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martes, 27 de septiembre de 2016

Ite Missa Est

27 DE SEPTIEMBRE

LOS SANTOS
COSME Y DAMIAN, MARTIRES.

Epístola – Sap; V, 16-20
Evangelio – San Lucas; VI, 17-23


¡HONOR A LOS MÉDICOS!'

"Honra al médico, pues tienes de él necesidad. A él también le ha creado el Altísimo. El Altísimo ha criado los medicamentos; no es de prudentes rechazarlos. "¿No endulzó Dios el agua amarga con un leño? El dió a los hombres la ciencia de los remedios. Con ellos el médico aplaca el dolor y el boticario hace las mezclas para que la criatura de Dios no perezca. Hijo, si estás enfermo, no te impacientes. Ruega al Señor y él te curará. Huye del pecado y purifica tu corazón de toda culpa. Ofrece el incienso y la oblación de flor de harina y haz los mejores sacrificios que puedas. Y llama al médico y no le alejes de ti, pues también él te es necesario. "Hay un tiempo en que el suceso feliz está en sus manos, porque también él rogará al Señor para que le conceda procurar alivio y ¡a salud a fin de prolongar la vida del enfermo". Palabras de la Sabiduría que convenía citar en esta fiesta. Fiel al precepto divino antes que nadie, la Iglesia honra hoy en Cosme y Damián a esta carrera de la medicina en la que tantos otros lograron la santidad.

JESUCRISTO Y EL SUFRIMIENTO. — Sería un error grande pensar que la Iglesia, inquieta de la salvación de las almas y convencida de que el sufrimiento es para las mismas una fuente de inmensos méritos, se desinteresa del cuerpo de los fieles y de las miserias que los punzan. ¿No fue Nuestro Señor Jesucristo el primero que se manifestó en el Evangelio como médico de las almas y de los cuerpos? La mayor parte de sus milagros tuvieron por objeto la curación de enfermedades y dolencias y hasta la resurrección de los muertos. Si la piedad de su corazón llegaba hasta el alma de aquellos desventurados que estaban ante El, y allí llevaba el remedio dando la gracia de la contrición y el perdón de los pecados, no olvidaba la enfermedad física, sino que la curaba también con el mismo poder y con la misma bondad.

LA IGLESIA Y EL SUFRIMIENTO. — Depositarios del poder de los milagros, los Apóstoles continuaron la misión de su Maestro y el libro de los Hechos nos dice que el primer milagro de San Pedro fué curar a un pobre hombre, cojo de nacimiento. Desde .que la Iglesia tuvo libertad, fundó no sólo escuelas para la instrucción y educación de la juventud, sino también hospitales para los ancianos y enfermos. Por su doctrina, toda caridad y mansedumbre, por su ejemplo de abnegación y de sacrificio, infundió en muchos de sus hijos el pensamiento y el deseo de entregarse al servicio de los atribulados. En el correr de los tiempos se han fundado numerosas Congregaciones para cuidar de los enfermos: Hermanos de San Juan de Dios, Hermanas de San Vicente de Paúl, etc., y se cuentan por millares en nuestras comarcas y en los países de Misiones los hospitales, los dispensarios donde religiosos y religiosas curan, con una abnegación indiscutible y que provoca la admiración general, todas las miserias del pobre género humano.

JESUCRISTO EN SUS HERMANOS DOLIENTES. — Cierto que esta actividad generosa se ejerce por un amor desinteresado hacia los pobres pacientes; pero también es cierto que el motivo principal es el amor a Cristo, el cual continúa sufriendo en sus miembros desdichados. Al curar al enfermo, el enfermero y la enfermera miran más lejos: miran al Señor que sufre: por su amor desprecian la repugnancia natural, no hacen caso de la fatiga que los cuidados y las vigilias les ocasionan, pasan por alto todas las dificultades que encuentran en el enfermo o en lo que le rodea; y no piden ni remuneración ni recompensa. Mas la recompensa la tienen segura: muchas veces la de los hombres, pero principalmente y de modo infalible, la de Dios. El contacto con Dios es saludable, santificante. El prójimo hace las veces de Dios. Y por eso se sirve en el prójimo a El, y hasta El sube el cariño que se prodiga al prójimo. Un vaso de agua que se ofrezca en su nombre, no quedará sin recompensa: ya desde ahora llueven sus gracias en abundancia en aquellos que así le sirven y, en el día del juicio, oirán con gozo que el Juez Supremo les dice: "Estuve enfermo y me visitasteis"

