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lunes, 5 de septiembre de 2016

LA CONFESIÓN - TEMAS DE MEDITACIÓN - Padre Antonio Royo Marín, O.P.


Efectos positivos

INTRODUCCIÓN


1. Muchas cosas en la vida se pierden y no se recuperan jamás. Perdemos un brazo, una pierna, un ojo; y los perdemos para siempre.

2. Cuando perdemos la amistad de Dios, la gracia santificante, ¿hemos de desesperarnos? No. Cristo nos ha dado un medio para recuperar lo que vale infinitamente más que un miembro del cuerpo.

3. Por la confesión podemos recuperar a Dios mismo. El sacramento de la  penitencia nos perdona los pecados, pero además no da:

a) La gracia santificante: una participación de la misma vida divina.

b) Nos devuelve los méritos de nuestras buenas obras, a los cuales habíamos perdido todo derecho.

c) Unos auxilios, unas armas especiales que nos hacen más fuertes ante los enemigos de nuestra alma.

4. He aquí los tres principales efectos positivos de una buena confesión.

I. VIDA DIVINA EN EL CORAZÓN DEL HOMBRE

A) Una energía de orden sobrenatural

1. Una verdad muy grande encierra este dicho alemán: "Los hombres en este mundo no se afanan más que por tener bienes y dinero; y cuando los han conseguido, se acuestan para morir".

2. ¿Queréis ser millonarios, pero millonarios de verdad, de algo que os acompañe siempre, que no se quede en los bancos de este mundo? Manteneos en contacto permanente con la central divina: la energía de la gracia.

3. La gracia es un don sobrenatural que Dios nos concede para hacemos hijos suyos y herederos del cielo.

4. La gracia es esa energía, esa riqueza que nunca nos abandona. La gracia nos alumbra en el camino del cielo, con ella conseguiremos la felicidad que nunca acaba.

B) Gracia común y gracia sacramental

1. No son dos especies distintas. La gracia es una e indivisible. Es una participación de la misma naturaleza divina que es simplicísima.

2. Sin embargo, tiene que existir alguna diferencia entre ambas que nos dé razón de su existencia.

a) Llamamos gracia común u ordinaria a la gracia santificante que se adquiere o aumenta independientemente de los sacramentos. Es la gracia santificante sin más. Suele denominarse "gracia de las virtudes y los dones".

b) Es gracia sacramental la que confieren los sacramentos con un matiz especial. Añade a la común un modo intrínseco diverso, con una exigencia de auxilios actuales en orden a los efectos y fines propios del sacramento.

C) De nuevo en contacto con la vid

1. La característica o matiz propio de la gracia del sacramento de la penitencia es el ser sanativa o reparadora.

2. Por el pecado habíamos roto el contacto con Dios. Sarmientos separados de la vid.

3. El sacramento vuelve a establecer esa unión. En virtud de la absolución sacramental vuelve a circular por nuestra alma la "savia divina" de la gracia.

4. Estábamos muertos y la absolución nos resucita. La penitencia y el bautismo son de lo suyo sacramentos de muertos, comunican la primera gracia.

5. Si cuando nos confesamos estamos en gracia de Dios, la absolución actúa como un sacramento de vivos, confiere la segunda gracia, hace más robustos los lazos que unen los sarmientos con la vid.

II. LO PERDIDO VUELVE A SER NUESTRO

A) Las obras buenas realizadas en gracia

1. No todas nuestras obras tienen valor sobrenatural. El pecado es un mal que arrebata la gracia, la vida del alma en el orden sobrenatural: obras mortíferas.

2. Ni siquiera todas las obras buenas tienen ese valor para la vida eterna. Es bueno dar una limosna, pero si lo haces en pecado mortal es sólo naturalmente bueno: obras muertas.

3. Solamente las buenas obras realizadas en estado de gracia son meritorias ante 
Dios. Y éstas se pierden por el pecado, pero se recuperan al recibir nuevamente la gracia de Dios.

B) El pecado mortal y la buena confesión

1. Llevas muchos años viviendo en gracia, haciendo obras de caridad; no importa que los hombres no lo sepan. Dios lo apunta todo, ah, pero tienes la desgracia de cometer un solo pecado mortal, y ¡todo se perdió!

2. ¿Para qué te ha valido ser bueno tanto tiempo, si ahora te quedas sin nada? Escucha:

a) Para que Dios tenga compasión de ti y te dé la gracia del arrepentimiento; para que El mueva tu corazón y vuelvas a amarle sobre todas las cosas.

b) Para que, mediante una buena confesión, vuelvan a pertenecerte todos los méritos de tus buenas obras anteriores.


3. Aquellas obras ya han pasado, ya no existen; pero permanecen en la aceptación divina -para Dios todo está, presente - Por la penitencia esas obras, los méritos de ellas, recuperan la virtud de conducirte a la vida eterna.

4. El grado en que reviven esas buenas obras depende de tus disposiciones actuales. Puede ser, incluso, en mayor grado e intensidad, si el movimiento hacia la penitencia y el aborrecimiento del pecado es más intenso que antes.

III. ARMAS DEL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA
El sacramento de la penitencia confiere al que lo recibe dignamente unos auxilios especiales para no recaer en el pecado, para vencer mejor a los enemigos de nuestra alma.

1. La confesión tiene razón de ser en sí misma, un valor propio, independiente de la comunión. Confiere la gracia santificante si estábamos en pecado o nos la aumenta si ya la teníamos.

2. Junto con la gracia común confiere la gracia sacramental propia: el derecho a los auxilios actuales en orden a los efectos y fines del sacramento.

3. El pecador puede abusar de estos auxilios, pero entonces lo que suceda dependerá de él. "El que ama el peligro caerá en él" (Eclo. 3, 27).


4. La confesión produce un doble efecto en el orden del bien sobrenatural:

a) Borra todos los pecados cometidos con la pena debida por ellos:

- La pena eterna de una manera total y completa.

- La temporal, total o parcialmente, según las disposiciones.

b) Confiere una gracia sobreabundante para deshacer todos los daños causados por el pecado. Es una luz potente para discernirlos, una gran fortaleza para evitarlos en adelante.

CONCLUSIÓN

La mejor defensa es el ataque. Es, pues, importantísima la confesión frecuente.

1. Hay menos polvo en una habitación que se limpia con
frecuencia, que en la que no se emplea la escoba más que una vez al año.


2. El que se confiesa con frecuencia no lo hace porque tiene muchos pecados, sino para no tenerlos.