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sábado, 24 de septiembre de 2016

Ite Missa Est

24 DE SEPTIEMBRE
NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED

Epístola – Eccli; XXIV, 14-16

Evangelio – San Lucas; XI, 27-28

FORTALEZA Y SUAVIDAD. — Se termina septiembre con la lectura del libro de Judit y el de Ester en el Oficio del Tiempo. Dos libertadoras gloriosas, que fueron figura de María; el nacimiento de María ilumina este mes con un resplandor tan claro, que, sin esperar más, el mundo siente ya su ayuda. Adonaí, Señor, tú eres grande; te admiramos, oh Dios, a ti, que pones la salvación en manos de la mujer1; de este modo abre la Iglesia la historia de la heroína que salvó a Vetulia con la espada, mientras la sobrina de Mardoqueo tan sólo empleó, para librar de la muerte a su pueblo, halagos y peticiones. Dulzura en una, valentía en otra, y en las dos belleza; pero la Reina que se escogió el Rey de reyes, lo eclipsa todo con su perfección sin igual; ahora bien, la presente fiesta es un monumento del poder que despliega para poner también ella en libertad a los suyos.

LA ESCLAVITUD. — La Media Luna no se extendía ya más. Rechazada en España, contenida en Oriente por el reino latino de Jerusalén, se la vió a lo largo del siglo x n hacer más que nunca esclavos entre los piratas, ya que no podía tenerlos conquistando nuevas regiones. Menos molestada por los cruzados de entonces, el Africa sarracena cruzó el mar para sostener el mercado musulmán. Se estremece el alma al pensar en tantísimos desgraciados de toda clase, sexo y edad, arrebatados de las costas de los países cristianos o apresados, mar adentro y rápidamente repartidos entre el harén y la mazmorra. Con todo, hubo allí, en el secreto espantoso de prisiones sin historia, admirables heroísmos con que se honró tanto a Dios como en las luchas de los mártires antiguos que con razón llenan el mundo con su fama; después de doce siglos, bajo de la mirada de los Angeles, allí encontró María ocasión de abrir horizontes, en los dominios de la caridad, a aquellos cristianos libres que, dedicándose a salvar a sus hermanos, quisiesen dar ellos también pruebas de un heroísmo desconocido hasta entonces. ¿Y no está aquí harto bien justificada, la razón que permite el mal pasajero en este mundo? El cielo que tiene que ser eterno, sin el mal no seria tan bello. Cuando en 1696, Inocencio XII extendió la fiesta de hoy a la Iglesia universal, no hizo más que ofrecer al mundo agradecido el medio de hacer una declaración tan universal como lo era el beneficio.

