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lunes, 1 de agosto de 2016

PROMETEO LA RELIGIÓN DEL HOMBRE

PROMETEO
LA RELIGIÓN
DEL HOMBRE
ENSAYO DE UNA HERMENÉUTICA
DEL CONCILIO VATICANO II
  PADRE ÁLVARO CALDERÓN

I. EL OPTIMISMO DEL NUEVO HUMANISMO

1º Un Concilio optimista

En el discurso inaugural del 11 de octubre de 1962, Juan XXIII propuso que el optimismo fuera el sello de su Concilio:

Optimismo ante la modernidad, que ha contribuido a la libertad de la Iglesia: “Quienes en los tiempos modernos no ven otra cosa que prevaricación y ruina”, son “almas que, aunque con celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida” (n. 9). "Disentimos de esos profetas de calamidades que siempre están anunciando infaustos sucesos como si fuese inminente el fin de los tiempos”. “En el presente orden de cosas, en el cual parece apreciarse un nuevo orden de relaciones humanas”, se puede reconocer fácilmente la intervención de la Providencia “haciendo que todo, incluso las adversidades humanas, redunden en bien para la Iglesia” (n. 10), sobre todo en que “estas nuevas condiciones impuestas por la vida moderna tienen, al menos, una ventaja : la de haber hecho que desaparezcan los innumerables obstáculos con que en otros tiempos los hijos del siglo impedían el libre obrar de la Iglesia” (n. 11).

Optimismo ante la jerarquía, sin defecto en la doctrina: “Si la tarea principal del Concilio fuera discutir uno u otro artículo de la doctrina fundamental de la Iglesia, repitiendo con mayor difusión la enseñanza de los padres y teólogos antiguos y modernos, que suponemos conocéis y tenéis presente en vuestro espíritu, para esto no era necesario un Concilio” (n. 14).

Optimismo ante los errores, que desaparecen fácilmente: “Al iniciarse el Concilio ecuménico Vaticano II es evidente como nunca que la verdad del Señor permanece siempre. Vemos, en efecto, al pasar de un tiempo a otro, que las opiniones de los hombres se suceden excluyéndose mutuamente y que los errores, apenas nacidos, se desvanecen como la niebla ante el sol” (n. 15).

Optimismo ante los fieles, cuya dignidad es incorruptible: “Siempre se opuso la Iglesia a estos errores. Frecuentemente los condenó con la mayor severidad. En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiere usar de la medicina de la misericordia más que de la severidad. Piensa que hay que remediar a los necesitados mostrándoles la validez de su doctrina sagrada más que condenándolos. No es que falten doctrinas falaces, opiniones, conceptos peligrosos que hay que prevenir y disipar; pero ellos están ahí, en evidente contraste con la recta norma de la honestidad, y han dado frutos tan perniciosos que ya los hombres, por sí solos, hoy día parece que están por condenarlos, y en especial aquellas formas de vida que desprecian a Dios y a su Ley... Cada día están más convencidos del máximo valor de la dignidad de la persona humana” (n, 15).

Optimismo ante los infieles, que están llenos de buena voluntad: “Parece como refulgir con un triple rayo de luz benéfica la unidad de los católicos entre sí, que debe conservarse ejemplarmente compacta; la unidad de oraciones y fervientes deseos con que los cristianos separados de esta Sede Apostólica aspiran a estar unidos con nosotros; y, finalmente, la unidad en la estima y respeto hacia la Iglesia católica de parte de quienes todavía siguen religiones no cristianas” (n. 17).

Optimismo ante la política, que pronto establecerá la paz: “[El Concilio] prepara y consolida ese camino hacia la unidad del género humano que constituye el fundamento necesario para que la ciudad terrenal se organice a semejanza de la ciudad celeste” (n. 18).