LOS SANTOS MÉDICOS.—De modo que no es mucho de admirar el que se haya santificado gran multitud de almas en el ejercicio constante de caridad fraterna. Las Letanías de los Santos médicos enumeran 57 nombres y quedan muy incompletas aún, porque habría que añadir los nombres de los Santos y Santas que, sin haber conseguido el diploma o el título de doctor en medicina, con todo consagraron su vida al cuidado de los enfermos. Se tendrían que poner también los nombres de los misioneros martirizados que con su fe llevaron a regiones lejanas su decisión de consagrarse a aliviar todos los padecimientos físicos. Los ángeles llevan al día la lista de este Libro de Oro, donde leeremos en la eternidad las maravillas que la caridad obró en las almas generosas y las que ella llevó al cabo, que son mayores aún.

VIDA.— Sería más fácil hacer la historia del culto de los Santos Cosme y Damián, que dar pormenores de su vida y su muerte. La tradición nos dice que fueron hermanos, médicos, árabes, y, en fin, que dieron su vida por Jesucristo. Comenzó su culto en Ciro, ciudad de la Siria septentrional; en el siglo v tuvieron allí una basílica y, en 530, el peregrino Teodosio advierte que en esa ciudad fueron también martirizados. Su fama se propagó rápidamente y se encuentran huellas de su culto en Cilicia, en Edesa, en Egipto. El Papa Símaco (498-514) les dedicó un oratorio en Roma y Pulgencia un monasterio en Cerdeña, en 520. En el siglo vin, Gregorio II instituía una Misa estacional para el jueves de la tercera semana de Cuaresma, y la fijaba en la iglesia dedicada a estos Santos, los cuales, en nuestros días, han sido declarados Patronos de una asociación de médicos católicos y también de las facultades de medicina.

ORACIÓN A SAN COSME Y SAN DAMIÁN. — Extractamos del misal mozárabe una magnífica oración para implorar la protección de San Cosme y San Damián: "Oh Dios, médico eterno que nos curas, que hiciste a Cosme y a Damián inquebrantables en la fe, en la valentía invencibles, para que por medio de sus heridas tuviesen remedio las heridas humanas. Antes de su pasión, con la terapéutica de este mundo consiguieron la salud para los pueblos; nómbralos, te lo rogamos, custodios y médicos de nuestras enfermedades. Ellos curan todas nuestras dolencias. Gracias a ellos la curación no tenga recaída; por ellos encuentren el remedio los cuerpos y las almas. Pongan fin a las enfermedades secretas del alma; otorguen rápida curación a las enfermedades sensibles. Con su intercesión limpien el pus de las heridas. Con los dedos de su oración purifiquen las Interioridades de los heridos. Vayan por delante de las miserias humanas para remediarlas. Apresúrense a aliviar caritativamente las cargas que los hombres se echan encima. Y, asimismo, nos conserven totalmente indemnes de la enfermedad del pecado y nos guíen a la patria celestial para ser coronados en ella. Amén." 


PLEGARIA A TODOS LOS SANTOS MÉDICOS. — Terminamos con una oración a todos los Santos médicos para encomendarnos a su benévola solicitud "¡Oh vosotros todos, Santos y Santas de Dios ilustres en la profesión médica y en la caridad con que cuidasteis a los enfermos indigentes, a vosotros os honra y venera la Iglesia católica! Y, en primer lugar, tú, santísimo Lucas, Evangelista de Nuestro Señor Jesucristo, príncipe y patrono de los médicos cristianos; vosotros, médicos insignes, Cosme, Damián, Pantaleón, Ursino, Ciro de Alejandría, César de Bizancio, Codrato de Corinto, Eusebio el griego, Antíoco de Sebaste, Zenobio de Egea; y vosotras también, Santas y dulcísimas consoladoras de los enfermos, curadoras de sus males, expertas en el arte de la medicina: Teodosia la mártir ilustre, madre de San Procopio, mártir también, Nicerata de Constantinopla, Hildegardis, virgen de Maguncia, Francisca Romana, a quienes han hecho tan gloriosamente célebres vuestra caridad con los enfermos pobres y vuestros milagros: interceded por nosotros junto a Aquel por quien vivisteis en la fe y la caridad, y por cuyo amor ejercisteis la medicina, para que nosotros, de aquí en adelante imitadores vuestros en la santidad cristiana y en la caridad con que cuidasteis a los pobres enfermos, pasemos nuestra vida en la piedad y en la paciencia y considerando los magníficos y gloriosos honorarios de la eterna bienaventuranza que recibiremos por fin de nuestro generosísimo Jesucristo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén."