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jueves, 1 de septiembre de 2016

LA LÁMPARA BAJO EL CELEMÍN CUESTIÓN DISPUTADA SOBRE LA AUTORIDAD DOCTRINAL DEL MAGISTERIO ECLESIÁSTICO DESDE EL CONCILIO VATICANO II - Padre Álvaro Calderón


Introducción


Desde el Concilio Vaticano II, las máximas autoridades de la Iglesia encerraron al católico de tradición en un dilema tal que lo paralizaron en  la perplejidad. La fiel transmisión del depósito de la fe depende necesariamente de dos elementos: los dogmas y el magisterio. Los dogmas son las sentencias que la Iglesia ha acuñado a lo largo de los siglos para expresar de la manera más propia las verdades reveladas. Y el magisterio es el carisma que le ha dejado Jesucristo al Papa y a los Obispos para que establezcan los dogmas en su nombre y con su autoridad. Ya se desconozcan los dogmas cambiando las sentencias, ya el magisterio restándole autoridad, de una u otra manera se pierde la seguridad de haber conservado fielmente la Tradición. Pero hoy, ¿qué ocurre? Es el mismo Papa y los Obispos quienes han cambiado desde el Concilio las sentencias que expresan la Revelación. Si el católico busca seguridad en la autoridad del magisterio conciliar, es llevado a desconocer la validez de los dogmas; si busca seguridad en los dogmas tradicionales, es llevado a desconocer la autoridad del magisterio. Los dos cuernos del dilema lo empujan al abismo, y ante la angustia de su perplejidad pareció no quedarle más remedio que paralizar su espíritu y no pensar. Pero la vida no se detiene e impone decisiones prácticas que, con el tiempo y aunque no se quiera, se van haciendo solución doctrinal. Ante un verdadero dilema las actitudes posibles son cuatro : ser herido de muerte por ambos cuernos de la bestia, escapar a uno u otro cuerno para enfrentar el contrario, o volverse loco para esquivar a ambos. Simplificando matices, son los cuatro caminos que se abrieron a los católicos perplejos después del Concilio. Muchos, al no encontrar más en su parroquia la religión en la que habían sido formados, se alejaron de la práctica religiosa. Y aunque se hayan apartado por amor a la tradición católica, al ser heridos a la vez de desconfianza en el magisterio y de duda en los dogmas de su catecismo, el tiempo y la falta de alimento espiritual los va llevando a perder la fe. Otros se aferraron a los dogmas tradicionales e hicieron oídos sordos al magisterio de hoy. Pero es un dogma de fe que el magisterio goza de autoridad divina, y el católico de tradición no puede soslayar durante mucho tiempo este problema, al que le va dando necesariamente alguna solución. Unos justifican su actitud minimizando la autoridad del magisterio a una infalibilidad en casos extraordinarios, de la que no se habría revestido el magisterio conciliar. Otros maximizan la autoridad a una infalibilidad en todos los casos y se justifican diciendo que desde el Concilio los Papas no son infalibles porque no son verdaderos Papas. Pero la primera solución se aparta de lo que enseña la sana teología y se acerca en ese punto a las posiciones modernistas, reduciendo el caudal de la doctrina segura de la Iglesia a poco más que el símbolo de los Apóstoles; y la segunda, de apariencia más tradicional, atenta contra el dogma de la visibilidad de la Iglesia pues acepta que el Vicario de Cristo en la tierra haya desaparecido sin que casi nadie se haya dado cuenta. Convivir largo tiempo con estos errores puede llevar a posiciones muy contrarias a los dogmas tradicionales que comenzaron por defender. Un tercer grupo, más numeroso, quiso conservar la tradicional docilidad al magisterio y en lugar de taparse los oídos prefirieron cerrar los ojos para no ver contradicción entre los viejos dogmas y la nueva evangelización. Pero no puede sostenerse mucho tiempo una actitud tan poco vital y quiérase o no, los ojos se entreabren buscando justificación. Y no hallan más receta que la que les ha preparado el ala conservadora del modernismo, especializado desde hace un siglo en balar como cordero con la voz del dragón: Evitar el simplismo de entender cada texto de la tradición olvidando el contexto histórico en que se formuló, y valorar la riqueza del pluralismo doctrinal y litúrgico. Así se pierde el asco a la contradicción y uno comienza a vivir tranquilo en la indefinición. Otros, y son quizás los más, han caído en una especie de esquizofrenia por la que hablan el nuevo lenguaje en las reuniones ecuménicas de la parroquia y usan el tradicional al rezar en sus casas una novena al Sagrado Corazón. Sólo Dios sabe cómo acaba en cada caso esta situación. Como miembros de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, nos contamos decididamente en el segundo grupo de nuestra clasificación. Y puesto que los años pasan, se hace cada vez más necesario justificar de manera adecuada la aparente contradicción de nuestra postura, para que soluciones parcialmente equivocadas no pudieran llevarnos en el futuro a tomar posiciones menos acertadas. Por este motivo, trataremos de exponer de manera más clara y accesible la explicación que ya hemos dado acerca de este asunto en otra circunstancia

