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miércoles, 28 de septiembre de 2016

Los Martires Cristeros

BEATO MIGUEL GOMEZ LOSA
Laico, casado, abogado de profesión


Nacimiento e infancia

Al lado de la figura luminosa de Anacleto González Flores, aparece otra, humilde, abnegada, solícita, la de Miguel Gómez Loza. Si no fueron hermanos en la carne lo fueron en el espíritu y en el martirio. Muchas cosas los unían y los hacían inseparables: nacieron el mismo año y en la misma región, militaron en organizaciones católicas, compartieron ideales y profesión, pero, sobre todo, los unió su fidelidad inquebrantable y pura a la causa católica. Miguel nació en Paredones, Jalisco, hoy El Refugio, el 11 de agosto de 1888; fue el menor de los dos hijos del matrimonio formado por Petronilo Loza y Victoriana Gómez. Perdió a su padre siendo niño, haciéndose cargo del hogar la madre; a la que profesaron, él y su hermano, verdadera devoción, tanto es así que tras el ingreso de Elías, el hermano mayor, al Seminario Conciliar de Guadalajara, decidieron los hermanos, invertir sus apellidos, de Loza Gómez en Gómez Loza, como homenaje y reconocimiento a la autora de sus días. Su infancia transcurrió en su lugar de origen, dedicado a la atención de la modesta hacienda familiar: la parcela y el ganado. Al ingresar su hermano mayor al seminario, Miguel hizo cabeza de familia. Hizo sus primeros estudios en su aldea. No tardó en ser conocido entre sus vecinos por su diligencia y solicitud, por su piedad eucarística y su apego a la religión. Fue acólito, sacristán y, en cuanto pudo, catequista; más tarde, realizó actividades cívico-sociales en beneficio de la comunidad, como fue el establecer Cajas de Ahorros. Pronto se relacionó con la efervescente primavera del catolicismo social. Entró en contacto con el licenciado Miguel Palomar y Vizcarra, de cuyo trato surgió una caja rural Raiffeisen, en Paredones. En 1912, inició su trato personal conAnacleto González Flores. Todo esto sirvió de preámbulo a una decisión largamente acariciada: realizar estudios académicos. La principal causa de esta dilación consistía en no abandonar a su madre, pero planteado el asunto, resolvió inscribirse en la preparatoria del Seminario de Guadalajara.

La cuestión social

Miguel no tardó en descubrir que su vocación no era el sacerdocio y que las aulas del plantel resultaban estrechas para sus anhelos político-sociales. Se afilió al Partido Católico Nacional y se matriculó en el instituto del Sagrado Corazón de Jesús, en la capital de Jalisco. En 1913, se integró al grupo estudiantil de La Gironda, asumiendo, por elección y gusto, la condición de asistente de González Flores. Si a Anacleto le adjudicaron un cierto quijotismo filosófico, a Gómez Loza también le acomodó, a su manera, la imagen del manchego: Anacleto será la autoridad, Gómez Loza el ministro; uno, idea y verbo; otro, realidad y acción; uno el estratega, otro el responsable; uno es flemático, otro sanguíneo. Mutuamente se complementan. En ese año, uno y otro fueron admitidos como socios de la Congregación Mariana del Santuario de San José de Gracia. Para mantener la representación de los valores sociales en la política, se hicieron cargo de la Unión Latinoamericana, corporación cívico-política de reciente creación. Meses más tarde, ya para terminar 1913 representarán al terruño, Tepatitlán, en la convención del Partido Católico Nacional, celebrada en Guadalajara. El carácter sanguíneo de Gómez Loza se manifestó en tempranas muestras de ardor y celo, iniciando por este tiempo los arrestos que pulirán al hombre íntegro: pasó una semana en las celdas de la Inspección de Policía, acusado de cometer delitos de orden común retirar libelos contra la religión de lugares públicos, sustituyéndolos por otros que expresaban lo contrario.