Optimismo, en fin, ante el mismo Concilio: “El Concilio que comienza aparece en la Iglesia como un guía prometedor de luz resplandeciente. Ahora es sólo la aurora, y el primer anuncio del día que surge” (n. 19). “Puede decirse que el cielo y la tierra se unen para celebrar el Concilio” (n. 20). Y en el discurso de clausura, Pablo VI pudo proclamar que los deseos de su predecesor se habían cumplido: “Hace falta reconocer que este Concilio se ha detenido más en el aspecto dichoso del hombre que en el desdichado. Su postura ha sido muy a conciencia optimista. Una corriente de afecto y admiración se ha volcado del Concilio hacia el mundo moderno. Ha reprobado sus errores, sí, porque lo exige no menos la caridad que la verdad; pero, para las personas, sólo invitación, respeto y amor. El Concilio ha enviado al mundo contemporáneo, en lugar de deprimentes diagnósticos, remedios alentadores; en vez de funestos presagios, mensajes de esperanza; sus valores no sólo han sido respetados, sino honrados, sostenidos sus incesantes esfuerzos, sus aspiraciones, purificadas y bendecidas” (n. 9).

 2º La alegría católica

El problema del optimismo no es pequeño ni secundario, lo que fácilmente podemos apreciar hoy, cuando la humanidad entera se hunde en la depresión. El hombre perdió la alegría al salir del Paraíso terrenal. La vida familiar y social, que tendría que haber sido su gozo aquí en la tierra mientras esperaba la beatitud celestial, se le transformó en motivo de penas y tristezas: “Dijo Dios a la mujer : «...Parirás con dolor los hijos y buscarás con ardor a tu marido, que te dominará». Y dijo a Adán: «...Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella has sido tomado, ya que polvo eres y al polvo volverás»” (Gen 3, 16-19). Los que perdieron la noticia del drama inicial de la humanidad se preguntaron por la felicidad, y los más lúcidos de ellos, Platón y Aristóteles, fueron muy pesimistas en cuanto a la posibilidad de ordenar la vida entre los hombres como para que pudiera alcanzarse. Muy pocos recordaron la promesa del Redentor -por dos veces uno solo: Noé y Abraham-, y aunque Dios se hizo un pueblo de ellos, el Pueblo de la Promesa, muchas veces tuvo que reanimarle la esperanza, tantas fueron las tristezas en que vivió. De hecho, cuando vino finalmente el Salvador, el fariseísmo había sumido al pueblo judío en una profunda desesperación: “Dijo Jesús a los Doce: ¿Queréis iros vosotros también? Respondióle Simón Pedro: Señor, ¿a quién iríamos? [Sólo] Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 67). Jesucristo no sólo nos devolvió el optimismo al anunciarnos la inminencia del Reino de Dios: “Id y predicad, diciendo que se acerca el Reino de los cielos” (Mt 10, 7), sino que nos anticipó la alegría de su posesión: “Tened por cierto que ya el reino de Dios está en medio de vosotros” (Lc 17, 21). Porque el optimismo consiste en la esperanza cierta del bien óptimo, que no es otro que Dios, mientras que la alegría se sigue de su posesión, y Jesucristo no sólo nos conduce a Dios, sino que es Dios con nosotros : “Yo estaré siempre con vosotros hasta la consumación del siglo” (Mt 18, 20). Pero la alegría cristiana, que casi podría considerarse como la quinta nota de la Iglesia católica, guarda su misterio, pues brota de la Cruz, como las aguas brotaban del Paraíso para regar toda la tierra. Porque la alegría cristiana es capaz de alimentarse de las más grandes tristezas, pues nace de la aceptación amorosa del sufrimiento en unión con el sacrificio de Cristo: “Ellos se fueron muy alegres de la presencia del sanedrín, porque habían sido dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús” (Act 5, 41). El misterio de la alegría católica, entonces, se concentra en la Eucaristía, pues por ella nos unimos al sacrificio de Cristo, en ella conservamos su presencia, con ella comulgamos en su vida. La Cristiandad medieval supo ser alegre en medio de sus tantísimas penas porque tuvo una gran devoción a la Cruz, devoción rudísima que se hacía suave y como humana por lo tanto o más grande devoción a la Eucaristía y a la Virgen María. Pero la espiritualidad de la Cruz exige una fe muy viva, y parece malsana locura a los ojos puramente humanos: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles” (1 Cor 1, 23). Por eso se comprende que los que fueron cayendo en la acidia que dio lugar al mal llamado Renacimiento, juzgaran de manera negativa el espíritu que forjó la Cristiandad. El humanismo, entonces, de los siglos XIV y XV pretendió ser una reacción optimista frente al supuesto pesimismo del catolicismo medieval. La espiritualidad sacrificial del medioevo habría llevado a un desprecio de los valores puramente humanos, y los hombres del Renacimiento quisieron mostrar que se podía disfrutar en el tiempo de las bellezas terrenales, dejando para la eternidad las alegrías del cielo.