1.  Utilizaremos para ello el pedagógico método de la Cuestión Disputada, sobre el cual parece conveniente decir unas palabras.


El método de la «cuestión disputada»

No es por puro arqueologismo que hemos recurrido a la quaestio disputata de la escolástica medieval. Y desde ya pedimos perdón al Lector amante de la buena literatura, porque la escolástica ha sacrificado despiadadamente la belleza literaria – de la que, por otra parte, no seríamos capaces – en pro de la claridad lógica. La quaestio disputata es como una radiografía del discurso científico, en la que nadie sale bonito, pero en la que no se le escapa a nadie si hay algo fuera de lugar. Consta de cuatro partes, o mejor, de cuatro etapas imposibles de omitir o permutar si se quiere llegar a buen término.

La primera consiste en preguntar. El buen médico comienza palpando al enfermo hasta poner el dedo en la llaga. Es indispensable plantear las preguntas correctas y en el orden debido; y no decimos que en esto consiste todo, pero de esto todo depende : “Los que quieren investigar con éxito han de comenzar por plantear bien las dificultades, pues el éxito posterior consiste en la solución de las dudas anteriores, y no es posible soltar si se desconoce la atadura” . Cuatro preguntas se articulan en nuestra cuestión.

La segunda etapa consiste en opinar. El hombre no llega sólo ni de golpe a la verdad, por eso es indispensable considerar todo lo que los demás han dicho acerca del problema planteado y ensayar las respuestas posibles que se puedan dar. Como nos ha enseñado el genio pedagógico de Santo Tomás, de entre todas las opiniones conviene seleccionar aquellas objeciones que más eficazmente se oponen a la verdad, para que cuando ésta llegue en la respuesta, sea apreciada en todo su valor. Pero hagamos aquí una advertencia: La quaestio disputata es un combate de argumentos y no de personas, por esta razón, si bien daremos en cada caso las referencias de los autores y obras en que nos hayamos inspirado, hemos retomado cada objeción por cuenta propia, tratando de darles la forma más eficaz que la brevedad permite. Es así que más de una vez el argumento se vuelve contra la intención del autor en que se inspira. En el primer artículo presentamos siete objeciones en orden lógico y un argumento contrario de autoridades reconocidas por el adversario.

La tercera etapa consiste en responder. Como también lo hacemos en las objeciones, primero presentamos la respuesta resumida en un silogismo, y luego lo explicamos por partes,  tratando de reducir las explicaciones al mínimo que juzgamos indispensable. Como acabamos de decir, quien lea la respuesta sin haberse dejado morder por las objeciones, no estará en condiciones de medir lo que tenga de buena.