El de 1914 fue un año de muchas actividades para Miguel Gómez Loza. Se inscribió en la Universidad Morelos, donde recibió el apodo el Chinaco por interrumpir en las aulas la disertación de un señor que ponderaba la trayectoria política del presidente Benito Juárez. En los primeros meses de este año, hizo su aparición en Guadalajara una excéntrica española, Belén de Zárraga, atea hasta la médula; sus prédicas y alborotos estimulan a Miguel a impulsar la prensa católica, de la que será adalid; al efecto, funda y preside la sociedad de Propagación de la Buena Prensa. Por otra parte, definió el que sería su campo de acción: el sindicalismo cristiano. Asesorado por el padre José Toral Moreno y, más tarde, por el R.P. Arnulfo Castro, S.I., creó una bolsa de trabajo, cajas de ahorro, cooperativas de consumo y el círculo de estudios para obreros, León XIII. A mediados de 1914, los enfrentamientos bélicos entre carrancistas y villistas lo devolvió a Paredones, donde permaneció hasta 1915, año en el que pudo retornar a Guadalajara para proseguir sus actividades. En 1916, terminó la preparatoria y se inscribió en la Escuela Católica de Derecho, posteriormente Escuela Libre de Leyes. El 14 de julio, participó como socio fundador de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, en cuyo seno fundó y presidió, poco después, el círculo obrero Gabriel García Moreno, del que surgió la publicación mensual El Cruzado. En el año de 1917, fundó los círculos obreros José de Jesús Ortiz, para jóvenes operarios; Niños Héroes, para aprendices de artesanos; y Don Bosco, para tipógrafos. También hizo su aparición la Sociedad Mutualis­ta Obrera, que él promovió. Al disolverse en ese año La Gironda, se estableció con su madre, doña Victoriana Gómez, en una vivienda en la misma barriada del Santuario. La prensa católica auspiciaba por Miguel emprendió la publicación de la obra La Cuestión Religiosa en México, de Regis Planchet. El año siguiente, 1918 estará marcado por las labores de defensa del Arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez, y por el activísimo boicot puesto en marcha en el mes de julio y que conseguiría meses más tarde la derogación de dos decretos anticlericales sancionados por el gobierno del Estado, bajo los números 1913 y 1927. En el mes de enero de 1919, fue elegido presidente de una sociedad cooperativa de consumo, La Popular. En abril, participó activamente en la organización del Congreso Regional Católico Obrero, realizado con mucho éxito en Guadalajara. Al término de la asamblea, entre otras responsabilidades se le confió una diputación. En 1920, fundó un nuevo círculo dentro de la A.C.J.M., el Trinidad Sánchez Santos, y coordinó la reimpresión de La Cuestión Religiosa en México, en una versión autorizada por la diócesis de Guadalajara y aumentada por el apéndice La cuestión religiosa en Jalisco, de Anacleto González Flores.

Fortaleza de ánimo

En noviembre de ese año, mientras los católicos se organizaban, llegaron a Guadalajara algunos líderes bolcheviques, portadores de un mensaje ateo y agresivo. Fueron éstos quienes, el 1º de mayo del año siguiente, 1921, colocaron en el asta de la Catedral tapatía la bandera rojiginegra. En cuanto la noticia se supo entre los acejotaemeros, Miguel Gómez Loza fue el primero en acudir al lugar, y sin medir los riesgos, se abrió paso entre la turba y ascendió la prolongada escalinata que conduce a las bóvedas de la Catedral, retiró la bandera del asta y la hizo pedazos, todo en la presencia de decenas de adversarios, quienes fueron incapaces de resistir el empuje y brío de Miguel que fue molido a golpes después de su hazaña. En las elecciones para elegir autoridades locales del Estado, en julio de 1921,contendió como candidato independiente a uno de los puestos de elección popular. Su contrincante fue un caricaturista anticlerical, José Guadalupe Zuno, quien tuvo que recurrir a la fuerza para arrebatar los votos que el pueblo emitía en favor de Gómez Loza. En las primeras semanas de 1922 se dispuso a ser examinado para obtener el título de abogado. Después de vencer mil obstáculos pudo, meses después, el 24 de junio, presentar el examen final en la escuela de jurisprudencia del Estado, obteniendo la aprobación de los jueces sinodales. Poco después abrió su despacho profesional.