3º El optimismo histórico

El hombre antiguo, entonces, que guardaba un recuerdo confuso de sus orígenes y había perdido la promesa de la redención, carecía de esperanza en el futuro. El estado óptimo de la humanidad se había dado al comienzo, cuando tuvo, el favor de los dioses, y cuyo recuerdo se había conservado en los mitos. "La sociedad tradicional [antigua] está poseída por la nostalgia de un mítico retorno a los orígenes, al tiempo primordial. El futuro es una amenaza de disgregación y muerte... En un sentido propiamente histórico, el hombre arcaico carecía en absoluto de esa confianza en el porvenir de la humanidad que inspira la esperanza en los «mañanas que cantan»... A la pregunta: ¿Cómo soporta el hombre la historia?, la respuesta religiosa es siempre negativa: la historia es la caída, el pecado mitológico por antonomasia y el triste reino de los efímeros. La historia nace con la pérdida del paraíso y de la relación primordial del hombre con Dios”. “El hombre antiguo no conoció la fe en el esfuerzo progresivo del hombre y careció de esperanza en la historia. Para eludir la acción destructora del tiempo, se refugió en la perenne repetición de los arquetipos míticos. La historia era el reino de la corrupción y la muerte”Sólo el Pueblo elegido mirará la historia con optimismo, fundado en la promesa del Redentor. “La actitud histórica del pueblo de Israel es la primera en romper el círculo clauso donde se mueve el hombre antiguo. Israel nace a la historia bajo la presión de la promesa de Yahvé. Esta promesa, un tanto vaga e imprecisa en sus comienzos, adquiere en el proceso histórico de este pueblo mayor consistencia. Anuncia el tiempo del Mesías, el rey salido de la raza de David que ha de colmar la esperanza de sus fieles dándoles la posesión de un reino sin desmedro”. Pero Dios, como buen Pedagogo, para ir elevando poco a poco a su Pueblo a una mayor madurez espiritual, había alentado la expectativa del Reino con promesas terrenales - como a un niño se le promete un caramelo para que rece sus oraciones -, que no eran falsas pero no debían interpretarse de manera carnal. Ahora bien, los espíritus carentes de elevación religiosa, fueron forjándose una idea del Reino mesiánico totalmente terrena y temporal, en la que fueron poniendo sobre todo las ansias de desquite y de emulación por la dominación romana. Cuando el Mesías finalmente llegó, los jefes del pueblo judío estaban ganados por la esperanza de un imperio judío mundial de carácter político, que pondría a Israel a la cabeza de las naciones, y no los conformó la proposición de Jesucristo de un predominio puramente espiritual, con la instauración definitiva del Reino de Dios recién después del fin de los tiempos. Y por eso lo crucificaron. De las palabras y del ejemplo de Jesucristo, en cambio, no surge ningún optimismo histórico, sino más bien todo lo contrario: “Cuando viniere el Hijo del hombre, ¿os parece que hallará fe sobre la tierra?” (Lc 18, 8). “Será tan terrible la tribulación entonces, como no la hubo semejante desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá jamás. Y a no acortarse aquellos días, ninguno se salvaría; mas se abreviarán por amor de los escogidos” (Mt 24, 21). Porque la Iglesia no va a esperar en el tiempo histórico algo mejor que lo que tuvo Cristo, quien acabó sus días crucificado. Pero si bien espera ser crucificada por el Anticristo, esto mismo no lo espera con pesimismo, porque será el momento de devolverle a su Redentor la señal más pura del amor, que es dar la vida por el Amigo. Es más, Ella sabe que en este aparente fracaso de la carne hay un verdadero triunfo del espíritu, y que mientras conserve la disposición al martirio, las puertas del infiemo (esto es, las potencias corruptoras del maligno) nunca triunfarán: “En el mundo tendréis grandes tribulaciones, pero tened confianza, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). Y esto que decimos de la Iglesia en general, debe decirse del fiel cristiano en particular, que no espera nada óptimo en los días de su historia personal, sino sólo dar el testimonio del sacrificio: “Yo prodigué mi vida, prodigué mi futuro por tu amor, ¡oh Jesús! A los ojos profanos de los hombres como rosa marchita para siempre un día moriré. Más moriré por ti, ¡oh Niño mío, hermosura suprema! ¡Oh suerte venturosa! Deshojándome, quiero demostrarte mi amor” (Santa Teresita, seis meses antes de morir tuberculosa). Esta es justamente la actitud que la reacción humanista va a repudiar como pesimista, queriendo darle a la vida y a la historia del hombre una visión más positiva. Para ello le prestará más atención a la economía y a la finalidad temporal de la política, aproximando así sus nuevas esperanzas a la carnalizada esperanza judía. La única diferencia - ¿que siempre será tal? - está en que la instauración del Reino no sería obra de más mesías que la propia humanidad. El judaizante optimismo histórico será especialmente recalcado por el humanismo ilustrado del siglo XVIII, bajo la idea del inevitable «progreso» de la humanidad:

