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sábado, 27 de agosto de 2016

TRATADO DEL AMOR A DIOS - San Francisco de Sales




Mas, porque esta suprema sabiduría había resuelto mezclar de tal manera el amor original con la voluntad de sus criaturas, que no la forzase en manera alguna sino que la dejase en libertad, previó que una parte, la menor, de la naturaleza angélica, apartándose voluntariamente del santo amor, perdería, por consiguiente, la gloria. Y, puesto que la naturaleza angélica no podía cometer este pecado. Sino con una especial malicia, sin tentación ni motivo alguno que pudiese excusaría, y por otra parte, la mayoría de esta misma naturaleza había de permanecer firme en el servicio del Salvador, Dios, que había tan grandemente glorificado su misericordia con su designio de la creación de los ángeles, quiso también exaltar su justicia, y, en el furor de su indignación, determinó abandonar para siempre a aquella triste y desgraciada multitud de pérfidos, que, en el furor de su rebeldía, le habían tan villanamente dejado previó también que el primer hombre abusaría de su libertad, y que, perdiendo la gracia, perdería también la gloria; pero no quiso tratar tan rigurosamente a la naturaleza humana como a la angélica.

Era la naturaleza humana aquella naturaleza de la cual había resuelto sacar una afortunada pieza, para unirla a su divinidad vio que era una naturaleza débil; un viento que va y no vuelve, porque al irse, ya queda desvanecido. Tuvo en cuenta el engaño de que había sido objeto el primer hombre, por parte del maligno y perverso Satanás, y la fuerza de la tentación que le arruinó. Vio que todo el linaje humano perecía por la falta de uno solo, y, por todas estas razones, miró con compasión a nuestra naturaleza y resolvió perdonarla. Mas, para que la dulzura de su misericordia apareciese adornada con la belleza de su justicia, determinó salvar al hombre por vía de rigurosa redención, y, como ésta no se pudiese realizar inmediatamente, sino por medio de su Hijo, decretó que éste rescatase a los hombres, no sólo por uno de sus actos de amor, que hubiera sido más Que suficiente para rescatar millares de millones de hombres, sino también por todos los innumerables actos de amor y de dolor que habría  de sufrir hasta la muerte, y muerte de cruz a la cual le destinó, queriendo, con ello, que se hiciese partícipe. de nuestras miserias, para hacernos, después, participes de su gloria, mostrándonos, de esta manera, las riquezas de su bondad por esta redención copiosa 8, abundante, superabundante, magnífica y excesiva, la cual adquirió y, por decirlo así, reconquistó para nosotros todos los medios necesarios para llegar a la gloria, de suerte que jamás pudiese nadie quejarse de haber faltado la divina misericordia a uno solo.

Que la celestial Providencia a proveído a los hombres
de una redención copiosísima

La divina Providencia, al trazar su eterno proyecto y plan de todo cuanto habla de crear, quiso, en primer lugar, y amó con singular predilección, al objeto más amable de su amor, que es nuestro Salvador, y, después, por orden, a todas las demás criaturas, según la mayor o menor relación de las mismas con el servicio, el honor y la gloria del mismo Señor. Todo, pues, ha sido hecho para este Hombre divino, el cual, por lo mismo, es llamado el primogénito de toda criatura, poseído por la divina Majestad desde el principio de sus caminos, antes de que hiciese cosa alguna; creado al comienzo, antes de los siglos, porque en Él fueron hechas todas las cosas, y Él es antes que todas ellas y todas las cosas están establecidas en Él, y Él es el jefe de toda la IgLesia, poseyendo, en todo, la primacía ".