Poco antes, en la cuaresma de ese año, se verificó un penoso incidente en el que se vio involucrado. La mañana del 26 de marzo, en el templo de San Francisco de Asís, un nutrido grupo de obreros católicos concluían una tanda de ejercicios espirituales con una Misa de acción de gracias. Al salir de la celebración, se toparon en el atrio de la iglesia con un contingente humano nutrido, dirigidos por una agrupación de choque que ostentaba el paradójico título de Sindicato Liberatorio de Inquilinos, capitaneados por dos bolcheviques a ultranza, Genaro Laurito y Justo González. Frente a frente católicos y socialistas, no tardaron en surgir las agresiones. Los primeros regresaron a la espaciosa nave de la Iglesia, mientras sus dirigentes, el padre José Garibi Rivera, Anacleto González Flores y Miguel Gómez Loza, deliberaban. El padre Garibi y González Flores fueron del parecer que los ejercitantes permanecieran en la iglesia en tanto se disolvía la manifestación de los socialistas, no así Gómez Loza, quien optó por manifestar su postura públicamente. En el jardín de San Francisco, trepado en una banca, arengó a los presentes a legitimar su causa. Por desgracia, los ánimos caldeados no permitieron el diálogo entre las partes. A las palabras se contestó con golpes y a éstos, sucedieron disparos en contra de los indefensos obreros católicos, muriendo en el acto seis de ellos y resultando lesionados muchos más. Este triste suceso lecostó una fuerte reprensión del padre Garibi, que aceptó con humildad. Un mes más tarde, del 23 al 29 de abril, bajo su dirección, se verificó en Guadalajara el Primer Congreso Nacional Católico Obrero, en el que participaron 800 delegados venidos de todo el país. De este congreso resultó la Confederación Nacional Católica del Trabajo, de la que Miguel fue nombra­do diputado; se fundó el Banco de Crédito Popular. Asimismo, el Semanario El Obrero, fundado por Miguel Gómez Loza, fue adoptado como órgano oficial de la confederación. 

Matrimonio
A finales de 1922, siguiendo los pasos de Anacleto, contrajo nupcias, en el oratorio de la A.C.J.M., con su primer y única novia, Mª Guadalupe Sánchez Barragán, hija de un respetable contador, Celestino Sánchez, y de su esposa la señora Sara Barragán. Celebró la Misa el padre Elías Gómez Loza y asistió canónicamente a los contrayentes su director espiri­tual, el padre Vicente Mª Camacho.Quienes han escrito de Miguel señalan con insistencia la limpieza de su corazón. Vivió la virtud de la pureza sin transigir, ni de palabra ni de obra, en algún acto que pudiera reportarle mancha a su conciencia.

Los nuevos esposos determinaron radicarse en una población de Los Altos de Jalisco, Arandas, donde Gómez Loza montó su despacho como abogado. No tarda en ser conocido y respetado por sus nuevos vecinos. Especialmente valiosa resultó su colaboración en la parroquia, a cargo del insigne señor presbítero don Amando J. de Alba, celoso promotor de la cuestión social. Lejos de perder su relación con sus amigos y compañeros de Guadalajara, Gómez Loza la mantuvo en la misma línea: fomentar el desarrollo del hombre aún en lo relativo a la distribución de los bienes. Tales empeños le granjearon la simpatía de los más yla animadversión de los menos. Por otra parte, realizó, sin fruto, las gestiones necesarias para que el Gobernador del Estado le expidiera su título como abogado.