“La idea impulsora de tales esperanzas fue la concepción dominante, cada vez con mayor fuerza desde el Renacimiento, de que la historia humana se mueve hacia una definitiva meta inframundana en un proceso continuamente progresivo”. El gran teorizador de esta idea será Hegel, con su Fenomenología del Espíritu. Las hipótesis evolucionistas la introducirán en la biología, con la autoridad inobjetable de las nuevas ciencias positivas. Y quien la transformará en motor de los cambios políticos será Carlos Marx. La dialéctica marxista no dejará de pedir el sacrificio personal, pero no ya para ingresar personalmente en el gozo del Reino de Dios, sino para preparar el advenimiento en la historia del Reino del Hombre, del que gozará una siempre futura y utópica Humanidad. La visión del optimismo histórico no es otra cosa que la trasposición al orden puramente humano y temporal de la Historia Sagrada. “El mundo moderno se formó en el contexto espiritual de motivaciones cristianas laicizadas y en cierto modo deformadas por una orientación de la conducta que pone sus preferencias en una valoración económica de la vida. El mundo de la historia es la única patria del hombre. Modificar nuestra situación terrenal de acuerdo con las exigencias de nuestra instalación material es el único fin capaz de despertar el ímpetu de nuestro esfuerzo creador. El conocimiento será medido en términos de poder sobre las cosas y la fe en las obras del hombre por su favorable influencia en el ejercicio de la faena transformadora. La esperanza, siempre regulada por la fe, no podrá trascender el campo que aquélla le señala. Será una esperanza puesta en el progreso, con un carácter decididamente histórico y cada vez más marcadamente colectivo.”

4º En rescate del optimismo humanista

El humanismo empezó católico, y aunque pronto se volvió protestante con la Reforma y racionalista con la Ilustración, nunca faltaron -como dijimos - renovaciones católicas de «línea media». Esto se puede ver, en particular, con el optimismo histórico. Una de las tantas cosas que pretendió renacer con el Renacimiento, fue una visión más positiva del futuro del hombre, porque el tiempo es uno de sus valores más humanos. Tres recursos se le ofrecen al teólogo para lograrlo sin dejar de ser católico:

1º atenuar el pecado original;

2º acentuar el progreso evangélico; 3o resucitar el milenarismo.

Además de las consecuencias del pecado original en la persona individual, que quedó privada de la gracia y herida en su naturaleza, se siguen también otras dos, que conforman junto con la primera lo que el catecismo llama «enemigos del alma» : la carne, el mundo y el demonio.

