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lunes, 26 de septiembre de 2016

LA MISA NUEVA - Mons.Marcel Lefebvre

LA IGLESIA DESPUES DEL CONCILIO
(6-7-77)

Discurso de su Excia. Rvma. Monseñor Marcel Lefebvre, Arzobispo, Superior General de la Hermandad Sacerdotal San Pío X, pronunciado en Roma, el 6 de julio de 1977. 


En esta conferencia, se exponen los argumentos principales de la posición que él ha asumido. Por esto recomendamos a todos los que quieren conocer objetivamente los motivos de la actitud de Monseñor Lefebvre, leer con detenimiento esta magnífica alocución que se presta también para ser estudiada y comentada en grupos. Se han suprimido algunos párrafos del discurso, pero se reproduce con fidelidad el pensamiento del ilustre arzobispo disertante, Los subtítulos son nuestros.

Lo primero que quiero decir es que si he venido y he aceptado la invitación de la princesa Pallavicini y de los amigos no es para hacer, para provocar, un desafío a nuestro Santo Padre, ni por un espíritu contestario agresivo, en los confines de la Santa Sede. Al contrario, vine porque me honro de estar entre aquéllos que guardan el mayor respeto por la Santa Sede, por el Sucesor de Pedro, por Roma, por aquello que Roma puede representar para nosotros, los católicos. No tenemos, no podemos tener, ninguna intención de presentar una actitud violenta contra lo que aquí es tan caro, demasiado caro, a nuestros corazones. Es precisamente porque amamos al sucesor de Pedro, porque amamos a Roma, la verdadera Roma católica, es por esto que hacemos sentir nuestra voz. La hacemos sentir precisamente por la gloria de la Iglesia Romana. Por todo lo que hizo su verdadera grandeza, su verdadera nobleza.

No se puede concebir la Iglesia Católica sino como continuidad, como tradición, como heredera de su pasado. No se puede comprender una Iglesia Católica que rompa con su pasado, con su tradición, y es precisamente por la imposibilidad de concebir una cosa semejante, que me encuentro en una situación un poco extraña: la de un obispo suspendido por haber fundado un seminario en Suiza, seminario erigido legalmente canónicamente, seminario que recorre muchas vocaciones. A ocho años de su fundación tenemos numerosas casas en los Estados Unidos, una en el Canadá, en Inglaterra, en Francia, en Suiza, en Alemania y también en Italia, aquí en Albano. ¿Cómo puede ser, que haciendo lo mismo que hice por 50 años de mi vida, con las congratulaciones, los alientos de los Papas, en particular del Papa Pío XII que me honraba con su amistad, me encuentre hoy siendo tenido casi por enemigo de la Iglesia? ¿Cómo es posible esto, cómo se puede concebirlo? Tuve la ocasión de decirlo al Papa en la última audiencia que tuve el 11 de septiembre. Le dije: no llego a comprender por qué motivo, imprevístamente, después de haber formado seminaristas por toda mi vida como los formo hoy, mientras antes del Concilio recibí todos los honores, excluido sólo el cardenalato, ahora, después del Concilio, haciendo lo mismo, me encuentro suspendido a dívinís, casi considerado un cismático, casi para ser excomulgado como un enemigo de la Iglesia. No creo que cosa semejante sea posible ni concebible.

Hay algo cambiado en la Iglesia, algo que fue cambiado por los hombres de Iglesia, en la historia de la Iglesia. Pienso sinceramente que es la Providencia la que dirige todas las cosas, pues sin haberlo querido, sin haber tenido ni siquiera tal deseo, me encuentro hoy entre vosotros en esta ciudad de Roma, y estoy persuadido de que el Buen Dios lo ha querido por el bien de la Iglesia, por la continuidad de la Iglesia Católica, a fin de que la Iglesia Católica persevere y continúe.