El 11 de enero de 1923, se sumó a la nutrida concurrencia 80 mil personas-, que presenciaron la bendición de la primera piedra del monumento a Cristo Rey, que se planeaba construir en el cerro del Cubile­te, Guanajuato. Esta ceremonia sirvió de pretexto al gobierno de México para expulsar al Delegado Apostólico, Mons. Ernesto E. Filippi. El 1º de marzo de ese año, José Guadalupe Zuno, su adversario político, fue investido como Gobernador del Estado de Jalisco, lo que dificultó hasta lo imposible la obtención del título profesional solicitado por Gómez Loza. Aprovechando esta circunstancia, el alcalde de Arandas, Manuel B. Ascencio, enemigo acérrimo de la labor social promovida por Gómez Loza, consiguió la violenta y arbitraria expulsión de Miguel de ese municipio, sin que mediara orden judicial alguna. El desterrado se refugió por espacio de tres meses, en Jalpa de Cánovas, Gto, donde trabajó con el entusiasmo de siempre, difundiendo la doctrina social de la Iglesia. Pasado este tiempo, consiguió retornar a Guadalajara, donde se reunió con su familia.

En este período de su vida, ingresó a la Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento. El 16 de septiembre de 1923 nació su primer hija, María de Jesús. En la contienda electoral para elegir diputados locales, en 1924, apoyó incondicionalmente al candidato independiente Ángel Flores, apoyo que tuvo que lamentar. Por este motivo, sus amigos le acomodaron el dicho de Miguelito Buenafé. Aun en estas circunstancias, la honestidad de Gómez Loza quedó manifiesta, pues prefería padecer la desilusión antes que desconfiar de las personas Cuando en diciembre de 1924, J. Guadalupe Zuno, Gobernador de Jalisco, decretó la clausura del Seminario Diocesano y los católicos, apoyados por Anacleto González Flores, organizaron una asociación de apoyo de la que derivó a principios de 1925, la Unión Popular, para conducir este organismo se estableció un directorio de cinco miembros, uno de ellos era Miguel Gómez Loza.

La Santa Sede, accediendo a la petición del Arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez, reconoció la destacada participación de Miguel Gómez Loza en la promoción social y en el apoyo a la causa católica, otorgándole la cruz Pro Ecclesia et Pontifice. Junto con él fueron igualmente condecorados Anacleto González Flores, Ignacio Orozco y Maximino Reyes. El 1º de junio de 1925, fue clausurado el Instituto de Ciencias, regenteado por los religiosos de la Compañía de Jesús. Las protestas de los estudiantes del extinto plantel quisieron sofocarse mediante arrestos masivos; a la defensa de los presos opuso Gómez Loza numerosas solicitudes de amparo ante la autoridad federal que mucho atenuaron la rigurosa actitud de los mandatarios locales.

El 25 de julio, se alegró con el nacimiento de la segunda de sus hijas, María Guadalupe. Conforme transcurrían las semanas, la actitud del Gobierno Mexicano recrudecía su postura en torno al problema religioso. Dispuestos a atacar de frente, el 23 de febrero de 1926 clausuraron el centro de la A.C.J.M. de Guadalajara, encarcelando en la Penitenciaría del Estado, entre otros, a Miguel. Será en la cárcel donde luzca su carácter de apóstol. Los numerosos arrestos, lejos de amilanarlo, le sirven de estímulo. Entre los presos gana adeptos para la causa, predica la Palabra, reza el rosario. No habiendo delito que perseguir, el 1º de abril es puesto en libertad, pero en las puertas mismas de la prisión, ante algunos correligionarios que esperaban su salida, es capturado por agentes de la Policía Secreta. Enterados de manera providencial de su paradero, algunos amigos, venciendo todos los obstáculos, intervinieron para librarlo de la privación injusta de su libertad y del riesgo de la vida.