La cuarta etapa consiste en solucionar. Para no perder fuerza, la respuesta ha debido concentrarse en el problema principal; ahora debe mostrar toda su bondad dando solución a las objeciones levantadas. Esta es la etapa que más exige por parte del Lector:

1. Debe tener presente la respuesta y volver a repasar el argumento de la objeción.

2. Las objeciones son honestas y no puras argucias sofísticas, de manera que recurren a principios verdaderos pero fallan en su aplicación; de allí que a menudo, por brevedad, al dar la  solución se utilizan estos mismos principios sin volver a enunciarlos, suponiendo que el Lector los ha sabido distinguir. No hay que creer entonces que todo lo que dice la objeción está equivocado.

3. Para tener la íntegra doctrina con que  se resuelve el problema, debe completarse el argumento de la respuesta con las distinciones y aclaraciones que se van haciendo en la solución de las objeciones.

La cuestión que plantea el magisterio conciliar

Demos comienzo, entonces, a nuestra tarea planteando bien la cuestión. Pero ante todo aclaremos qué entendemos por «magisterio conciliar». Con esta expresión no nos referimos a todas las enseñanzas del Concilio Vaticano II, sino sólo a lo que ha enseñado como algo nuevo. Nos referimos no sólo a las declaraciones conciliares, sino también a las de los Papas y Obispos posteriores, en la medida en que se revisten con la autoridad de dicho Concilio. Nos referimos no tanto a la doctrina enseñada, sino más bien a la acción de enseñarla 1; porque ahora no nos importa tanto la verdad o falsedad de esas doctrinas, sino la autoridad con que es propuesta.

La cuestión que nos plantea el magisterio conciliar es la siguiente. En nuestro combate en defensa de las dogmas tradicionales hemos llegado a rechazar públicamente nuevas doctrinas que, si no son explícitamente enseñadas por el Concilio, al menos parecen estar aprobadas y fundadas en los documentos conciliares. Ahora bien, es un dogma tradicional que “el sagrado magisterio ha de ser para cualquier teólogo en materias de fe y costumbre la norma próxima y universal de la verdad” 2. Por lo tanto, ¿no es ilegítimo, incoherente y subversivo que, pretendiendo defender la tradición, arguyamos públicamente contra la autoridad de un Concilio ecuménico?

Para poder responder a este grave asunto, hay que determinar primero cuál es el grado de autoridad que el católico debe reconocer en las declaraciones del Concilio Vaticano II. En pro de la claridad, conviene llegar por etapas a la solución. El magisterio eclesiástico puede quedar comprometido de un modo directo en la enseñanza doctrinal, o de un modo indirecto en las reformas disciplinares. En primer lugar, entonces, debemos preguntarnos si el magisterio conciliar, en su ejercicio directo, es infalible. Supuesto que no, tenemos que considerar si un católico puede discutir legítimamente la enseñanza propuesta por este Concilio. Si esto fuera posible, entonces podemos preguntarnos qué grado de autoridad hay que reconocerle a los diferentes actos del magisterio conciliar. Finalmente, queda considerar si el magisterio no está comprometido de un modo indirecto en las reformas conciliares. En razón de lo dicho, dividiremos nuestra cuestión en los siguientes cuatro artículos:

Primero, si el magisterio conciliar no es infalible.

Segundo, si el magisterio conciliar puede ser puesto en discusión.

Tercero, si el magisterio conciliar no tiene ningún grado de autoridad.

Cuarto, si el magisterio conciliar no compromete su autoridad por modo indirecto.

Hemos hecho un gran esfuerzo por poner en claro nuestro pensamiento. Creemos haber considerado las opiniones contrarias a la nuestra con honestidad y respeto; nos parece haber respondido con razones propias y no con argumentos ad hominem. Escuchamos decir alguna vez que la claridad es la caridad de la verdad. Si alguno nos hiciera la caridad de refutar o corregir de modo semejante lo que aquí exponemos, le estaremos enormemente agradecidos. Si no nuestra persona, al menos el problema que tratamos lo merece.

CONTINUARÁ...