz, a pesar de haber sido él durante un año gobernante, tiempo suficiente, como lo han demostrado otros próceres de la revolución, para enriquecerse. ¡Y no pudo conseguir más que $300.00! Llevólos a la fiera rapaz, y ésta se los metió en su propio bolsillo, y le dijo a la señora, que ya vería de darle un poco más tarde la libertad pedida. Pero a las 10 de la noche otra vez mandó sujetar a Videz, al mismo tormento espantoso de la tarde. Videz no podía declarar más que lo que ya había dicho: que era católico y como gobernante defensor de los vecinos católicos ... ¡ Eso todo el mundo lo sabía. . . ! Finalmente a las primeras horas de la madrugada, sacándolo por una puerta excusada de la cárcel, para impedir que se despidiera de su esposa y su pequeño hijo, que lo esperaban, cuando conforme a la palabra del falso juez, creían saldría libre, lo llevaron a un lugar llamado "Las Escalerillas" en el camino de Toluca, y allí lo fusilaron por la espalda. Y ¿qué sacó con eso?, preguntarán irónicos los claudicantes de la mano tendida.


¿Qué sacó? Para él la gloria del martirio por su fe católica, para su familia una honra como pocas se encuentran, y para los mexicanos: el sublime ejemplo de lo que debe ser un hombre de convicciones y de fe en Dios.