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martes, 16 de agosto de 2016

Memorias de de un mártir Cristero o “Entre las patas de los caballos”


Las Dos Últimas Rosas de la Corona

(CONTINUACIÓN)


El sabe lo que ha de hacer conmigo en esta vida y en la otra". El capitán Joaquín Guerrero, asesinado dentro de su propia casa junto con su asistente y un hermano suyo. Los capitanes Enrique Mendoza y Agustín Carrillo. Los subtenientes Margarito García y J. de Jesús Chávez... etc. Y entre los seglares mi querido amigo y condiscípulo, hombre bueno si los hay, ingeniero José González Pacheco, asesinado en la carretera de México a Pachuca juntamente con el ingeniero y general Luis G. Alcorta.

El primero había sido segundo Vice-Presidente del Comité Directivo de la ahora, inermes e indefensos, darían su vida y su sangre por la misma causa! Porque los martirios seguirían quizás en mayor número; porque ya no temerían a los cristeros los verdugos de la Iglesia. . .Y en efecto siguieron... Al cabo de un año de aquella paz . . . más de quinientos antiguos cristeros, entre los cuales casi la mitad de los jefes del ejército libertador habían sido asesinados cobardemente.

¡Ah, que no tenga yo la lista completa de estos mártires de nuevo cuño! Sólo tengo los siguientes: el mayor Félix Ramírez, jefe en la batalla del Borbollón, asesinado el 13 de octubre de 1930; retirado pacíficamente a su casa de Ciudad Guzmán, adornaba su casa con farolillos en la festividad de San José, cuando fue acribillado a balazos rubricando con su sangre lo que había dicho: "Yo no pido al Señor sino una sola cosa: que me permita trabajar mucho por su santa causa, y que después me ayude y me conserve fiel a ella. No le demando, que prolongue mi vida, ni que me envíe la muerte. El sabe lo que ha de hacer conmigo en esta vida y en la otra".

El primero había sido segundo Vice-Presidente del Comité Directivo de la Liga de Defensa, y el segundo, representante en México del generalísimo cristero, Enrique Gorostieta Velarde. Sus cadáveres atrozmente mutilados y atados de pies y manos con alambre, fueron encontrados en el canal del desagüe cerca de San Cristóbal Ecatepec el 2 de noviembre de 1932. Entre los sacerdotes ya he dado los nombres de algunos también asesinados en tiempo de paz... ¡para recuerdo sin duda! de la persecución sangrienta. Y Dios había reservado como a una de las últimas rosas del martirio para la corona del homenaje mexicano a una genuina representante de la mujer mexicana la jovencita María de la Luz Camacho. No habían transcurrido aún siete meses desde el nacimiento de María de la Luz, cuando quedó huérfana por la muerte de su madre, acaecida el 17 de diciembre de 1907.

La niña va entonces a vivir bajo la tutela de su abuela materna y de su tía. Luego cuando el Sr Camacho contrae matrimonio por segunda vez, goza del nuevo hogar eme bien pronto aumenta con el nacimiento de dos niños y dos niñas. Pero su vida se ve entonces sujeta a pruebas mortificantes para un corazón delicado: su padre la lleva a Puebla y allí es internada en un colegio, viéndose entre personas desconocidas. El corazón de María de la Luz dio los primeros pasos hacia el molde poderoso donde se troqueló más tarde, en aquellos años de estudio y encerramiento que  duelen depositar en el corazón de los niños cierto tinte de soledad y amargura que, sí a las veces les hace más aptos para distinguir con claridad el escaso valor del mundo, puede fácilmente degenerar en misantropía o sensibilidad exagerada.

A María de la Luz su carácter la libró de esos peligros, pero no pudo menos de adquirir una seriedad y firmeza que le fueron sumamente útiles bajo la dirección cuidadosa de su padre y de su tía Adela que más tarde vendría a ser su madrastra. En los retratos que se conservan de María de la Luz había un rasgo inconfundible, el más destacado de su fisonomía: la firmeza de la mirada. Aun aquellos en que se nos representa muy niña se nota este detalle. No es precisamente dureza, frialdad o desprecio lo que dan esos rasgos, es simple y llanamente firmeza. Esta nota da también la clave de su vida posterior a la niñez. María de la Luz, niña, es la misma jefa de grupo de la Acción Católica que mira frente a frente el cañón del arma homicida, y muere gritando: "¡Viva Cristo Rey!".

La seriedad que depositaron en el alma de María de la Luz las vicisitudes de sus primeros años y el encerramiento en el colegio de Puebla, primero, y más tarde en el de Tlálpam, se templó con la vida familiar de que disfrutó desde 1918 en que abandonó a Tlálpam para ingresar en el "Instituto Católico" para niños, de las Sritas. Cea, en México, y sobre todo, desde 1921 en que salió definitivamente de la escuela a la edad de 14 años. Desde un principio su puesto estuvo en la vanguardia: como hermana mayor cuidaba de sus hermanitos; era el guía y el apoyo de otros seres más débiles que ella. Esto que primeramente fue una necesidad, se convirtió más tarde en hábito. Fue jefa y directora por temperamento, y tenía buena madera para llegar a ser una figura de primera línea en el escenario de la tragedia mexicana de las persecuciones religiosas.

La enseñanza del catecismo a los niños de Coyoacán fue el primer campo de acción de María de la Luz. Contaba apenas 15 años y tenía idea clara de la importancia trascendental de semejante apostolado. Comienza bajo la dirección de experimentadas catequistas, y luego, sintiéndose suficientemente preparada, funda por sí misma un centro en su propia casa, en el que todos los sábados reunía multitud de niños, atrayéndolos con regalos y no menos con su inagotable buen humor y simpatía. La fogosidad de sus esfuerzos la llevaron bien pronto a ser sucesivamente secretaria y tesorera del Comité Central de su parroquia, en la que recibían instrucción más de dos mil trescientos niños.


De pronto, se abren ante los ojos de la joven catequista perspectivas insospechadas de apostolado y heroísmo: ¡la Acción Católica!; la participación directa de los seglares en el apostolado jerárquico de la Iglesia. La búsqueda seria de la propia santificación y el trabajo constante y decidido por la salvación de los prójimos. Pío XI, el Pontífice que tanto amó al México perseguido, recomendó la Acción Católica como la mejor de las estrategias contra los enemigos del nombre católico, y el Episcopado Mexicano se levantó como un solo corazón al llamado del Vicario de Jesucristo. La juventud de México, ávida de acción y decidida a todo por Dios y por la Patria, ha respondido magníficamente al llamamiento y su gallarda actitud ha admirado a sus hermanos de otras naciones.