¿Quién, pues, dudará de la abundancia de medios de salvación, pues tenemos un tan gran Salvador, por consideración al cual hemos sido hechos y por cuyos méritos hemos sido rescatados? Pues él murió por todos, porque todos estaban muertos, y su misericordia fue más saludable para rescatar el linaje humano, que había sido venenosa la miseria de Adán para perderle. Y tan lejos estuvo el pecado de Adán de exceder a la bondad divina, que, al contrario, la excitó y la provocó, de tal manera que, por una suave y amorosísimo emulación y porfía se robusteció en presencia de su adversario, y, como quien concentra sus fuerzas para vencer, hizo que sobreabunde la gracia donde había abundado la iniquidad, de suerte que la santa Iglesia, movida por un santo exceso de admiración, exclama conmovida, la víspera de Pascua:

¡Oh pecado de Adán, verdaderamente necesario, que ha sido borrado por la muerte de Jesucristo! ¡Oh feliz culpa, que ha merecido tener un tal y tan grande Redentor! Tenemos, pues, razón, de decir con uno de los antiguos: Estábamos perdidos, si no nos hubiésemos perdido; es decir, nuestra pérdida nos fue provechosa, porque, en efecto, la naturaleza recibió más gracia por la redención, de la que jamás hubiera recibido por la inocencia de Adán, si hubiese perseverado en ella.         

Porque, aunque la divina Providencia haya dejado en el hombre grandes señales de su severidad, aun entre la misma gracia de su misericordia, como, por ejemplo, la necesidad de morir, las enfermedades, los trabajos, la rebelión de la sensualidad con todo, el favor celestial, como sobrenadando por encima de todo esto, se complace en convertir todas estas miserias en mayor provecho de aquellos a quienes ama, haciendo que de los trabajos nazca la paciencia, que la necesidad de morir produzca el desprecio del mundo, y que se reporten mil victorias sobre la concupiscencia. Los ángeles dice el Salvador- se alegran más en el cielo Por un pecador que hace penitencia, que por noventa y nueve justos que no necesitan de ella. Asimismo, el estado de la redención vale cien veces más que el de la inocencia. Ciertamente, al ser rociados con la sangre de nuestro Señor por el hisopo de la cruz. hemos recibido una blancura sin comparación más excelente que la de la nieve de la inocencia y hemos salido, como Naaman, del baño del río de la salud más puros y más limpios que si jamás hubiésemos sido leprosos, a fin de que la divina Majestad, tal como nos mandó que lo hiciéramos nosotros, no fuese vencida por el mal, sino que venciese el mal con el bien n, y para que su misericordia, como aceite sagrado, prevaleciese sobre sus juicios, y sus piedades excediesen a todas sus obras.

De algunos favores especiales hechos en la redención
le los hombres por la Divina Providencia.

Muestra Dios, sin duda, de una manera admirable la riqueza incomprensible de su poder en esta tan enorme variedad de cosas que vemos en. la naturaleza; pero manifiesta todavía con mayor magnificencia los tesoros infinitos de su bondad en la variedad sin igual de bienes que reconocemos en la gracia; porque, en el exceso de su misericordia, no se contentó con favorecer a su pueblo con una redención general y universal, por lo que cada uno pudiese ser salvo, sino que la diversificó con tan variados matices, que mientras su liberalidad resplandece en esta variedad, ésta, a su vez, embellece a aquélla. Reservó, pues, primeramente, para su santísima madre un favor, digno del amor de un hijo, el cual, siendo omnisciente, omnipotente infinitamente bueno, hubo de elegir una madre que fuese según su beneplácito, y, por consiguiente, quiso que su redención le fuese aplicada por manera de remedio preservativo, para que el pecado, que se deslizaba de generación en generación, no llegase hasta ella; de forma que fue rescatada de una manera tan excelsa, que, aunque el torrente de la iniquidad original hizo que sus desdichadas olas batiesen hasta muy cerca de la concepción de esta sagrada Señora, con tanto ímpetu como lo hizo contra las demás hijas de Adán, con todo, al llegar allí, no pasó más adelante, sino que se detuvo, como antiguamente el Jordán, en tiempo de Josué y por los mismos respetos; porque este río detuvo la corriente de sus aguas en reverencia del paso del Arca de la Alianza, y el pecado original retiró sus aguas reverente y temeroso en presencia del verdadero tabernáculo de la alianza eterna.