• Las consecuencias individuales, que ni siquiera el bautismo borra del todo en esta vida, hacen que al hombre las estadísticas le sean contrarias, de manera que si bien la santidad es posible para una persona particular, no es posible para toda una sociedad, y si es posible que algunas naciones sean suficientemente cristianas, no es posible que lo sea toda la humanidad. La razón es simple, pues cuando la naturaleza es sana, el bien se da en los más y el mal en los menos, pero cuando la naturaleza está herida, ocurre lo contrario. Y si el argumento parece muy severo, no hay más que mirar los dos mil años de historia de la cristiandad para comprobar que es justo.

• Como nuestros primeros padres pecaron por creerle más a Satanás que a Dios, merecieron ser entregados a su tiránico dominio, como reos al verdugo; dominio tremendamente facilitado por contar con la complicidad de la voluptuosa carne y de los egoístas poderes del mundo. El teólogo humanista pedirá no demonizar demasiado el combate espiritual y reducir las consecuencias individuales del pecado a la pura privación de la justicia original, evitando así una visión excesivamente negativa de la naturaleza humana. Como muchos caen ciertamente en esos excesos, son dos cosas fáciles de conceder. Y de esta manera ya no quedan razones para negar que pueda haber buenas sociedades aún paganas.

A esta atenuación del pecado original se le puede agregar que no sólo hay profecías pesimistas en la Revelación, sino que Nuestro Señor también anunció que el Evangelio sería predicado en todo el mundo, que nada se les negaría a los que pidieran con fe y que las puertas del Infierno no iban a prevalecer. Porque junto a la ley del progreso del mal, fundada en el triunfo de Satanás en el árbol del Paraíso, que anuncia el progresivo debilitamiento de la fe y enfriamiento de la caridad, está también la ley del progreso de la Iglesia, fundada en el triunfo de Cristo en el árbol de la Cruz. Lo único que necesita el teólogo optimista, es olvidar que el triunfo de la Iglesia pasa por la participación en el sacrificio de Jesucristo, y mirar la historia como un progresivo acercamiento a la transformación gloriosa de una Iglesia en la que se incluye generosamente a toda la humanidad.

Y esta revalorización del tiempo histórico lleva casi necesariamente a resucitar alguna manera de milenarismo, que ha sido una ilusión judaizante que ha tentado siempre especialmente a los inconformes con el estado actual de las cosas.

5º Gozo y esperanza del Concilio para la humanidad


La píldora del optimismo que el Vaticano II ha preparado para la entera humanidad es, como lo sugiere su nombre, la Constitución pastoral Gaudium et spes, «Gozo y esperanza». Si bien reconoce que en los  tiempos presentes hay fuertes contrastes, su juicio general -contrariamente a como juzgaron los Papas de los dos últimos siglos- es decididamente positivo: se trata de una crisis de crecimiento, «accretionis crisis La droga principal del remedio conciliar puede resumirse en la estúpida frase de los años 70: «Sonríe, Dios te ama». Porque si el fin de la creación es la gloria de Dios tal como la entiende la teología tradicional, tenemos motivo para gran seriedad, porque el Creador podría reclamar su gloria con un castigo ejemplar, pues - aunque cuesta decirlo - aún los hombres que por propia culpa se condenan, glorifican la justicia de Dios. Pero si el fin de la creación es la gloria de Dios tal como la entiende la teología nueva, es decir, la gloria y dignidad de la persona humana, hay motivos para que todos sonrían, pues Dios no puede fallar en su finalidad: no habrá persona que quede sin dignidad. Una consecuencia, que podemos considerar metafísica, de la inversión antropocéntrica de los fines de la creación, es la salvación universal del hombre. Sólo se podría condenar aquel que pierda su condición de persona humana48. Y en cuanto a los resultados del tratamiento, ya estamos comprobando que han sido funestos, porque es terrible para el médico confundir los síntomas de un cáncer terminal con los de una crisis de crecimiento. Pues, como lo sugiere el discurso de Juan XXIII, al pasar de la visión católica tradicional de la historia humana, teñida ciertamente de una nota de pesimismo -porque “el mundo entero yace en poder del Maligno” (1 Jn 5,19) y mucho más en la actualidad-, al insensato optimismo conciliar, se pretendería cambiar diametralmente todas las actitudes de la Iglesia, en particular la relación de la jerarquía con los fieles, con los poderes políticos, con las religiones y con el mundo en general.