La fecha señalada por la autoridad federal para entrar en vigor la Ley Reglamentaria del artículo 130 de la Constitución y la Ley que reforma el Código Penal Federal en materia de culto religioso y disciplina extrema, fue elegida por la Unión Popular para aplicar un boicot por tiempo indefinido. Comenzó antes de ese día el adiestramiento de promotores de la Unión y del boicot en Jalisco y Estados circunvecinos. Miguel, tesorero de la Unión, impulsó a muchos jóvenes acejotaemeros a fundar en el interior del Estado, filiales de la Unión Popular y realizar una campaña de proselitismo en favor del boicot. Hacia todos los rumbos partieron los entusiastas misioneros llevando en los bolsillos el dinero apenas suficiente para llegar a su destino, dejando a la Providencia el resto de la empresa. Dispuesto a llevar a sus últimas consecuencias el boicot económico, en su calidad de autoridad moral entre los católicos, Miguel cumplió con rigurosa exactitud las medidas adoptadas por la Unión y las compartió con su familia. Esta actitud lejos de mermar su alegría y su humor, pareció acrecentarlo. Algunas anécdotas refieren hasta qué punto le era imposible aceptar de sus correligionarios la mentira y el engaño, y también hasta qué punto sabía olvidar las ofensas.

En noviembre, en tanto las agresiones en contra de los católicos aumentaban, nació su última hija, María del Rosario. Mientras la discordia aumentaba, empeorando la situación de los creyentes, muchos esperaron la señal para iniciar la resistencia bélica. Miguel, por su parte, enterado de que su hermano sacerdote se moría, voló a El Refugio, sólo para presenciar el tránsito del padre Elías Gómez Loza, su único hermano, el 20 de diciembre. Después del sepelio, regresó a Guadalajara donde se enteró de las novedades: Anacleto González Flores, reacio hasta el último momento a elegir la resistencia armada como vía de solución al conflicto, accedió como mal menor a retirar la prohibición a tomar las armas que pesaba sobre los socios de la Unión Popular. Gómez Loza advirtió el costo de la empresa y sus casi seguras consecuen­cias. La Liga había nombrado delegado suyo al jefe de la Unión Popular, Anacleto González Flores. A él correspondería coordinar la adminis­tración de los recursos y las estrategias de los católicos alzados en armas, mientras que a Miguel corresponderían semejantes funciones, las de jefe civil, pero en la zona de Los Altos.

Salió de Guadalajara el 5 de enero con rumbo a El Refugio, donde evitó un atraco. Poco después recibió la pequeña imprenta en la que se editaba Gladium, cuya edición y entrega corrió desde entonces por su cuenta. Días más tarde, luego del encuen­tro bélico de Troneras, en el que los cristeros, capitaneados por Lauro Rocha y el presbítero Reyes Vega, obtuvieron una sonada victoria sobre las fuerzas federales, Gómez Loza actuó como abogado defen­sor de los prisioneros, solicitando infructuosamente el indulto para los reos. Se estableció en dos campamentos, uno en Cerro Gordo y otro en un lugar denominado Picachos, perteneciente al municipio de Tepatitlán, lugar estratégico para desplazarse a todos los puntos de la región que requirieran su presencia. A través de un propio, Isaac Fernández, mantuvo contacto permanente con su familia y con Anacleto. Entre otros encargos pedía siempre escapularios, medallas y crucifijos para repartirlos entre la tropa y no dejó de enviar a su familia la exigua contribución que su honradez acrisolada tolera como salario, apenas lo suficiente para atender las necesidades elementales de su madre, esposa e hijas. Después de la muerte de Anacleto, ocurrida el 1º de abril de 1927, la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, autoridad máxima entre los católicos de la resistencia, expidió un nombramiento a favor de Miguel Gómez Loza, confiriéndole la gubernatura provisional del Estado de Jalisco para los municipios adeptos a dicha resistencia.