Lo que antes estaba bien, no puede
estar mal ahora


No quiero volver a los orígenes lejanos de este cambio y mutación de nuestra religión, porque tendría que volver al Renacimiento, a la Revolución francesa, tendría que reseñar la historia de todo el liberalismo del siglo XIX y de todas las condenas que los Papas han pronunciado contra esto, en particular los Papas Gregario XVI, Pío IX, León XIII, San Pío X. Quiero volver sólo a 1960 o mejor a 1958. En aquella época algo sucedió en la Iglesia. ¿Qué cosa? Es imposible conocer los hechos a fondo; personalmente no, no se puede concebir la Iglesia Católica  sino como continuidad, como tradición, como heredera de su pasado. No se puede comprender una Iglesia Católica que rompa con su pasado, con su tradición, y es precisamente por la imposibilidad de concebir una cosa semejante, que me encuentro en una situación un poco extraña: la de un obispo suspendido por haber fundado un seminario en Suiza, seminario erigido legalmente canónicamente, seminario que recorre muchas vocaciones. A ocho años de su fundación tenemos numerosas casas en los Estados Unidos, una en el Canadá, en Inglaterra, en Francia, en Suiza, en Alemania y también en Italia, aquí en Albano. ¿Cómo puede ser, que haciendo lo mismo que hice por 50 años de mi vida, con las congratulaciones, los

¿Qué pasó en el Concilio?

No quiero volver a los orígenes lejanos de  este cambio y mutación de nuestra religión, porque tendría que volver al Renacimiento, a la Revolución francesa, tendría que reseñar la historia de todo el liberalismo del siglo XIX y de todas las condenas que los Papas han pronunciado contra esto, en particular los Papas Gregario XVI, Pío IX, León XIII, San Pío X. Quiero volver sólo a 1960 o mejor a 1958. En aquella época algo sucedió en la Iglesia. ¿Qué cosa? Es imposible conocer los hechos a fondo; personalmente nolos conozco, pero estos cambios los hemos percibido desde 1958, después del cónclave que eligió a Juan XXIII. El cardenal Roncallí, patriarca de Venecia, cuando partió al cónclave, y no estaba electo todavía, escribió entonces al obispo de Bérgamo: "El Papa que será electo, sea de Bérgamo o no  deberá cambiar mucho en la Iglesia. Deberá haber un nuevo Pentecostés". En toda su carta se siente el deseo de cambiar de un modo profundo la Iglesia y pienso que se le Ocurrió a él denominar al Concilio, Concilio del aggiornamento. Aggiornamento: es una palabra muy peligrosa que puede ser usada en buen sentido, pero puede también llevar a consecuencias imprevisibles. Aggiornamento de la Iglesia ¿hasta qué punto? ¿En qué campos? Debo contaros un pequeño incidente acaecido en 1962, cuando fui miembro de la Comisión Central preparatoria del Concilio Teníamos nuestras reuniones en el Vaticano pero la última fue dramática. En los fascículos dados a la Comisión Central había dos sobre el mismo tema: uno venía del cardenal Bea, presidente de la Comisión para la unídad, y el otro del cardenal Ottaviani, presidente de la Comisión teologica. Cuando los leímos, cuando yo mismo leí estos dos esquemas, dije: "Es muy extraño, son dos puntos de vista sobre el mismo tema, completamente distintos sobre la libertad religiosa y la actitud de la Iglesia frente a las otras religiosa”.

Ved la diferencia. Fue la última sesión de la Comisión central y pudimos advertir claramente, proyectarse ante nosotros, en la vigilia del Concilio, toda la lucha que se desenvolvió durante el Concilio. Quiero decir que estas cosas ya estaban preparadas antes del Concilio. El cardenal Bea no hizo, ciertamente, su esquema "De libertate religiosa" sin ponerse de acuerdo con otros cardenales. Esto es muy importante y muy grave porque se infiere que el Concilio del aggiornamento fue preparado de antemano, Y por esto es que todos los esquemas del Concilio, ya redactados, fueron reescritos, las comisiones reorganizadas y su objetó la lista de los miembros de las comísiones preparatorias del Concilio que, sin ímponerlas, proponía el cardenal Ottaviani.. Así nos encontramos en el Concilio en una situación realmente penosa y comprendimos que aquéllos que eran conservadores, que permanecían fieles a los principios de siempre, a la tradición de siempre, no eran escuchados más, no eran sostenidos más por la autoridad, sobre todo cuando después de la elección de Pablo VI, fueron nombrados los cuatro moderadores del Concilio: los cardenales Dopfner, Suenens, Lercaro y Agagianian. Esta nómina indicaba claramente que el viento soplaba a favor de los cardenales liberales.


Un grupo, el "Coetus Internationalis Patrus", del cual formé parte, decidió resistir y de acuerdo con un cierto número de cardenales romanos -los cardenales fieles a la doctrina romana de la Iglesia Católica, que iría defenderse, pero, debo decirlo, no fuimos escuchados. Ya en tiempos del Papa Juan XXIII, a estos cardenales, los cardenales de la Curia Romana, se les rogó no intervenir más en el Concilio, y esto es muy, pero muy grave.