LAS ORDENES REDENTORAS. — En su origen, la Orden de la Merced, fundada, si así se puede decir, en pleno campo de batalla contra los Moros, contó más caballeros que clérigos; cosa que no ocurría en la Orden de la Santísima Trinidad, que la precedió veinte años. Se la llamó la Orden real, militar y religiosa de Nuestra Señora de la Merced para la redención de cautivos. Sus clérigos se dedicaban de modo más especial al cumplimiento del Oficio del coro en las encomiendas; los caballeros vigilaban las costas y desempeñaban la comisión peligrosa de rescatar a los prisioneros cristianos. San Pedro Nolasco fué el primer Comendador o gran Maestre de la Orden; al hallarse sus preciosos restos, se encontró al santo todavía armado de la coraza y de la espada. Leamos las líneas siguientes, en las que la Iglesia nos da hoy su pensamiento, recordando hechos ya conocidos. Cuando el yugo sarraceno pesaba con todo su peso sobre la mayor parte de España y la más rica, y eran innumerables los desgraciados creyentes que en una espantosa esclavitud estaban expuestos al peligro inminente de renegar de la fe y de olvidar su salvación eterna, la bienaventurada Reina de los cielos, acuidiendo con bondad a tantos males, demostró su gran caridad para rescatar a los suyos. Se apareció a San Pedro Nolasco, cuya piedad corría parejas con su fortuna, el cual, meditando en la presencia de Dios, pensaba sin cesar en el medio de socorrer a tantos desgraciados cristianos prisioneros de los moros; dulce y propicia, la bienaventurada Virgen se dignó decir que para Ella y para su único Hijo sería muy agradable, el que se fundase en su honor una Orden religiosa a la que incumbiese la tarea de libertar a los cautivos de la tiranía de los Turcos. Animado con esta visión del cielo, es imposible expresar en qué ardor de caridad se abrasaba el varón de Dios; no tuvo más que un pensamiento en su corazón: entregarse él, y la Orden que debía fundar, a la práctica de esta altísima caridad que consiste en entregar su vida por sus amigos y por su prójimo. Fue bien, la misma noche, la Santísima Virgen se aparecía al bienaventurado Raimundo de Peñafort y al rey Jaime I de Aragón, haciéndoles saber igualmente su deseo respecto a los dichos religiosos y rogándolos se ocupasen en una obra de tal importancia. Pedro, pues, acudió rápidamente y se puso a los pies de Raimundo, que era su confesor, para referirle todo; se encontró con que estaba instruido de lo alto, y se sometió humildemente a su dirección. El rey Jaime llegó entonces, favorecido también de las revelaciones de la bienaventurada Virgen y resuelto a llevarlas adelante. Por lo cual, después de tratarlo entre ellos, de común acuerdo tomaron a su cuenta el instituir en honor de la Virgen Madre la Orden que se llamaría de Santa María de la Merced para la Redención de cautivos. El diez de agosto, pues, del año del Señor 1218, el rey Jaime llevó al cabo el proyecto anteriormente madurado por estos santos personajes; los nuevos religiosos se obligaban, por un cuarto voto, a quedar en rehenes bajo del poder de los paganos, si era ello necesario para la liberación de los cristianos. El rey les concedió llevar en el pecho sus propias armas; tuvo empeño en conseguir de Gregorio IX la confirmación de un instituto religioso que practicaba una caridad tan eminente con el prójimo. Pero el mismo Dios, por medio de la Virgen Madre, dió también tales acrecentamientos a la obra que fué pronto felizmente conocida en todo el mundo; contó multitud de sujetos notables en santidad, piedad, caridad, recogiendo las limosnas de los fieles de Jesucristo y empleándolas en el rescate del prójimo, entregándose más de una vez a sí mismos para la liberación de muchísimos. Convenía que por tal institución y por tantos beneficios se diesen a Dios dignas acciones de gracias y también a la Virgen Madre; y por eso, la Sede Apostólica, después de otros mil privilegios con que había colmado a esta Orden, dispuso la celebración de esta fiesta particular y de su Oficio.

NUESTRA SEÑORA LIBERTADORA. — ¡Sé, bendita, oh tú, gloria de tu pueblo y alegría nuestra M El día de tu Asunción gloriosa subiste por nosotros a tomar posesión de tu título de Reina2; los anales del linaje humano están llenos de tus intervenciones misericordiosas. Por millones se cuentan los que dejaron caer sus grillos gracias a tu protección, y los cautivos que sacaste del infierno sarraceno, vestíbulo del de Satanás. Ha bastado siempre tu sonrisa para disipar las nubes, para secar las lágrimas de este mundo, que saltaba de gozo al recordar hace poco tu nacimiento. ¡Cuántos dolores hay todavía hoy en el mundo! ¡Tú misma quisiste saborearlos durante tu vida mortal en el cáliz del sufrimiento! para algunos, dolores fecundos, dolores santificadores; pero ¡qué lástima!, dolores estériles y perniciosos también en los desgraciados amargados por la injusticia social, para quienes la esclavitud de la fábrica, las mil formas de explotación del débil por el fuerte, pronto se echa de ver que son peor que la esclavitud de Argel o de Túnez. Tú sola, oh María, puedes desenredar esas cadenas tan enmarañadas con que. el príncipe del mundo irónicamente tiene apresada a una sociedad que él extravió en nombre de las grandes palabras de igualdad y de libertad. Dígnate intervenir y prueba que eres Reina. El mundo entero, todo el género humano te dice como Mardoqueo a la que había criado: Habla al Rey por nosotros y líbranos de la muerte.