Días más tarde, un penoso incidente vino a empañar la causa cristera, el asalto a un tren de pasajeros proveniente de la ciudad de México, que costó la vida a muchos civiles inocentes. Dicho atraco, planeado y dirigido por el presbítero Reyes Vega, le desconcertó en grado sumo. Apenas supo lo ocurrido, reprobó resueltamente el acto. Poco después, encontrándose próximo a San Juan de los Lagos, solicitó a la autoridad eclesiástica el apoyo espiritual de capellanes castrenses para las tropas, petición atendida en parte. A mediados de junio, se estableció en La Presa de los López, del municipio de Arandas; por su parte, la infatigable prensa en la que se imprimía “Gladium”, fue instalada cerca de allí, en el cerro de La Culebra.

Al finalizar agosto, pudo encontrarse con su esposa e hijas en Los Salados, Guanajuato. Poco después, el 3 de septiembre, la Liga aumentó su responsabilidad al conferirle la administración conjunta de la parte occidental del Estado de Guanajuato Con el transcurrir de los días, afinó las atribuciones ordinarias de su cargo político: giras de inspección, comunicados, emisión de decretos y circulares, así como el arbitraje de las controversias. Esto último le originó ciertas fricciones con el general Enrique Gorostieta, nombrado Jefe de las Operaciones Militares en Jalisco y Zacatecas. Más que gobernador, Miguel ejercía las funciones de procurador o comisario castrense entre los participantes de la resistencia católica.

A pesar del tiempo transcurrido entre los católicos de la resistencia, su actuación durante los enfrentamientos entre cristeros y las tropas de la federación es clara: no le correspondía a él, como autoridad civil, participar en el fuego cruzado de los combatientes, y aunque poseía pistolas una que fue de su hermano el sacerdote, y otra, obsequio personal de un colaborador jamás las usó en contra de nadie, ni siquiera para repeler alguna agresión. En octubre de 1927, al grito de ¡Viva Cristo Rey!, organizó entre los cristeros la celebración solemne de la fiesta de Cristo Rey. También se adoptó para los campamentos cristeros el lema de la Unión Popular, por Dios y por la Patria.

Miguel buscó nueva dirección, encontrándola en Palmitos. Las primeras semanas de 1928 transcurrieron sin incidentes notorios. La resistencia de los católicos se había consolidado; las acciones beligerantes se planeaban de acuerdo a estrategias oportunas; los recursos, siempre escasos, se administran con tino, y el adiestramiento de las tropas había mejorado notable­mente.

En el mes de marzo, se estableció en una ranchería próxima a Atotonilco, El Lindero. El miércoles de Lázaro, 21 de marzo -irónicamente memoria civil por el natalicio de Benito Juárez-, una avanzada militar, aprovechando el descuido o la complicidad del centinela, se apostó en torno a la finca ocupada por Gómez Loza y su secretario, el señor Dionisio Vázquez. Cuando se advirtió la presencia de los adversarios era demasiado tarde para escapar. Gómez Loza y Dionisio Vázquez emprendieron la huída; el primero, portador de documentos relativos a la resistencia activa de los católicos, intentó destruirlos antes de recibir por el pecho y por la espalda los disparos de sendos francotiradores apostados en lugares estratégicos.

Consumada la muerte, el cadáver fue trasladado a Atotonilco, de donde fue conducido a Guadalajara. Parecía éste un golpe rotundo a la organización cristera, pero el pueblo católico lo interpretó como un triunfo, manifestando su congoja y su esperanza. A la capilla ardiente donde fueron velados sus restos, acudieron decenas de católicos a honrar al fallecido, tocando con veneración sus restos. Al sepelio, verificado en el panteón de Mezquitán, acudió una muchedumbre inmensa.


La joven viuda y las pequeñas huérfanas debían recibir una prueba más, la demencia de la madre del caído, doña Victoriana, incapaz de soportar la muerte de sus dos hijos. El 1º de abril de 1947, sus restos fueron colocados en el muro norte del crucero poniente del Santuario de Guadalupe, en Guadalajara, sirviendo de pedestal, como lo hizo en vida, a su entrañable amigo Anacleto González Flores.